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"Tendencias destructivas en la salud mental. El camino bien intencionado hacia el daño"

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“La psicología, la psiquiatría y el trabajo social han sido cogidos por una agenda ultra-liberal”

“Lo políticamente correcto mal encaminado ata nuestra inteligencia”

“Si la psicología va a elevarse como un águila, tanto necesita un ala izquierda como una derecha.”


Las frases de arriba no salen de la pluma de un conservador fanático, radical y de la derecha. Más bien, son la conclusión de un libro nuevo escrito por dos auto-identificados “activistas liberales de toda la vida” y líderes influyentes de la Asociación Americana de Psicología (APA), que se oponen con vigor a la intolerancia de sus compañeros psicólogos.

Rogers H. Wright y Nicholas A. Cummings han sido presencias visibles en la APA en los siguientes papeles:

Wright es antiguo presidente de la División 12, presidente fundador de la División 31, presidente fundador del Consejo para el Avance de las Profesiones y Ciencias Psicológicas (CAPPS), miembro del APA, Diplomado en Psicología Clínica y ha recibido un doctorado Honoris Causa y es un médico distinguido de las Academias Nacionales de Consulta Médica.

Cummings es actualmente un profesor distinguido de la Universidad de Nevada, presidente de la Fundación Cummings para la Salud de la Conducta; preside los consejos de la Fundación Nicholas y Dorothy Cummings y CareIntegra. Fue presidente de la División 12 y de la División 29 de la APA y ha recibido cinco doctorados Honoris Causa por sus contribuciones a la Psicología, educación y al Griego clásico. Ha recibido la medalla de oro de psicología por las contribuciones de su vida a la consulta.

El libro nuevo de Wright y Cummings es respaldado por una lista de personalidades premiadas por la Academia, incluyendo al ex-presidente de la APA Robert Perloff, Arnold Lazarus, Martin Kalb, Michael Hoyt, Fred Baughman, el ex–presidente de la APA Jack G. Wiggins, Robyn Dawes y David Stein.

Los editores de este volumen ofrecen argumentos convincentes de las tendencias destructivas en las profesiones de salud mental –de forma más particular en la psicología pero también en la psiquiatría y trabajo social. Demuestran desde una perspectiva interna cómo el activismo se hace pasar por ciencia en la APA y cómo se ha redefinido la “diversidad” en una especie de politiqueo estrecho, en el que los puntos de vista que no concuerdan con ella no sólo se descartan sumariamente sino que los que mantienen esos puntos de vista son castigados realmente.

Los autores condenan a la APA por proporcionar foros sólo para sus puntos de vista preferidos. Advierten de forma particular cómo se mina la psicología cuando la APA toma resoluciones y hace afirmaciones de política pública sobre asuntos para los que hay poca ciencia o inadecuada. Esa prostitución de la psicología por los grupos activistas dentro de la APA está contribuyendo, dicen, a la desaparición de la profesión como organización científica. “La Psicología y la salud mental,” dice Cummings, “se han desviado de la integridad científica y la investigación abierta, además de la consulta compasiva en la que el bienestar del paciente es primordial.” (p. xiii).

Cummings y Wright advierten que “la psicología, la psiquiatría y el trabajo social han sido cogidos por una agenda ultra-liberal” (p. xiii) con la que están de acuerdo personalmente con respecto a pocos aspectos, como los ciudadanos particulares. Sin embargo, expresan alarma por el daño que una agenda así está llevando a cabo en la psicología como ciencia y el daño que se le está haciendo a la credibilidad de los psicólogos como profesionales.

Se refieren a un principio enunciado por la anterior presidenta de APA Leona Tyler, donde la defensa de la APA como organización debería basarse en “los datos científicos y la experiencia profesional demostrable,” (p. xiv) dejando a los psicólogos individuales o a grupos de psicólogos para defender como ciudadanos particulares e implicados. Pero censuran las “ideologías conducidas por la agenda” en la APA que erosionan a la psicología como ciencia. Como advierten, “La APA ha preferido la ideología sobre la ciencia y así ha disminuido su influencia en los funcionarios con poder de decisión de nuestra sociedad” (p. xiv).

Añaden que “En la psicología de hoy, hay temas considerados políticamente incorrectos y no son publicados ni financiados. Los editores de los diarios controlan lo que se acepta para la publicación a través de los que son elegidos para conducir revisiones de compañeros... existe la censura... El Supervisor en Psicología detesta el cuidado manejado” pero “ama las noticias manejadas” (p. xiv).

Wright y Cummings expresan alarma por la “proliferación de terapias que no sólo se encuentran sin validación sino que son irresponsables y con frecuencia se demuestra posteriormente que son nocivas” (p. xv). Por ejemplo, “la sociedad pasó un número de años enviando a padres a prisión basándose en recuerdos falsos, seguidos de años en los que se les liberaba con la defensa de la corte, ya que los fiscales eran conscientes de la inculcación de los recuerdos,” (p. xv) con la pérdida de licencia de los médicos y el fastidio de los pleitos. Cummings advierte que aunque él y su co-editor vivieron la “abominable” era MacCarthy y la caza de brujas de Hollywood, sin embargo, no existía “el sentido insidioso de intimidación intelectual que existe actualmente bajo lo políticamente correcto” (p. xv). “Ahora lo políticamente correcto mal encaminado ata nuestras inteligencias. A los que son vistos como conservadores se les mira de arriba abajo como carentes de inteligencia” (p. xv).

