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Es posible el cambio

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El deseo de cambiar de sexo - Richard P. Fitzgibbons

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Los psiquiatras dicen que la operación de cambio de sexo es una colaboración con un desorden mental más que un tratamiento.


 ¿Cómo debería responder la comunidad católica a los hombres y mujeres que piensan que una operación de cambio de sexo es la solución para su problema? La enseñanza católica sobre esta área es clara. Es imposible “cambiar” el sexo de una persona. Los tratamientos de hormonas, la operación cosmética y la operación para mutilar los órganos sexuales no cambian el sexo de una persona.

 La confusión en esta área ha tenido lugar debido a que la gente tiende a deferir a los científicos, de forma particular en áreas en que su experiencia personal es limitada. Por lo tanto, cuando los doctores, incluyendo a los del prestigioso John Hopkins, han promovido las operaciones de “cambio de sexo” para hombres físicamente normales que creían que en verdad eran mujeres atrapadas en cuerpos de hombres o mujeres que creían que eran hombres atrapados en cuerpos de mujeres, muchos han aceptado la idea de que en efecto es posible cambiar el sexo de una persona.

 En un artículo de “Primeras Cosas” titulado “Sexo Quirúrgico,” el Dr. Paul McHugh, de Johns Hopkins, expuso algo de la historia del fenómeno del “cambio de sexo.”   Desde el comienzo, McHugh tenía dudas. Entrevistó a los hombres para los que los cirujanos habían creado cuerpos que parecían femeninos y encontró la afirmación de que ahora eran mujeres poco convincentes. Afirma:

 Ninguno de estos encuentros fue persuasivo… Los sujetos después de la operación me impresionaban porque parecían caricaturas de mujeres. Llevaban tacones altos, bastante maquillaje y ropa extravagante; hablaban de cómo se encontraban capaces de dar rienda suelta a sus inclinaciones naturales por la paz, domesticidad y gentilidad –pero sus largas manos, las manzanas prominentes de Adán y los gruesos rasgos faciales  eran incongruentes (y lo eran más en cuanto más edad tenían.) Las mujeres psiquiatras a las que les mandé que hablasen con ellas veían de forma intuitiva por medio del disfraz y las posturas exageradas. “Las mozas conocen a las mozas,” me dijo una, “y ese es un hombre.” 

 Cuando llegó a ser jefe de psiquiatría en Johns Hopkins, McHugg decidió desafiar lo que consideraba que era una dirección errónea de la psiquiatría. Estimuló un estudio ya comenzado sobre los resultados de esas operaciones. El estudio encontró que mientras la mayoría de los clientes decía que eran felices con el resultado, los distintos problemas psicológicos, que acompañaban a sus sentimientos de que eran del sexo opuesto, permanecían sin cambiar.  Todavía tenían las mismas dificultades con las relaciones, el trabajo y las emociones.

 McHugh llegó a la conclusión de que “proporcionar una alteración quirúrgica al cuerpo de estas personas desafortunadas significaba colaborar con un desorden mental más que tratarlo.   Ordenó que no se siguiese con esa práctica en John Hopkins e intentó convencer a los demás de que esas intervenciones eran un uso indebido de la psiquiatría y de la cirugía. Sin embargo, a pesar de la evidencia, el apoyo para la idea de las operaciones de “cambio de sexo” ha seguido creciendo. En efecto, ha habido varios artículos discutiendo si es aconsejable comenzar el proceso de “cambio de sexo” en la adolescencia e incluso antes. 

 McHugh se sintió frustrado al encontrar que los que promueven las operaciones no seguían una evidencia empírica:

 “Uno podría esperar que el hecho de que los que reivindican esa identidad sexual no tengan base biológica ni física produciría más evidencia para persuadir a los demás. Pero como he podido ver, existe un profundo prejuicio a favor de la idea de que la naturaleza es totalmente maleable.

