Ruta: Home SUPERAR AMS Recursos Artículos 21. Autores: Gerard van den Aardweg Efectos de la Terapia Antiqueja - Gerard J.M. van den Aardweg

Es posible el cambio

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Efectos de la Terapia Antiqueja - Gerard J.M. van den Aardweg

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La neurosis homosexual puede superarse como otras neurosis. La idea fatalista de que esta neurosis no puede cambiarse es alentada por los portavoces del movimiento homosexual militante y por otros defensores de la moralidad relativista. No digo que sea fácil conseguir un cambio radical en las tendencias homosexuales: ningún cambio en un neurótico fóbico u obsesivo-compulsivo es sencillo. Pero la posibilidad de un cambio fundamental a mejor es posible. Depende en gran medida de la sinceridad de la persona en su lucha por obtener conocimiento de sí misma y de su voluntad, esta infravalorada y espléndida facultad de la mente.

            A raíz de un análisis extenso sobre 101 personas a las que he tratado1, se derivan las siguientes conclusiones, resumidas sobre la efectividad de nuestra terapia. De aquellas que continuaron el tratamiento -el 60% del total del grupo- casi dos tercios al menos alcanzaron un período satisfactorio por largo tiempo. Esto significa que los sentimientos homosexuales han sido reducidos a impulsos ocasionales, mientras que la tendencia sexual se ha vuelto predominantemente heterosexual, o que las tendencias homosexuales fueron completamente abandonadas, con o sin predominio de intereses heterosexuales. De este grupo, sin embargo, cerca de un tercio cambió "radicalmente", lo que quiere decir que no tienen ningún interés homosexual más, sino que tienen sentimientos heterosexuales normales, y además que muestran un cambio fundamental en la totalidad emocional de lo negativo a lo positivo -de la inestabilidad a la estabilidad- con un período de seguimiento de al menos dos años.

            De cualquier modo, el "cambio satisfactorio" no supone un estado mental definitivo. La persona puede continuar creciendo lenta e ininterrumpidamente. De hecho, puede pasar por nuevas crisis emocionales, de más o menos severidad, y puede beneficiarse de sus experiencias vitales para integrarse en un nivel emocional superior. No es raro que progresen tranquilamente, a pesar de los altibajos, a lo largo de los años.

            Por ejemplo: un hombre que interrumpió sus contactos regulares con el psicoterapeuta en el estadio de "cambio satisfactorio", porque se enamoró de una chica con la que está actualmente casado. Unos doce años después, reanudé el contacto con él. Revisando su vida emocional del último período, me contó que había tenido algún estímulo homosexual ocasional durante el primer año de su matrimonio, pero que esos estímulos le afectaban emocionalmente mucho menos que en los años anteriores. Los había percibido como algo que ocurría fuera de él mismo. Estos fugaces fuegos se han desvanecido, y añadió "No puedo recordar haber tenido ningún interés en esa dirección durante años. Cuando miro con algún interés erótico a otra persona que no sea mi esposa, es siempre otra mujer. Si mi matrimonio se viene abajo, no buscaré contactos íntimos con hombres, sino con mujeres". Además había pasado algunas veces por períodos de retraimiento, mostrándose taciturno y melancólico, sobre todo después de pequeñas disputas matrimoniales. (Tampoco la esposa carecía de mecanismos infantiles). De todos modos él logró aceptar estos hábitos suyos reactivos como repetición de reacciones de su infancia, cuando se sentía rechazado, y los identificaba como procedentes de residuos de su "pequeño niño digno de compasión". Esto le llevó a dominar su gimoteo infantil. Cuando juzgó objetivamente que la conducta de su mujer no había sido razonable, llegó a una conclusión: "esto no te da derecho para sentirte mal contigo mismo". En conclusión, él había llegado a ser mucho más maduro a lo largo de los años.