La penetración de esta intimidación no era apreciada por los editores hasta que comenzaron a hablar con contribuyentes potenciales a este libro –“muchos de los cuales declinaron en ser incluidos, temiendo pérdida de titularidad o de altura y citando anteriores ataques ridículos e incluso viciosos...” (p. xv). Llegan a la conclusión de que “la diversidad política está tan ausente en los círculos de salud mental que la mayoría de los psicólogos y de los trabajadores sociales viven en una burbuja. Por lo que pocas veces alguien expresa su desacuerdo ideológico con los colegas cuando creen que todas las personas inteligentes piensan como ellos. Son conscientes de que existen los conservadores pero consideran el término ‘conservador inteligente’ como un oxímoron” (p. xvi).

Cummings advierte que la burbuja intelectual estaba “tan condensada que los psicólogos se sorprendieron” cuando la Casa de los Representantes y el senado censuraron a la APA por publicar un “meta-análisis y estudio de entrevista de estudiantes universitarios que habían sufrido abusos en la infancia” (p. xvii) (Aunque se culpó a la presentadora de la tertulia de radio Dra. Laura por la responsabilidad original y la protesta por la publicidad que se le había dado a NARTH, que fue la que primero sacó el estudio y se lo dio a Dra. Laura). “La condena (de APA) fue unánime tanto en la casa como en el Senado... incluso los dos miembros psicólogos de la Casa se abstuvieron antes de votar no” (p. xvii). Así, “la humillación fue total” (p. xvii).

Incluso más inepto fue el testimonio de la APA ante el Congreso, donde se centraron profundamente en la “parte de la libertad académica y la investigación científica no censurada” más que centrarse en el daño de la pedofilia. La diversidad sociopolítica se necesita tan urgentemente en la APA, que “Si la psicología va a elevarse como un águila, necesita tanto un ala izquierda como un ala derecha...Debemos ampliar el debate reduciendo el ridículo y la intimidación de las ideas contrarias al pensamiento de lo establecido en el campo de la psicología” (p. xviii).

Hubo una vez en la historia de la psicología, nos recuerda Wright, en el que la disciplina estuvo enamorada de la parapsicología y de la adivinación del pensamiento, una desventura a la que realmente corrieron dólares federales. Aunque esa época ha pasado, todavía persisten dos aspectos de esa época:

El gobierno federal e instituciones privadas continúan gastando millones de dólares en investigación políticamente correcta y afición psicológica mientras se rechaza financiar más investigación básica y con sentido. Y la sociedad continúa creyendo que los profesionales de la salud mental poseen algún tipo de omnisciencia en lo que se refiere a temas humanos” (p. xxiii).

Wright expone la “proliferación de filosofías, prácticas y procedimientos que, en el mejor de los casos son interesados, y, en el peor, destructivos para la integridad de la psicología y opuestos al concepto de ayudar a los pacientes a llegar a ser sanos mentalmente e independientes” (p. xxiv). Atribuye estos cambios a la preocupación cultural por lo políticamente correcto, la sensibilidad y la diversidad.

Wright advierte que el daño hecho por la obsesión por lo políticamente correcto impide que se realice investigación importante y contribuye a los ataques personales a los mismos investigadores (p. xxviii).


ACTIVISMO GAY EN LA APA

El tema de la homosexualidad es ilustrativo de cómo lo políticamente correcto y una definición estrecha de la “diversidad” han dominado a la APA. Wright advierte que en el clima actual, es inevitable que surjan conflictos entre los varios subgrupos del mercado. Por ejemplo, los grupos gays que se encuentran dentro de la APA han intentado repetidamente convencer a la asociación de que adopte normas éticas que prohíban a los terapeutas ofrecer servicios psicoterapéuticos diseñados para salir de la homosexualidad, sobre la base de que esos esfuerzos no tienen éxito y son nocivos para el paciente. A los psicólogos que no estén de acuerdo con esta premisa se les considerará homófobos.

Esos esfuerzos son problemáticos especialmente porque abrogan el derecho del paciente de elegir el terapeuta y de determinar los objetivos terapéuticos. También niegan la realidad de los datos demostrando que la psicoterapia puede ser eficaz para cambiar las preferencias sexuales en los pacientes que desean llevarla a cabo (pp. Xxx).

DEFENSA SIN EVIDENCIA DE EFICACIA

Wright dice que existen muchos tratamientos defendidos por la psicología con poca o ninguna evidencia de eficacia –por ejemplo, la ayuda psicológica para el dolor y el trauma, el tratamiento de los recuerdos reprimidos con respecto al abuso sexual además del uso extensivo (o abuso) de medicación para diagnósticos cuestionables de depresión y ADD/ ADHD.


REQUERIMIENTOS DE FORMACIÓN CONTINUA

Es igualmente tan duro sobre los requerimientos de Formación Continua (CE), que ve como la “creatividad interminable en expandir los ingresos personales” y “aprovecharse de la legislación del estado que autorizan la formación continua... No importa que las ofertas de CE tiendan a ser con frecuencia de poca calidad, de valor dudoso, que se enseñe pobremente, frecuentemente con información falsa y que contribuyan al aumento de los costes de todos los servicios profesionales” (p. xxxii).


LO POLÍTICAMENTE CORRECTO, SENSIBILIDAD Y DIVERSIDAD


Cummings y O’Donohue llegan a la conclusión de que la psicología ha entregado su profesionalidad y su ciencia a lo políticamente correcto. Ofrecen los ejemplos siguientes: El apoyo de la APA para absolver la responsabilidad de conducta aberrante cuando es “integrada;” la ampliación del concepto de víctima en el que “todo el mundo es víctima pero nadie está loco” y la reformulación de la diagnosis psiquiátrica debido a la presión de los activistas (p. 8).