 Sin ninguna posición fijada sobre la que se da en la naturaleza humana, cualquier manipulación de ella se puede defender como legítima. Un procedimiento que parece dar a la gente lo que quiere –y que algunos de ellos se preparan para demandar- resulta ser difícil combatirlo con la experiencia y la sabiduría profesional ordinaria. Incluso se resiste a pruebas controladas o estudios seguidos cuidadosamente para asegurar que la práctica en sí misma no es dañina son resistidos y se rechazan los resultados.”

 Cada célula del cuerpo de una persona contiene cromosomas que identifican al individuo como varón o mujer. No es simplemente un asunto de genitales diferentes. Antes del nacimiento las hormonas prenatales forman los sesos de los chicos diferentes a los de las chicas. 

 La cirugía mutiladora y los tratamientos de hormonas pueden crear la apariencia de un cuerpo masculino o femenino pero no pueden cambiar la realidad subyacente. No es posible cambiar el sexo de una persona.

 Al promover la verdad sobre el ser humano, la Iglesia se sitúa al lado de la ciencia cuando proclama que no es posible cambiar el sexo de una persona. Por lo tanto, las personas que afirman haber cambiado de sexo no pueden casarse ni ser ordenadas sacerdotes.  Un hombre que es alterado quirúrgicamente para parecerse a una mujer no puede casarse con un hombre y una mujer con apariencia de hombre no puede ser ordenada sacerdote.

 Desafortunadamente, la promoción de las operaciones de “cambio de sexo” ha hecho que disminuya la investigación para la prevención y terapia para las personas que padecen de disforia de género. Sin embargo, cierto número de profesionales de salud mental trabajan para ayudar a esas personas.

 Por ejemplo, en un caso,  un hombre católico casado que tenía varios hijos quería convertirse en mujer. Había terminado la electrólisis para quitarse el pelo facial y estaba en tratamiento hormonal. Cuando era niño había sido incapaz de identificarse con su padre iracundo, sus hermanos mayores agresivos o los chicos hostiles del vecindario. Veía a los hombres como iracundos, violentes, gente tenebrosa con la que no podía identificarse. En vez de eso, había escapado de lo que percibía como el mundo inseguro de los hombres dirigiéndose a un mundo femenino de fantasía en el que se encontraría a salvo. Cuando maduró, estas fantasías disminuyeron y se casó y tuvo hijos. Sin embargo, en cierto punto de su vida se encontró en una situación extremadamente estresante tanto en el trabajo como en casa y su fantasía original de estar más seguro siendo mujer volvió a salir a la superficie.

 En su tratamiento terapéutico, llegó a comprender los orígenes de su incapacidad para identificarse con su masculinidad. Luego trabajó en perdonar a los hombres y chicos que le habían hecho daño en su infancia y en su adolescencia, especialmente su padre y sus hermanos. Al trabajar con un director espiritual, llegó a experimentar lentamente a Dios como padre amoroso que le protegía y desarrollar una relación con San José como un modelo de rol de amor masculino. Un objetivo importante del tratamiento era ayudarle a ver su propia masculinidad como un regalo positivo de Dios.

 En otro caso, un hombre de 30 años con excelentes capacidades atléticas estaba buscando operarse para “cambiar de sexo.” El terapeuta que consultó podía ayudarle a destapar serios conflictos emocionales con su madre. Ella era una persona centrada en sí misma y drogadicta que le había abandonado esencialmente cuando era un niño. De forma inconsciente, él pensaba que si fuese una mujer, podría recibir finalmente el amor y aceptación de su madre. Como no había experimentado una relación confortable ni amable de madre/hijo, su capacidad de confiar y sentirse a salvo en el mundo estaba muy dañada. Pensaba que si fuese una mujer se sentiría protegido en el mundo. Como consecuencia de su participación regular en un “grupo de apoyo transexual” (que estaba enfocado a estimular procedimientos de “cambio de sexo”), llegó a creer que había base biológica para su creencia de que era una mujer. Fue extremadamente difícil para el joven admitir su problema con su madre o reconocer sus sentimientos de decepción, tristeza y resentimiento. Eventualmente, por medio de la terapia, pudo reconocer los efectos de la disfunción de su madre sobre su propia auto-imagen.  