            Llegados a este punto, el escéptico notará posiblemente que sólo un tercio de los que siguieron el tratamiento cambiaron radicalmente. Estoy de acuerdo en que estos resultados todavía están lejos de ser perfectos, pero esto no conduce a una interpretación fatalista de los hallazgos. Pienso que hay más razones para considerar el vaso medio lleno antes que medio vacío. Los casos de cambio radical -de una homosexualidad completa a la heterosexualidad normal- bastan para rechazar la teoría de que la terapia de la homosexualidad no tenga sentido. Por el hecho de que pocos homosexuales intentan cambiar seriamente y de que pocos psicoterapeutas les animan a ello, la noción de que la homosexualidad es irreversible tiene el carácter tautológico de una profecía que se hace cumplir a sí misma. Si nadie lo intenta, nadie tendrá éxito. Finalmente, ¿por qué deberíamos adoptar una actitud fatalista hacia las posibilidades de mejora de la homosexualidad cuando hay un porcentaje razonable de mejora sustancial? Los resultados de curaciones de otras neurosis son similares a los de curaciones de enfermedades físicas que todavía no son curables en todos los casos. ¿Renunciaríamos si sólo tuviéramos éxito en una parte de los casos?

            A la vista de todo esto, pienso que podemos ser optimistas sobre la curación de la homosexualidad. Cerca del 20% de los homosexuales sometidos a tratamiento no parecen cambiar de forma perceptible. No obstante, algunas mejoras pueden conseguirse, incluso si se trata de neuróticos graves habituados a mantener multitud de contactos sexuales, a sufrir depresiones profundas y sentimientos de que sus vidas carecen de sentido. Por ejemplo: pienso en un hombre al que he tratado durante más de quince años. Soy, probablemente, la única persona con la que él puede hablar con libertad. Era neurótico profundo, obsesionado por numerosas dolencias y por impulsos homosexuales que él siempre odió. A pesar de mi escepticismo acerca de algún logro, después de mucho tiempo, comenzó a notar que había superado sus depresiones profundas con sus tendencias suicidas, y que debía admitir que en general estaba más sereno y optimista, lo que se plasmaba también en su conducta.

            Podemos aprender de tales casos que nunca debemos perder la esperanza. No creo que sólo la terapia basada en la autocompasión pueda cambiar las neurosis homosexuales. Estoy seguro, sin embargo, de que la profundización en el "niño quejoso" y el uso de las técnicas de autoironía pueden ser de mucha ayuda para quienes están determinados a luchar contra su neurosis. Estas técnicas estimulan los poderes salutíferos de la mente: la sana introspección, el interés por el autoconocimiento y, sobre todo, la fuerza de voluntad. Tales poderes probablemente operan también en homosexuales que cambian sin ayuda de terapias.

            La mayoría de las personas con tendencias homosexuales poseen el complejo homosexual en lo que yo denominaría una forma suave. También en ellos la emotividad infantil puede haber echado raíces profundas y creado fuertes hábitos neuróticos, pero si se tuviera la voluntad de combatirlos de modo perseverante, habría unas perspectivas favorables hacia la curación radical.

            Para demostrar qué puede hacer la terapia antiqueja, me gustaría presentar algunos pocos ejemplos sacados de mi propia experiencia. El primer caso contempla un desarrollo moderadamente positivo. Se refiere a un joven cuyo progreso fue fatigoso; me parece que representa toda una categoría de casos similares.

 

BEN

            Ben no tenía aún veinte años cuando acudió a mi consulta. Desde la adolescencia había tenido fantasías eróticas con hombres de 30 a 35 años, particularmente durante la masturbación. No se sentía atraído del todo hacia las chicas, no tenía amigos (tampoco contactos sexuales) y la mayoría del tiempo permanecía en su casa. Su emotividad neurótica era visible en su rostro: parecía enfadado y malhumorado; su actitud y maneras eran blandas y perezosas. Había estado mimado y sobreprotegido por su madre a la que continuaba apegado. Ella estaba excesivamente preocupada por él; cuando la conocí, se refería a él de modo constante y en un tono sentimental como "este niño". Su padre no se había ocupado de su educación; era un hombre algo inseguro que dejó a su hijo en manos de su esposa (la cual daba la impresión de haber querido tratar de dominarlo a cualquier precio). La madre parecía adorar a su hijo, pero quería que fuera como ella lo imaginaba. Ben no se atrevía a hablarle con libertad; era un marginado en el colegio y por la educación recibida, no podía competir con los otros muchachos. Se había recluido en una postura silenciosa y ligeramente arrogante, que, sin embargo, era incapaz de disimular sus profundos sentimientos de inferioridad.