La visión del autor de las decisiones de 1973 y 1974 de reclasificar la homosexualidad merece la pena que se cite aquí:

El Manual de Diagnóstico y Estadística de la Asociación Psiquiátrica Americana cedió súbita y completamente a la presión política cuando en 1973 se suprimió la homosexualidad como condición anómala tratable. Una tormenta de fuego política había sido producida por los activistas gays de dentro de la psiquiatría, con una oposición intensa a la normalización de la homosexualidad procedente de pocos psiquiatras abiertos que fueron demonizados e incluso amenazados, más que refutados científicamente. La Casa de Delegados de Psiquiatría esquivaron el conflicto sometiendo el asunto a votación de los miembros, marcando la primera vez en la historia de la atención sanitaria en que una diagnosis o carencia de diagnosis se decidía por voto popular en vez de por la evidencia científica (p. 9).
Los autores no se quejan de lo que se hizo sino más bien, de cómo se hizo. El co-autor (Cummings) del capítulo no sólo está de acuerdo con el resultado sino que en 1974 introdujo con éxito la resolución que declaraba que la homosexualidad no era una enfermedad psiquiátrica. Sin embargo, la resolución llevaba consigo una “proscripción de que se realizaría la investigación adecuada y necesitada para basar estas decisiones.” Cummings “veía con consternación como la APA no hacía ningún esfuerzo para promover y ni siquiera para alentar esa investigación que se requería” (p. 9).

Desafortunadamente, tanto la Asociación Psiquiátrica Americana y la Asociación Psicológica Americana había establecido precedentes: “constantemente las diagnosis eran sujetas a decreto político” (p. 9). Como consecuencia, advierten los autores, “La diagnosis hoy en la psicología y psiquiatría está abarrotada de verborrea de lo políticamente correcto, que aparentemente ha tomado prioridad sobre la experiencia profesional y la validación científica” (p. 9).

El libro ofrece numerosos ejemplos en los que lo políticamente correcto ha influido en el proceso de tratamiento, a veces positivamente y otras de forma negativa. Describen formas en las que el asesoramiento de crisis realmente puede perjudicar a la recuperación (p. 14), cómo la psicología ha subestimado la capacidad humana de recuperación por mensajes de victimización y cómo los mejores temas de consulta (que emergían del fiasco de los recuerdos recuperados) simplemente no existen en la psicología organizada. Advierten con consternación que lo políticamente correcto interfiere realmente con los esfuerzos de la investigación: “Dentro del concepto de dejar que florezcan mil flores, la psicología se ha descrito como incapaz de dirigir el asunto de las mejores consultas” (p. 16), mientras que a veces permite prácticas nocivas como el renacimiento (en la que algunos niños han muerto).


LOS ACTIVISTAS PRESIONAN PARA QUE SE CONSIDERE “SIN ÉTICA” EL TRATAMIENTO DE LA AMS NO DESEADA


Aunque la APA ni tiene voluntad ni es capaz de evaluar sus consultas de tratamientos, los autores advierten que:

...esto no evitó que su Consejo de Representantes en 2002 impulsase una moción para declarar no ético el tratamiento de la homosexualidad. Esto se hizo con el objetivo de perpetuar la homosexualidad, incluso cuando el paciente homosexual busque tratamiento voluntaria e incluso ávidamente.

Curiosamente, y exactamente también, no hubo contra-argumentación contra las intervenciones psicológicas dirigidas por terapeutas gays para ayudar a los pacientes a ser gays... Presionados vigorosamente por el lobby gay, fue visto eventualmente por un número suficiente de miembros del Consejo como fuera de lo políticamente correcto y fue rechazado por lo márgenes más estrechos.

En una serie de cartas valientes a los varios componentes de APA, el anterior presidente Robert Perloff se refería a la voluntad de muchos psicólogos de pisotear los derechos de los pacientes a un tratamiento en el interés de lo políticamente correcto. Señalaba que declarar ese tratamiento como no ético privaría al paciente de la opción de tratamiento porque la amenaza de sanciones eliminaría a cualquier psicólogo que se comprometiese con ese tratamiento. Aunque la resolución fue rechazada estrechamente, esto no ha detenido a sus proponentes de ridiculizar a los colegas que proporcionan ese tratamiento a los pacientes que lo quieren. (p. 18).

Cummings y O’Donohue enumeran problemas particulares relacionados con la práctica de lo políticamente correcto, especialmente con respecto a las creencias y al discurso. Incluyen lo siguiente:

...las proscripciones y prescripciones relacionadas con lo políticamente correcto son generadas por decreto más que por argumentos razonados ...lo políticamente correcto se apoya frecuentemente en la noción de que un discurso o una creencia es “ofensivo” para alguien... centrándose exclusivamente en la “ofensa.” Lo políticamente correcto se salta más consideraciones preponderantes como los derechos legales a la libertad de expresión ... los remedios y castigos para las transgresiones reales o aparentes de las reglas de lo políticamente correcto tienden a ser abiertamente severas... (p. 19).


