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Padres de homosexuales varones - Joseph Nicolosi

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Existe un amplio consenso sobre el hecho de que a la formación de la homosexualidad masculina pueden contribuir muchos factores. Un factor puede ser la influencia biológica del temperamento que les predispone. (Byne y Parsons, 1993). Ninguna evidencia científica muestra, sin embargo, que la homosexualidad se herede directamente en el mismo sentido en que se hereda el color de los ojos (Satinover, 1996).

La reciente presión política ha dado lugar a una negación de la importancia del factor implicado con más fuerza en décadas de investigación clínica anterior –factores de desarrollo, particularmente la influencia de los padres. Una revisión de la literatura sobre la homosexualidad revela una referencia extensiva a los problemas relacionales del chico prehomosexual con ambos padres (West 1959, Socarides 1978, Evans 1969); entre algunos investigadores, la relación padre-hijo ha sido implicada de forma particular (Bieber et al. 1962, Moberly 1983).

Una hipótesis psicoanalítica para la conexión entre la  pobre relación temprana de padre-hijo y la homosexualidad es que durante la fase crítica de desarrollo de identidad de género el chico percibe  al padre como alguien que le rechaza. Como consecuencia, crece fracasando en identificarse completamente con su padre y con la masculinidad que representa.

La conducta no masculina o femenina en el chico se ha demostrado repetidamente que está relacionada con la homosexualidad posterior (Green, 1987; Zuger, 1988); tomada junto con factores relacionados –particularmente la alienación afirmada con frecuencia de sus amigos del mismo sexo y la pobre relación con su padre- esto sugiere un obstáculo para la identidad total de género. En su forma más extrema, este mismo síndrome (que suele resultar en la homosexualidad) es diagnosticado como Déficit de Identidad de Género en la Infancia (Zucker y Bradley, 1966).

Una causa probable del “error de identificación” es una herida narcisista infligida por el padre sobre el hijo (que suele ser sensible de temperamento) durante el estado de preedipo del desarrollo del chico. Esta herida parece haber sido infligida durante la fase crítica de la identidad de género cuando el chico debe sobrellevar la tarea de asumir una identificación masculina. La herida se manifiesta como una exclusión defensiva de la masculinidad de sí mismo y de los demás. Como adulto, el homosexual se caracteriza con frecuencia por este complejo que toma la forma de “el chico bueno herido” (Nicolosi, 1991).

Durante el transcurso de mi tratamiento de homosexuales masculinos ego-distónicos, he solicitado varias veces que los padres participen en el tratamiento de su hijo. Así he podido familiarizarme con alguno de los rasgos de la personalidad más comunes del padre. Este documento intenta identificar algunos rasgos clínicos comunes a esos padres de homosexuales. 

Para este relato, me he centrado en dieciséis padres que considero típicos en mi consulta -doce padres de chicos homosexuales (de media adolescencia a los 30) y cuatro padres de chicos jóvenes, con problemas de género, evidentemente pre-homosexuales (de 4 a 7 años de edad). La amplia mayoría de estos padres parecían ser psicológicamente normales y también como la mayoría de los padres, bien intencionados con respecto a sus hijos; sólo en un caso el padre estaba seriamente mal, infligiendo cierta crueldad emocional significativa sobre su hijo. 

Sin embargo, como grupo estos padres se caracterizaban por la incapacidad de paliar la exclusión defensiva de sus hijos con respecto a ellos. Se sentían sin ayuda para atraer al chico a su propio ambiente masculino.


IMPRESIONES CLÍNICAS

Como conjunto, estos padres se podrían caracterizar como anulados emocionalmente. La exploración de sus historias revelaba que generalmente habían tenido relaciones pobres con sus propios padres. Tendían a diferir de sus esposas en asuntos emocionales y parecían particularmente dependientes de que ellas fuesen sus guías, intérpretes y portavoces.

Aunque estos hombres expresaban la sincera esperanza de que sus hijos vivieran la transición a la heterosexualidad, sin embargo demostraban ser incapaces de vivir un compromiso de larga duración que les ayudase en ese objetivo. En su primera sesión conjunta, un padre lloraba abiertamente mientras su hijo de 15 años expresaba su profunda decepción con él; pero meses después, conduciría a su hijo a su cita sin decirle una palabra en el coche.

Además, al mismo tiempo que con frecuencia parecían ser gregarios y populares, estos padres tendían a no tener amistades masculinas significativas. El alcance al que carecían de esta capacidad para el encuentro emocional masculino era demasiado consistente y pronunciado como para ser despachado como simplemente “típica del varón americano”. Más bien, mi impresión clínica de estos padres como grupo era que existía alguna limitación significativa en su capacidad para vincularse emocionalmente a los hombres.

