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La Eutanasia -Miguel Carmena Laredo

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Indice:


1.- Terminología La Eutanasia
2.- El marco cultural en el que surge el problema
3.- Los ejes de la cultura de la vida
4.- Principios éticos dentro del juicio sobre eutanasia
5.- Juicio ético sobre la eutanasia
6.- Juicio de la Iglesia Católica sobre la eutanasia
7.- Los derechos del enfermo moribundo



Capítulo 1: Terminología La Eutanasia



¿Qué es la eutanasia?



La etimología: eu thánatos: bien muerte, buena muerte, morir bien. Sin embar go, tiene un significado más específico que es procurar la muerte sin dolor a aquellos que sufren. Este significado es muy amplio y aquí entrarían desde el asesinato al niño que nace disminuido hasta la colaboración en el suicidio de alguien que sufre, desde la eliminación del anciano hasta la abstención del tratamiento para no alargar una agonía sin esperanza. Cada uno de estos casos recibiría un juicio ético distinto.



Hoy entendemos técnicamente por eutanasia el llamado "homicidio por compasión", es decir, causar la muerte de otro por "piedad" ante su sufrimiento o atender a sus deseos de morir por la causa que fuere.



Esta definición es bastante clara, pero cuando uno escucha debates o lee nuestros periódicos ve que hay una confusión de ideas bastante grande. El problema del recto uso del término es muy importante pues a veces se consideran eutanasia cosas que no tienen nada que ver con ella o se meten bajo este nombre casos de simple suicidio. Otros hablan de "muerte dulce" o "muerte digna" para ocultar la tremenda realidad del hecho central de la eutanasia: un ser humano da muerte a otro consciente y libremente, independientemente de las razones que lo motiven a hacerlo.



Podemos enunciar, pues, esta definición: eutanasia es causar la muerte a otro con o sin su consentimiento para evitarle dolores físicos o padecimientos de otro tipo considerados insoportables. Por tanto, la eutanasia representa siempre una forma de homicidio pues implica que un hombre da muerte a otro ya sea por un acto positivo o por la omisión de la atención y cuidados debidos.



¿Qué elementos comporta esta definición?



1. La muerte es un objetivo buscado, está en la intención de quien practica la eutanasia. Por tanto, no es eutanasia la aplicación de un tratamiento necesario para aliviar el dolor aunque acorte la expectativa de vida del paciente como efecto secundario no querido (ver los casos de "doble efecto" en el libro: El Amor es más fuerte, Miguel Carmena Laredo, Ed. Diana, México, D.F. 1996, p.191), ni puede llamarse eutanasia a la muerte que es fruto de una imprudencia o accidente.



2. Puede producirse por acción (administrar sustancias tóxicas mortales) o por omisión (negar la asistencia médica debida).



3. Se busca la muerte de otro, no la propia. El suicidio, sea por acción u omisión no es propiamente una forma de eutanasia.



Los motivos también tienen un valor muy importante en la definición.



1. Puede realizarse porque la pide el que quiere morir. La ayuda o cooperación al suicidio sí se considera una forma de eutanasia.



2. Puede realizarse para evitar sufrimientos que pueden ser presentes o futuros, pero previsibles, o porque se considere que la calidad de vida de la víctima no alcanzará o no mantendrá un mínimo aceptable. El elemento subjetivo de estar eliminando el dolor o las deficiencias ajenas es un factor necesario para considerar lo que es eutanasia. Si no, estaríamos ante otras formas de homicidio.



¿Cuántas clases de eutanasia hay?



Voluntaria: solicitada por el que quiere morir


Involuntaria: cuando no la solicita


Perinatal: cuando se aplica a recién nacidos deformes o deficientes


Agónica: cuando se aplica a enfermos terminales


Psíquica: cuando se aplica a afectados de lesiones cerebrales irreversibles


Social: cuando se aplica a ancianos u otro tipo de personas tenidos por socialmente improductivos o gravosos.


Auto-eutanasia: esto no es eutanasia según la definición que dimos, sino suicidio.