COMPRENDER LO POLÍTICAMENTE CORRECTO

Los autores advierten que no existen datos empíricos sobre lo políticamente correcto porque es “políticamente incorrecto cuestionar lo políticamente correcto” (p. 22). Plantean dos cuestiones con respecto a lo políticamente correcto y ofrecen un número de hipótesis para las pruebas potenciales. Las preguntas son: “¿Qué funciones psicológicas realiza lo políticamente correcto para la persona?” y ¿Qué es lo que atrae de lo políticamente correcto a ciertas personalidades?” La hipótesis ofrecida para comprender estos fenómenos conductuales incluyen:

Lo Políticamente Correcto Alberga La Hostilidad.
Lo Políticamente Correcto Refleja Narcisismo.
Lo Políticamente Correcto Oculta Histrionismo.
Lo Políticamente Correcto Funciona como Moralidad Inmediata.
Lo Políticamente Correcto Maneja Poder.
Lo Políticamente Correcto Sirve como Distracción.
Lo Políticamente Correcto Implica Intimidación.
Lo Políticamente Correcto Carece de Alternativas.

El estudio empírico de las cuestiones de arriba puede ofrecer datos evaluables sobre el fenómeno de lo políticamente correcto. Mientras tanto, los autores advierten cómo este fenómeno preparado es hostil a la ciencia permitiendo el rechazo de cualquier averiguación que no sea consistente con una ideología o agenda particular: “Así, lo políticamente correcto y el postmodernismo que actualmente impregna la psicología académica van de la mano” (p. 24).

Los autores afirman que lo políticamente correcto es hostil a ciertas cuestiones de investigación que pueden ser impopulares y puede tener un efecto escalofriante sobre la ciencia. Además, lo políticamente correcto puede ver ciertas cuestiones como asuntos morales asentados más que cuestiones empíricas que requieran investigaciones científicas. Los autores advierten, por ejemplo, “...el estatus de la homosexualidad es una cuestión moral asentada en el movimiento de lo políticamente correcto,” citando, por ejemplo, que la Donación Nacional para el Arte vería probablemente a los que se oponen a la pintura Piss Christ como que infringen la libertad de expresión pero si encontrasen una pintura similar titulada Piss Gay la tildarían de ofensiva y de moralmente perversa.

Finalmente, advierten que lo políticamente correcto está tan inculcado en muchas de las instituciones de ciencias, academias y agencias de gobierno que las prioridades o políticas tienen la influencia de los que financian a los que padecen SIDA en oposición a los que financian a los que padecen cáncer de pecho o la práctica de evaluar las subvenciones por categorías determinadas federalmente de inclusión de las minorías (p. 25).

O’Donohue ofrece un examen crítico de la sensibilidad cultural, advirtiendo que la necesidad de sensibilidad cultural se cita repetidamente en la literatura de la corriente principal, la definición de ese término sigue siendo imprecisa. Señala la dificultad para definir la cultura y cómo la raza y la etnia producen problemas con miembros del grupo, citando los beneficios y costes de utilizar grupos étnicos como variables. Llega a la conclusión de que: Dadas las complicaciones, la cultura como concepto global puede que no resulte particularmente útil para nuestras actividades como profesionales de psicología. También puede ser prematuro hacer prescripciones éticas basadas en este concepto, dado el estado de nuestro conocimiento en este momento. Aconsejamos una postura cautelosa. Antes de precipitarnos a ser aceptados como sensibles culturalmente, necesitamos definir la aplicación de este concepto a la psicología y valorar sus contribuciones potenciales a este campo. Estos beneficios deben ser sopesados contra el riesgo real de permitir consideraciones culturales que debiliten nuestras capacidad de proporcionar una terapia eficiente y una investigación efectiva (pp. 42-43).

En el libro, Ofer Zur proporciona un tratado políticamente incorrecto de la psicología de la víctima. Zur enfoca la victimización moviéndose de la culpa, en vez de examinar cómo la cultura perpetúa los sistemas de violencia. Utilizando un enfoque de los sistemas, evita culpar y se centra en la curación. Llega a la conclusión de que:

Comprender los tipos, los orígenes y el modo de las operaciones de las víctimas permitirá a los terapeutas y no terapeutas por igual reconocer, prevenir e intervenir en sistemas violentos, capacitando a todos los participantes para vivir mejor. Para que esto ocurra, se debe ayudar a las víctimas a superar sus sentimientos de desamparo, desesperación y baja auto-estima. No deben centrarse en la culpa y deben evitar la auto-rectitud. Las víctimas tienen que creer que tienen una opinión en lo que les sucede y aprender a superar sus patrones de víctimas. El proceso de curación debería potenciarlos para que lleguen a ser contribuyentes conscientes a la revelación de sus vidas, que pueden llegar a ser dignificadas y llenas de sentido (p. 62).

El último capítulo de esta sección se titula: Homofobia: Concepto, Definición y Asuntos de Valor.” Los autores de esta sección, O’Donohue y Caselles, advierten que “homofobia es un concepto potencialmente importante, dada la cantidad significativa de violencia y otras violaciones de los derechos que experimentan los homosexuales y las reacciones que las complejidades relativamente recientes del SIDA han suscitado hacia los homosexuales y la homosexualidad” (p. 65).

O’Donohue y Caselles ofrecen una historia breve de la homosexualidad relativa a la nomenclatura psiquiátrica, subrayando cómo el tema se politizó y cómo el activismo con el clima social de los años 60 como telón de fondo abrió las puertas a una reclasificación. Los activistas utilizaron de forma selectiva los escritos del psiquiatra renegado el Dr. Thomas Szasz, que vio mucho de la psiquiatría como fraudulento y creía que funcionaba para oprimir y suprimir a los que mantenían ideas inaceptables. Los activistas gays trasladaron las ideas de Szasz de forma selectiva para apoyarles en sus esfuerzos por atacar a la profesión psiquiátrica por utilizar el lenguaje de la ciencia para condenar posiciones de valor, esencialmente su valor de la homosexualidad. Irónicamente, las ideas de Szasz sobre la homosexualidad eran similares a las ideas que prevalecían en aquel momento:

Desde la revolución freudiana y especialmente desde la Segunda Guerra Mundial, ha llegado a ponerse de moda intelectualmente mantener que la homosexualidad ni es un pecado ni un crimen sino una enfermedad. Esta afirmación significa o que la homosexualidad es una condición de alguna forma similar a los males orgánicos ordinarios, quizás producida por algún error genético o desequilibrio endocrino, o que es una expresión de inmadurez psicosexual, producida probablemente por ciertos tipos de circunstancias personales y sociales de la vida temprana.

