Ruta: Home SUPERAR AMS Recursos Artículos 19. Autores: Aquilino Polaino Autoestima y narcisismo - Aquilino Polaino

Es posible el cambio

JA slide show

Autoestima y narcisismo - Aquilino Polaino

E-mail Imprimir PDF


Del resentimiento al narcisismo

No parece conveniente, por eso, que no se ejerza un cierto control sobre la estima personal; que no se juzgue ésta desde los prudentes criterios de la racionalidad. La elevación de la autoestima o su exageración conduce al narcisismo. La infraestimación, en cambio, al resentimiento. Tan malo de sufrir es lo uno como lo otro.

En el narcisismo se aminora la valía y la dignidad de las personas que le rodean, a las que injustamente se infraestiman. Consecuencia del narcisismo es la autoexaltación personal a través de los valores de que se dispone, además de adornarse con otros supuestos valores de los que se carece.

En el narcisismo, el yo se concibe a sí mismo como el ombligo del mundo y, en consecuencia, se espera de los demás (expectativas) lo que en modo alguno pueden darle: que le traten como lo que no es, ni será, ni podrá llegar a ser.

Con el narcisista no hay quien conviva, puesto que humilla todo lo que pisa y manipula a los demás en función de su yo; que no sabe otra cosa que gritar de forma reiterada su propio nombre: Yo, Yo, Yo...".

Esto incluso se detecta en la vida social de una forma muy fácil. Basta con observar, con ocasión por ejemplo de un almuerzo informal, quiénes son los que más hablan y de qué hablan.

Es posible que algunos de los asistentes no tengan ni siquiera oportunidad de hacer apenas un comentario, tal vez porque o ha parado de hablar durante todo el almuerzo, y, además, ha hablado acerca de sí mismo, de las cosas siempre excelentes y maravillosas que a él le suceden, de sus brillantes éxitos y de las características positivas que supuestamente le adornan, como el discurso que no cesa de un pobre actor que necesitara de ciertos espectadores para confirmar su valía personal, ello tiene mucho que ver con el histrionismo, una forma de perversión del amor que cada persona debiera tenerse a sí misma, lo que transforma el escenario social en un infierno (cfr., Polaino-Lorente, 2000b).

En el caso del resentido, en cambio, el autodesprecio se amplía y prolonga en el desprecio de los demás. La actitud de resentimiento entraña un sufrimiento con el que se salpica todo lo que se toca. Surge así el espíritu crítico, la disconformidad general, el pesimismo antropológico, que nada ni nadie puede aliviar. Es está una situación vital muy difícilmente sostenible, que preludia un futuro sin sosiego y sin esperanza, macizado de acritud.

El modo en que el resentido argumenta en su discurso es algo parecido a lo que sigue: "Yo, desde luego, no valgo nada y todo me ha salido mal. Pero, es así que los otros no son mejores que yo, aunque parezcan que han triunfado en la vida. Luego, nadie vale nada y yo no valgo menos que ellos".

En este modo de proceder, se hace una estimación general a la baja. En primer lugar, de sí mismo y, luego, una vez establecido el criterio de esa nadería que erróneamente resulta de evaluarse así personalmente, entonces se iguala y nivela a la baja a todos los demás, de acuerdo al criterio negativo previamente establecido.

Los resentidos califican a los demás de forma mecánica e ine¬xorable como "personas funestas". Ninguna situación es digna de celebrarse; ninguna persona dispone de un cierto valor que merezca un elogio. Todo está hundido y bien hundido en la podredum¬bre. Para descubrirlo basta con un poco de atención y de la nece¬saria perspicacia. Y, lógicamente, la perspicacia es la característi¬ca más desarrollada en el resentido, el rasgo que mejor le adorna y, a lo que parece, la tiene en exclusiva. Son los aguafiestas, reven¬tadores sistemáticos de cualquier pequeña alegría humana, por pequeña que ésta sea y por justificada que esté.

¿Autoestima o narcisismo?

Cuando en una persona crece demasiado la autoestima, puede transformarse en otra cosa y emerger el narcisismo. El narcisismo puede constituir una mera etapa de transición -la que suele acom¬pañar a las personas cuando su mundo se les viene abajo y entran en crisis o alcanzan un súbito, colosal e inesperado éxito- o puede dar lugar a algo mucho más grave, que es lo que se conoce con el término de trastorno narcisista de la personalidad (DSM-IV).

En realidad, casi siempre que la autoestima entra en crisis, por las razones que fuere, el narcisismo o una cierta crisis narcisista está muy cerca de hacerse presente. Como tal crisis comparece a través de un nuevo modo de comportarse, consistente en que lo único que importa en el fondo es el propio yo. Allí donde hay un yo dolorido por cualquier causa, el riesgo del narcisismo se incrementa.

