Es posible el cambio

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La historia de Steve

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            Mis padres nacieron durante la Gran Depresión. Fueron introducidos en una vida de temores, desesperación y pesimismo. Cinco años después de casarse nací yo. Fue un parto difícil para mi madre. Pesé cuatro kilos y medio y mi madre es una mujer pequeña. No fue una tarea fácil. Entré en el mundo con dificultad.

            Cuando sólo tenía diez meses de edad, enfermé y los doctores me hospitalizaron durante una semana. Durante los años siguientes, me vi a menudo en las consultas de los médicos, con problemas respiratorios. Desde muy temprano tuve el sentimiento de que estaba próximo a la muerte, de que era débil y de que no sobreviviría. Me fui "desconectando" de mi propio cuerpo y sentía que era como un objeto extraño. Evitaba hacer deporte y en definitiva todo lo que implicara una actividad física o una cierta rudeza, cualquier cosa que pudiera hacerme sentir que podía morir y que me hacía sentir inseguro.

            En una etapa muy temprana, me "cerré" emocionalmente. Por alguna razón -probablemente por falta de habilidad o malentendidos- mis necesidades en ese terreno no se solían satisfacer. Tenía problemas para sintonizar con mi padre. Debido a esos problemas, que a su vez le impedían a él conectar por completo conmigo, no fui capaz de interiorizar plenamente su masculinidad. La mayoría de los chicos pasan por una etapa infantil en la que se vuelven más independientes respecto de sus madres y se van identificando más con su propio género: su padre u algún otro modelo de masculinidad. Mi padre y yo nunca conectamos. Puede que él, de manera inconsciente, me hubiera rechazado y yo, a mi vez, le rechacé a él. Pensé que si los hombres me trataban de aquel modo, yo no quería ser como ellos. Pronto empecé a cerrarme ante los demás. Buscaba mi madre para consolarme. Cuando comencé el colegio, me di cuenta muy pronto de que si traía buenas notas a casa mis padres quizá se fijaran en mí y me prestaran la atención que yo deseaba, necesitaba y demandaba. Por entonces pensaba que mi valor como persona dependía de lo que lograba hacer. Me esforcé mucho por tener éxito académico, para ser el mejor estudiante y nunca tener mala conducta.

            Cuando tenía siete años comencé a tocar el violín. Tuve dos maestros que me presionaban en exceso. Aún me encerré más en mí mismo. Seguí enterrando cada vez más profundamente mi deseo por obtener cariño y afecto de mi padre, de ser aceptado por mi madre como un varón, y sencillamente de existir y vivir.

            Siempre me sentía como si algo horrible estuviera por llegar, a la vuelta de la esquina: muerte, heridas, accidentes y una amplia lista más. Seguí edificando mi aislada vida con más estudios, más conciertos, más ensayos. ¡Quería que se dieran cuenta de que estaba allí! Pensaba que aquello constituía la llave de mi felicidad. En lo más profundo deseaba ser uno más entre los demás chicos, practicando deportes, pasándomelo bien, ¡tirando el abrigo en cualquier lado y siendo sencillamente un niño! Pero hacia el exterior, ante mis padres, mi familia y los profesores, yo era el niño perfecto que sacaba buenas notas, un gran talento que se interesaba en el estudio.

            En contadas ocasiones me sentí a gusto con mi propio género: cuando visitaba a mi tío, un tipo simpático y cariñoso, o cuando tenía el coraje de jugar con intensidad con otros chicos. Pero siempre sucedía algo que me hacía replegarme en mi vida aislada: la enfermedad, una "mala" nota o un grito recibido en la escuela. Pensaba que la causa de todas aquellas "malas suertes" era que nadie me estaba disciplinando lo suficiente. En el colegio tenía algunos amigos. Se trataba en su mayor parte de chicos que estaban en mi mismo barco: grandes estudiantes y chicos que se esforzaban por "hacer" cosas. Encontraba descanso escuchando música. Tranquilizaba mi alma. En realidad, lo que mi alma quería era ser un niño, ser querido por mi padre, aceptado por mi madre y capaz de cometer errores, de romper con mi mundo seguro.

            Mi autoimagen era muy pobre. Pensaba que todos los demás eran más guapos, más ricos, más listos y más rápidos que yo. Mi hermana se convirtió en una rebelde en su búsqueda de amor y de aprobación. Yo veía cómo su decisión provocaba dolor a  mis padres. Yo no quería causar aquel trastorno en la familia. Después de todo, como le oí una vez a mi madre: "¿Qué iban a pensar los vecinos?".

            En los doce y los trece años comencé la pubertad. No quería empezar a afeitarme, a tener una voz más grave, o a ver como crecía el pelo alrededor de mi pene. Mi padre me advirtió que si tenía preguntas sobre el sexo había un libro en la estantería que yo podía leer. Así que pasó lo inevitable: me convertí en un adolescente. Los otros chicos parecían excitados con todo aquello, pero yo no lo estaba en absoluto. Me di cuenta de que estaba idealizando a otros chicos mayores del colegio. Deseaba ser ellos. Cuando alguien intentaba acercarse a mi, me asustaba y lo alejaba de mí.