Activa: la muerte se produce por acción positiva


Pasiva: la muerte se produce por omisión


Directa: busca directamente la muerte


Indirecta: busca mitigar el dolor aun sabiendo que ese tratamiento puede acortar la vida del paciente. Esto tampoco es eutanasia.



¿Qué es la distanasia?



Su etimología es Dis thánatos: mal y muerte. Es lo contrario de la eutanasia y consiste en retrasar el advenimiento de la muerte todo lo posible, por todos los medios, proporcionados o no, aunque no haya esperanza de curación y aunque eso signifique unos grandes sufrimientos añadidos para el enfermo. También se llama "ensañamiento terapéutico" y "encarnizamiento terapeútico".



Capítulo 2: El marco cultural en el que surge el problema



1. La secularización del pensamiento y de la vida



El recto secularismo lo inventó Jesucristo: "dad al césar lo que es del césar y dad a Dios lo que es de Dios". Es una justa valoración de la autonomía relativa y del valor de las realidades temporales. Pero el nuevo secularismo se ha convertido en un exclusivo interés por las realidades mundanas y en un rechazo de toda dependencia de Dios y de la ley moral por parte del hombre. Este tipo de secularismo se hace incapaz para dar sentido al dolor y a la muerte.



La muerte sólo tiene sentido si al privar al hombre de los bienes terrenales, abre la esperanza hacia una vida más plena, cosa que no aporta el secularismo imperante. Por eso la muerte se ha convertido hoy en un tabú, en algo innombrable (comparar con el tabú sexual y el tema de la cigüeña). La eutanasia nace precisamente en estas sociedades.



2. El cientifismo racionalista y humanitarista.



Su tesis principal es que el conocimiento objetivo sólo es posible en el campo de la ciencia experimental (pero en esta tesis hay una contradicción porque esta afirmación no nace de la ciencia experimental, y por tanto, según esta teoría, no es un conocimiento objetivo). Esta concepción de la ciencia reduce los valores éticos al campo del mito y de la imaginación.



3. La descomposición de la medicina entre tecnología y humanización.



Los progresos médicos hacen cada vez más difíciles de definir las fronteras entre la vida y la muerte, entre el coma reversible y el irreversible. Las técnicas de reanimación actuales llevan a muchos pacientes a una recuperación prodigiosa y total, pero muchas veces, más que la vida, lo que prolongan es la agonía.



El esfuerzo tecnológico en las salas de reanimación va acompañado a menudo del aislamiento y la soledad del enfermo; aislamiento de los familiares incluso en el momento de la muerte, soledad incluso respecto del cuerpo médico afanado en torno a las máquinas. Hace falta pasar de la simple asistencia técnica a la asistencia humana (que se prolonga cuando el paciente ya está en el proceso irreversible del camino final hacia la muerte porque el paciente siempre tiene derecho a recibir "asistencia humana").



4. Consecuencias:



- Muchos piensan que la vida humana no merece ser vivida más que en determinadas condiciones de plenitud, frente a la afirmación de que la vida humana es un bien superior y un derecho inalienable e indisponible (es decir, que no depende de la decisión propia ni de la de otros).



- Hay una imprecisión muy frecuente en el uso de los términos.



- Los argumentos en defensa de la eutanasia suelen ser los siguientes:


a. Hay un derecho a la muerte digna expresamente querida por el que padece sufrimientos atroces.



b. Cada uno puede disponer de su propia vida en el uso de su libertad y autonomía individual.



c. Suprimir la vida de los deficientes psíquicos profundos o de los enfermos en fase terminal es una forma de progreso pues son vidas que no pueden llamarse propiamente humanas.



d. Es una manifestación de solidaridad social pues se eliminan vidas sin sentido que constituyen una dura carga para los familiares y la propia sociedad.



- Se da un valor absoluto a la libertad que puede decidir sobre cualquier cosa.



5. ¿Cómo funcionan las campañas de defensa de la eutanasia?



- Siempre se comienza presentando un caso límite, una situación terminal llamativa que excite la sensibilidad colectiva para justificar la eutanasia en este caso dramático y singular. Se admite un caso y así, tomándolo como modelo, se pueden "arreglar" otros. Se habla de "arreglar un problema", no se usa jamás el término "matar a un ser humano". Suele presentarse a un hombre del que se dice que se encuentra en vida vegetativa, pero esta afirmación no es real; su vida sigue siendo humana, siente, oye y vive como hombre, no es un vegetal.



