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Es posible el cambio

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El desarrollo de la identidad sexual en los varones - Aquilino Polaino

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INDICE

  • 1. Sexo y género: ¿Una mera cuestión accidental de cambios de roles?
  • 2. Masculinidad, acción y agente
  • 3. La «construcción» del género y su repercusión en el sexo
  • 4. Repensar la masculinidad en los albores del siglo XXI
  • 5. Sexo, género e identidad
  • 6. Afectividad, masculinidad y paternidad
  • 7. Hacia una nueva «construcción» de la masculinidad: entre el sexo genético y el sexo social
  • 8. Conclusión: Algunas claves para la educación de los varones en la identidad personal

 

 

El debate entre género y sexo ha suscitado una profunda crisis en las convicciones acerca del significado de lo masculino y lo femenino, así como sobre el modo de comportarse según el ser de la mujer o del varón, es decir, sobre el sentido del ser personal, en función de ese hecho diferencial que les distingue.

Cambiar los códigos sociales en los que, supuestamente, los roles atribuidos ‘al varón y a la mujer se expresaban -de forma rígida e incontrovertible-, resulta  ser una tarea muy arriesgada y nada fácil. Cierto que la masculinidad y la feminidad eran prisioneras de esos códigos, en donde permanecieron invariables durante tal vez demasiado tiempo, hasta el punto de contribuir a configurar como una segunda naturaleza a la que había que atenerse.

En el reciente pasado puede sostenerse que lo masculino y lo femenino habían quedado cautivos en ciertas redes sociales, estereotipadas y muy poco fundamentadas, dando origen a los roles sociales que parecía caracterizarles. Pero estos roles, arrastrados por su inercia, habían sido vividos con relativa independencia de cuáles fueran las demandas exigidas por las respectivas naturalezas psico-biológicas de la mujer y el varón, según el hecho diferencial que, significado por sus respectivos sexos biológicos, sin duda alguna les distingue. Feminidad y masculinidad -preciso es reconocerlo- han sido rehenes de la historia, de una forma muy especial en lo que a los roles sociales se refiere.

En primer lugar, porque se estableció una fuerte y rígida analogía, un tanto unívoca, entre el código genético (naturaleza) y el código social (roles y comportamientos). Naturaleza y cultura fueron articuladas a este respecto de una forma relativamente opresiva, sin apenas grados de libertad, sin casi posibilidades de variabilidad. Lo cultural (los roles, el género) fue entendido como una férrea e invariable prolongación de lo natural (el sexo biológico).

Para ello había también algunas razones, que sería injusto silenciar aquí. En cierto modo, no todo fue negativo o artificialmente forzado en lo relativo a esas atribuciones de los roles respecto del sexo genético del morfológico. Hubo, qué duda cabe, numerosos aciertos en algunas de las atribuciones. Pero esas atribuciones ni estuvieron fundamentadas en modo suficiente ni fueron cambiando con el devenir de la historia.

En segundo lugar, tal diseño de los comportamientos masculino y femenino se ofreció como una posibilidad muy restringida socialmente -la única posibilidad, en la práctica-, a cuyo tenor y bajo cuya guía debía de llevarse a cabo el desenvolvimiento de la conducta personal, como si tal forma de conducirse se tratara de una emanación del código genético o del sexo biológico.

Y, en tercer lugar, el modelo resultante, así configurado, sirvió luego de criterio normativo para etiquetar a las personas como socialmente ajustadas o no, en función de que satisficieran o se opusieran a las reglas previamente determinadas. Esto no sólo forzaba a que las personas se comportasen según lo establecido, sino que contribuyó poderosamente, además, a fijar y cristalizar el modelo, de manera que se asegurase su transmisión y perpetuación de unas a otras generaciones.

1. Sexo y género: ¿Una mera cuestión accidental de cambios de roles?

No se puede hablar, en la actualidad, de la identidad sexual del varón sin apelar a los conceptos de género y sexo. Género y sexo han existido siempre entre otras cosas porque la persona, cada persona sólo puede serlo según uno de estos dos modos: varón o mujer. Pero estas dos versiones modales, en que las personas se constituyen, no se habían categorizado con el peculiar significado que hoy se les ha dado. De aquí que el uso que de ellas se hacía fuese mucho más sencillo y común, y sin complicaciones, sin los distingos, sutilezas y matizaciones que en la actualidad se han vertido sobre ellas, transformándolas en los conceptos un tanto confusos y equívocos que les caracterizan.

 A causa de ello se ha abierto una profunda brecha entre sexo y género, algo que parece ser una nota distintiva de la actual cultura fragmentaria. De hecho, en la última década no sólo no se ha tratado de unir sexo y género, sino que se ha procurado disociar todavía más lo significado por cada uno de ellos. Con ello se contribuye a fragmentar la identidad de la persona humana, como más adelante observaremos. Tal fragmentación se ha llevado a cabo primero en abstracto (en el nivel de los conceptos) y después en concreto (en el nivel de los comportamientos). Lo que demuestra, una vez más, que los conceptos, las ideas y el uso que se haga de ellas no es algo irrelevante, algo que pronto queda relegado en un lejano marco «teórico» que, por no afectar a la persona, es despreciable.

 Más bien sucede lo contrario: que los conceptos, pensamientos e ideas de que nos servimos son los que a la postre resultan ser los responsables de los cambios y transformación de los comportamientos. De aquí que sea usual en la actualidad expresiones como la siguiente «cada persona tiene que construir su género».

