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Es posible el cambio

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Mi historia: Volver a ser normal - Richard Cohen

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            "Se dice que DONDE ESTÉ LA HERIDA DE UN HOMBRE, ALLÁ ESTARÁ SU GENIO. Donde quiera que una herida aparezca en nuestras psiques, sea por un padre alcohólico, un padre o una madre deshonrados, una madre abusadora, o bien porque surja del aislamiento, de la incapacidad, o de la enfermedad, ése será precisamente el ámbito desde el que ofrecemos nuestra mayor aportación a la comunidad"[1]

                                                         ( Robert Bly )

 

            Durante mi infancia y adolescencia, recuerdo a mi padre gritándonos y a mi madre agarrándose a mí. Yo me sentía muy distante respecto de él y demasiado próximo a ella. Cuando tenía cinco años, un amigo de la familia vino a vivir con nosotros. Se ganó mi confianza, conquistó mi corazón, y abusó sexualmente de mí. Eso me empujó a experimentar la vida de manera muy intensa e hizo más difícil para mí el olvidar las cosas. Yo tenía un temperamento más artístico, mientras que mi padre y mi hermano eran más deportistas. Mi padre maltrataba emocionalmente a mi hermano Neal, y Neal me maltrataba a mí. Éstas son algunas de las causas que me empujaron a experimentar atracciones hacia personas de mi mismo sexo.

            Encontré REFUGIO en los brazos de algunos hombres. Tuve varios "amigos" en la universidad, y después tuve un amante durante tres años. En todo caso, no resultaba suficiente. Quería casarme y tener una familia. Tuve una experiencia de conversión religiosa que me ayudó a dejar mi estilo de vida homosexual. En un momento dado conocí a Jae Sook y se convirtió en mi esposa. Eso no era suficiente. Había reprimido mis atracciones hacia los de mi sexo. Necesitaba curar mis heridas y dar cumplimiento a mis necesidades insatisfechas. Esto lo logré mediante terapias, grupos de apoyo, mentores, amigos y mi fe. De este modo fui capaz de cambiar y, finalmente, volver a ser heterosexual. Hago pública mi historia para que podáis saber dónde he estado, dónde estoy y seáis conscientes que EL CAMBIO ES POSIBLE.

 

1. PRIMERA INFANCIA Y ADOLESCENCIA

            Crecí en Lower Merino, un área residencial de Filadelfia. Era el más pequeño de tres niños en una familia judía. Mi hermano Neal era cuatro años y medio más que yo. Mi padre trabajaba en el negocio del calzado y mi madre era ama de casa a tiempo completo. Lo habitual era que mi padre  volviera del trabajo y nos gritara. Para mí, debido a mi naturaleza sensible, aquellos gritos eran como puñales clavándose en mi alma. Mi padre y Neal tenían una relación muy antagónica. Peleaban por todo. Cuando mi hermano sentía frustración y dolor, dirigía su agresión hacia mí. Yo intentaba defenderme, pero resultaba inútil, pues él era mucho mayor y más grande que yo. En el hogar de los Cohen había constantes peleas y lágrimas. A pesar de ello, cuando había invitados en casa, sonreíamos y actuábamos como una familia feliz de clase media.

Yo me movía entre Neal y Lydia. Un día estaba a favor de ella, y el siguiente favor de él. Nuestra rutina diaria consistía en peleas entre nuestros padres y peleas entre nosotros, los niños. Mi papel era el del pacificador. Siempre estaba intentando traer paz y orden a aquel caótico hogar. Hacía el payaso, intentando de forma desesperada relajar la tensión que se palpaba en el aire.

            Desde que empecé la educación sanitaria, comencé a experimentar la atracción hacia los de mi propio sexo. Aunque las niñas se fijaban en mí, yo experimentaba un creciente interés y deseo de estar cerca de los chicos. Desde los doce años, algunos de mis amigos querían tener experiencias sexuales. Yo consentía pero que deseaba realmente era tener una intimidad física con ellos. QUERÍA ABRAZAR Y SER ABRAZADO.

            En ocasiones dormía en casa de mi amigo Steve. Era maravilloso estar acurrucado junto a él. Para mí no era suficiente, pero Steve se sentía algo incómodo con mis continuas proposiciones de intimidad. Cada año que pasaba, mis deseos hacia los de mi sexo se hacían más fuertes. Tuve más experiencias sexuales con amigos del colegio. Para ellos era una novedad, pero para mí se estaba convirtiendo en una obsesión. Al mismo tiempo intentaba actuar de forma "normal", así que salí con chicas. En el último año del bachillerato, salí durante algún tiempo con María. Muchos pensaban que nos casaríamos. Supongo que nosotros también lo pensábamos, pero aquella CRECIENTE OBSESIÓN por los hombres continuaba hechizándome.