- Se llena la opinión pública de eufemismos que aprovechan muy bien la dificultad conceptual y terminológica para distraer el punto de atención sobre la realidad del asunto (que es matar a un hombre) y superficialmente se simplifican los juicios con términos como: "ayudar a morir", "facilitar la culminación de la vida", "liberación del enfermo", etc.



- Se presenta a los defensores de la vida como retrógados, intransigentes, contrarios a la libertad y al progreso. Así se distrae el debate y no se escuchan con serenidad y ecuanimidad las opiniones a favor de la dignidad del ser humano pues ya están inseminados los prejuicios en las mentes de la opinión pública.



- Como muchas confesiones religiosas actúan en el debate a favor de la vida (especialmente cristianos y judíos), se extiende la idea de que es un simple problema religioso, íntimo, de mera conciencia individual, que puede aceptarse en una sociedad pluralista.



- Se hacen encuestas de opinión sobre la ciudadanía, los enfermos de SIDA, los de cáncer, los médicos, etc. Estas encuestas son poco fiables pues hay mucha imprecisión terminológica, muchos componentes emocionales que se ponen en juego, etc. Es famoso el caso de la encuesta realizada en Barcelona donde se decía que el 90% de los médicos de la ciudad estaban a favor de la eutanasia, pero viendo los cuestionarios, en verdad estaban en contra del "ensañamiento terapéutico". En el fondo hay un hábil manejo de la terminología para "orientar" los resultados. 

Capítulo 3: Los ejes de la cultura de la vida



1. La muerte no es un tema tabú, sino un hecho natural que forma parte de la vida humana como el nacer, el crecer, la condición sexuada o la inteligencia.



2. Nadie, ni jueces, ni legisladores, ni médicos, se puede atribuir el derecho a decidir que algunos seres humanos no tienen derechos o los tienen en menor grado que los demás.



3. La familia es respetada y querida como ámbito natural de solidaridad entre generaciones, en las que se acoge, se protege y se cuida a los miembros sanos y a los enfermos, a los jóvenes y a los ancianos, a los no deficientes y a los que sí lo son (contar ejemplo de la reina Silvia de Suecia).



4. La organización hospitalaria no debe ser el lugar donde se abandona a los enfermos y ancianos. El hogar tiene que ser el lugar de acogida natural en la enfermedad y en la ancianidad, y en él debe vivirse la muerte con cariño y lucidez.



5. Las iniciativas sociales de atención a los enfermos deben crear en torno a ellos un clima humano, respetuoso de la persona humana y una preparación técnica suficiente de modo que la persona pueda afrontar la muerte dignamente y sintiéndose persona (ej. de Gran Bretaña).



6. La medicina debe orientarse también a la atención de las personas, no sólo a un esfuerzo tecnológico para alargar la vida.



Capítulo 4: Principios éticos dentro del juicio sobre eutanasia



1. Hay que recordar los tres principios fundamentales de la ética de la vida: hay que reconocer el carácter sagrado de la vida del hombre, la primacía de la persona sobre la sociedad y el deber de la autoridad de respetar la vida inocente.



2. Jamás es lícito matar a un paciente, ni siquiera para no verle sufrir o no hacerle sufrir, aunque él lo pida expresamente. Nadie tiene la facultad de decidir o provocar la muerte de una persona.



3. No es nunca lícita ninguna acción que por su naturaleza provoca directa o intencionalmente la muerte del paciente.



4. No es lícito omitir una prestación debida a un paciente sin la cual va irremisiblemente a la muerte, por ejemplo, los cuidados vitales debidos a todo paciente (alimentación por tubo y remedios terapéuticos normales) aunque sufra un mal incurable o esté en fase terminal o incluso en coma irreversible.