Es probable que algunos estén familiarizados con el término «constructivismo» o «construccionismo». Aunque estos términos tienen unos antecedentes filosóficos en los que, por el momento, no voy a entrar, el hecho es que han sido divulgados hasta que su uso se ha generalizado.

 Esta nueva sociología del conocimiento lo que sostiene es que lo «real» no existe en cuanto tal, sino que se construye socialmente (Berger y Luckmann, 1993). El hombre de la calle, de acuerdo con esta teoría, «construye» su propio concepto de masculinidad -con el que luego se identifica y trata de realizarlo en sí mismo-, teniendo en cuenta las opiniones y el pensamiento dominante propio de la época en que vive.

Tal «construcción» inicialmente teórica o representacional se hace luego realidad y se encarna en la singular existencia de la persona en forma de comportamiento. Esto es lo que acontece con una cuestión como esta del «género», de la que en última instancia ha de depender el propio comportamiento de los seres humanos.

El punto de partida del constructivismo es la negación de la realidad. Es decir, lo real no existe en cuanto tal, sino que cada quien lo construye a su manera. Esta negación de la ontología, sustituye lo «real» por la «interpretación de lo real». Pero en modo alguno explica la «realidad» de la que parte -pues de alguna realidad hay que partir-, o la «cosa» que interpretará más tarde, pues, a lo que parece, nadie sabe ni le interesa cómo, porqué o para qué la «cosa» real está ahí, aunque es un hecho indudable que está ahí.

Esta teoría conduce de inmediato al vértigo del relativismo, en que ya nada es lo que es, porque todo varía según sus «constructores» o las interpretaciones subjetivas que cada persona hace de la «cosa» real.

 Sin duda alguna, hay una cierta «construcción social» de la realidad, pero a partir de la misma realidad - que también existe en tanto que real-, que es anterior a todo constructivismo, hermenéutica o interpretación, pues de lo contrario ninguna construcción sería posible.

Todo lo cual pone de manifiesto que lo que pensamos modifica la realidad y, en cierto sentido, la recrea. Pero preciso es admitir que su fundamento no es la «construcción» que la persona o la sociedad hacen de la realidad, porque ninguna persona ni la entera sociedad son dioses capaces de crear de la nada la realidad a la que necesariamente hay que atenerse -incluso también el constructivismo.

 Esto sucede en parte porque son muy pocos los que en la actualidad tienen una profunda convicción acerca del poder del pensamiento, aunque usen de él para la «construcción» de la realidad de su propio género. Ahora la única convicción firmemente asentada en algunos es que lo único existente es el dinero. Se ha olvidado que las ideas son más importantes que el dinero. Este desfondamiento y oscurecimiento de la razón es lo que ha hecho posible la emergencia social de la «construcción» del género, que ahora nos ocupa. En el fondo, el cambio del pensamiento sí que cambia la realidad y, a lo que parece, de forma muy relevante.

Por eso está de moda afirmar que cada persona es libre para «construir» su propio género. Sin embargo, con la otra realidad, la del sexo, son todavía pocos los que se atreven, por ahora, a sostener que también hay que «construirlo». Es lógico, porque lo biológico es una realidad tozuda y muy resistente a ser cambiada; de aquí que resulte en tantas ocasiones inquebrantable e inmodificable. Pero ya hay incluso una estructura legal que ampara esa «construcción» (teórica, funcional y práctica) del sexo.

En realidad es mucho más difícil cambiar el sexo biológico, porque aunque pueda modificarse quirúrgicamente, en muchos de los aspectos biológicos que le caracterizan no puede ser cambiado. Se observa aquí una limitación, una barrera ante la que, de alguna manera, el constructivismo cultural ha de detenerse y asumir esa «realidad» preexistente a él e inmodificable por él, y respecto de la cual experimenta una cierta impotencia al no poder modificarla o «construirla».

Esto del género no es nuevo; también Adán construyó su género, aunque muy probablemente sin saber que lo hacía. Entre otras cosas, porque una cierta y relativa «construcción» del género acontece siempre, como consecuencia de la sustancia misma del comportamiento sexual: la interacción comprometida con otra persona.

En el fondo, más que hablar de «construcción» del género sería más pertinente tratar de contestar a preguntas como las siguientes: ¿cómo se forma el género de una persona? ¿Elige cada persona libremente su propio género o lo hace condicionada por sus circunstancias culturales? ¿Dispone de algunos límites a los que atenerse para la «construcción» de su género? ¿Pueden influir en esa «construcción» acontecimientos o eventos no elegidos por la persona, pero que sí influyen en ella y la condicionan? ¿Cuáles son las etapas evolutivas a cuyo través se desarrolla el género personal?

Son muchas las preguntas sobre este particular, como acabamos de observar, que todavía no tienen una respuesta rigurosa. Por eso apelar a una única teoría explicativa -la del constructivismo-, por otra parte llena de limitaciones, no parece que pueda calificarse de riguroso. En mi opinión, la génesis y desarrollo del género de cada persona depende de muchos factores, uno de los cuales es sin duda alguna las relaciones e interacciones que esa persona establece con otras personas del mismo y de distinto sexo. Estas interacciones están abiertas a un flujo, a un universo indefinido de variables, la mayor parte de las cuales no son conocidas ni controlables por la propia persona.