            Percibía cierta atracción hacia las chicas. Compré algunos pósters y pornografía de mujeres. Mi hermana y mi madre encontraron un día los pósters  e hicieron comentarios que pude oír: "Oh, no. ¿Le atraen sexualmente las mujeres?" Tenía miedo a la intimidad con mujeres y evitaba ir más allá del nivel de la amistad con ellas, por temor al rechazo y avergonzado de estar interesado por ellas.

            También me percaté de que comenzaba a atraerme sexualmente otros chicos y hombres jóvenes. Lo negué y pensé que era sólo una etapa. Cuando tenía unos quince años me hice amigo de otro chico necesitado como yo, de mi misma edad. Los dos éramos músicos y comenzamos a pasar tiempo juntos. Me empezó a hacer preguntas sobre cosas como la masturbación y el sexo. Lenta pero firmemente comenzó a seducirme. Un día tuvimos una relación sexual. El impulso para hacerlo y la necesidad eran demasiado intensos como para negarse. Puedo recordar esa primera vez como si fuera ayer. En realidad yo no deseaba hacerlo, pero no dije que no. La desleída voz en mi conciencia que se oponía e difuminó en aquel momento.     

            Comenzamos a tener relaciones sexuales con regularidad. Él compraba pornografía y me la enseñaba.

Nuestra "relación" continuó durante algunos años. Me engatusaba par lograr que fuera a su casa diciéndome que me daría sus favores sexuales, satisfaciendo así los suyos. Dejé que la necesidad de atención y contactos masculinos se apoderara de mí. No tardó en hablarme de lugares en los que los hombres se encontraban para tener relaciones sexuales: baños, parques, bares. Cuando entré en la universidad comencé a explorar ese mundo. En la superficie seguía siendo el músico tranquilo e intelectual. En el interior me convertí en un furioso adicto al sexo, que no cesaba de buscar contactos sexuales con varones, a menudo un par de veces por semana. ¡Resultaba tan vigorizador, me daba tanta energía y era tan contracorriente! De puertas afuera yo era el tipo más simpático con la gente, pero en mi interior, me dedicaba a tener anónimas relaciones sexuales. Las cosas continuaron así durante uno o dos años.

            Cuando tenía diecinueve años decidí que no quería seguir con aquel estilo de vida. Empecé a buscar respuestas. No quería ser homosexual. No quería tener relaciones sexuales con hombres. Algo me faltaba. Sencillamente no era adecuado para mí. Escribí a muchas organizaciones diferentes. Entré en contacto con sacerdotes, grupos religiosos y psicológicos. Muchos me contestaron con sus respuestas: acéptate como eres o acepta a Cristo y te curarás. No era la respuesta que estaba buscando. Entonces leí en una revista un artículo acerca de la homosexualidad. Abordaba la posibilidad de las causas genéticas y de cómo muchas personas vivían felizmente ese tipo de vida. Al final del artículo se reflejaba la controversia entre profesionales de la psicología que ayudaban a personas a descubrir por qué tenían atracciones homosexuales y como afrontar esas causas para poder satisfacer las necesidades que subyacían a esas inclinaciones. Rápidamente escribí a uno de esos psicólogos. Me respondió enseguida y poco después comenzaba las sesiones de terapia con él. Me enseñó muchas herramientas cognitivas muy valiosas, que incluían cómo hacer amigos, cómo ganar autoestima y otras del estilo. Su teoría era que adquiriendo amistades no eróticas con otros hombres las atracciones homosexuales bajarían de intensidad. Comencé a sentirme mejor conmigo mismo. Salí con otros varones y me obsesioné con estar con hombres el máximo tiempo posible. Les idolatraba. Buscaba a los más guapos para hacerme su amigo. Los quería para mí. Buscaba en ellos mi masculinidad.

            Durante unos años me sentía más feliz. Entonces, cuando tenía veintidós años, me mudé a otra ciudad al acabar la universidad. De repente me encontraba solo de nuevo. Sin amigos, sin acceso a la masculinidad, y sin nadie que se fijara en mi. De nuevo comencé a repetir mi conducta sexual. El vivir en una gran ciudad no ayudaba demasiado. ¡Tantos baños públicos, tantos parques y bares! Empecé a traer hombres a casa, pensando que si el sexo no era anónimo quizá no resultara tan doloroso emocionalmente. Seguía provocándome un gran dolor en el alma. Pensé que podría seguir con esa vida y a pesar de ello casarme con una mujer. Quizá podría casarme con una mujer bisexual. De esta forma yo no tendría que dejar mi conducta y al tiempo podría llevar una vida envidiable: una mujer, unos hijos, un hermoso hogar. Una vida y una doble vida. Algo dentro de mi conciencia me decía: "No. Eso no es lo que quiero". Dejé de ir a las sesiones de terapia.