            Cuando tenía diecisiete años, me aventuré a ir en busca de una relación homosexual. Fui al gimnasio de mi padre y conocí a un hombre que me invitó a su casa. Mi corazón latía tan fuertemente que creía que se me iba a salir el pecho. Nunca en mi vida había hecho algo semejante. Cuando llegamos a su apartamento comenzó la seducción. Estaba nerviosísimo, pues todo aquello era nuevo para mí. No sabía que dos hombres pudieran hacer lo que él me hizo aquel día. Mi cuerpo y mi alma se sintieron rasgados en dos. Después, dejé su piso y tomé el metro hasta casa. Cuando estaba esperando el metro, en el subsuelo, me fui a un rincón oscuro y comencé a llorar. Me sentía ultrajado y decepcionado. BUSCABA CERCANÍA, UN LUGAR SEGURO PARA ABRAZAR Y SER ABRAZADO. Lo que experimenté me pareció como una violación.

            Volví a casa y nunca le hablé a nadie de lo que había pasado. Al final, cundo se acababa mi último año de bachillerato, hablé con mis padres sobre mis conflictos con la atracción hacia las personas de mi sexo. Mi madre me dijo que lo sabía, lo que me enfadó mucho. Desde mi primera infancia había tenido una relación de amor-odio con ella. No sabía dónde empezaba ella y dónde terminaba yo. Sabía que parte de mi confusión de género se debía a nuestra inadecuada proximidad. Mi padre se avergonzó de mi revelación. Se había formado en una escuela militar y había sido un marine durante la Segunda Guerra Mundial. Pedí que me llevaran a un psiquiatra. Fui, pero fue una experiencia estéril. Él y yo no conectamos en absoluto.

 

2. UNIVERSIDAD

            En 1970 fui a la Universidad de Boston, para estudiar música. Comencé con psicoterapia, dos veces por semana, con un psicoanalista de la escuela freudiana tradicional. Continué durante los tres años siguientes, pero resultaba un tiempo insoportable de dolor y escaso resultado. Aprendí algo más sobre mi vida, pero no aprendí nada acerca de los orígenes de mis deseos, ni experimenté ninguna calma en mi dolor.

            Durante mi primer año de universidad acudí a algunos bares gay, pero no me gustó el ambiente. Parecía un MERCADO DE CARNE y no tenía ningún interés en convertirme en una MERCANCÍA SOBRE UNA ESTANTERÍA. Fui a algunas reuniones de la asociación de estudiantes "gays y lesbianas" de mi universidad. En el primer año de universidad tuve varios "novios", cada uno de ellos durante algunos meses.

            Cuando volví a la casa, la relación era aún de mayor confrontación, pues echaba mano de algunas de mis herramientas terapéuticas para desafiar a mis padres. En una ocasión mi padre y yo nos enzarzamos en una pelea. Mi padre me golpeó mientras yo estaba en la cama. Mi madre comenzó a gritar a mi padre: "¡Para!, ¡para!, por el amor de Dios, para!" YO volví la cabeza hacia ella y le dije: "¡No! ¡Esto es magnífico! ¡Esto es lo más cerca que hemos estado en nuestra vida!". Ella se fue corriendo de la habitación, entre lágrimas.

            Recuerdo que después de una de mis visitas, mi padre escribió una carta que me hirió profundamente. Al mismo tiempo, me sentí asfixiado por mi entonces "novio", Mike. Además de todo eso, las tareas en la universidad eran ingentes. Decidí tomar una botella de Bufferin y acabar con todo. A pesar de ello, me desperté a media mañana, enfermo como un animal, pero todavía vivo. Llamé a mi hermana, que vivía cerca. Vino y me llevó a la sala de urgencias del hospital donde me vaciaron el estómago y me estabilizaron.

            Me recuperé; continué con la terapia; volvía a las clases; acabé mi relación con Mike; cambié de carrera y elegí el teatro; y comencé a sentirme un poco más esperanzado. En mi segundo año de universidad conocí a Tim, que era diplomado en Arte. Fuimos amantes durante los tres años siguientes.

            Desde mi primera infancia había tenido tres sueños. Primero, quería tener un mejor amigo, alguien con quien pudiera ser totalmente yo, sin disculpas o excusas. Segundo, quería actuar en un grupo que viajara por el mundo, educando y entreteniendo a la gente. Tercero, quería casarme con una mujer hermosa y crear una familia llena de amor.