La «construcción» del género depende mucho de la educación, de la interacción con los padres, de los modelos sociales, de los valores, actitudes, proyectos vitales, sentimientos, percepción de la realidad, imaginación, emociones, fantasías e ilusiones, conducta sexual, es decir, lo que constituye un universo de variables personales y culturales, cuya imposibilidad de control por el sujeto resulta obvia. De ahí que la «construcción» del género, a pesar de que se hable tanto de ello, todavía hoy sea un misterio.

Por otra parte, la construcción del género, como ya hemos insinuado, es antiquísima. Lo que tal vez sea nuevo es el intento de presentar el género como frontalmente opuesto al sexo, como dos realidades -una natural y otra «construida»- que nada tuvieran que ver entre sí. Este planteamiento constituye un error más del pensamiento contemporáneo. Pues la realidad -tanto la del sexo, como la de ciertos rasgos sectoriales del género, que en aquél se fundamentan- es tozuda y aunque también sea permeable, sensible y vulnerable a lo que acerca de ella pensemos, en cierta forma se torna también resistente a la acción transformadora de los pensamientos.

Si se estudia una cosa tan natural como el amor humano, se comprobará enseguida lo mucho que ha cambiado desde, por ejemplo, el modo en que se concibió en la edad media, en el renacimiento, etc., y los diversos tipos que en que esas diferentes etapas surgieron (el amor leal, el cortés, el heroico, el burgués, etc.). Estas «construcciones» sociales del amor humano, como representaciones mentales de la realidad, sustituyeron en algún sentido el modo de concebir la realidad del amor en otras etapas anteriores. De aquí que se pueda sostener que, hasta cierto punto, contribuyeron a generar una cierta nueva realidad en el modo de concebir el amor humano. Pero de ello ni siquiera el constructivista de aquella época fue apenas consciente. No obstante la ignorancia acerca del efecto hermenéutico y trasformador del concepto de amor de esas etapas, no dejó de afectar por ello a todos.

Admitamos, por el momento, que el género tiene que ver más con lo cultural y que siempre ha sido muy versátil, que no ha tenido un canon muy definido y bien fundamentado en la biología, que nunca alcanzó a establecerse como la excelencia de una normativa rigurosa y depurada, en definitiva, que no es algo rígido e inmodificable. Esa relativa flexibilidad del género es precisamente la que posibilita aumentar los grados de libertad respecto de las decisiones por las que cada persona opta y de los cambios de roles que, en esto del género, a lo largo de la historia se han sucedido.

Un aviso a quienes hasta aquí me han leído. En este artículo se hablará poco respecto de la mujer. Es lógico que sea así, puesto que en el título de este trabajo nada se menciona acerca de ella. En las líneas que siguen me ocuparé tan sólo de la identidad del varón. Pero no piensen las mujeres que con ello les hago un flaco servicio. Antes, al contrario, les hago el mejor de los servicios. Pues si género y sexo masculinos están hoy en crisis y la mujer y el varón tienden a la complementariedad, si no se encuentra una solución para la crisis de la masculinidad, ¿acaso, por esta causa, no sufrirían mucho las mujeres?

Así es que continuaré con esta introducción. ¿Es importante que cambien los roles masculinos? En opinión de quien esto escribe, tiene una gran importancia. Muchos de esos cambios -como luego observaremos- se están produciendo sin saber por qué, ni cómo, ni para qué. Aquí hay muy poca ciencia y falta mucha investigación y, sin embargo, los cambios se están dando y de una forma acelerada, lo que constituye un error importante.

¿Por qué proceder de esta manera es un error? Porque varón y mujer se exigen recíprocamente en una complementariedad mutua que tiende al perfeccionamiento de ambos y al enriquecimiento de los dos, de lo que depende el progreso de la sociedad. Si esto falla, entonces la sociedad se empobrecerá.

Y si se cambian los roles en los varones -de los que depende su género-, como mujeres y hombres tienen que ensamblarse en el tejido social al cual dan origen y en el cual están inmersos, si el ensamblaje no se produce -como consecuencia del cambio introducido en los roles masculinos- allí donde no les sea permitido ensamblarse se producirán conflictos; y si hay conflicto todos perderemos y nadie ganará.

Este tipo de conflicto está servido porque es lo que sucede cuando ante un problema no se encuentran soluciones. Allí donde no hay ciencia la investigación resplandece por su ausencia. Allí donde no hay ciencia, hay ideologías. Si se supiera muy bien qué es el rol masculino y qué es el rol femenino, se acabaría con el machismo y el feminismo, aunque costase mucho su extinción social. Pero si supiéramos a qué atenernos se acabaría también con tanta verborrea, equivocidad y confusión. Es decir, se pondría fin a la perspectiva ideologizada, opaca  e intransparente, tan útil a las interpretaciones manipuladoras.

2. Masculinidad, acción y agente

La afirmación pragmática «la persona es lo que la persona hace» nunca me pareció suficientemente rigurosa y exacta, a pesar de que tenga por fundamento una cierta verdad. En realidad, sólo podría admitirse tal propuesta si se ampliara el segundo término de esa afirmación, pues la persona no puede reducirse a sólo lo que hace, a su mero hacer. A fin de completar ese enunciado habría que añadir otras funciones humanas como, por ejemplo, lo que la persona piensa, lo que siente, lo que vive, lo que proyecta, etc. No obstante, si se toma como el «todo» humano a cada una de esas «partes», de seguro que se incurrirá en otros reduccionismos como, por ejemplo, el intelectualismo, el emotivismo, etc.
Nunca las partes -ni aisladamente consideradas, ni tomadas conjuntamente- pueden sustituir al todo, a no ser a costa de hacer un flaco servicio a la persona.