            De nuevo comencé a buscar ayuda. Intentaba evitar los contactos sexuales, sabiendo que me resultaban muy dolorosos. Pero no siempre lo conseguía. Me integré en un grupo religioso que afirmaba curar la homosexualidad. "Disciplina, oración y autodominio" era su lema. Comencé a darme cuenta de que en realidad dentro del grupo muchos no se habían curado de su homosexualidad. Sencillamente la habían suprimido y rezaban para que no reapareciera. Aquello no resultó para mí: me sentía muy presionado y con miedo a hablar sobre mis atracciones y mi conducta. Seguí teniendo contactos homosexuales.

Mi dolor más profundo y mi más negra sombra -la actividad homosexual- se convirtió en mi mayor impulso y aliado a la hora de buscar más ayuda. Pensé que si me integraba en un grupo terapéutico, podría avanzar mucho más. Encontré un grupo formado por personas que luchaban por pasar de la homosexualidad a la heterosexualidad. Como seguía con mis encuentros homosexuales, comencé también una terapia individual con Richard. La corriente de mi vida comenzó a cambiar. En aquel momento comencé a cambiar de vivir en mi mente a vivir con mi corazón. Fue uno de los momentos más importantes de mi vida.

            Inicié un plan intensivo de curación. Acudía a dos grupos de sanación, frecuentaba la terapia y empecé a buscar ayuda de otras personas que se encontraban en distintos tipos de recuperación. Muchas de las técnicas que comencé  a usar eran nuevas para mí y me resultaron mucho más eficaces que nada que hubiera experimentado antes. Nunca había intentado el procesamiento espiritual, el psicodrama, el tacto no erótico con otros hombres y la concentración en las emociones. Comencé a conocer al niño que hay dentro de mí, que se sentía muy herido y anhelaba sentirse amado por mí y por los demás. Pasé muchas noches y muchos días, horas y sesiones llorando, enfadándome y aprendiendo a "engendrarme" y a quererme a mí mismo. Para mí fue crucial el investigar lo que yacía bajo mis atracciones y sentimientos homosexuales. Descubrí muchos asuntos que habían hecho que yo nunca llegase a identificarme con mi propio género: heridas relacionadas con mi cuerpo, temor a la muerte, abuso sexual, un padre abdicado, una madre y una hermana necesitada afectivamente y muchos otros puntos.

            Una vez que comencé un programa firme de trabajo bioenergético, de abrazos no eróticos con otros varones y de despertar emocional, cesaron mis actos homosexuales. Durante algún tiempo pensé que era sólo algo temporal, como había sucedido en otras ocasiones. Pero esta vez, ¡la libertad duraba! Desde octubre de 1996 he permanecido en una sobriedad sexual. Ahora sé que bajo el impulso hay una necesidad mucho más profunda de orden no sexual. Ahora satisfago estas necesidades de una forma saludable.

            Pero había más cosas en las que trabajar aparte del cambio de conducta. Yo quería curarme más de lo que estaba causando mis sentimientos homosexuales. Actualmente, en mi plan de curación, estoy trabajando y me siento más cómodo con mi cuerpo sano. Juzgo sentimientos que todavía tengo en relación con cosas que no fueron bien en la relación con mi padre y con mi madre y sigo recibiendo un sano contacto físico de otras personas. Aunque aún no me he recuperado plenamente de mi sentimiento de atracción hacia las personas de mi propio sexo, la intensidad y la fuerza de esos sentimientos han disminuido como resultado de un trabajo consistente sobre mi propia afectividad. Si siento impulsos homosexuales, busco en mi interior para descubrir qué es l oque me hace sentirme débil. Los sentimientos de atracción pueden surgir cuando alguna cosa de mi pasado se desencadena y asoma: el abandono, el abuso sexual, los sentimientos con respecto a la enfermedad o a la muerte, o la incapacidad hacia las mujeres. También me estoy dando cuenta -para mi alegría- de que en la misma medida en que progreso en mi identificación con mi propia masculinidad, me siento atraído sexualmente por las mujeres. Estoy seguro de que si sigo con mi plan de curación me llevará a una mayor libertad y a una curación interior.

            Trabajando en mi curación junto con otras personas, me he dado cuenta de que en mucha gente el padecimiento tiene diferentes síntomas: alcoholismo, abuso de drogas, cuestiones sexuales, etc. En lo profundo de cada uno de nosotros existe un niño precioso que espera recibir un amor que lo sane y lo cure. Cuando se trata de curarse de la homosexualidad, existe la carga añadida de la presión social. La corrección y la presión política han logrado que sea "impopular" el querer pasar de la homosexualidad a la heterosexualidad. A menudo nos toca padecer la incomprensión de unos por tener sentimientos homosexuales y de otros por no "aceptar" nuestra sexualidad tal cual es. Ante aquéllos que quieran curarse de la homosexualidad, doy testimonio, por mí y por otros, de que es posible. Sí, se trata de una idea nueva, y para la mayoría es un territorio no aceptado y todavía por conocer, pero podemos lograrlo. El don de la libertad está disponible para quienes de verdad deseen tomarlo.

 (Contada por Richard Cohen)

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