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Es posible el cambio

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Prevención de la AMS - Gerard J.M. van den Aardweg

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El eslogan de que la homosexualidad debe ser aceptada suena engañosamente humanitario para muchos oídos; algunos han pasado por un lavado de cerebro tan radica como para tragarse la tontería de que las relaciones homosexuales deberían disfrutar de los mimos derechos del matrimonio. Sin embargo, los muy entusiastas respecto a la vida homosexual, no quieren reconocer el dolor que a menudo conlleva ésta. Parecen indiferentes ante los apuros de los adolescentes y los adultos jóvenes que corren el riesgo de errar en algo central de su vida, cuando el desarrollo homosexual les lleve a un punto muerto. Ni siquiera piensan en prevenir esto aunque, objetivamente, no hay razón para tomar a priori una posición fatalista al respecto.

            Desde nuestra exposición, se pueden deducir algunas ideas sobre la prevención. Las primeras y principales personas que pueden prevenir esta anomalía en el crecimiento de sus hijos son, naturalmente, los padres. Deben ofrecer el ejemplo de una relación normal hombre-mujer. Si su matrimonio es bueno y tienen éxito al crear una atmósfera razonable de unión y cariño, reducirán considerablemente las ocasiones de caer en un complejo neurótico, incluido el homosexual.

            En la educación, tanto el padre como la madre necesitan tener presente que deben tratar al niño como varón y a la niña como mujer. Esto no significa que les fuercen a entrar en "roles preestablecidos", sino que cooperen con las propensiones naturales de los hijos y tengan en cuenta las diferencias innatas.

            El factor preventivo primordial es la consideración del chico como chico y de la chica como chica. Los hijos deben percibir esta apreciación. Como hemos indicado, deben evitarse las deficiencias en relación a este aspecto.

            Los períodos críticos en el desarrollo de la autoconfianza masculina o femenina son la pubertad y la adolescencia. No sólo los padres, sino también otras personas ajenas a la familia pueden ejercer una influencia beneficiosa en esa edad. A veces, por ejemplo, los profesores pueden contribuir positivamente al fortalecimiento de una sana confianza en la identidad sexual del alumno/a. Pueden animar y ayudar al chico a la chica a superar algunas limitaciones. Pienso, por ejemplo, en el chico que sistemáticamente se queda atrás en los juegos y deportes, que está aislado en su grupo de edad; considero la importancia de la comprensión personal que un adulto, sea o no profesor puede expresar, en una conversación o de cualquier otra manera para ayudar al adolescente a evitar el peligro de caer en la autodramatización.

            Hay también un efecto preventivo en una buena educación sexual. Los adolescentes con ciertos tipos de complejos de inferioridad originarios pueden experimentar un shock depresivo cuando se les enseña, pro una "autoridad ilustrada", como un profesor, que "la homosexualidad es inherente en el cerebro". Tal absurdo fija al chico o a la chica en sus dudas sobre su identidad y puede conducir una mente indecisa e inmadura, hacia una dirección perniciosa. A los jóvenes se les tiene que enseñar, por el contrario, que los sentimientos homosexuales en la adolescencia son una cuestión referida a un problema de desarrollo emocional, y que la verdadera homosexualidad innata no existe; es más, que esta tendencia surge de un complejo de inferioridad que se puede cambiar: así el educador inculca esperanza y señala un camino por el cual puede continuar el crecimiento interior.

Este es el último capítulo del libro: Homosexualidad y Esperanza. Terapia y curación en la experiencia de un psicólogo. Si quieres ir al libro, pincha aquí.

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