Sin embargo, una cierta porción de verdad late en la aludida proposición. En efecto, la acción sigue siempre a la persona, como el actuar sigue al ser. Sin embargo, el contenido de esta proposición exige ser completado. Es cierto que el obrar sigue al ser; pero ese obrar no se pierde en el vacío, sino que producido por y derivado de ese ser en concreto, impacta y reobra luego sobre el propio agente en quien se originó esa acción y por quien fue llevada a término.

Esto quiere decir que aunque el obrar siga al ser, un cierto obrar reobra sobre el ser; que la acción realizada por la persona reobra sobre quien la realizó, modificándola y contribuyendo a configurarla de una determinada manera a todo lo largo de su devenir psicohistórico y biográfico. En definitiva, que no hay ninguna acción realizada por el hombre que resulte indiferente para el hombre que la realiza y, a través de él, a la entera sociedad.

Veamos un ejemplo. Si una persona se dedica varios años a trabajar cada día cosiendo el cuero y poniendo suelas a los zapatos, lo hecho por esa persona (arreglo del zapato) es su efecto inmediato y externo. Pero el efecto de esa acción no se limita a sólo sus consecuencias externas (el zapato que se recompuso), sino que modifica también a la persona que realizó ese trabajo (el zapatero, que recibe ese nombre de la acción realizada por él). En efecto, los zapatos reparados por esa persona hacen de ella un zapatero.

Hay otro ejemplo clásico que me parece aquí más pertinente. Se ha afirmado -en mi opinión, con toda razón-, que no es que una persona sea buena y por eso realice buenas acciones, sino que las buenas acciones realizadas por una persona son las que hacen de ella que sea una persona buena. Por el contrario, si una persona buena no realizase ninguna buena acción, sino acciones indiferentes o incluso malas, ¿cuál sería la legitimidad para predicar de ella que es una persona buena? En cambio, si esa misma persona -con independencia de que no se le atribuya ninguna adjetivación a priori- realizase buenas acciones, ¿sería legítimo o no que dijésemos de ella que es una persona buena?

La bondad de lo hecho, lo que califica a la acción así realizada, con mayor fundamento ha de calificar también -y en idéntico sentido- a la persona que lo hizo. Pues fue la persona que lo hizo la que añadió -mediante su acción- un nuevo valor a la cosa sobre la que ella intervino.

Estudiemos ahora lo que sucede en el ámbito de la masculinidad, entendida ésta como el hacerse a sí misma de una persona concreta (constructivismo), en lo que se refiere al género. El concepto actual de «masculinidad» es un concepto que, según parece, está en crisis. Acaso por ello sea hoy preciso hablar más que de «masculinidad» (singular), de «masculinidades» (plural).

Quizá este aspecto polisémico de la masculinidad sea lo novedoso de nuestros días. Algunos de esos significados y atributos -tal y como este concepto se emplea ahora en el uso coloquial del lenguaje--, se sitúan en el ámbito de lo accidental, sin que modifiquen de forma sustantiva el concepto del que emergen y al que designan. Pero en otras muchas ocasiones esos nuevos atributos significados inciden en el núcleo duro de este término, hasta el punto de cambiar radicalmente su sustancia, contenido y significado. Se diría que muchos de esos atributos, rasgos o significados son frontalmente contradictorios -por opuestos e irreconciliables entre sí-, respecto de notas que indudablemente son sustantivas, por afectar a la misma índole del significado nuclear de tal concepto. Las masculinidades diversas que de aquí resultan son en muchas ocasiones excluyentes entre sí, y resultan embarazosas para los mismos usuarios, hasta el punto de que sólo en la lejanía parece darse alguna vaga coincidencia respecto de lo que con ese término se pretende expresar.

Este cambio radical en el aspecto meramente conceptual acerca de lo masculino, naturalmente ha hecho sentir su peso en otros muy diversos ámbitos (valores, cogniciones, actitudes y comportamientos), contribuyendo así a multiplicar la diversidad social, funcional y efectiva de lo masculino, así como a incrementar la equivocidad y la confusión. Por eso, nada de particular tiene que cuando se habla de la masculinidad, en muchas ocasiones no se sepa a ciencia cierta de qué se está hablando. Y esto sí que es un nuevo fenómeno, que afecta a las personas singulares.

En efecto, esta modificación del concepto de masculinidad fue anterior a los cambios comportamentales que han emergido luego -dependientes de aquella-, por lo que en modo alguno cabe despreciar tal transformación apelando a que se trata de una mera cuestión teórica. Sin el cambio conceptual previamente producido, sería harto difícil explicar la emergencia actual de esos cambios comportamentales. Y ello aunque a muchos ciudadanos les importe más -hasta el punto de escandalizarles!- el cambio del comportamiento observado en los varones adolescentes que el cambio conceptual acerca de la masculinidad puesto en circulación en la sociedad, donde aquél se inspira.


Si el varón no se comporta de acuerdo a los rasgos que (conceptual y socialmente) parecen propios de la masculinidad, tampoco estos rasgos reobrarán sobre él, y no podrán configurarle como la persona masculina que es. De otro lado, si el concepto de masculinidad está en discusión, si en la sociedad no está claro en qué consiste el comportamiento masculino, el varón adolecerá de un modelo en que inspirar su comportamiento y con el cual poder identificarse.