Creo que es muy probable que la homosexualidad sea, de hecho, una enfermedad en el segundo sentido y quizás a veces incluso en el sentido más estricto. Sin embargo, si creemos que, clasificando la homosexualidad como enfermedad hemos tenido éxito al suprimirla del ámbito del juicio moral, estamos en un error (p. 67).

Así, un uso selectivo o una mala interpretación de Szasz proporcionó el ímpetu para que los activistas consiguieran su agenda.


LA HOMOSEXUALIDAD COMO ASUNTO MORAL

Con posterioridad a la revisión nosológica, la atención se desvió de la etiología y el tratamiento de la homosexualidad a la actitud negativa hacia los homosexuales. Así tuvo lugar el surgimiento del término “homofobia,” cuñado por Weinberg en 1972, que sugería que los que mantenían actitudes negativas hacia la homosexualidad no debían ser considerados sanos mentalmente (p. 68).

Aunque la “investigación” sobre la homosexualidad es abundante en la literatura, existen muchas preguntas sin responder sobre lo adecuado de las medidas utilizadas. Los autores llegan a la conclusión de que las medidas psicométricas existentes de la homofobia no concuerdan con las normas de la ciencia en ningún grado que pudiese hacerlas útiles (pp. 70-71). Advierten también que existen cuestiones de valor inherentes en la idea de “homofobia.” Irónicamente, citan los puntos llevados a cabo por Szasz y con frecuencia acogidos por los activistas gays para considerar el valor moral de los actos homosexuales. Específicamente, se refieren a la posición de que “cierto valor moral estético y cuestiones y posiciones políticas en una sociedad libre no deben cerrarse y suprimirse por los profesionales de salud mental y la investigación de la ciencia conductual. El estatus moral de la homosexualidad es uno de ellos” (p. 79).

Advirtiendo que existen argumentos disponibles fácilmente para que no se admitan los actos homosexuales y que evidentemente no son poco sólidos, citan la el amplio número de religiones cuyo punto de vista se basa en la revelación de Dios e invocan el punto de Szasz de que no se encuentra en el ámbito de los profesionales de la salud mental y los científicos de la conducta juzgar como anormales o irracionales una creencia en Dios, o ideas específicas con respecto a lo que Dios ha revelado. Advierten que estos son “asuntos abiertos correctamente sobre los que los ciudadanos de una sociedad libre deben debatir y decidir, libres de la interferencia del intento de la profesión de la salud mental de hacer una posición ética un asunto de salud mental” (p. 79).

Además, existen argumentos seculares que exponen la inmoralidad de la homosexualidad. Por ejemplo, Kant pensaba que los actos homosexuales violan el imperativo categórico: Un segundo crimen de la carne contra la naturaleza (los actos inmorales contra nuestra naturaleza animal) es el encuentro sexual entre sexos homogéneos, en el que el objeto del impulso sexual es un ser humano pero existe homogeneidad en vez de heterogeneidad de sexos, como cuando la mujer satisface su deseo con una mujer o un hombre con un hombre. Esta práctica es contraria a los fines de la humanidad porque el fin de la humanidad con respecto a la sexualidad es preservar la especie sin degradar a la persona pero en este caso la especie no está siendo preservada (como puede ser por un crimen de la carne según la naturaleza) pero la persona es anulada, el yo es degradado al nivel de los animales y se deshonra a la humanidad (p. 79).

Argumentos similares con respecto a la inmoralidad de la homosexualidad, basados en el concepto filosófico de la ley natural, los dan Platón y Aquinas y éticos más modernos como Ruddick (p. 79). Existen también más argumentos utilitaristas. Los autores dejan claro que estos argumentos “no se ha demostrado que sean verdaderos,” sino más bien posibilidades abiertas. Llegan a la conclusión de que “existen argumentos éticos que afirman que la homosexualidad es moralmente mala y que no son obviamente poco sólidos.” (p. 80). Así los autores no sólo abren el debate sobre la legitimidad de “homofobia” como concepto sino que tienen en cuenta el debate de la inmoralidad de la homosexualidad basándose en la ley natural. Este último debate hace tiempo que debía haberse adoptado y no es exactamente el ámbito de APA sino más bien el ámbito de los ciudadanos de una sociedad libre.

Bastante interesante, este punto de vista ha sido articulado por una activista auto-considerada lesbiana, Anne Fausto-Sterling, la bióloga de desarrollo de la Universidad de Brown, que advirtió que la forma en que “consideramos la homosexualidad en nuestra cultura es una cuestión ética y moral” (Dreifus, C. 2001, Exploring What Makes Us Male or Female. New York Times, Science Section, January 2).