            Tim fue mi primer sueño hecho realidad. Pero había un precio que pagar. Era una relación "montaña rusa". Yo era el perseguidor y él el escapado. Así fue nuestra continua danza durante los tres años. Los momentos íntimos eran increíbles, y el amor que compartíamos era maravilloso. Éramos los mejores amigos. Aprendí muchas cosas viendo la vida a través de los ojos de Tim. Él tenía una afinidad con la naturaleza y aprendí a ver cosas que nunca antes había visto. Era y sigue siendo un hombre excepcional.

 

3. ITINERARIO ESPIRITUAL

            Durante nuestra relación ocurrió otro acontecimiento muy significativo. Tim tenía un gran amor por Jesucristo. Yo me metía duramente con sus creencias hasta que me dijo: "Richard, déjalo ya. Cree lo que quieras creer y déjame creer lo que creo". Me di cuenta de que tenía razón y le pedí perdón. Como quería a Tim, quería saber por qué quería tanto a aquél Jesús. Por primera vez en mi vida comencé a leer el Nuevo Testamento. Por mi educación judía había sido circuncidado y confirmado, y había estudiado sólo el Antiguo Testamento.

            Mi vida había sido una continua búsqueda espiritual, intentando encontrar el significado y el propósito de la vida. Había intentado muchos tipos de fe y de caminos: el judaísmo, el budismo y las terapias. Entonces encontré a Jesús. Se trataba de un ser extraordinario. De hecho, era el tipo de hombre que yo siempre había querido ser. Lo que admiraba de él era que sus pensamientos, sus sentimientos, sus palabras y hechos eran "uno". Era un hombre congruente: el mismo por fuera que por dentro. Hablaba de perdón y de la gracia de Dios. Eran conceptos nuevos para mí. Quería ser como él. Entonces comenzó mi camino como cristiano. Me uní a una iglesia episcopal en Roxbury y comencé a enseñar en una escuela dominical.

            Poco a poco, Tim y yo íbamos comprendiendo que la homosexualidad no era compatible con la Palabra de Dios, así que eliminamos la parte física de nuestra relación. Poco después nos adherimos a la Iglesia de la Unificación. Creí que Dios me estaba llamando a explorar esta fe, y así me integré en 1974. Durante nueve años permanecí célibe. Viví una vida de servicio, intentando no pensar en mí mismo, sino centrarme en Dios, su Palabra y mi prójimo. De vez en cuando volvían a aparecer los deseos hacia las personas de mi sexo. Me resistía y rezaba hasta rechazarlos. Le pedí a Dios que me los quitara para siempre.

            Logré mi segundo sueño cantando en el coro de la iglesia, viajando por todos los Estados de Norteamérica y por Asia, llevando un mensaje de esperanza y de amor. Fue precisamente desarrollando esta actividad como conocí a mi futura esposa. Cantábamos juntos. Ella pertenecía a un grupo de danza popular coreana. Hablamos muy poco, pero en los años siguientes íbamos a llegar a conocernos muy bien.

 

4. MATRIMONIO Y TERAPIA

            En 1982 Jae Sook y yo nos casamos. Estaba en camino de conseguir mi tercer sueño. Los primeros dos meses fueron maravillosos. Le hablé de lo que pensaba era mi pasado homosexual. Entonces el problema volvió a aparecer. Sentí rabia contra mi mujer. Proyecté hacia Jae Sook toda mi hostilidad reprimida que anteriormente había sentido hacia mi madre. Comencé a tratarla como mi padre nos había tratado a nosotros. "Haz esto, haz lo otro"; "¿Por qué no lo has hecho así?":"Es que no tienes ni idea". Seguía dándole órdenes e insultándole. Mi ira llegó a tal punto que hasta en alguna ocasión llegué a desear matarla.

            Era un desastre horroroso, incrementado por el hecho de que entonces estaba teniendo grandes éxitos profesionales. Era representante musical y me encargaba de organizar giras de músicos y compañías de ballet por toda Asia. Mucha gente me quería y pensaba que era un tipo magnífico. En casa, el doctor Jeckyll se volvía míster Hyde, un furioso compulsivo. Me había convertido en aquello que había prometido no ser nunca. Exactamente como mi padre. Pronto mi mujer se quedó embarazada de nuestro primer hijo. Comprendí que debía retomar la terapia de nuevo. En mayo de 1983, mientras vivíamos en Nueva York, fui a ver a un conocido psicólogo. Durante un año estuve acudiendo a sesiones semanales, individuales y de grupo. Ése fue el comienzo de mi camino de salida de la homosexualidad.