De los primeros años de sus hijos, estos padres demostraban una variación considerable en su capacidad para reconocer y responder a la retirada emocional de los chicos con respecto a ellos. Algunos afirmaban ingenuamente su percepción de haber tenido una “gran” relación con sus hijos mientras que sus propios hijos describían la relación como “terrible.” Aproximadamente la mitad de los padres, sin embargo, admitía tristemente que la relación fue siempre pobre y, retrospectivamente, percibían que sus hijos les rechazaban desde la temprana infancia. El por qué sus hijos les rechazaban era para muchos padres un misterio y sólo podían expresar un sentido de impotencia, de resignación y confusión. Cuando se les empujaba, estos hombres iban más allá expresando dolor y una tristeza profunda. Irónicamente, estos sentimientos –impotencia, dolor y confusión- parecían ser mutuos; eran los mismos expresados por mis pacientes al describir sus propios sentimientos en la relación con sus padres.

El rasgo común de los padres de homosexuales parecía ser una incapacidad para reunir la capacidad de corregir los problemas relacionales con sus hijos. Todos los hombres afirmaban sentirse “golpeados” e impotentes al ver la indiferencia de sus hijos o el rechazo explícito de ellos. Más que extenderse activamente a ellos mismos, parecían inclinados como característica a retratar, evitar y sentir el daño. Preocupados con la auto-protección y la falta de voluntad de arriesgar la vulnerabilidad que se requería dar a sus hijos, eran incapaces de cerrar la ruptura emocional. Algunos mostraban rasgos de personalidad narcisista. Algunos padres eran severos y sujetos de crítica dura; algunos eran susceptibles y rígidos; en conjunto, la mayoría eran suaves, débiles y plácidos, con una inadecuación emocional característica. El término que viene a la mente es el clásico término psicoanalítico “condescendiente” –el padre condescendiente.

La homosexualidad se debe casi con toda seguridad a múltiples factores y no puede ser reducida solamente a una mala relación padre-hijo. Los padres de chicos homosexuales suelen ser padres también de hijos heterosexuales –por lo que la personalidad del padre no es claramente la única causa de la homosexualidad. Otros factores que he visto en el desarrollo de la homosexualidad incluyen un hermano mayor hostil y temido; una madre que es muy amable y de personalidad atractiva y que demuestra más atracción por el chico que un padre suprimido emocionalmente; una madre que muestra activamente desprecio hacia la masculinidad; seducción en la infancia por otro hombre; etiquetado de los semejantes del chico por poca capacidad atlética o timidez; en los años recientes, los factores culturales que animan al joven confuso e inseguro a abrazar una comunidad gay; y el mismo chico, con una disposición particularmente sensible, relativamente frágil, con frecuencia pasiva.

Al mismo tiempo no podemos ignorar el parecido notable de las personalidades de estos padres.

En dos casos, los padres estuvieron muy implicados y comprometidos profundamente con el tratamiento de sus hijos pero reconocían que no estuvieron emocionalmente presentes durante los primeros años de sus hijos. En ambos casos no fue la personalidad sino la circunstancia lo que causó la distancia emocional de los padres. En un caso el padre era cirujano de Nueva Jersey que afirmaba atender el colegio médico mientras intentaba conseguir ayuda económica para su joven familia de tres niños. El segundo padre, un mecánico de coches de Arizona, afirmaba que cuando tenía sólo 21 años, fue obligado a casarse con la madre del chico porque estaba embarazada. Admitió que nunca quiso a la madre del chico por lo que estuvo físicamente ausente de la casa y abandonó esencialmente tanto a la madre como al crío. Los dos padres, ahora más maduros y comprometidos con reestablecer el contacto con sus hijos, participaron con entusiasmo en su terapia. Pero en ambos casos, los hijos, por entonces, se habían vuelto resistentes a establecer una conexión emocional con sus padres.

INTENTO EN EL DIÁLOGO TERAPÉUTICO
 
Mi impresión general de los padres en sesiones conjuntas fue un sentido de impotencia, incomodidad y molestia cuando se les requirió que interactuaran directamente con sus hijos.

Estos hombres tendían a no confiar en los conceptos psicológicos y en las técnicas de comunicación y a menudo parecían confundidos y fácilmente agobiados con el desafío de dialogar en profundidad. Las instrucciones que ofrecía durante la consulta, cuando las seguían, las seguían literalmente, mecánicamente y sin espontaneidad. Se observaba claramente una antipatía mutua, una resistencia obstinada y una profunda queja por parte tanto de los padres como de los hijos. A veces me sentía colocado en la posición de “madre intérprete”, un rol animado por los padres y a veces por los hijos. Como “madre intérprete”, me encontraba infiriendo sentimientos y propósitos de las frases fragmentadas del padre y transmitiendo ese mayor significado al hijo, y viceversa de hijo a padre.