A lo que se aprecia, concepto y comportamiento se necesitan recíprocamente. Si aquél es confuso, éste apenas se abrirá paso y podrá realizarse, a no ser con muchas dificultades. Si la persona no sabe a qué atenerse en su comportamiento masculino -si se abole ese hecho diferencial que desde siempre distinguió a las conductas masculina y femenina, si ya es indiferente cualquier modo de comportarse-, entonces, el mismo concepto de masculinidad se diluye y, no significando ya nada, pudiera llegar a extinguirse.

3. La «construcción» del género y su repercusión en el sexo

Algunos autores (Lagarde, 1996) han visto con sagacidad algunas de las importantes consecuencias generadas por la nueva perspectiva adoptada acerca del género. En efecto, si el género tiene menos que ver con las diferencias sexuales que con el sistema de creencias en que cada persona es instalada de acuerdo con su sexo, es esperable que un cambio en la concepción del género conduzca «a desmontar críticamente la estructura de la concepción del mundo y de la propia subjetividad».

En cualquier caso, interesa reparar en que hay un hecho cierto y es que la identidad arquetípica, la identidad emblemática, la que permanece a pesar del cambio, la más resistente a su extinción o modificación por los cambios sociales es, sin duda alguna, la identidad sexual, principal fundamento de la identidad personal. No disponemos, por el momento, de una teoría explicativa que sea rigurosa acerca de cómo se «construye» esta identidad personal. Las aproximaciones sociogenéticas y culturalistas no parece que sean muy acertadas para su cabal explicación. A pesar de lo cual, algunos investigadores sostienen en la actualidad que es frecuente que mujeres y varones de una misma cultura tengan más rasgos en común que los existentes entre personas del mismo género pero de diferentes culturas. Sostener -como hoy se sostiene (cfr. Giroux, 1992)- que la «construcción» de la subjetividad depende mucho de los rituales de producción simbólica y del orden social establecido en el ámbito ecológico y cultural, parece excesivo.

Según esto, la «construcción» de la identidad personal no sería deudora de lo que a la persona le ha sido individualmente «dado». Este olvido de lo «dado» a cada persona hace que lo «conquistado» alcance un relieve mayor y casi único para la "construcción" del ser personal. Sólo que esa "conquista" que supone la "autoconstrucción" del género al modo de un demiurgo, es cautiva y está limitada por el medio cultural del que es dependiente.

De otra parte, algunos autores silencian un bloque de variables que por su relevancia para lo que aquí importa - aunque también por su ignorancia para otros- resulta irrenunciable. Me refiero, claro está, a variables de ciertas facultades psicobiológicas, cuyas funciones deberían inscribirse, con todo derecho, en el ámbito de lo cognitivo.

La "construcción" de género condiciona - y mucho - las relaciones entre el varón y la mujer, a las que modula y moldea. Las asimetrías naturales existentes entre ellos - para algunos reducibles también a la acción de ciertos factores socioculturales - han inspirado la propuesta innovadora de algún autor de la necesidad de "resignificar" las relaciones entre los sexos. Pero no parece que dispongamos de muchos expertos que, bien amparados en los descubrimientos científicos, se atrevan a ello, y mucho menos que estén dispuestos a salir garantes de las consecuencias que pudieran sobrevenir a las personas que se sometieron a esta compleja y arriesgada actividad de «resignificación>.

De todo esto se deduce que la discusión acerca de los problemas de género no debiera ser tratada en el vacío, en la seguridad -según suponen algunos- de que el género y el sexo son dos aspectos de la persona que muy poco tienen que ver entre sí.

Género y sexo, en mi modesta opinión, están naturalmente articulados, hasta el punto de que son inseparables del ser único acerca del cual se discute. Otra cosa es que sexo y género puedan disociarse, pero será sólo en el contexto de un debate en abstracto. Sólo en este último caso tal vez esa disociación no tenga o apenas tenga consecuencias para la persona.

En este último caso, la irrelevancia de disociar concepto y conducta no debiera atribuirse al supuesto de que sexo y género pueden perfectamente disociarse en la persona, sino más bien a que esa disociación no se ha hecho respectiva de ninguna persona en concreto, es decir, que es una disociación que opera sólo en el contexto de lo abstracto, pero que no está referida a ninguna persona en concreto. En mi opinión, en la persona singular, de carne y hueso, género y sexo no son disociables.

Ahora bien, es relativamente fácil que se produzca un salto -que en la práctica resulta muchas veces imperceptible- entre lo abstracto y lo concreto. La misma universalización y generalización propias del debate abstracto ya implica -y casi exige- una diseminación invasora y contaminante de sus consecuencias en el ámbito de lo concreto.

Por eso si se sostiene la disociación entre sexo y género en el plano abstracto, de alguna forma se está introduciendo tal disociación también, aunque sólo sea subrepticiamente, en el ámbito de lo concreto. Y así poco importa que, prima facie, se identifique el «género» -después de simplificarlo- con los aspectos culturales de la masculinidad y el «sexo» con los aspectos biológicos de la masculinidad. Esa distinción -hoy de amplio uso social-, puede en apariencia hacernos creer, por su simplicidad, que las cosas están muy claras.