            Una noche, después de que Jae Sook y yo hiciéramos el amor, la rechacé. Me sentía exhausto con mis dos trabajos (como representante artístico y como camarero en un restaurante), necesarios para mantenernos y para pagar la terapia. Jae Sook me abrazó. En un instante sentí como si mi espíritu se hubiera escapado de mi cuerpo. Me había disociado respecto a mi yo físico. De pronto me encontré mirando mi cuerpo que yacía junto a mi mujer. Me resultaba demasiado doloroso el permanecer dentro de mi propio cuerpo. Mi corazón gritaba. En aquel momento me di cuenta de que había sufrido algún tipo de abuso en mi primera infancia. Mi hipótesis era que había existido algún tipo de relación incestuosa entre mi madre y yo.

            Me pareció que pasó una eternidad (que en realidad debieron ser sólo unos segundos) antes de que "regresara" a mi cuerpo. Le pedí a Jae Sook que no me tocara. Sencillamente me resultaba demasiado doloroso. No podía esperar hasta la siguiente sesión de terapia. Mi terapeuta me había enseñado algunas técnicas bioenergéticas. Golpeé unas almohadas con una raqueta de tenis para liberar mi cólera reprimida y mi frustración. Mientras estaba dando una paliza a lo que pensaba era algún abuso causado por mi madre, tuve una imagen repentina del pasado. De pronto vi unos genitales masculinos acercándose a mi boca. Grité. Me sentí asustado. Horrorizado.

            Durante los siguientes años grité y lloré mientras me dedicaba a recuperar mis recuerdos de abusos sexuales que habían ocurrido cuando tenía entre cinco y seis años. Un amigo de la familia - le llamábamos "tío Dave"- vivió con nosotros mientras duraban los trámites de su divorcio. Dave era un hombre muy grande, muy fuerte. Él me dio lo que mi padre no me daba. Pasaba tiempo conmigo, me escuchaba, me abrazaba. Me dio la sensación de que yo era importante y de que a él le importaba. De hecho, fue el primer adulto con quien me sentí vinculado. Entonces, todo comenzó. Comenzó a jugar con mis genitales y me hacía hacerle lo mismo con los suyos. Era algo que me daba miedo y me aterrorizaba. Por supuesto, también me proporcionaba placer. Al fin y al cabo Dios ha diseñado el cuerpo humano para que sienta placer en sus zonas genitales. Ésta es una de las razones por las que el abuso sexual desorienta tanto a los niños. Lo sienten doloroso y placentero al mismo tiempo.

            Derramé muchas lágrimas mientras ponía orden en la maraña de confusión y destrucción que aquellos abusos habían causado en mí. Descubrí que mi neurología se había programado para responder de forma sexual a los hombres. Para mí, la intimidad con un hombre era igual a sexo. Aprendí que para estar cerca de un hombre debía ofrecerle mi cuerpo. Era el aprendizaje de un niño hambriento del amor de su padre. Debido a mi temperamento hipersensible y a la naturaleza extremadamente irascible de mi padre, nunca tuve la oportunidad de sentirme unido a él. El tío Dave era la primera figura masculina que importaba en mi vida.

 

5. CURACIÓN E INFIERNO

            El intentar comprender y curar los efectos del abuso sexual infantil hizo estragos en mi vida. Estábamos esperando nuestro primer niño. Cada pocos meses yo tenía que viajar a Asia, por mi trabajo, y trabajaba como camarero tres o cuatro noches por semana. En aquel tiempo teníamos poco apoyo espiritual y emocional. En Nueva Cork había pocas organizaciones dedicadas a ofrecer ayuda a quienes deseaban salir de la homosexualidad. Frecuenté un grupo cristiano, pero me rechazaron porque, por entonces, todavía pertenecía a la Iglesia de la Unificación. Probé en otro grupo de ayuda a ex homosexuales, en otro Estado vecino, y el director del programa quiso tener relaciones sexuales conmigo. Este hecho me provocó más dolor y sentimientos de desesperanza.

Sabía que aquella herida e debía a mi insana relación con el tío Dave y a mi distanciamiento afectivo respecto a mi padre. Por ese motivo sabía también que para curarme y crecer necesitaba estar cerca de los hombres, pero de un modo sano. Necesitaba experimentar la figura de autoridad, una paternidad correctora que reconciliara lo que había salido tan mal hacía tantos años. Pedí ayuda a algunos hombres de mi iglesia. Tenía un deseo voraz de experimentar un amor sano, pero a la mayor parte los asusté. Mis profundas necesidades les resultaban amenazantes y no sabían qué hacer. Además, estoy seguro de haber suscitado algunos temas dentro de ellos, ya que LA MAYOR PARTE DE LOS HOMBRES EN NUESTRA CULTURA LLEVAN EN SÍ PROFUNDAS HERIDAS PATERNAS (una de las razones de la homofobia). Seguí rezando, pidiendo a Dios que me pusiera mentores, hombres que pudieran ayudarme, en mi vida. Pero cuanto más rezaba, cuanto más me afanaba en buscar ese tipo de hombres, más lejos parecían estar.