Algunos padres expresaban preocupación por “decir lo equivocado” mientras que los demás parecían paralizados por el miedo. Durante el diálogo, los padres demostraban gran dificultad para conseguir pasar su propia auto-conciencia y sus propias reacciones a lo que sus hijos estaban diciendo. Esto limitaba su armonización enfatética a la situación terapéutica y a la posición y sentimientos de sus hijos.

Mientras sus hijos hablaban con ellos, estos padres parecían bloqueados e incapaces de responder. Con frecuencia sólo podían responder diciendo que estaban “demasiado confundidos”, “demasiado heridos” o “demasiado frustrados” para dialogar. Un padre decía que estaba “demasiado enfadado” para atender las sesiones de su hijo adolescente –un mensaje que me transmitió la madre. Al signo más ligero de progreso en la relación padre-hijo, pocos padres parecían preparados y querían huir, concluyendo: “Todo está bien -¿Puedo irme ahora?”
  

INTERVENCIONES EN EL TRATAMIENTO
  
Antes de que comiencen las sesiones conjuntas de padre-hijo, se debería ayudar al paciente a conseguir un sentido claro de lo que quiere de su padre. Exponer simplemente al padre a una lista de quejas no sirve para nada. Debería decidir también sobre una forma clara y constructiva de pedir esto. Esa preparación mueve al hijo de una posición de queja impotente a permanecer centrado en sus necesidades genuinas y en la expresión efectiva de ellas.

EL DILEMA MORTAL

Eventualmente, dentro del curso de las sesiones conjuntas se alcanzará un punto particular que yo llamo “El dilema mortal.” Este punto muerto en el diálogo –que parece duplicar la ruptura más temprana de padre-hijo- tiene lugar en dos fases como sigue:

Fase 1: Con la asistencia del terapeuta, el hijo expresa sus necesidades y quiere a su padre. Oyendo a su hijo, el padre llega a sentirse afectado emocionalmente, tanto que no puede responder a la apertura de su hijo. Está abrumado por sus propias reacciones, llegando a “enfadarse”, a “dolerse”, a “entristecerse” o a “confundirse” tanto que no puede atender a las necesidades de su hijo. Bloqueado por sus propias reacciones interiores, es incapaz de dar lo que el hijo le pide.

Fase 2: A su vez, el hijo es incapaz de tolerar la reacción emocional insular de su padre en lugar de la respuesta afirmativa que espera de él. Para aceptar las no respuestas de su padre, el hijo siente que debe abandonar las necesidades que ha expresado. El único recurso para el hijo es volver otra vez al distanciamiento defensivo que ya está en el núcleo de la relación padre-hijo. El hijo no puede enfatizar con la ausencia de respuesta del padre debido a que hacerlo es dolorosamente reminiscente de los patrones de la infancia que están asociados con su propia herida e ira profunda: A saber el imperativo: “Las necesidades de mi padre deben siempre venir antes que las mías.” La ira y el dolor del hijo es una reacción a lo que le parece que es “sólo más excusas poco convincentes” para la incapacidad del padre de dar la atención, el afecto y la aprobación que durante tanto tiempo ha deseado de él. En verdad, para el hijo esto parece la antigua táctica de papá, con todo el dolor histórico asociado.

Este dilema mortal se originó, creo, durante el nivel pre-verbal de la infancia. Como afirmaron los recuerdos de un padre: “Mi hijo nunca me miraba. Le sostenía su cara con mis manos y le forzaba a mirarme pero siempre apartaba sus ojos.” Otros hombres han descrito una “indiferencia innatural” a sus padres durante sus años de maduración.

Durante el curso de la terapia con estos padres, comencé a ver la herida profunda que tienen en su interior –una herida que era consecuencia de la indiferencia de sus hijos a sus intentos (aunque escasos) por mejorar la relación.

Reflexionando sobre su padre ahora anciano, un paciente recordaba con tristeza:

“Siento pena por mi padre. Siempre tenía cierta insensibilidad, incompetencia emocional. Muchas de las interacciones en casa siempre pasaban por encima de su cabeza. Era denso, inadecuado. Me da pena.”

Estos padres parecían sin voluntad o incapaces de ser abiertos y vulnerables para sus hijos; incapaces de acercarse, de oír el dolor y la ira de sus hijos con respecto a ellos e incapaces de responder honestamente. Su disponibilidad emocional estaba bloqueada y eran incapaces de dar la vuelta al problema emocional. Más bien se quedaban suprimidos, aparentemente sin emociones e impotentes.

En las sesiones conjuntas, ninguno de los padres podía dirigir el diálogo. Cuando el diálogo llegaba a estar paralizado, eran incapaces de iniciar la comunicación. Creo que la incapacidad consistente de estos padres de pasar sus propios bloqueos y alcanzar a sus hijos jugaba un papel significativo en la incapacidad de estos chicos de progresar hacia una identificación masculina normal y hacia la heterosexualidad.     

   

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