ECONOMÍA DEL CUIDADO DE LA SALUD MENTAL

La segunda sección del libro se centra en la Economía Del Cuidado de la Salud Mental con un artículo de apertura de Nicholas Cummings titulado “Expanding A Shrinking Economic Base: The Right Way, The Wrong Way and The Mental Health Way.” Con posterioridad a proporcionar una breve historia del reembolso por los servicios de salud mental, Cummings advertía cómo el cuidado gestionado erosionaba la base económica de la psicología, produciendo que los psicólogos experimentasen una especie de analfabetismo económico, no sabiendo cómo crear un sistema viable y dirigido clínicamente.

Las consecuencias de este analfabetismo económico combinado con la industrialización de la asistencia sanitaria abren las puertas a las invenciones de síndromes como forma de ampliar la base económica, como el Desorden de Identidad Disociativo, Desorden Afectivo Estacional Inverso, Síndrome de Fatiga de Compasión y el Síndrome de la Mujer Maltratada. Esa inventiva se ha extendido a ADD /ADHD además de a la depresión de una forma que incluía a personas que históricamente no se habían incluido.

Cummings advierte que la psicología parece dedicada a la creación de esos desórdenes con ninguna semblanza de validación científica de la efectividad o eficacia clínica pero con el potencial de ampliar una base económica reducida de la psicoterapia. Aconseja: “Seguir cuidadosamente los principios económicos meditados, apoyados por la ciencia sólida, no sólo incrementará la base del paciente de la psicología sino que adelantará un largo camino hacia la restauración de la reputación mortecina del campo” (p. 109).

El capítulo de William Glasser sobre la psiquiatría es siniestro: “Aviso: La Psiquiatría Puede Ser Peligrosa para Tu Salud Mental.” Glasser censura el etiquetar a personas como enfermas mentales y acusa a la psiquiatría de mantener la ficción de la enfermedad mental y de despreciar la salud mental. Defiende ayudar a la gente a ayudarse a sí misma, sugiriendo que las relaciones insatisfactorias son las causas principales de la infelicidad. Aunque el capítulo parece de alguna forma fuera de lugar, el mensaje parece ser que estimular a las personas a ayudarse a sí mismas, quizás en grupos como AA reduciría de forma sustancial los costes relacionados con mejorar la salud mental.

Quizás el capítulo más explosivo de esta sección es “El Desorden de Hiperactividad y Déficit de Atención” escrito por Rogers H. Wright. Advirtiendo que tendrán lugar modas en la “diagnosis” y el tratamiento de conductas aberrantes, Wright argumenta que en el caso de las deficiencias de atención e hiperactividad, esas anomalías de la conducta son frecuentemente indicativas de un estado transitorio dentro del organismo, no de un desorden. Considera que es un perjuicio importante elevar los síntomas como la ansiedad y la hiperactividad al nivel de un síndrome, diagnosticando ADD / ADHD, combinando a las personas con necesidades muy diferentes y problemas muy diferentes.

Wright cita la investigación de Cummings y Wiggins (2001), que utilizaba intervenciones conductuales además de terapeutas masculinos firmes y modelos de rol positivos para tratar a los niños que estaban tomando psicotrópicos. “Después de un promedio de casi once tratamientos con el padre y aproximadamente seis con el hijo, el porcentaje de chicos con medicación se redujo del sesenta y uno por ciento al once por ciento, y el porcentaje de chicas con medicación bajó del veintitrés por ciento al dos por ciento. Estos resultados dramáticos tuvieron lugar a pesar de los requerimientos estrictos para suspender la medicación, que parece señalar a una alarmante sobre-diagnosis y sobre-medicación de ADD / ADHD y eficacia mayor sobre las intervenciones conductuales de lo que se cree generalmente que es el caso por la comunidad de salud mental” (p. 135).

Finalmente en esta sección, Wright dirige “El Mito de la Formación Continua: Una Mirada a Algunas Consecuencias Esperadas y (Quizás) Inesperadas.” Se cuestiona si los programas de Formación Continua son efectivos, advirtiendo que hay poca intención de evaluar la calidad de los contenidos. Se figura: “Como consecuencia, y hablando con franqueza, la formación continua es un gran negocio con muchos intereses creados (agencias reguladoras del estado, asociaciones profesionales nacionales y del estado, y vendedores de formación continua que incluye a universidades). Estas entidades barren en dólares, añadiendo los costes incalculables y frioleros por el precio de los servicios profesionales prestados” (p. 147). Wright relata los diversos cursos de formación continua, sugiriendo que desarrollar esta iniciativa aproxima las “proporciones de un chanchullo” (p. 149).

Es particularmente crítico con la plétora de cursos de formación continua en sexualidad humana sugiriendo que “el motivo oculto... es asegurar que se ha impartido lo último en lo políticamente correcto al médico ignorante” (p. 149). Finalmente, Wright advierte que ninguna “formación de fin de semana” puede proporcionar la competencia que se necesita en áreas críticas. Advierte. “En efecto, en mi experiencia, toda consecuencia demasiado frecuente de la formación continua es que estimula al proveedor impulsivo y tenaz aventurarse en nuevas áreas mejores dejadas a los demás” (p. 151).


INFLUENCIA POLÍTICA SOBRE LA CIENCIA Y LA CONSULTA

La sección final del libro se centra en la influencia política en la ciencia y la consulta. El primer capítulo de esta sección se centra en la supresión de la investigación impopular o políticamente incorrecta. Central para este capítulo era el tratamiento enfermo de Arthur Jensen (investigador de inteligencia), uno de los cincuenta “psicólogos más eminentes del siglo veinte” (p. 156). La ferocidad de los ataques a Jensen eran relatados y atribuidos a la “censura interesada” 8p. 156) con acusaciones de Jensen de ser “tan bárbaro como Hitler” (p. 161). Una investigación ética demostró que los cargos eran espúreos, no encontrando violaciones éticas en su investigación.