Pero esa presunta claridad en modo alguno contribuye a vigorizar y proveer de la necesaria densidad y estabilidad la articulación entre género y sexo en la unidad de la persona. En cierto modo, cualquier modificación que se introduzca en el ámbito del género afectará inevitablemente al sexo o al menos a sus manifestaciones explícitas, principalmente en lo que atañe al comportamiento sexual (Polaino-Lorente, 1992).

Más allá de tales distingos, se pone de manifiesto otra vez que cada hombre es uno y único y que en su persona se concitan y entretejen lo natural y lo cultural, sin que se suscite ningún hiato o fisura entre ellos, pues contribuiría a quebrar la identidad de la persona.

 Lo natural y lo cultural se exigen recíprocamente en la configuración de la identidad personal. Más aún: lo cultural es como una prolongación de lo natural, algo exigido por la misma naturaleza humana. Y ello porque por naturaleza está previsto que para que la naturaleza humana llegue a ser lo que es -su mismo proceso autoconstitutivo- precise ser completada por la acción de ciertos factores culturales. Nada de particular tiene, entonces, que lo cultural reobre en lo natural (el género en el sexo) y que los cambios producidos en este último en alguna manera afecten a aquél (el sexo en el género).

La supuesta abolición de las naturales diferencias en el género -es decir, de las relativamente naturales diferencias culturales entre lo masculino y lo femenino, que contribuían a distinguir unos comportamientos de otros-, está generando nefastas consecuencias para uno y otro género y, en particular, para ambos sexos.

La aparente abolición de las diferencias (entre el hombre y la mujer) hace emerger una nueva diferencia (entre el hombre y el hombre). El forzado igualitarismo (masculino y femenino) ha alumbrado la emergencia de una nueva y más grande diferenciación (en el ámbito de lo masculino). Por contra, la abolición de las diferencias entre hombres (igualitarismo masculino), expande e intensifica la otra diferencia fundamental (entre la mujer y el hombre).

4. Repensar la masculinidad en los albores del siglo XXI

¿Pueden cambiarse los roles del varón? Desde luego que sí. En mi opinión, es incluso necesario cambiar algunos. Pero, recuérdese que no hay ciencia o al menos suficiente ciencia desde la que prever o realizar esa transformación de los roles masculinos. De aquí que pueda realizarse un cambio en algún rol accidental del varón y que no suceda nada negativo, sino que se contribuya a la mejora de la condición humana. Pero puede acontecer también que se intente modificar un rol masculino más sustantivo -más directamente vinculado, por ejemplo, a su ser natural- y, como consecuencia de ello, que se desajuste o imposibilite el ensamblaje entre el comportamiento masculino y el femenino, lo que generaría un cierto destrozo para ambos y para la misma relación que ha de darse entre ellos. De aquí la pertinencia de estudiar previamente qué roles conviene o no modificar en el varón.

La adscripción de roles a cada persona, según su sexo biológico, no es una verdad que haya sido ciertamente probada por la ciencia. El hecho de que se haya trasmitido de generación en generación muy poco demuestra, a no ser el carácter inercial de ese proceso mediado por la sociedad. Su fundamento, desde luego, no reside en el mero hecho de que esos roles masculinos se han trasmitido desde siempre, de generación en generación. Pero esa ciega y automática transmisión tampoco presupone que ella misma constituya un error acerca de ese rol.

Ahora se ve con relativa frecuencia a varones que pasean en el cochecito a sus respectivos hijos. Esto era impensable en la España de hace treinta años. ¿Es que acaso la introducción de este rol, antes detestado, desnaturaliza la masculinidad? Ciertamente que no. ¿Beneficia en algo al niño? Ciertamente que sí, como se ha probado en diversas investigaciones sobre el apego infantil (Cfr. Vargas y Polaino-Lorente, 1996).

Pero no está tan claro que sea beneficioso para todos el cambio de otro rol masculino como, por ejemplo, el que por libre elección -y sin estar forzado por el paro- el padre se quede en casa al cuidado de la prole y de las tareas domésticas, mientras que la madre es sometida a una súper jornada laboral fuera de su hogar. Esto tal vez sea perjudicial para ambos y para sus hijos.

En este horizonte, ¿no parece un tanto sospechoso que hayan cambiado más los roles masculinos que femeninos, durante la última década, si se exceptúan los relativos a la incorporación de la mujer al trabajo? ¿Es que es tal vez más fácil el desarrollo de la identidad de género en la mujer que en el hombre? ¿Son acaso iguales? ¿No se modificarán ambos si cambiamos sus roles o sus estilos de comportamiento? ¿Pueden generar estos cambios algunos efectos sobre el futuro comportamiento de los hijos?

Las cuestiones anteriores nos invitan a pensar. Según parece, es más complejo y difícil el proceso relativo a la formación de la identidad masculina que femenina, no sólo por amor de ciertos factores culturales y sociales, sino también por otros de tipo psicobiológico (Cfr. Polaino Lorente, 1992).

Es cierto que los factores socio-culturales también hacen sentir -y muy poderosamente, por cierto- su profunda influencia. Para probar lo que se acaba de afirmar, basta con que comparemos los modelos implícitos de masculinidad y de feminidad, que hoy se difunden en la prensa, en los programas de televisión, en los medios de comunicación, en las universidades, en los colegios, entre los matrimonios, con los que eran usuales dos décadas atrás. Acaso por esto, hoy está mucho más en crisis la masculinidad que la feminidad.