            En este triste período, había conocido a un amigo de sus padres, un joven casado con modales simpáticos y amables. Este hombre prestó una atención especial a Ben, y a veces le invitaba a acompañarle en las salidas con su joven familia. En su imaginación infantil, Ben comenzó a idealizar a este amigo, poniéndole a sí mismo en el papel del niño desvalido que estaba en el centro de su atención. Empezó a imaginar que no existían la esposa y el hijo pequeño de ese hombre; llegó a ser, en su mente, el objeto de amor favorito del amigo admirado, que poseía todo aquello en lo que Ben se sentí inferior. Poco a poco, estas fantasías acudían a su mente cuando se masturbaba.

            Ben quería hacer algo con su tendencia homosexual que por aquel tiempo se había convertido en una obsesión. No quería ceder a ella; estaba profundamente avergonzado por ella, máxime porque la veía como otra prueba de su inferioridad respecto a los otros hombres; y tenía crisis regulares de llanto que rozaban con la histeria. Era un joven blando, que solía concederse todos sus deseos y evitaba cualquier cosa que pudiera causarle problemas o esfuerzo. Sus intentos de enfrentamiento con su "niño interior" no eran muy firmes. Las privaciones y los reveses normales, siempre habían sido causa de autocompasión. Y cuando entendió que tendría que pasar por un período prolongado de esfuerzos, reaccionó como solía hacerlo.

            A pesar de la lentitud de los cambios, sí que tuvieron lugar pequeñas mejoras. Por ejemplo: llegó a ser menos envidioso respecto a sus colegas, luchando contra sus sentimientos más enraizados, es decir: "Soy inferior a ellos; ellos tienen la atención, la estima, y yo no: ¡pobre de mí!". Redujo la frecuencia de las masturbaciones, que, en su caso eran claramente una válvula de escape infantil que, a pesar de su elemento de placer, fortalecía la autocompasión de la que brotaba. Intentó enfrentarse a su complejo de inferioridad con los deportes, se asoció a un club deportivo y descubrió que había muchas situaciones que podía plantearse como reto. Lentamente, comenzó a cambiar su viejo hábito de dejar que otros tomaran las decisiones (su madre en primer lugar). A pesar de ello, a menudo no desafiaba realmente a su madre porque ella se enfadaba, y terminaba en una nueva capitulación ante su voluntad. Sus ataques depresivos desaparecieron completamente; no lo hizo, en cambio, la estructura subyacente y esencial de autocompasión crónica. Continuó sintiéndose digno de compasión ante las frustraciones diarias, en especial ante las sensaciones de ser despreciado, de ser incapacitado, de no tener éxito o de ser excluido.

            Cayó en la cuenta de esa autocompasión subyacente de múltiples formas cuando llevaba más de dos años bajo tratamiento. Se hizo cargo de su sentimiento de inferioridad y culpabilidad en casi todas las compañías que frecuentaba, respecto a cualquier persona que conocía. Descubrió que era él mismo quien adoptaba la actitud "soy inferior y digo de compasión", y quien inmediatamente se colocaba a sí mismo en el papel de víctima, mientras que antes estaba convencido de que eran el mundo, los otros, quienes le trataban como alguien inferior.

