Ruta: Home SUPERAR AMS Recursos Artículos 19. Autores: Aquilino Polaino La autoestima de los hijos: Un reto para los padres - Aquilino Polaino

Es posible el cambio

JA slide show

La autoestima de los hijos: Un reto para los padres - Aquilino Polaino

E-mail Imprimir PDF

La institución familiar funciona cada vez peor. En España, aproximadamente cada tres minutos se rompe un matrimonio. El drama salpica, antes que a nadie, a los cónyuges; después a los hijos, que sufren más o menos dependiendo de la edad y de cómo sean y se les explique la ruptura y cómo la vivan. Finalmente, el drama afecta a la sociedad entera. Sin persona no hay familia, sin familia no hay sociedad y sin sociedad no hay Estado. En este sentido, me parece muy bien que las administraciones públicas (como el Gobierno vasco) trabajen en la protección de la familia. Sus arcas dependerán de cómo funcione la familia, por lo que es de justicia cuidar lo que, de alguna manera, es la fundamentación económica de todo lo que hay que sostener.

La autoestima es un concepto que en nuestro país está absolutamente de moda desde los últimos diez años más o menos. No es cierto que la Psicología nunca la haya estudiado antes, ya que hay manuales de 1890 en los que ya se le dedicaban varias páginas. La autoestima es el modo en el que uno se quiere a sí mismo, el aprecio personal y los sentimientos que uno tiene acerca de su propio yo. Constituye un misterio, pero de eso vivimos y nos "alimentamos", y con eso queremos o no queremos. Por ejemplo, si un chico no se quiere a sí mismo, es imposible que quiera a sus padres, a sus amigos o a sus hermanos. También se podría formular a la inversa: si un chico no ha sido querido, es muy probable que tampoco se quiera a sí mismo.

Cuando cerramos los ojos e intentamos pensar en el primer sentimiento de nuestra vida que recordamos, es casi seguro que el que llegue a nuestra mente no fuera en su origen espontáneo, sino que resultó provocado como respuesta reactiva a otra manifestación de, probablemente, afecto de la madre o del padre. Es decir, hasta el propio origen de nuestros sentimientos está vinculado al modo en el que hemos sido queridos.

De todos modos, todo no se reduce en nuestra vida afectiva a ese modo en el que hemos sido queridos. Así, dentro de ella resulta también importante el temperamento, que cambia muy poco a lo largo de la vida. El temperamento depende del sistema nervioso central y del sistema hormonal o endocrino que cada persona trae al mundo genéticamente, y eso no cambia: el que es introvertido es introvertido, el que es muy simpático es muy simpático, el que es muy callado es muy callado, etc. Además, se trata de formas de ser que están muy bien contrabalanceadas, porque todas encierran sus pros y sus contras. Por ejemplo, el inconveniente de que casi nunca nos enteremos de lo que siente la persona que no habla se compensa con la ventaja de que, por lo menos, a su lado se puede estar tranquilo y descansado. Por el contrario, la persona que habla mucho plantea el inconveniente de que, a su lado, no hay quien pare, pero presenta la ventaja de que es expansiva. Así, suelta todo lo que lleva dentro, por lo que, si tiene un problema, quienes estén a su alrededor se van a enterar enseguida.

Hoy día, se puede hacer un diagnóstico del temperamento en la primera semana de vida del recién nacido. Su temperamento lo va a marcar para siempre. Decía el viejo Hipócrates hace veinticinco siglos que tu temperamento es tu destino. Por tanto, la afectividad -aunque aquí la vamos a estudiar desde el punto de vista familiar- tiene mucho que ver también con lo temperamental y con lo biológico, aunque también con la libertad del sujeto. Hay personas que, siendo de natural tímidas, esforzándose en la vida son capaces con el tiempo de impartir una clase delante de quinientas personas. Ahora bien, esto no significa que no sean tímidas; son constitutiva o biológicamente tímidas, si bien el aprendizaje, la exposición y la faena de cada día han logrado que todo eso se vaya abriendo. Por consiguiente, es una timidez muy distinta de la persona que se ha ido cerrando paulatinamente.

Esta introducción me sirve para dejar claro que los sentimientos básicos de cada persona tienen mucho que ver con lo que ha percibido en los sentimientos de sus padres. Ahora bien: ¿los padres educan sentimentalmente? Sí, aunque no con nuevas estrategias o nuevas habilidades, sino con el modo en el que expresan y acogen los sentimientos propios y ajenos. En el ámbito de la pareja, por ejemplo, yo creo que hay muchos matrimonios generosos y con una fidelidad probada, que, a pesar de ello, han extraído de su vida conyugal el 10% de la felicidad que podían haber obtenido.