Sin embargo, esa mala intención continúa. Las consecuencias potenciales pueden ser horribles: “mientras tanto, el aprendizaje inadecuado y las capacidades de razonamiento ponen a mucha gente en riesgo de tomar medicación de forma que dañen la salud, no comprendiendo los méritos de las precauciones preventivas contra la enfermedad crónica y los accidentes y no llevando a cabo correctamente nuevos regímenes de tratamiento potencialmente más efectivo pero más complejo para los ataques al corazón, la hipertensión y otras enfermedades mortales. Ignorar intencionadamente las diferencias en competencia mental es desmesurado. Es la negligencia de la ciencia contra las personas a las que supuestamente quería proteger de la falsedad” (p. 182).

TRATAMIENTOS NOCIVOS O NO PUESTOS A PRUEBA

En el capítulo sobre “Pseudo ciencia, No ciencia y Tonterías en la psicología Clínica,” Lilenfield et al llegan a la conclusión de que existe evidencia persuasiva de que algunas formas de psicoterapia pueden ser nocivas” (p. 187). Advierten que la industria floreciente de las psicoterapias pseudo científicas y no científicas (p. 187). Son particularmente escépticos con la persuasión del postmodernismo, advirtiendo una carencia de estudios que resulten relacionados con terapias postmodernas (p. 194).

Son igualmente críticos con los libros de auto-ayuda que prometen soluciones simplistas a problemas complejos, advirtiendo que la mayoría abrumadora de esos esfuerzos no ha estado sujeta al escrutinio empírico (p. 195). Los autores citan investigación que apoya los efectos potencialmente nocivos de un número de terapias incluyendo las terapias de vínculo, interrogatorio de un incidente crítico, intervenciones en grupos de amigos para problemas de conducta, programas de personas miedosas para problemas de conducta, intervenciones para la recuperación de los recuerdos, terapia orientada a DID y la comunicación facilitada. En cada caso, los autores ofrecen evidencia convincente para el daño potencial. (pp. 196-204).

Un capítulo dedicado a los niños llamado “La Enfermedad de los Niños de América” dirige el mito de que los desórdenes de la conducta infantil son producidos por los genes, advirtiendo de que no existe buena evidencia científica. Rosemond llega a la conclusión: “Los perpetradores del modelo de enfermedad de los desórdenes de la conducta se dedican a argumentos engañosos falsos” (p. 223). Advierte que los psicólogos han confundido las condiciones biológicas con las del desarrollo, citando los criterios del DSM para una condición antisocial patológica que dice “¡describe perfectamente las terribles parejas!” (p. 226).

Después de la salida de la cultura de los años 60, emergió una sociedad completamente postmoderna y “el ascenso de la psicología clínica coincidió con el cambio de paradigma y los psicólogos (y otros profesionales de salud mental) hicieron más que cualquier otro grupo profesional para demonizar el matrimonio tradicional (supuestamente malo para las mujeres), la familia tradicional (supuestamente patológica inherentemente) y el cuidado de los niños tradicional (supuestamente malo para los niños)” (p. 226). Las consecuencias negativas del postmodernismo incluía el movimiento peligroso en la pediatría. “...la tendencia a aislar la conducta de un niño de su contexto y juzgar la conducta más que el manejo del padre de ella, como el problema” (p. 233).

El capítulo sobre “ el Aborto, Boxeo y Sionismo: Política y la APA” examina el número de resoluciones emitidas por la APA usualmente a través de su Directorado de Interés Público incluyendo temas como limitar el acceso al aborto, la violencia en la televisión y los niños, formación sobre el SIDA, libertad académica y la legalidad del boxeo. Advierten que se toman esas posiciones con poca evidencia que respalde.

Los autores advierten que existe la posibilidad del daño cuando no hay evidencia de apoyo. Por ejemplo, en el caso del aborto, el autor sugiere que “A menos que la APA tenga datos extremadamente convincentes para demostrar la ilegitimidad total de la posición anti-abortista, podría ser prudente no tomar posición sobre este asunto divisor y evitar poner psicólogos miembros en una situación innecesariamente difícil” (pp. 242-243). Los autores recomiendan que “la APA restrinja su actividad política a temas en los que los psicólogos tengan destreza legítima” (p. 250).

En el capítulo sobre “El Empobrecimiento de la Psicología: Ideas Incorrectas Sobre Cruzar los Límites y las relaciones Duales,” Ofer Zur se centran en las relaciones no sexuales en psicoterapia, sugiriendo que existen múltiples roles entre un terapeuta y paciente y advirtiendo que esas relaciones pueden ser normales y sanas. No defendiendo un apoyo total a desmontar los límites terapéuticos o promover el empleo indiscriminado de relaciones duales en la terapia, Zur enfatiza que el “objetivo del terapeuta debería ser el cuidado, la curación, la dignidad y el bienestar del paciente más que evitar el riesgo o la adherencia ciega a cierto dogma de tratamiento” (p. 255).

En el capítulo sobre la “Justicia Social en la Psicología de la Comunidad,” los autores advertían que aunque “la justicia social juega un papel crítico al definir la psicología de la comunidad, sin embargo este concepto ha esquivado la explicación y el análisis crítico” (p. 283). Los autores observan que la izquierda política de la corriente principal ha influido en la psicología de la comunidad hasta el punto de excluir la diversidad de opinión y de definir “el conservadurismo político como anormal” (p. 284).