            Al final, decidí que no podía aguantarme más. NECESITABA TOCAR, SER ABRAZADO, SER AYUDADO, iniciado en el mundo de los hombres. Así que le dije a Dios, a mi mujer, y a algunos de mis amigos que, si no podía encontrar lo que necesitaba a través de hombres piadosos, entonces regresaría al mundo homosexual para encontrar a alguien que quisiera estar conmigo. Ciertamente no era mi primer plan, pero sabía lo que necesitaba y sabía que no me detendría hasta lograrlo. Así que volví al triste mundo gay. Me sentí como un completo hipócrita, yendo contra todas mis convicciones religiosas, pero la NECESIDAD DE AMOR es más fuerte que la religión. Le comunicaba todo a Dios. Sabía que, durante aquel periodo de mi vida, Él me estaba guiando.

            Fue un tiempo demencial. Un tiempo lleno de dolor y de soledad para Jae Sook y para nuestro primer hijo, Jarish. Yo estaba por ahí, dando vueltas por Nueva Cork con mi amigo, y ella estaba en sola en casa cuidando de nuestro hijo y sabiendo que su marido estaba saliendo con un hombre. Ahora, mientras escribo estas líneas, lloro al darme cuenta otra vez del sufrimiento que le causé a ella y a nuestros hijos. Estoy verdaderamente arrepentido y le he pedido perdón a ella, a nuestros hijos y a Dios por lo que hice.

            A ella le hablé de mi resolución de mantener nuestra relación y le pedí que no se divorciase de mí. Necesitaba curarme con hombres. No sabía cómo hacerlo. En aquel tiempo no pude encontrar a nadie que me enseñara el camino, así que tenía que hacerlo lo mejor que pudiese. Recé durante todo este itinerario excepcional, desde el principio hasta el fin.

            Me llevaría volúmenes enteros el describir todo por lo que pasé en los siguientes dos años y medio. DESCUBRÍ QUE ESTABA BUSCANDO CERCANÍA, NO SEXO. Tenía que recuperar todo el tiempo que no había compartido con mi padre: simplemente estando juntos, haciendo cosas juntos, hablando de la vida y aprendiendo de él. Esto lo experimenté con un hombre maravilloso. Desde el principio fui sincero con él y le conté que estaba casado y que quería curar mis deseos hacia las personas de mi mismo sexo. En mí no había engaño hacia él, ni tampoco hacia mi mujer ni hacia Dios.

            Poco a poco mi corazón comenzaba a curarse, mientras iba llorando los efectos del abuso sexual en la terapia y pasaba tiempo con mi amigo. Pero TODAVÍA QUEDABA UNA PROFUNDA HERIDA EN LO MÁS OCULTO DE MI ALMA. En un momento dado, este dolor se convirtió en una úlcera. Trabajaba en exceso (como representante artístico y sirviendo mesas en el restaurante), intentaba desesperadamente curar mis problemas con los de mi sexo, y al  tiempo intentaba estar junto a Jae Sook y los niños. En este período tuvimos un segundo bebé. Jessica era una niña preciosa.

            Entonces recé: "Oh, Dios, qué terrible es traer niños a este terrible desorden. Sabes lo desesperado que estoy por cambiar. Te pido que cuides de Jae Sook y de los niños, ya que estoy seguro de ser incapaz y de estar infradotado para esta ocasión".

            Al final me tomé un año de excedencia en mi trabajo. Cada vez más, mi mujer y yo nos íbamos separando de la Iglesia de la Unificación. Estábamos luchando emocional, mental y espiritualmente. En los años siguientes abandonaríamos ese grupo para regresar a nuestras raíces cristianas. Ahora asistimos a una maravillosa iglesia en nuestra comunidad. En ella encontramos amistad, apoyo y amor.

 

6. AVANCE

            Gracias a Dios encontré un amigo cristiano que estaba dispuesto a ayudarme a curar las heridas homo emocionales de mi pasado. Era una persona estable y segura de su masculinidad. No puedo describir todo lo que sucedió entre David y yo. Sí, su nombre era David. Dios es justo. ¡Dave fue quien abusó de mí cuando tenía cinco años, y fue David quien ayudó a curarme con treinta y cinco!