La misma importancia que tiene compartir con la pareja la intimidad -y no sólo el pellejo- la tiene hacerlo con los hijos. Es lo que se conoce actualmente con el término "apego". El apego es la unión afectiva y efectiva que, en los planos cognitivo, sentimental, perceptivo y social, se produce entre los padres y los hijos. Cuando a un recién nacido se le coge en brazos, se le acuna y se le aprieta contra el corazón, está recibiendo apego. Además, si no se apega, no crece afectiva e intelectualmente, no crece afirmándose a sí mismo, por lo que se vuelve inseguro. Cuando un niño no se siente querido por sus padres, piensa que, si no le quieren, es que no vale. Y si no vale, no tiene nada a que aspirar en la vida. ¿Dónde va a ir él si ni siquiera sus padres le quieren?, puede preguntarse. Si no aspira a nada, no luchará; y si no lucha, lo que consiga será todavía peor, y los resultados serán malos. Entonces se querrá menos a sí mismo.

Este círculo vicioso nos lleva a que una persona con treinta años se muestre resentida. Si una persona joven (ya pasada la adolescencia, donde esta actitud es relativamente normal) no se aguanta a sí misma, acabará por no aguantar a nadie; pero a ella tampoco la aguantará nadie, con lo que habremos roto todas las conexiones sociales, todo el crecimiento en sociabilidad. La razón es sencilla: no hay yo sin tú. Para ser la persona que hoy es, cualquiera ha tenido que mantener un montón de relaciones sin las cuales no sería quien es. Sería una persona distinta, pero no quien es. La identidad personal necesita de la alteridad para ser. El yo necesita de un "tú" y de un "otros".

Pues bien, la autoestima depende muchísimo de cómo haya sido querida la persona desde el nacimiento (o incluso desde antes). No basta con querer, hay que aprender a querer. Desgraciadamente, no hay ninguna escuela, máster o taller para ello: sólo existe el día a día. Querer es una manifestación de que la persona es un ser tan abierto que, si no quiere a nadie, no es feliz. Ahora bien, a quien queremos es siempre alguien distinto del yo, alguien que está fuera del yo, que es otro. Y ese alguien tiene una intimidad que nos abre si quiere; pero si no quiere, no. Ahora bien: si no la abre, no la podemos querer, porque no sabemos lo que hay dentro.

Por tanto, hay que abrirse, y no importa la edad que se tenga. Mi consejo es que, de vez en cuando, hay que abrir y hablar de los sentimientos. No hay que hacerlo continuamente, pero sí de vez en cuando, aunque cueste. Es necesario compartir los sentimientos, porque eso es lo que permite a nuestro propio yo crecer, y es lo que también permite al propio yo y al otro ser felices. Y, si no somos felices, es muy difícil que queramos que los demás lo sean.

Hoy día, el problema radica fundamentalmente en los varones, porque las mujeres manifiestan mucho más fácilmente el afecto que los hombres. El problema fundamental de muchos jóvenes es que no matienen una buena y estrecha relación con su padre.

Hay casos muy parecidos al siguiente: un padre trabaja las veinticuatro horas, matricula a su hijo en la mejor universidad a la que ha podido enviarle y le da todo el dinero que necesite; pero el hijo no ha pasado ningún momento con su padre. Tiene veinte años, pero no sabe lo que piensa ni lo que siente su padre. El hijo lo admira, pero no sabe nada de su padre.

Ejemplos como éste aparecen todos los días. Evidentemente, como yo no puedo sustituir al padre de un chico así, cuando llegan a mí casos como éste dejo muy claro que yo no soy un padre vicario, por lo que recomiendo al hijo que rompa el fuego y empiece a hablar con su padre. Debe observar qué le gusta, las cosas de su propio comportamiento que están manifestando clamorosamente su manera de ser. De esta manera, llegará el día en el que el padre empieza a contar también cosas. Entre dejar a un hijo una buena casa o haber compartido con él ciento ochenta horas a lo largo de la vida durante las que los dos se lo han pasado de maravilla, es preferible lo segundo.