            Se podría decir mucho sobre una serie de pequeños descubrimientos interiores y de cambios menores. Dio un paso real hacia delante, por ejemplo, cuando decidió no vestir más ciertas ropas que se había comprado por impulsos de su vanidad infantil, para llamar la atención y la admiración de los otros. La lucha contra la autocompasión infantil y la tendencia a quejarse debía ser enfrentada en la vida cotidiana, con ocasión de pequeñas frustraciones, disgustos, impulsos de apatía, de irritaciones exageradas, de cansancio tras el trabajo, etc. El caso de Ben no era diferente. Se concentró en su hábito de huir de las responsabilidades y de quejarse de la incertidumbre de su mejora. Llegó a ser más activo. Su fantasía homofílica, expresada en la búsqueda de cierto tipo de muchachos -al menos en su imaginación-, perdió gradualmente mucha parte de la fascinación que le producía. Naturalmente, se presentó de nuevo en momentos en los que se sentía desvalido y desesperanzado. A veces, emergieron sentimientos ocasionales de atracción hacia chicas, especialmente en los períodos más optimistas. Ha tenido últimamente una novia, aunque la relación parecía bastante inmadura (también es cierto que por ambas partes). Tengo la impresión de que Ben coloca a la chica demasiado en le papel de madre y no es realmente amor lo que siente por ella, a pesar de que sí hay algún interés heterosexual en sus encuentros.

            Su progreso, en conjunto, es evidente para su psicoterapeuta y para la gente que le conoce bien. Después de casi cinco años, es más independiente y varonil, y más optimista. Los intereses homosexuales no se han extinguido, aunque han perdido intensidad e influencia sobre su imaginación. Necesitará otro par de años para cruzar suficientemente el umbral de su virilidad adulta.

EL SEÑOR L.

            Está cerca de los cuarenta y tiene a sus espaldas una intensa vida homosexual. Duda si continuar o no con esta forma de vida porque ha perdido la fe en la viabilidad de una relación definitiva. Es consciente de que, incluso cuando pensaba al principio que había encontrado al amigo que deseaba, invariablemente volvía a sentirse irritado con él después de un tiempo y rompían la relación. "¿Por qué?", se preguntaba. Por otro lado, las mujeres no significan mucho para él, aunque se lleva bien con ellas en un nivel superficial.

            Sus modales son amistosos, obsequiosos; no se atreve a exponer su propia opinión, sobre todo si adivina un desacuerdo con sus ideas. Le impresionan en exceso los tipos de hombres agresivos y las figuras autoritarias en general. Su jefe en la oficina, por ejemplo, le hace sentirse muy tenso, y no puede encararse con él cuando está enfadado; por otro lado, siente una admiración excesiva por él. El señor L. a veces tiene depresiones y pasa por períodos en los que no se siente con fuerzas para trabajar.

            Su madre era muy modesta y ocupaba una posición de segundo plano en su vida emocional, aunque tenía la impresión de que su forma de criarle había sido demasiado blanda. El padre era la figura central en el hogar, quien decidía todas las cosas, incluso sobre cualquier suceso menor de la casa. Su `padre había sido la persona crucial en la juventud del señor L. Era, en general, agresivo y muy exigente y rígido con sus hijos. Había bloqueado el desarrollo emocional de su hijo. El señor L. siempre había lamentado no gozar de los favores de su padre. Nunca se mostró alentador con él; tenía la idea de que su padre le consideraba el menos interesante de sus hermanos, un blandengue. Sus hermanos triunfaron en varios deportes, mientras que él se veía decididamente inferior en ese campo. Más tarde, intentó compensar esto participando en carreras de coches, pero el complejo de inferioridad no disminuyó.

            El señor L. podría recordar una gran cantidad de experiencias amargas de su adolescencia, que perfilaron su complejo de inferioridad: observaciones críticas e irónicas de su padre, a quien temía y admiraba al mismo tiempo, fracasos en los deportes, períodos de soledad en su habitación, sentimiento de ser ofendido. Con ellos le había surgido la necesidad de buscar un amigo paternal. En efecto, poco después de cumplir los veinte años había tenido un buen amigo, con el que se comportó más o menos como un esclavo. El amigo se marchó a otra parte del país y después se casó. Los sueños homoeróticos de consuelo del señor L. se intensificaron.