            Juntos, bajo la guía de Dios, hicimos el camino de vuelta hasta la habitación donde sucedió mi abuso, y allí me encaré con mi mayor demonio: yo mismo, mi acusador: "¡Fue por mi culpa!, así me sentía. ¡Eso es lo que pensé!: ¡Fue por mi culpa! David ayudó al niño que hay en mí a ver que no fui yo quien causó el abuso, que no era "mi culpa". En ese instante, la conexión entre mi tío Dave y yo se cortó, y por primera vez en mi vida, fui libre. Con aquel sentido de libertad, sollocé en los brazos de David durante cerca de una hora. La liberación y el alivio de saber que no era el responsable de lo que había sucedido y de que Dios me había perdonado fueron inmensos. En aquellos momentos de liberación encontré la libertad respecto a los deseos de mi mismo sexo. El cortar la conexión neurológica con los deseos sexuales me liberó de treinta años de dolor implacable y de una interminable búsqueda de hombres.

            Después de eso necesité hacer un trabajo de mantenimiento, para asegurarme de que recibía cariño sano y no sexual de otros hombres. Encontré varios hombres que estaban dispuestos a ayudarme. Ésta fue otra parte crítica en mi curación. De forma gradual, tenía que aprender las principales lecciones que me perdí siendo niño, adolescente y joven adulto. Mis amigos, Phillip, Rusell, el pastor Hillendahl, Steve, Gordon y el pastor Schuppe derramaron y siguen derramando en mi alma lecciones de amor, iniciándome en el mundo de los hombres.

 

7. MÁS CURACIÓN

            Jae Sook y yo asistimos a un congreso de Exodus en 1987, justo después de que yo diera aquel primer paso con David. Exodus es una organización "paraguas" para las asociaciones cristianas de ayuda a los ex homosexuales en todo el mundo. Allí le pedí a Dios que nos mostrara el siguiente paso: qué hacer y hacia dónde ir. Durante aquel congreso recé cada día para obtener la asistencia de Dios, pero nada sucedió. Al final, el congreso llegó a su fin. Me fui dando un paseo hasta un lago cercano. Me arrodillé y recé: "De acuerdo, Dios, es hora de ajustar cuentas. No me voy a mover de aquí hasta que no me digas qué hacer y a dónde debo ir. Aunque me muera sentado aquí. Espero tu ayuda". Entonces entendí con claridad: "Vete a Seattle, recibe ayuda para tu matrimonio, estudia y entonces dedícate a ayudar a otras personas". Sin salir de mi asombro, pregunté: "¿Podrías repetirlo una vez más?". Las palabras se volvieron a pronunciar exactamente como las había escuchado antes.

            Le dije a Jae Sook lo que había escuchado. Los dos meditamos este asunto durante varias semanas hasta que estuvimos seguros de que era el deseo de Dios para nuestras vidas. Cuando estuvimos seguros, abandoné mi trabajo. Resultó muy doloroso, después de diez años y muchos éxitos en el negocio de la representación de artistas. Pero había decidido que no quería hacer lo mismo que mi padre y su padre habían hecho: tener éxito en los negocios y ser un desgraciado en casa.

            Llenamos hasta arriba una camioneta de cinco metros y medio de largo con nuestras pertenencias,  nos despedimos de nuestros amigos en Nueva Cork y pusimos rumbo a Seattle. Allí comenzamos una nueva vida, ignorando lo que Dios tenía previsto para nosotros. Pensé que deberíamos trabajar con el grupo local de ayuda a los ex homosexuales. Pero después de tener algunas reuniones con el director de la organización, me di cuenta de que aquello no iba a funcionar. Él estaba soltero y yo estaba casado. También me di cuenta de que él todavía estaba luchando con sus propios asuntos (de hecho, después él dimitió para poder recibir ayuda él mismo). ¿Para qué había ido yo a esa ciudad?

            Por entonces supimos de una comunidad terapéutica cristiana en Bacón, una pequeña isla a las afueras de Seattle. Intentamos varias veces ir allá, pero en cada ocasión algún accidente o circunstancia nos impedía hacerlo. Jae Sook me dijo: "Quién sabe si no es Dios que nos dice que no vayamos". Pero me di cuenta de que no era Dios, sino el adversario el que intentaba detenernos. Decidí llegar hasta allí, costase lo que costase. Una fría tarde de sábado de diciembre de 1987 nos fuimos todos. Allí conocimos a Lou Hillendahl y su esposa, pastores de la comunidad cristiana weslayana. Una hora después sabía que aquél era el motivo por el que Dios nos había traído a Seattle.