5. Es ilícito rehusar o renunciar a cuidados y tratamientos posibles y disponibles, cuando se sabe que resultan eficaces, aunque sea sólo parcialmente. En concreto, no se ha de omitir el tratamiento a enfermos en coma si existe alguna posibilidad de recuperación, aunque se puede interrumpir cuando se haya constatado su total ineficacia. En todo caso siempre se han de mantener las medidas de sostenimiento.



6. No existe la obligación de someter al paciente terminal a nuevas operaciones quirúrgicas, cuando no se tiene la fundada esperanza de hacerle más llevadera su vida.



7. Es lícito suministrar narcóticos o analgésicos que alivien el dolor, aunque atenúen la consciencia y provoquen de modo secundario un acortamiento de la vida del paciente. Siempre que el fin de la acción sea calmar el dolor y no provocar directamente un acortamiento sustancial de la vida. En estos casos, la moralidad del acto depende de la intención con que se haga y de que exista de verdad una debida proporción entre lo que se logra (disminución del dolor) y el efecto negativo para la salud (ver los casos de "doble efecto" en: El Amor es más fuerte, Miguel Carmena Laredo, Ed. Diana, México, D.F. 1996, p.191).



8. Es lícito dejar de aplicar tratamientos desproporcionados a un paciente en coma irreversible cuando haya perdido toda actividad cerebral. Pero no lo es cuando el cerebro del paciente conserva ciertas funciones vitales, si esa omisión provocase la muerte inmediata.



9. Las personas minusválidas o con malformaciones tienen los mismos derechos que las demás personas en lo que se refiere a la recepción de tratamientos terapéuticos. Esto se aplica a la fase prenatal y postnatal.



10. El estado no puede atribuirse el derecho de legalizar la eutanasia pues la vida del inocente es un bien que supera el poder de disponer de ella tanto por parte del individuo como del estado (nadie se da a sí mismo la vida).



11. La eutanasia es un crimen contra la vida humana y contra la ley divina, del que se hacen responsables todos los que intervienen en la decisión y ejecución del acto homicida.



Capítulo 5: Juicio ético sobre la eutanasia



1. Rechazo a la eutanasia propiamente dicha



Nada ni nadie puede autorizar el dar muerte a un ser humano inocente sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie, además, puede solicitar ese gesto homicida para sí mismo o para otro del que sea responsable, ni puede consentir en él explícita o implícitamente. Se trata, en efecto, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad.



El fundamento de la ética es el respeto de la verdad del hombre, el respeto de la persona tal como ella es. Otro fundamento verdadero no se le puede dar a la ética (el fundamento último del valor moral no es la vida, sino la dignidad del ser humano -como se ve en el martirio-). La ética guía al hombre desde el "ser" hasta el "deber ser".



Los otros criterios están constituidos por la utilidad de alguien en detrimento de algún otro; por el poder de unos sobre otros, por la eficacia de este poder cada vez más amplio para algunos, cada vez más opresor para otros. La verdad del hombre es que él no se da la vida a sí mismo, ni se la da el estado, la recibe como un don.



2. Uso proporcionado de los medios terapéuticos



La muerte, con los sufrimientos que suelen acompañarla y precederla sigue angustiando al hombre. Es muy importante proteger hoy, en el momento de la muerte, la dignidad de la persona humana y la concepción cristiana de la vida contra un tecnicismo que amenaza volverse abusivo. Algunos hoy hablan de "derecho a la muerte" no como el derecho a darse o hacerse dar muerte, sino a morir con entera tranquilidad, con dignidad humana y cristiana.



Hay unos criterios nuevos que mejoran la distinción entre medios ordinarios y extraordinarios. Ya no se habla de "medios ordinarios" y "medios extraordinarios". La razón es que muchos medios que antes eran extraordinarios ahora ya no lo son y se hacía difícil distinguir. Además, la reanimación y los nuevos medios de terapia intensiva han permitido salvar muchas vidas.



Por eso se ha buscado otro criterio de referencia que se basa no ya en el "medio terapéutico", sino en el "resultado terapéutico". Así, hoy se prefiere hablar de "medios proporcionados" y "medios desproporcionados" de acuerdo a los resultados. Esto no quita que no se sigan evaluando los medios de acuerdo al tipo de terapia, el grado de dificultad y el riesgo que comportan, los gastos necesarios y las posibilidades de aplicación teniendo en cuenta las condiciones del enfermo y sus fuerzas físicas y morales.