Finalmente, Richard E. Redding dirige “Diversidad Sociopolítica en la Psicología: El Caso para el Pluralismo.” La evidencia es clara, dice –“la mayoría de los psicólogos son políticamente liberales” y “los conservadores están ampliamente infrarrepresentados en la profesión.” Dice que “existe una lucha sobre lo que se puede decir dentro de nuestra disciplina y sobre lo que no se tiene que decir, sobre lo que se puede asumir y lo que requiere explicación, sobre las preguntas que se pueden hacer y lo que constituye respuestas legítimas” (p. 303). Llega a la conclusión:

Esta carencia de diversidad política tiene consecuencias negativas no deseadas y va en detrimento de la psicología en formas que entran en conflicto con los valores esenciales y principios éticos de la profesión. Influye en la investigación sobre asuntos de política social, daña la credibilidad de la psicología con los que hacen la política y lo público, dificulta la ayuda a los pacientes conservadores, tiene como consecuencia de facto la discriminación contra los estudiantes y especialistas conservadores y tiene un efecto escalofriante sobre la educación liberal.

Redding advierte de las consecuencias problemáticas de la hegemonía liberal, incluyendo los prejuicios en la investigación política en la que “los psicólogos que investigan asuntos sociales con frecuencia tienen valores invertidos en esos asuntos” (p. 306). Advertía del prejuicio liberal conflictivo en la competencia adolescente en la que los adolescentes tomarían decisiones médicas, como en el caso del aborto, pero que no deberían ser juzgados ni castigados como adultos porque son inmaduros (p. 307).

Cita el prejuicio liberal que influye en la investigación e interpretación en la paternidad gay y lésbica:

Mucha de la investigación que se conserva que no encuentra efectos negativos de la paternidad gay en los hijos tiene serias limitaciones, por ejemplo, son pequeñas muestras, muestras no representativas y auto-seleccionadas, confianza en el que auto-informa, que está sujeto a prejuicios de deseo social y el carecer de datos longitudinales. A estas limitaciones les quitan importancia con frecuencia los defensores, que con frecuencia tampoco consideran totalmente la importancia potencial de tener el afecto de un padre y de una madre y de los modelos de rol para los niños (p. 308).


SE REVELA PREJUICIO CONTRA LOS SOLICITANTES CONSERVADORES DE LA LICENCIATURA

Redding hace referencia al famoso estudio de Gartner, que demostró empíricamente la discriminación contra los que tenían puntos de vista conservadores en las admisiones a la licenciatura. Los profesores de la APA aprobaron que se ofrecieran departamentos de psicología clínica con solicitudes de licenciatura incluyendo los promedios de punto y grado, las puntuaciones GRE y afirmaciones personales que diferían sólo en si el voluntario que lo solicitaba era un cristiano conservador. “Los profesores valoraban significativamente mucho más alto a los solicitantes no conservadores en todas las áreas, tenían menos dudas sobre sus capacidades, sentían más positivamente sobre sus capacidades para ser buenos psicólogos y los valoraban con más probabilidad de ser admitidos en su programa de licenciatura. Las averiguaciones sugieren un prejuicio en la admisión contra los religiosos conservadores, lo que viola los principios éticos y las leyes anti-discriminatorias de la APA” ((P. 312).

Redding llega a la conclusión de que la carencia de diversidad política tiene efectos escalofriantes sobre la educación liberal y que “deberíamos estimular a los conservadores a unirse a nuestras filas y fomentar un auténtico diálogo sociopolítico en nuestra investigación, consulta y enseñanza. Es en nuestro propio interés hacerlo. Si no, pagaremos un precio terrible que es consecuencia de la mente estrecha parcial. La estrechez política y la insularidad limitan y amortiguan una disciplina” (p. 318).


CONCLUSIÓN

Este libro nuevo da una idea de la Asociación Psicológica Americana y de la psicología de una forma que hasta aquí sólo se sospechaba. El coraje demostrado por Wright y Cummings no tiene paralelo. Sus quejas profesionales y científicas y sus posiciones de prominencia en la Asociación Psicológica Americana, junto con sus argumentos razonados y basados en la evidencia, hacen que su trabajo sea irrebatible. Aunque los autores de los diversos capítulos son críticos en sus juicios, sus juicios se apoyan en la evidencia y sus opiniones informadas.

El libro le da un mensaje claro a APA: tu supervivencia dependerá de la diversidad real –la inclusión de los que tienen puntos de vista diferentes, de que la psicología mantenga su integridad como organización científica, de la investigación y la consulta que esté desprovista de activismo y de lo políticamente correcto y de las resoluciones que se basen en la ciencia.

La APA haría bien en prestar atención a la sabiduría de sus propios miembros prominentes que no sólo han identificado las tendencias destructivas en la salud mental sino que ofrecen argumentos convincentes para la re-evaluación de las políticas y prácticas de la APA. La portada del libro plasma “la imagen de unas ruinas” que simbolizan “el futuro desolado del campo de la salud mental si se les deja continuar en sus caminos actuales hacia la destrucción.” Tendencias Destructivas en Salud Mental merece la distinción de ser el libro más importante de la década, quizás de las últimas décadas, de salud mental. Sus autores han vuelto a inculcar la fe en la psicología –fe en que sigue habiendo hombres y mujeres honorables cuya pasión por la profesión ya no les permitirá quedarse callados en medio de los abusos de poder, actos de discriminación y de intolerancia de puesto de vista, y la falsa representación repetida del activismo como ciencia. Quizás si la APA no comienza a regularse, lo harán las legislaturas, el público y las cortes.

 

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