 Tratando a clientes que tienen deseo de ser del sexo opuesto, es importante no tomar el deseo a valor nominal sino destapar los conflictos emocionales que les han conducido a pensar que serían más felices, estarían más seguros y tendrían más confianza siendo del otro sexo. El reconocimiento del dolor emocional con los compañeros o con un padre conduce a la consciencia de ira significativa que puede resolverse por medio de un proceso de perdón.   Al mismo tiempo es necesario tratar la baja auto-estima, la imagen física pobre, la tristeza y los miedos.

 Muchos de los que buscan la operación de “cambio de sexo” padecieron el desorden de identidad de género (GID) no diagnosticado y no tratado cuando eran niños. Por ejemplo, un terapeuta fue consultado por un miembro de la familia de una mujer joven que le había dicho a sus padres que quería operarse para “cambiar de sexo” después de graduarse en la universidad. Desde la infancia, la mujer joven había mostrado todos los síntomas clásicos del GID.   Nunca había tenido amigas, nunca había llevado vestidos ni se maquillaba, ni se había puesto nunca joyas ni había tenido una cita con un chico. También insistía que sus padres católicos se dirigían a ella con un nombre de chico cuando estaban de acuerdo en hacerlo.

 El GID  en los niños es una condición tratable, sin embargo, según Zucker y Bradley, que son expertos en el tratamiento de este desorden en los niños, la ambivalencia de los progenitores es, en la mayoría de los casos, parte del problema con padres que ignoran o excusan problemas obvios.   Zucker y Bradley animan a la intervención rápida, no simplemente para evitar un deseo posterior de un “cambio de sexo” sino para prevenir el sufrimiento, la infelicidad y el aislamiento que experimentan los niños con GID. En el caso de esta mujer joven, el terapeuta recomendó el tratamiento de GID al miembro de la familia que pidió consulta pero esta recomendación no se les comunicó nunca a los padres. A esta mujer joven se le extirparon recientemente sus pechos.

 Los demás conflictos que se dan en las personas que buscan la operación de “cambio de sexo” son un fracaso para abrazar la bondad y belleza de su masculinidad o feminidad, el desprecio de su cuerpo, profundo resentimiento con un padre o compañero, soledad y tristeza en la infancia, rechazo de los compañeros del mismo género, intensos temores de ser traicionado y herido, y un profundo deseo de ser protegido en el mundo. Un conflicto menos común  se ve en algunos chicos que tienen habilidades artísticas y dones creativos, que les llevan a experimentar una atracción fuerte hacia la belleza del mundo femenino y a una identificación con la feminidad. Esta reacción artística puede comenzar pronto en la infancia y puede llevar a un deseo de ser mujer. En raros casos, un padre quiere que su hijo sea del sexo opuesto, viste y trata al niño como si fuese del sexo opuesto y puede incluso llevar al niño a un “grupo de apoyo transexual.”

 El auto-conocimiento, el perdón, psicoterapia experta y buena dirección espiritual pueden formar parte del proceso de sanación. Se necesita hacer mucho más trabajo en este campo. Los padres, pediatras y educadores necesitan poder reconocer el GID en los niños. Los profesionales de salud mental y los curas deben comprender los orígenes de la condición y saber que el éxito del tratamiento puede darse en personas que llegan a ellos con el deseo de un “cambio de sexo.” Finalmente, los profesionales con experiencia positiva en tratar este problema deben compartir sus pericias con los demás.

 Este artículo fue publicado por primera vez en Ethics & Medics, en Octubre de 2005, Volumen 30, 10. Es reimpreso con permiso del Centro Nacional Católico de Bioética, que mantiene el copyright. Ethics & Medics es editado por Edward J. Furton, M. A., Ph. D., ético y Director de Publicaciones. Página Web: www.mcbecenter.org.

 

 

 

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