Cuando analizo la comunicación entre padres e hijos, entiendo que un padre se comunica bien con su hijo si ocurren estos tres hitos. Primero: durante el 70% del tiempo que han pasado hablando, el padre no ha dicho nada, sino que ha escuchado. Segundo: durante un 15% de ese tiempo, el padre ha hablado. Tercero: durante un 15% del tiempo en el que ni padre ni hijo han hablado, se han mirado. Ahora bien, es necesario tener muy claro que hablar con un hijo no es decir "Ven, tenemos que hablar" y pronunciar el discurso de siempre, sino charlar de nada formal, de nada normativo -eso, en el día a día, ya irá saliendo-. Una educación afectiva excelente pasa, por ejemplo, por contar al hijo la primera vez que el padre salió con una chica, y qué sintió; o qué ocurrió aquella vez en la que la chica lo dejó, y lo mal que lo pasó durante un año y medio; o cómo eran las relaciones con su padre (el abuelo). Todo esto ayuda a que el hijo se vaya viendo en los diversos nudos de la cadena que constituye toda saga familiar.

Hay padres, por ejemplo, que no son capaces de mirar de manera complaciente o acogedora a los ojos de sus hijos. Es decir, cuando el hijo tiene ya más de trece años, se acabó. También sucede que hay muchos padres que son incapaces de echarse al suelo a jugar con un hijo que tiene menos de cinco años. Es decir, el padre entra en escena cuando el niño cumple cinco años, porque antes lo delega en la mujer.

En definitiva, actualmente hay una tremenda "hambre de padre". El padre cree que ha dado todo al hijo, pero se ha olvidado de darle lo más importante: su intimidad, su amistad, su afirmación, una excelente valoración de sí mismo. La gente joven es muy insegura, y hay que afirmarla en lo que vale. Los jóvenes cometen gravísimos errores por sobreestimarse en unas cosas e infraestimarse en todas las restantes. La mayor parte de la gente joven vive en una especie de carcasa muy negativa y enormemente depresógena, porque no está segura de nada. Si a esto le añadimos que el padre sólo recuerda al hijo las cosas negativas que tiene, y nunca las positivas, ¿cómo va afirmarse el chico frente al mundo?

Desde mi punto de vista, hay ocho errores que deben ser evitados en toda educación de la autoestima en los hijos:

El primer error es la sobreprotección. No se puede estar todo el día pasando al niño la mano por la espaldita ni besuqueándolo o manoseándolo. No se puede estar con el corazón colgado de un hilo porque no se sabe qué va a ser del hijo. En definitiva, no hay que sobreproteger.

En segundo lugar, no pueden crearse relaciones de dependencia. Lo que puede hacer un hijo no lo debe hacer un padre. Las relaciones de dependencia no son sanas; responden a una afectividad morbosa, patológica, y además son una antítesis contradictoria de la misma afectividad. Para que uno quiera, tiene que ser libre, no se quiere por decreto o por cumplir una normativa. La dependencia es especialmente peligrosa en la relación madre-hijo. Hay mujeres que, en su matrimonio, sustituyen y compensan la falta de estimación por su marido por la de los hijos. Y esto resulta peligroso tanto para el matrimonio como para el futuro del hijo.

La rigidez es el tercer error. No se puede ser como una barra de acero. La vida es más compleja cada día. La complejidad creciente que está viviendo nuestro país es una cosa que se puede palpar segundo a segundo. Hay que desterrar los argumentos del tipo "Sí (o no) porque soy tu padre" y enfocar el diálogo dejando claro que el padre es el padre -y no un amigo -, pero abriendo la puerta a hablar, para ver si se llega a un entendimiento.

El cuarto error es el perfeccionismo. Hay padres que quieren tanto a sus hijos, que se mueren por que sean perfectos, cuando el propio perfeccionismo es una imperfección. ¿Quieren los padres, so capa de la perfección, lograr una imperfección? No se puede exigir a nadie algo para lo que no está hecho.

El permisivismo -es decir, el "todo vale"- es el quinto error. Es lo que se ha cometido en España durante veinte años, con lo cual la propia enseñanza en la vida universitaria está hipotecada. Si el niño se ha educado durante veinte años sólo con el criterio de "gusta/no gusta", después no se le puede explicar lo que es una psicosis de transición, porque, a lo mejor... no le gusta. Ha habido sobreabundancia de recursos económicos, lo cual es bueno y hace que estemos más desahogados, pero hay que introducir la austeridad y saber privarse de una cosa y decir que no. Eso son normas con las que las personas se socializan.