Así, se ofrecen ahora cuatro criterios muy útiles:



a) A falta de otros remedios, es lícito acudir con el consentimiento del enfermo, a los medios de que dispone la medicina más avanzada, aunque se encuentren todavía en estadio experimental y no estén exentos de cierto riesgo.



b) Es lícito también interrumpir la aplicación de tales medios, cuando los resultados frustren las esperanzas puestos en ellos. Pero al tomar una decisión de este género se deberá tener en cuenta el justo deseo del enfermo y de sus familiares así como el parecer de los médicos verdaderamente competentes.



c) Es lícito siempre contentarse con los medios normales que la medicina puede ofrecer. Por tanto, no se puede imponer a nadie la obligación de recurrir a un tipo de cuidados que, aunque ya se estén utilizando, sin embargo no están exentos de peligro o son muy costosos.



d) En la inminencia de una muerte inevitable a pesar de los medios utilizados, es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a tratamientos que proporcionarían una prolongación precaria y penosa de la vida, sin interrumpir no obstante los cuidados normales debidos al enfermo en casos semejantes (incluye la alimentación, la hidratación, las aspiración de las secreciones bronquiales y la limpieza de las escaras).



3. Rechazo del ensañamiento terapéutico y de la distenesia



Ya hablamos de lo que era el "ensañamiento terapéutico" y la distenesia que es prolongar la vida a toda costa. Para determinar bien esto vamos a meternos en un tema muy difícil que es el del llamado "juicio de muerte" (¿cuándo se sabe que una persona está muerta?).



La Carta de Ginebra de 1968 define el estado de muerte cuando se determinan los siguientes datos que hay que considerar en sentido acumulativo: cese de toda señal de vida de relación, ausencia de respiración espontánea, atonía muscular y falta de reflejos, caída de la presión arterial cuando deja de ser sostenida farmacológicamente y trazo encefalográfico plano (EEG).



Hoy se habla de muerte cuando se determina la muerte cerebral total, es decir, la muerte del encéfalo, aunque esto no impide considerar de modo especial algunos casos de pacientes en coma:


- En el caso del coma considerado reversible es obligatorio utilizar todos los medios disponibles porque la posible o probable recuperación de la vida merece cualquier tipo de sacrificio económico o de servicio. Esto es más necesario en cuanto que el paciente en coma no puede expresarse y dar su consentimiento. Por tanto, recae sobre los familiares y el médico el deber de hacer todo lo posible mediante los medios de reanimación, incluso extraordinarios, siempre que estén disponibles.



- Cuando según el juicio de los expertos se presenta el coma irreversible, persiste la obligación de los cuidados ordinarios (hidratación y nutrición incluídos), pero no se está obligado a aplicar medios particularmente agotadores y onerosos para el paciente condenándolo a una prolongada agonía vivida sin posibilidad de recobrar la conciencia y la capacidad de relación. En este caso se tendría un "encarnizamiento terapéutico". No es fácil dar este juicio cobre la irreversibilidad del coma y las condiciones de recuperar la conciencia.



- Prolongar la vida de una manera puramente aparente y totalmente artificial una vez que las funciones cerebrales han cesado de una manera total e irreversible, como se puede comprobar ahora mediante un encefalograma plano y los signos de muerte de todas las zonas del encéfalo sería una ofensa al moribundo y a su muerte además de un engaño para sus familiares.



El encefalograma plano es señal de irreversibilidad si se mantiene por un cierto tiempo (6 horas según la ley italiana para poder proceder a un transplante de órganos). Esto es porque se han dado señales de recuperación incluso después de este signo. Por eso hay que tomar también otros parámetros para detectar la muerte como es el llamado "PTEC" o potencial evocado del tallo cerebral.