Prueba de ello es apenas un referente psicopatológico: en la actualidad hay una mayor incidencia de comportamientos homosexuales en los varones que en las mujeres. Aunque todo será cuestión de esperar, pues puede ocurrir que más adelante esas diferentes incidencias se igualen, lo que no dejaría de ser lamentable.

Concluyamos en este primera aproximación que hoy es más difícil la vertebración de la identidad masculina que femenina, y que al hombre -por ser más vulnerable en lo relativo a esta cuestión- le afectan más y asume peor los cambios de roles que la mujer. En síntesis: que pueden y hasta deben cambiarse algunos roles masculinos, pero es una exigencia irrenunciable pensar antes a dónde pueden conducir al varón esos cambios, es decir, que hay que repensar la emergencia de la nueva masculinidad que de ello puede derivarse.

5. Sexo, género e identidad

Sexo y género no son dos enemigos condenados a convivir juntos en la unidad de cada persona. Sexo y género tampoco son segmentos sueltos e independientes de la unicidad de la persona, que puedan comunicarse entre sí o, por el contrario, disociarse, romper sus relaciones y dirigirse cada uno de ellos independientemente a quién sabe dónde. Aunque algunas elaboraciones culturales recientes así nos los presenten, en modo alguno coincide esa interpretación con los tozudos hechos que pueden comprobarse en la mayoría de las conductas de los ciudadanos. En este contexto, nada de particular tiene que las personas que por ser más vulnerables a la acción de la moda, por disponer de menos espíritu crítico del que es necesario, por estar menos formadas o por mera ideología se traben en esta discusión acerca del sexo y del género.

La exposición de los adolescentes a la confusión y ambigüedad implícitas en estos conceptos, dadas sus circunstancias evolutivas, puede contribuir a desorientarles todavía más en lo relativo a la maduración y conformación de su identidad personal (Hersch, 1999). Los roles masculinos y femeninos no se han diseñado científicamente y, en consecuencia, tampoco eso que llamamos géneros masculinos y femeninos. De hecho, hay rasgos que se atribuyen a la masculinidad que, en la actualidad no tienen vigencia alguna y que más bien constituyen una sinrazón. Este es el caso, por ejemplo, de la supuesta mayor agresividad atribuida al género masculino. De que el hombre tenga más fuerza física que la mujer, en modo alguno se sigue que aquél sea más agresivo que ésta, ¿Por qué el hombre habría de ser más agresivo que la mujer? ¿Lo es realmente? ¿De qué agresividad se trata aquí? ¿Se trata tal vez de la agresividad física o de la violencia psíquica? ¿Qué es antes la agresividad física o la psíquica? ¿Quién suscita a quién? Porque en ese caso habría que matizar la anterior atribución.

El modesto ejemplo anterior puede tener -y de hecho tiene- en el ámbito jurídico muy graves repercusiones. En los conflictos conyugales, por ejemplo, el agresor es de ordinario el varón, que además de ser más fuerte físicamente suele responder con la violencia física para tal vez repeler o defenderse de la violencia psicológica a la que ha estado sometido por parte de la mujer.

Una vez se ha producido el acto violento, es muy fácil evaluar los efectos producidos en la mujer, en las urgencias de cualquier centro médico. El informe que de esa evaluación resulte constituye una impronta que, en la mayoría de los casos, tendrá un gran peso en la sentencia a la que se llegue. Ahora bien, ¿puede evaluarse con la misma facilidad y objetividad el modo en que esa mujer ha iniciado el conflicto, a través de palabras y gestos de una agresividad psicológica manifiesta e insoportable para el varón? No, por lo general esto no es posible porque no puede probarse. De las lesiones físicas es posible presentar un video; de las manifestaciones de la violencia psicológica no, de eso no hay vídeo.

¿Quién de los dos se comportó de forma más violenta? De acuerdo con las pruebas disponibles, casi siempre el varón. Pero en verdad no sólo en función de las pruebas disponibles, sino también - y principalmente - por el formato cultural que se ha construido en torno a la masculinidad y a la feminidad, atribuyéndosele las conductas violentas al primero y exonerando a la segunda de cualquier atribución relativa a los comportamientos agresivos.

En realidad, las raíces de estas atribuciones se hundieron allá lejos durante la infancia, a través de la educación o mejor por medio de la transmisión de los supuestos rasgos que habían de adornar al varón, En el contexto flota la representación de que el varón adolescente es tanto más masculino cuanto más fuerte sea o más agresivamente se conduzca. Paradójicamente, los rasgos emblemáticos masculinos puestos en circulación, con los que el adolescente se identifica, exigen del adolescente que si alguien le insulta responda a esa agresión simbólica con un manifiesto comportamiento de agresividad física. Cuanto más violenta sea su conducta deportiva y más goles meta en un partido de fútbol en el colegio, tanto mejor satisfará las «condiciones>' propias de su género masculino. Incluso es posible que su masculinidad se avalore ante sus compañeros, si repite curso, si sus calificaciones son mediocres o muy insatisfactorio su rendimiento académico.

Lo mismo sucede respecto a la valoración de su masculinidad si en varias ocasiones ha sido el alumno de la clase que más cantidad de alcohol ha bebido, sin que su comportamiento se haya resentido en apariencia por ello. Estos rasgos del comportamiento son los que avalan, al parecer, la mejor o peor configuración y consolidación de la masculinidad en el varón adolescente.