El sexto error es el autoritarismo. Se trata de la actitud contraria. Era lo que ocurría en España hace cincuenta años, porque en este país hemos pasado de extremo a extremo. Sobre esta materia, hay dos escuelas en el plano académico e investigador. La primera sostiene que era peor el autoritarismo que el permisivismo. La segunda demuestra que, para la educación, es peor el permisivismo que el autoritarismo. Yo creo que ninguna de los dos posturas es buena.

La indiferencia es el séptimo error. Es el peor de todos los errores que se pueden cometer al educar a un niño. Nadie puede "pasar" de sus hijos, como no puede "pasar" de ninguna persona a poco que sea humano. En síntesis, los conflictos no deben eludirse por el simple hecho de tener la fiesta en paz. Además, la actitud indiferente de los padres, como siempre, acaba trasladándose a los hijos, que serán tan pasotas como los padres (y precisamente por ellos).

Finalmente, la incoherencia puede considerarse el octavo error. No se puede decir una cosa y hacer la contraria. La gente joven se rebela contra eso, y es muy sensible a la injusticia. Por ejemplo, al joven le gustaría que lo que uno piensa, siente, dice y hace fuera igual, porque ése es el ideal de autenticidad -aunque se trata, lógicamente, de un ideal imposible, porque no hay persona que lo pueda lograr-. Sin embargo, cuando los hijos ven que el padre dice una cosa y después hace, piensa y siente otra distinta, concluyen que se encuentran ante un cínico o un hipócrita, alguien falso e inauténtico.

Una vez enumerados los errores principales que se cometen a la hora de educar en la autoestima, me referiré a lo que sí debe hacerse. Más arriba he aludido a la comunicación, por lo que me detendré ahora en otro asunto muy importante: hay que afirmar a cada hijo en lo que realmente vale. Cada persona tiene muchas más cosas positivas que negativas, y en los hijos hay que saber ver no sólo lo malo, sino también lo bueno. Por cada cosa negativa de un hijo hay que saber ver diez positivas.

Cuando eso se consigue, la reconstrucción mental que los padres tienen en su representación de lo que es su hijo se ajusta a la realidad, y entonces se va camino de que el hijo sea estimado.

Concluiré enumerando dos derechos de los niños:

El primero es que cada niño tiene derecho a tener padre y madre, y no familia monoparental, en régimen de transición, disfuncional, reconstruida, parafernálica o medio-pensionista. Un niño tiene derecho a tener padre y madre, y, además, a tenerlo desde la propia raíz de su naturaleza, es decir, a proceder de un espermatozoide y de un óvulo, ya que eso tiene implicaciones y resonancias afectivas para el desarrollo de su personalidad, para toda su construcción psicológica.

En segundo lugar, el niño tiene derecho a que su padre y su madre se quieran y se traten muy bien. Cuando un hombre tiene un conflicto con su esposa (y viceversa), ambos saben que están conculcando un derecho de los hijos, porque es de lo que nos servimos para ejercer la educación sentimental de los hijos. Cuando un hijo ve que su padre es respetuoso con su madre, que se preocupa tremendamente cuando ella tiene el más mínimo problema, que es atento y tierno, que la apoya y la admira, que no consiente que sobre esa mujer que es su esposa alguien diga lo más mínimo negativo, el chico va a aprender a querer, y va después a querer a una chica.

En definitiva, cuando se encuentran un hombre y una mujer -se casen o no-, por lo menos ejercen influencia cuatro personas (el hombre, la mujer, la familia de origen del hombre y la familia de origen de la mujer). Los sentimientos que cada uno de ellos generó en su intimidad viendo y observando las relaciones afectivas de sus padres salen a flote. Evidentemente, no es necesario que el marido y la mujer estén dándose todo el día besos para demostrar lo mucho que se quieren, pero deben mostrar de vez en cuando algún detalle de ternura.

De todos modos, no se trata solamente de algo tan concreto: hay toda una atmósfera que se respira. La ausencia de gritos, de críticas o de descalificaciones, el hecho de que a un hijo sólo se le hable bien del otro... En definitiva, si los padres quieren que sus hijos se estimen como personas en lo que realmente valen y sepan ser generosos y estimar a cada persona en lo que cada persona vale, tienen que partir de un hecho: los hijos tienen que aprender todo eso de las relaciones afectivas que los padres mantienen entre sí.

AddThis Social Bookmark Button
 

TESTIMONIOS

ICONO - TESTIMONIOS EPE

| Quiénes somos |Mapa del sitio |Recomiéndanos | Quiero Colaborar |Contáctanos |Boletín |