4. Uso de los analgésicos



Si no hay otro medio de aliviar el dolor, es lícito usar analgésicos aunque esto pueda comportar un riesgo de acortar la vida. Es lícito el uso de los analgésicos que privan del uso de la conciencia con tal que el paciente haya tenido oportunidad de cumplir con sus deberes religiosos y morales para consigo mismo, para con su familia y con la sociedad. Por ello, no es lícito privar al moribundo de la conciencia de sí sin un motivo grave. Hay que pedir el consentimiento del paciente y hay que evitar que con dosis masivas de analgésicos (opiáceos) se practique en la práctica de la eutanasia de modo consciente y oculto.



5. La verdad al enfermo terminal



En este tema hemos visto aparecer muchas veces el "consentimiento del paciente". Este consentimiento requiere una información sobre la situación real de lo que le está pasando.



Se pueden dar los siguientes criterios éticos:



- Para que haya una decisión moral es preciso conocer la verdad. Por ello hay que evitar tener un comportamiento de falsedad con el enfermo. Él tiene el derecho de saber y ser informado y también de prepararse para una muerte digna. Pero esto podría volverse contraproducente si el paciente llegara a adivinar la verdad de lo que le sucede, cosa bastante probable.



- La información debe darse en el ámbito de una comunicación humana. Hay que escuchar al enfermo y después explicarle lo que tiene. El enfermo busca solidaridad y estar acompañado, poder comunicarse y sentir que se comparte su situación.



- La verdad que hay que comunicar debe estar proporcionada a la capacidad del sujeto para recibirla saludablemente. Hay, pues, que comunicársela poco a poco, adaptándose a sus fases psicológicas y hay que prepararle en el estado anímico más favorable posible sabiendo detenerse en el momento preciso. Nunca hay que cerrar toda esperanza pues en realidad en medicina nunca se dan previsiones absolutas.



- No hay que ocultar la gravedad de la situación en su sustancia a un paciente antes de morir especialmente cuando tenga que afrontar decisiones importantes. Siempre está además el deber-obligación del paciente a prepararse para una buena muerte. 

Capítulo 6: Juicio de la Iglesia Católica sobre la eutanasia



LA ENCÍCLICA EVANGELIUM VITAE DEL PAPA JUAN PABLO II (25-III-1995)

(los números entre paréntesis precedidos de "n" corresponden a los parágrafos de la Encíclica)



1. ¿Qué dice exactamente la encíclica Evangelium Vitae sobre la eutanasia?



- La encíclica afirma que "la eutanasia es una grave violación de la ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de la persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio" (n. 65).



2. ¿Cómo define la encíclica la eutanasia?



- La encíclica define la eutanasia como "adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado y poniendo así fin dulcemente a la propia vida o a la de otros" (n. 64) o, más propiamente, "en sentido verdadero y propio se debe entender (la eutanasia como) una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados" (n. 65).



3. ¿Por qué la Iglesia condena la eutanasia si muchas veces parece una medida de solidaridad hacia los enfermos que sufren sin remedio y están sometidos a tratamientos inhumanos?



- La encíclica aborda este problema cuando se refiere al ensañamiento terapéutico. Afirma que la eutanasia debe distinguirse de la "decisión de renunciar al ensañamiento terapéutico, o sea, ciertas intervenciones médicas ya no adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar o, bien, por ser demasiado gravosas para él o su familia.



En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede en conciencia renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares.



Ciertamente, existe la obligación de curarse y hacerse curar, pero esta obligación se debe valorar según las circunstancias concretas; es decir, hay que examinar si los medios terapéuticos a disposición son objetivamente proporcionados a las perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante la muerte" (n. 65).



4. ¿Pero, entonces, no se puede aliviar el dolor del enfermo, aunque esto suponga acortarle la vida?



- La encíclica apunta que "en la medicina moderna van teniendo auge los llamados cuidados paliativos , destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento humano adecuado. En este contexto aparece, entre otros, el problema de la licitud del recurso a los diversos tipos de analgésicos y sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de acortarle la vida.



En efecto, si puede ser digno de elogio quien acepta voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para conservar la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente en la pasión del Señor, tal comportamiento "heroico" no debe considerar se obligatorio para todos.



Ya Pio XII afirmó que es lícito suprimir el dolor por medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida, si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales. En efecto, en este caso no se requiere ni se busca la muerte, aunque por motivos razonables se corra ese riesgo.