            El primero de enero de 1988 nos mudamos a la comunidad terapéutica. Estuvimos con ellos durante seis meses, siguiendo una terapia intensiva y durante los siguientes dos años continuamos recibiendo consejo y apoyo de ellos. Su saber hacer y su guía resultaron impagables. Crecimos como individuos, como pareja, como padres y como familia. Nos enseñaron muchas técnicas. De ellos aprendí cómo ser un mentor. Aprendí también a ser mejor marido y padre. Estamos eternamente agradecidos por el cariño, el tiempo y la dedicación que prestaron a nuestra familia. Hemos sido capaces de dar tanto a otros por lo mucho que ellos nos dieron a nosotros.

            Allí volví a experimentar un nuevo adelanto. Durante el verano de 1988 mis padres vinieron a visitarnos y nos reunimos todos con mis asesores en la comunidad. Les hice partícipes de los abusos a que me habían sometido en el pasado el tío Dave y de cómo me había adentrado en el mundo homosexual, siempre en busca del amor de mi padre en los brazos de otros hombres. Le dije a mi padre: "Nunca me abrazaste siendo niño, al menos no lo recuerdo. Así que, aunque tienes setenta años y yo treinta y seis, necesito que me abraces ahora". De este modo, ¡me eché en el regazo de mi padre! Tuve que poner sus brazos a mi alrededor, pues él estaba rígido e incómodo. Me sentí bien, pero había demasiada "presión escénica" con mi madre, mi mujer, los dos niños y tres asesores mirando.

            Más tarde llevamos a mis padres de vuelta a su habitación del hotel. Pedí a todos que nos dejaran solos a mi padre y a mí durante un rato. Entonces le dije: "Papá, ahora estamos solos tú y yo. De verdad necesito que me abraces". Recuerdo perfectamente aquella habitación y la silla donde me abrazó. Me senté en su regazo y comencé a llorar. Se puso muy nervioso, porque no puede soportar las lágrimas. Le dije: "Papá, por favor, déjame llorar. Es bueno. Necesito librarme de todo lo que me he perdido de mi vida, de todas las veces que echamos de menos estar juntos cuando estaba creciendo. Por favor, simplemente abrázame mientras lloro". De este modo me liberé de tantos años de dolor y decepción. Fue un momento maravilloso para los dos. Por fin, nos estábamos uniendo como padre y como hijo.

8. UN HERIDO QUE SANA

            Sabía que de algún modo nuestro camino nos llevaba a ayudar a otros a curarse de la homosexualidad. Tomé la decisión de que primero debía ayudar a los que formaban la comunidad homosexual sin intentar persuadir a nadie par que pensara como yo. Durante tres años fui voluntario y trabajé con personas que tenían el sida. Fue un privilegio y un honor el estar con aquellas mujeres y hombres. Me sentí humillado y agradecido por cada relación y cada experiencia. Podía ver su belleza y su crudo deseo sencillamente de ser amados.

            Por entonces, volví a la universidad para obtener un posgrado en Psicología de orientación. Al tiempo, trabajé como camarero en un restaurante y como educador en sida para la Cruz Roja americana. Jae Sook trabajó como maestra de preescolar. Así podía tener con ella a Jarish y a Jessica durante el día. Continuamos con nuestro proceso de sanación con otras parejas que habían acudido a los seminarios en la comunidad cristiana wesleyana. Nos dábamos apoyo unos a otros. Aquel tiempo fue una bendición. A pesar de que cada día tenía tantos momentos buenos y tantos malos, nos teníamos a nosotros. Y eso era mucho.

            Después de mi graduación, con la guía de Dios, creé la Fundación Internacional para la Curación. Mi idea era la de establecer centros de curación por todo el mundo para ayudar a hombres, mujeres y niños a experimentar su valor como hijos de Dios. Ahora que continuamos en el mismo camino, mi idea sigue siendo la misma de entonces.

            He trabajado para la Cruz Roja americana como educador en VIH/sida, durante tres años. También he trabajado para los Servicios Comunitarios Católicos en el tratamiento de abusos infantiles y en los programas de reconciliación familiar. Además desarrollé la práctica privada, ayudando a hombres y mujeres a salir de la homosexualidad.