            El proceso de cambio hasta el momento que apunto aquí duró cerca de tres años. Durante un tiempo, el señor L. vivió una división interior. Estaba convencido de la imposibilidad de renovar su vida sin hacer tabla rasa, sin ir más allá de intentar acallar las quejas que presentaba a primera vista: episodios depresivos y su incapacidad de tener relaciones homosexuales duraderas. Comenzó a ver claro el comportamiento de su "niño interior" y a reavivar muchas conductas infantiles: en su caso, sentirse insultado y humillado, inferior, tanto por sus modales como por su actitud, entre otros hombres de su entorno; entregarse a la autocompasión cuando estaba solo en su habitación, irritarse en exceso por pequeñeces, y quejarse por su estado físico cuando de hecho estaba sano y fuerte. Su sinceridad fue una gran ayuda. Al explicarle ciertas realidades de su vida y sus motivaciones, reaccionó con prevención, pero, a pesar de su resistencia, vio mucho de verdad en las observaciones que yo le hacía. Aplicó también las técnicas de la autoironía y del humorismo en las manifestaciones de su "¡pobrecito de mí!" infantil en muchas ocasiones de su vida diaria.

            Llegó a ser más independiente respecto a los demás hombres. No perdimos mucho tiempo discutiendo sus sensaciones y sus manifestaciones homosexuales, sólo hablábamos de su conducta no sexual con otros homosexuales con los que ocasionalmente seguía contactando en la época del tratamiento. Para él estaba claro que sus sentimientos homosexuales eran una mezcla de las ensoñaciones del adolescente lastimero, en busca de calor para su yo interior desvalido y de admiración hacia los otros, supuestamente viriles. Comprendió que buscaba contactos humanos ilusorios que no tenían nada que ver con amor hacia el amigo anhelado. Precisamente en la búsqueda de un amigo así, reforzaba su encarcelamiento en el egocentrismo y, por consiguiente, hacía imposible establecer una unión duradera. La queja "estoy solo" se repetía una y otra vez. Se dejaba caer en el aislamiento porque no podía vivir sin la autocompasión inherente a su papel de víctima.

            De forma vacilante se despedía del mundo homosexual y de su mundo interior de fantasías homosexuales. Ocasionalmente, recaía y se enganchaba de nuevo con contactos homosexuales, aunque no con la excitación anterior. Legó a ser más consciente del hecho de que toda la actitud hacia su vida y hacia otras personas había sido de reserva, o de no comprometerse en nada, jugando a ser un marginado ofendido. Por consiguiente, llegó a ser menos cínico y a poner a un lado su apariencia de superioridad que había asumido como compensación. Comprendió que debía dedicarse a encontrar el valor de las cosas, después de convencerse de que no es verdad que todo es relativo, y haber aceptado la creencia de que su vida personal no carecía de sentido, como pensaba antes. Reconoció, también, que su capacidad de darse a los demás, de amar, era muy pequeña. "¿He amado realmente alguna vez?", se preguntó. Su opinión acerca de las mujeres cambió; comenzó a observarlas y a sentirse conmovido por la conducta femenina y las dotes físicas de cierta mujer. Ahora tenía la impresión de estar más capacitado para tener una relación estable con una mujer.

EL SEÑOR V.

            Este joven de poco más de veinte años atravesó un penoso proceso interior similar, incluyendo unos episodios de decaimiento pronunciado; se enamoró de una chica después de un par de años de tratamiento. La relación amorosa le procuró nuevas dificultades. Tan pronto como comenzó a desearla, se dio cuenta de su gran miedo y del complejo de inferioridad que siempre había tenido hacia el sexo opuesto. Sus antiguos "papeles de adaptación", los del chico encantador y afable, se debilitaron en la confrontación personal con una mujer, una relación en la que él era el hombre. A veces se asustaba; tuvo que luchar durante algunos meses contra su complejo de inferioridad y su autocompasión. De todos modos, también hubo momentos en los que se sentía relajado y podía identificarse con su "ser un hombre". Entonces también despertaba su heterosexualidad, pero en los momentos de mal humor ésta parecía adormecida.