Simplemente se pretende mitigar el dolor de manera eficaz, recurriendo a los analgésicos puestos a disposición por la medicina. Sin embargo, "no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo": acercándose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios" (n. 65).



5. ¿Cuál es la realidad más profunda de la eutanasia?



- La eutanasia "en su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte, proclamada así en la oración del antiguo sabio de Israel: Tú tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces bajar a las puertas del Hades y de allí subir (Sab. 16,13 y cfr. Tob. 13,2) " (n. 66).



6. ¿Dice algo la encíclica Evangelium Vitae acerca de las personas que colaboran con la eutanasia?



- La encíclica emplea palabras muy claras para referirse a las diversas formas de colaboración con la eutanasia. Dice textualmente:



a) "Compartir la intención suicida de otro y ayudarle a realizarla mediante el llamado "suicidio asistido" significa hacerse colaborador, y algunas veces autor en primera persona, de una injusticia que nunca tiene justificación, ni siquiera cuando es solicitada. "No es lícito -escribe con sorprendente actualidad San Agustín- matar a otro, aunque éste lo pida y lo quiera y no pueda ya vivir... para librar, con un golpe, el alma de aquellos dolores, que luchaba contra las ligaduras del cuerpo y quería desasirse".



La eutanasia, aunque no esté motivada por el rechazo egoísta de hacerse cargo de la existencia del que sufre, debe considerarse como una falsa piedad, más aún, como una preocupante "perversión" de la misma. En efecto, la verdadera "compasión" hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar".



b) "El gesto de la eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes -como los familiares- deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos -como los médicos-, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas".



c) "La opción de la eutanasia es más grave cuando se configura como un homicidio que otros practican en una persona que no la pidió de ningún modo y que nunca dio su consentimiento. Se llega además al colmo del arbitrio y de la injusticia cuando algunos, médicos o legisladores, se arrogan el poder de decidir sobre quién debe vivir o morir. Así, se presenta de nuevo la tentación del Edén: ser como Dios "conocedores del bien y del mal" (Gn 3,5). Sin embargo, sólo Dios tienen el poder sobre el morir y el vivir: "Yo doy la muerte y doy la vida" (Dt 32, 39; cf. 2R 5,7; 1S 2,6).



El ejerce su poder siempre y sólo según su designio de sabiduría y de amor. Cuando el hombre usurpa este poder, dominado por una lógica de necedad y de egoísmo, lo usa fatalmente para la injusticia y la muerte. De este modo, la vida del más débil queda en manos del más fuerte; se pierde el sentido de la justicia en la sociedad y se mina en su misma raíz la confianza recíproca, fundamento de toda relación auténtica entre las personas" (n. 66).



7. Entonces, ¿cuáles deben ser, según la encíclica, las actitudes del cristiano ante el sufrimiento y la muerte?



- La encíclica nos dice que, frente a la cultura de la muerte, "bien diverso es, en cambio, el camino del amor y de la verdadera piedad, al que nos obliga nuestra común condición humana y que la fe en Cristo Redentor, muerto y resucitado, ilumina con nuevo sentido. El deseo que brota del corazón del hombre ante el supremo encuentro con el sufrimiento y la muerte, especialmente cuando siente la tentación de caer en la desesperación y casi de abatirse en ella, es sobre todo aspiración de compañía, de solidaridad y de apoyo en la prueba. Es petición de ayuda para seguir esperando, cuando todas las esperanzas humanas se desvanecen" (n. 67).



Capítulo 7: Los derechos del enfermo moribundo



El derecho a una muerte digna incluye:



1. El derecho a no sufrir inútilmente.



2. El derecho a que se respete la libertad de su conciencia.



3. El derecho a conocer la verdad de su situación.



4. El derecho a decidir sobre sí mismo y sobre las intervenciones a que se le haya de someter.



5. El derecho a mantener un diálogo confiado con los médicos, familiares, amigos y sucesores o compañeros en el trabajo.



6. El derecho a recibir asistencia espiritual.



Miguel Carmena Laredo





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Actualizado ( Sábado, 28 de Febrero de 2009 19:34 )  

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