En esa circunstancia, la persona experimenta un cierto fracaso existencial, aunque considere que vale más que los demás y que no se merece que le traten así. Tal vez por eso exige un trato especialísimo de las personas que le rodean. Una persona en esas cir¬cunstancias está rara, que es lo que suelen decir las madres, que son las que mejor conocen a sus hijos.

Lo que tal vez haya sucedido es que esa persona se quería apa¬sionadamente a sí misma hasta ese momento en que ha sido con¬trariada, de repente, su trayectoria vital. Por eso su autoestima sufre un revés tremendo, con el que apenas si contaba, y que le es tan difícil de soportar.

No, a lo que parece, no conviene quererse apasionadamente a sí mismo; de lo contrario, cualquier revés que suframos puede resul¬tarnos intolerable. Si se permanece un cierto tiempo en esta situa¬ción, sin experimentar una evolución favorable, es muy posible que la vida personal tome otros derroteros y se encamine hacia otras formas de comportamiento, otros estilos de vida que rondan lo patológico, y que nunca hasta ese momento habían acontecido, ejemplos Supongamos, por un momento, la vida de una persona corriente, que a fin de hacer subir continuamente su autoestima, hubiera estado demasiado pendiente de la elegancia en el vestir. Si exage¬rara esa característica, es posible que en plena crisis narcisista considere que en Madrid no puede encontrar las camisas de la calidad que precisa y que tiene que ir a Londres a comprarlas.

A partir de sólo este comportamiento resulta muy difícil aventurar si una persona está cerca o no del narcisismo pero, en cualquier caso, varios hechos como el aquí descrito, son indicios razonables de aproximación al comportamiento narcisista.

Hay otros hechos y comportamientos mucho más relevantes y característicos de las crisis narcisistas. Este es el caso, por ejemplo, de una persona que se desentiende por completo cada día de cuá¬les son las circunstancias, el estado, los sentimientos de las perso¬nas con las que convive. Durante una crisis de pequeña duración, esto podría disculpársele. Pero de forma continuada, no. Si se pro¬longa esos comportamientos en una persona, lo que se está desve-lando es que su yo es tan grande, está tan hinchado que no le deja percibir en la corta distancia el tú y, en consecuencia, no se hace cargo del tú. Pero sin intuir siquiera qué le está pasando al otro, es casi imposible tratar de comprenderlo y ayudarlo.

Se puede establecer un cierto balance entre la autoestima y el narcisismo. Está bien y, en principio, es correcto que las personal se estimen a sí mismas, porque de lo contrario no serían capaces de defender sus propias vidas. ¿Si no amasen la justicia y el bien personal, cómo podrían amar la justicia social y el bien común? Cada persona ha de hacer que a sí misma se le respete y esa defen¬sa de su dignidad personal está en sus propias manos. Pero no es menos cierto que, al mismo tiempo, hay que ocuparse del respeto y la dignidad de las personas a las que se quiere y con las que se está vinculado. La abolición de esos lazos hasta llegar incluso a la indiferencia, es lo que es propio de las actitudes narcisistas.

Cuando sólo se atiende a la autoestima personal, con indepen¬dencia de que esté o no más o menos dolorida, se acaba en el nar¬cisismo. En el fondo, lo que sucede es que desde las actitudes narcisistas no es posible amar a ninguna otra persona, ni tan siquie¬ra a sí mismo. No se puede amar a otra persona, primero, porque al otro se le utiliza sólo como incienso al servicio del propio yo. Y, en segundo lugar, porque al estar la persona tan encerrada en sí misma, al estar tan clausurada, tan herméticamente replegada sobre su propio yo, puede no disponer de la necesaria capacidad natural para abrirse y percibir al otro.

En circunstancias como las que aquí se apuntan, lo más fre¬cuente es que la persona que está sufriendo una crisis narcisista sólo se relacione con muy pocas personas, aquellas que entran en su proximidad sólo en función de que contribuyan a exaltar, afir¬mar o asegurar su propio yo. Por lo cual es probable que sólo se rodeen de aduladores. Pero la mera adulación es la negación y el fracaso del amor entre personas.

Uno de los más importantes riesgos de la autoestima es, sin duda alguna, el narcisismo. Esto es lo que sucede -al menos como una etapa transitoria- casi siempre que acontece un grave con¬flicto de pareja o una crisis vital en la persona, poco importa cuál sea el ámbito en que aquella se suscita.

Esto pone de manifiesto, una vez más, que la autoestima no es el narcisismo ni las crisis narcisistas que surgen en muchas perso¬nas y que, desde luego, pueden ser superadas a lo largo de sus vidas. Por consiguiente, no ha de reducirse el uno a la otra, de la misma forma que tampoco han de confundirse.


(Aquilino Polaino, En busca de la autoestima perdida, Madrid 2004)

AddThis Social Bookmark Button
 

TESTIMONIOS

ICONO - TESTIMONIOS EPE

| Quiénes somos |Mapa del sitio |Recomiéndanos | Quiero Colaborar |Contáctanos |Boletín |