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Es posible el cambio

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Un deleite compartido - Joseph Nicolosi

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En mi búsqueda de la cualidad personal de la unión entre padre-hijo que es fundamental para el desarrollo de la identidad masculina del chico, he sido conducido a un fenómeno al que llamo "un deleite compartido."

Estoy convencido de que el desarrollo sano de la identificación masculina depende de este fenómeno. Este intercambio emocional especial debería ser entre el chico y su padre, aunque una figura paterna o el abuelo pueden servir al propósito donde el padre no esté disponible. No es un hecho singular o la ocurrencia de una vez sino que debería caracterizar a la relación.

Este estilo particular de armonización emocional es especialmente importante durante el periodo de crítico del desarrollo de la identidad de género.

Rara vez los hombres homosexuales recuerdan la interacción padre-hijo que incluya actividades que ambos disfrutasen juntos. En "un deleite compartido", padre e hijo comparten en el gozo ("deleite") del éxito del chico.

El psicólogo Robert Rupp observa que el homosexual es "privado de deleite" por su padre, que quiere decir que no puede recordar que su padre disfrutase generalmente de las actividades, logros o éxitos de su hijo.

Por otra parte, la mayoría de los hombres no homosexuales recuerdan compartir una actividad con sus padres que implicaba la posibilidad de fracaso, herida, miedo y peligro.

Los hombres homosexuales tienen gran dificultad para recordar las actividades de la infancia de padre-hijo que fueran divertidas, emocionantes y agradables y que incluyeran éxito y logro para el paciente -un deleite compartido. No tienen recuerdos positivos de que sus padres les enseñasen, entrenasen o les animasen a obtener un nuevo logro que implicase actividad o fuerza física. De hecho, muchos lamentan esta privación.

Un ejemplo de "un deleite compartido" se encuentra en la autobiografía del escritor y comentarista social Malcolm Muggeridge. El padre de Malcolm era su héroe; y cuando era adolescente, Malcolm viajaba a la oficina de su padre en Londres. Cuando el joven llegaba, se daba cuenta de un cambio en el cuerpo de su padre:

"Cuando me veía, su cara siempre estaba levantada, mientras tenía una forma de hacer, bastante súbitamente, alterando completamente por eso su apariencia; se transformaba de un hombre bastante cavernoso y encogido en alguien infantil y ardiente. Dejaba de un salto ágilmente su herramienta, saludaba alegremente a su colega... y se iban juntos. Había siempre en estas excursiones un elemento de estar sobre una juerga ilícita, que añadía enormemente su placer. Fueron los episodios que mejor pasé de toda mi infancia."

Como contraste a un "deleite compartido" que reside en el núcleo de la experiencia verdadera de unión padre-hijo, hay una experiencia de vergüenza afirmada por muchos hombres de orientación homosexual. Como explicaba uno de mis pacientes:

"Cuando recuerdo a mi padre, siento esta fuerza grande, oscura y pesada que me barre en una ola poderosa y opresora. Mi padre me miraba, no como a una persona, un niño, su hijo, sino como una cosa. Su mirada me decía ‘Cometí un error' -literalmente, cometí un error, cometí ese error- ‘Y no quiero interactuar con eso.' Esa es la ola opresora que me barre."

Un deleite compartido deriva de una experiencia de éxito compartido, con el padre y el hijo consiguiendo algo juntos. Este paciente de 22 años lamenta no haber tenido esa experiencia.

"Quería que él se sintiese emocionado con mis actividades, mis logros. Quiero que esté orgulloso de mí. Quiero que me haga sentir orgulloso de mí mismo. Deseaba que trabajase conmigo, me empujase, me desafiase y me animase."

Otro paciente recordaba:

"No creo que mi padre estuviese contento conmigo. De alguna forma parecía infeliz y no podía evitar pensar que era por mí. Cuando mi padre llegaba a casa y se sentaba en la mesa, tenía una mirada de infelicidad. De alguna forma, pensaba: ‘Estoy fallando en hacerle feliz.' Es confuso; no puedo estar seguro si mi padre se sentía mal por él mismo o por mí."

El "deleite compartido" generalmente ocurre dentro del contexto de actividad física que implica éxito o fracaso. Existe la cualidad del riesgo, peligro y aventura, en los que el chico al principio está asustado -luego, tras el ánimo y el entrenamiento del padre, consigue el éxito y se siente bien consigo mismo. La emoción se intensifica sin duda por el riesgo al fracaso. Tanto el padre como el hijo comparten en el logro del deleite del hijo.

Los estudios muestran que las madres y los padres "cuidan" a sus hijos de forma diferente. Mientras que las madres atienden al niño, protegiéndoles del daño, los padres se unen a sus hijos en el juego. A menudo el juego incluye imprudencias, incluso actividades que pueden parecer peligrosas.

Consideremos la significación de un ritual de la unión observado comúnmente -una actividad que hemos presenciado con frecuencia pero que quizás no hemos comprendido del todo. Todos hemos observado a un joven padre lanzando a su hijo pequeño al aire y cogerle. Cualquiera que observe este ritual universal verá que el padre se ríe mientras que el hijo parece petrificado del miedo. Pronto el niño comienza a reír porque Papá se está riendo, mientras que la madre está teniendo prácticamente un ataque de ansiedad, no comprendiendo nada de esto. El chico acaba de aprender una lección importante que los hombres enseñan a los más jóvenes: "El peligro puede ser divertido." Más importante, el chico aprende otra lección; puede confiar en su padre -"Papá me cogerá." Y desde esa relación temprana, aprende a confiar en los demás hombres.

Contrastemos este ritual de unión con un recuerdo temprano bastante diferente contado por un hombre temperamentalmente sensible, que experimentó la buena voluntad de su padre pero el juego duro de una forma diferente:

"Tenía probablemente tres o cuatro años de edad y papá me estaba lanzando al aire y cogiéndome. Creo que me gustó por un momento pero pronto sus manos y pulgares comenzaron a rozar y darme en mis axilas. Yo lloraba o me quejaba. No recuerdo si mi padre dijo algo pero dejó de lanzarme.

"Me sentí avergonzado. Me sentí como si hubiese estropeado su diversión. Me sentí separado de él y eso me hizo sentir triste. Tenía miedo de haber decepcionado a papá y de que él no jugase más conmigo."

En este caso, el chico -que era un niño sensible física y emocionalmente- sentía la decepción de su padre en él. El resultado fue un abismo emocional y una incomprensión mutua que lentamente se fue ampliando entre el padre y el hijo durante los años.

Mientras trabajo con hombres que experimentan atracciones hacia el mismo sexo, oímos ese repetido tema -su incapacidad de recordar "un deleite compartido."

La interacción física entre padre e hijo parece esencial para hacer que el padre se sienta familiar, no misterioso, y asequible a los ojos del chico. Mucho de lo que reside tras la atracción homosexual es ese deseo profundo, persistente e insatisfecho de cercanía física con un hombre. Con la interiorización de la masculinidad del padre, no habrá necesidad de sexualizar a otro hombre.

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