            Los primeros años de su matrimonio han sido buenos. Ha crecido continuamente abandonando los infantilismos, las ansiedades, cuando se enfrentaba a una situación que requería independencia y algunas dosis de agresividad normal, y las concesiones fáciles a la autocompasión cuando algo le disgustaba. Considera sus intereses homofílicos, que nunca practicó excepto en su fantasía, como una tendencia infantil que perteneció a un pasado, cuando todavía no había encontrado la dirección correcta de su vida.

LA SEÑORITA W.

            Esta mujer, que rondaba los treinta años, me informó que se había visto trastornada desde su adolescencia por al necesidad de mirar compulsivamente a las mujeres y a las chicas y que estaba atormentada por varias fantasías eróticas referentes a su propio sexo. Todo esto iba contra su gusto, y nunca intentó aceptarlo como algo normal. Este síntoma sexual parecía una expresión de un complejo de inferioridad que minaba toda su vida emocional. Estaba ansiosa cuando iba acompañada, pensaba que los demás le miraban con desprecio, y a menudo estaba deprimida; a veces, podía reaccionar furiosa y rebeldemente. En lo que se refiere a su infancia, marcada por problemas y preocupaciones familiares, sólo quiero apuntar la influencia desfavorable de la falta de comprensión que había notado por parte de su madre y las observaciones destructivas y recelosas que solía hacerle su padre.

            Ya desde la escuela elemental, se sentía ridícula e inferior a las otras chicas en casi todos los aspectos: ropas, forma de hablar, apariencia física y situación familiar. Durante años cargó con su problema no resuelto -autocompasión- sobre su triste destino; a ello se añadió una actitud generalizada de protesta. En la adolescencia, esto había sido un campo fértil para su admiración hacia otras mujeres y el deseo de amistades íntimas.

            El tema central durante su proceso de mejoría fue llegar a ser menos pesimista. Esto suponía que debía estar menos influida por ideas autocríticas sobre su antipatía, carencia de valor e incapacidad, del temor de llegar a ser la víctima de todo tipo de desgracias, y sobre todo de su actitud de queja total manifestada en la frase "nacida para la miseria". Era el clásico ejemplo de queja y, aunque lo admitía, se reconocía interiormente convencida de que tenía derecho a quejarse. Con la ayuda de su buena voluntad, salió al paso de sus depresiones severas, combatió su actitud de queja y de rebelión crónica y, como resultado, su estado de ánimo general mejoró. Las fantasías lésbicas la acompañaron durante varios años, pero finalmente se desvanecieron. Intentó aceptar su papel femenino y a veces se encontraba a gusto como mujer. Sus sentimientos hacia los hombres nunca habían estado totalmente ausentes, aunque no habían sido nunca centrales en su emotividad. Durante un corto tiempo mantuvo relaciones con un hombre de una edad similar a la suya, pero, a pesar  de su afecto y de su interés erótico, hubo demasiados problemas entre ellos, y lo mejor fue poner fin a aquello. Pudo aceptar su situación de soledad, después de una corta crisis; actualmente, tiene un deseo normal de casarse y tener hijos.

*  *  *

            Estas son algunas descripciones resumidas de unos pocos casos "medios". Espero que el lector sabrá deducir de ellos que pueden conseguirse muchas cosas positivas, siempre que tengamos buena voluntad, sinceridad y perseverancia. En ciertos casos, el proceso de cambio es más veloz o con un resultado mejor que el de los casos examinados; otros, en cambio, son más frustrantes y problemáticos. Algunos factores sociales ventajosos, que no deberíamos dejar de mencionar, son tener amigos alentadores y una situación familiar favorable; además, tener sanas convicciones morales y una vida religiosa personal y profunda es una ayuda inmensa. Desventajas son: un carácter débil, ser un dudoso permanente o tener un bajo criterio moral y, naturalmente, haber sido esclavo de satisfacciones homosexuales durante un largo período de tiempo.

            A mi juicio, una cosa es obvia. Una actitud fatalista respecto a la mutabilidad de la inclinación homosexual no está justificada.

Este Artículo es parte del Capítulo X del libro: "Homosexualidad y Esperanza. Terapia y curación en la experiencia de un psicólogo". Si quieres ir al libro, pincha aquí.

 

 

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