            Comencé a dar conferencias sobre el proceso de transición desde la homosexualidad hacia la heterosexualidad. Pensé que, por mi afecto hacia la comunidad homosexual, ellos comprenderían que yo no era su enemigo, sino que tan sólo estaba presentando otra posibilidad para aquéllos que deseaban cambiar. Fui ingenuo. Tanto en casa como en la oficina, recibimos amenazas de muerte. La gente rompía continuamente el rótulo con mi nombre que estaba en la puerta de mi trabajo. En casa recibimos obscenas llamadas telefónicas llenas de airadas y venenosas palabras amenazantes y acusadoras. La oficina para la defensa de los gays y lesbianas del Ayuntamiento de Seattle requirió a la Cruz Roja americana para que me despidieran como educador en VIH/sida. Tenían como argumento que yo era un homófono y que me dedicaba a difundir el odio. Muchos dentro de la comunidad homosexual se han sentido amenazados por mi trabajo. Comprendo sus temores y su dolor.      

            Durante los últimos doce años he viajado intensamente por los Estados Unidos dando charlas sobre la curación de la homosexualidad en campus de universidades, en iglesias, en instituciones de salud mental, congresos terapéuticos, en la televisión y en la radio. He dirigido seminarios de curación por los Estados Unidos y por Europa acerca de temas tales como curación interior infantil, relaciones matrimoniales, técnicas para padres, técnicas de comunicación, resolución de conflictos, adicciones, abusos sexuales y manejo de la ira. En los seis años siguientes de práctica de asesoramiento trabajé casi en exclusiva con parejas e individuos que tenían que afrontar todo tipo de problemas como conflictos de pareja, desórdenes obsesivo-compulsivos, problemas de ira, abusos sexuales y adicciones. Durante los últimos seis años mi ejercicio profesional ha tomado otro rumbo. Me dedico a asesorar principalmente a hombres y a adolescentes que abandonan la homosexualidad. Sigo dirigiendo seminarios de curación tanto de la homosexualidad como de las relaciones matrimoniales.

            Sigo desarrollándome para llegar a ser el hombre que Dios quiere que sea. Seguimos creciendo como familia. Respecto a mi madre, logré un significativo avance hacia ella con la ayuda de la doctora Martha Welch y su práctica de abrazos. Le pedí a mi madre que nos visitase y me ayudase a revolver algunos viejos asuntos que tenía con ella. Durante cinco días nos abrazamos mientras yo expresaba años de dolor, ira y frustración. Mi madre escuchaba mientras yo protestaba: "¿Por qué no estabas allí cuando el tío Dave me estaba haciendo aquellas cosas?, ¿Por qué no se lo impediste?, ¿Por qué no hiciste algo para que papá no nos gritara año tras año?". Lloramos juntos mientras hacíamos memoria, revivíamos y liberábamos el pasado. Mi madre se disculpó por sus fallos. "Lo siento, cariño, nunca quise hacerte daño". Al final, sucedió un milagro: me sentí unido al vientre de mi madre. Unido con mi madre. Los muros alrededor de mi corazón se desmoronaron y dejé entrar a mi madre. Por primera vez en mi vida, yo estaba aquí. Estaba vivo. Sentía que pertenecía, que estaba unido a alguien.

            Cuando la llevé al aeropuerto y me despedí, quedé desolado. Echaba de menos a mi madre. La echaba de menos. El niño dentro de mi corazón, que al final había permitido que el amor de su madre entrara en él, la echaba de menos. Era una sensación totalmente nueva para mí. Lloré de tristeza y de gozo.

            Hace cinco años sucedió otra bendición. Dios nos regaló un hijo precioso, Alfie. Ahora, Jae Sook y yo, junto a nuestros tres hijos, seguimos creciendo en nuestro amor.

Quiero a Dios con toda mi alma, mi mente y mi corazón. Vivo hasta el final sus sufrimientos y dolores. Rezo para comprender las atracciones hacia el mismo sexo, y el plan de tratamiento que estoy a punto de compartir es una bendición para ti, lector, y para las vidas de los que rocen contigo. En los últimos doce años de asesoramiento a cientos de hombres, mujeres y adolescentes, de trabajo con miles de personas en seminarios de curación por todo el mundo, he aprendido que no importa qué problemas estemos afrontando: TODAS LAS HERIDAS SE ORIGINAN EN LAS MISMAS FUENTES. Como dijo Leanne Payne, "escribir sobre la curación del homosexual es escribir sobre todos los hombres y mujeres[2]". Todos nos quedamos cortos respecto a nuestro original designio de grandeza. Cuando nos curamos, el mundo se cura un poco más. CUANDO AYUDAMOS A OTROS, NOSOTROS NOS CURAMOS EN EL CAMINO.

 



[1] R. BLY, Iron John: A book about men ( Nueva York: Vintage Books, 1990), p. 42.

[2] L. PAYNE, The healing of the homosexual, (Westchester, IL: Crossway Books, 1984), p.31.

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