¿Cuál es el fundamento científico y riguroso en que se apoyan tales atribuciones? ¿De dónde proceden estos rasgos y atributos? Además de esa extraña validez social que les adornan, ¿disponen acaso de cierta validez fisiológica, psicológica o antropológica? ¿Están o no están fundados? Hay que concluir que no, que en absoluto tienen validez alguna y, por tanto, no están bien fundados. Una anécdota puede ilustrar lo que se acaba de afirmar. Hace apenas unos años había discotecas en las que se premiaba al alumno que hubiera obtenido mayor número de suspensos, dispensándole de tener que abonar cuantas consumiciones hiciera. He aquí un dato demostrativo acerca de la «validez social de la masculinidad» a que se acaba de aludir. A lo que parece, suspender todas las asignaturas y embriagarse el viernes por la noche es muy masculino.

¿Sucede algo parecido en las adolescentes? ¿Es más femenina, por ejemplo, la mujer que en una discusión se pelea y combate físicamente con otras mujeres? No, ese comportamiento no le hace ser más femenina, sino menos. En los varones adolescentes, en cambio, sí. ¿Por qué?

El hombre es más fuerte biológicamente que la mujer y es éste un hecho diferencial, por el momento, irrefutable.

.Si el varón es más fuerte que la mujer - en lo relativo a la fuerza física-, ¿puede sostenerse también que el varón es más fuerte psicológicamente? Mi opinión está sembrada de dudas sobre este particular, pues en modo alguno dispongo de alguna certeza al respecto. Si me atengo a la experiencia como terapeuta de pareja, he de afirmar que la mujer es psicológicamente más fuerte que el varón.

Observemos algunos ejemplos: Desde la perspectiva psicoterapéutica, qué es más difícil, sutil, agudo y complejo de resolver: el que la adolescente afirme con gritos y gestos de malhumor que «mi novio no se preocupa de mí, apenas si me hace caso, nunca me dice que me quiere"), o ayudar al adolescente que postula con tristeza que «mi novia me ha dejado y se ha ido con otro".

¿Cuál de los dos mensajes incide con mayor profundidad en la intimidad femenina o masculina? ¿Quién de ellos experimentará mayor dolor, en el supuesto de que ambos fueran verdaderos? Es probable que el varón adolescente que experimenta el abandono de la chica por otro comience a hacer atribuciones negativas relativas a su persona: «Parece que soy bobo. Como no soy fuerte, ni meto goles en los partidos, ni obtengo buenas notas y no soy muy agraciado físicamente, y me cuesta tanto decirle lo que siento por ella, es lógico que me haya dejado».

Obsérvese que el discurso interno del varón adolescente está construido con ciertos rasgos característicos de lo que es atribuible al género masculino, socialmente construido. De acuerdo con ello, su  autoestima descenderá, contribuyendo a la elaboración de un autoconcepto negativo.

Por otra parte, es lógico que al adolescente le cueste más que a la adolescente salir de esta pequeña crisis, puesto que de acuerdo con las estereotipias culturales actualmente vigentes, es el varón el que ha de tomar la iniciativa para salir con otra chica y rehacer su vida; es él quien tiene que saber salir de sí mismo y buscar y encontrar a otra. En cambio, para la adolescente es un poco más fácil, porque la mujer, en realidad, no tiene que salir de sí, sino que le basta con mostrarse, hacer acto de presencia, dejarse ver. Y cuando parece que al fin sale de sí, lo que hace es coquetear, insinuar, crear expectativas en el otro y, sobre todo, rodearse de misterio como si se tratara de una esfinge.

¿Cuál es el modelo de masculinidad que hoy está socialmente vigente entre los adolescentes? ¿Cuáles son los valores que más le importa al adolescente realizar en sí mismo, siguiendo ese modelo? ¿Ser más fuerte que su vecino? ¿No tener que depender de nadie? ¿Ocultar que los afectos de los otros le afectan? ¿Mostrar- se impasible respecto del emotivismo de las adolescentes y comportarse como un «tío duro, frío y acaso distante»? Estos y otros muchos rasgos son los que, al parecer, inspiran la construcción del género masculino entre los varones adolescentes.

Al chico adolescente le afecta más que a la chica la aceptación social de su persona por el grupo de pertenencia."A las chicas también eso les importa mucho, pero de otra forma. Las chicas parten de otras experiencias psicológicas, que les hace ser relativamente inmunes a su aceptación social o no, o al menos, aunque no todas, gozan de más grados de independencia y libertad al respecto

Las chicas optan por una discreta aceptación social, pero casi siempre transitoria -por eso cambian de grupo de pertenencia con cierta frecuencia-y, desde luego, más superficial, menos auténtica y radical que los chicos. De hecho, los grupos de referencia de esa aceptación social no suelen ser permanentes para las chicas, del mismo modo que la amistad entre las mujeres suele durar menos que entre los varones.

El adolescente varón es especialmente frágil. El varón adolescente madura más tarde que la mujer adolescente de la misma edad. El desarrollo intelectual, afectivo, verbal, experiencial y madurativo de una adolescente de catorce años es el equivalente al de un varón de diecisiete o dieciocho; y esto sí que lo podemos verificar con la contundencia de los hechos empíricos que son consistentes y estables. Acaso por eso mismo, la masculinidad adolescente sea más frágil que la feminidad adolescente y, en consecuencia, la actual crisis de la masculinidad sea más profunda que la de la feminidad.

En el enfrentamiento entre un adolescente y una adolescente, sufre más el que es más vulnerable, más frágil, menos desarrollado, más inmaduro y, sobre todo, el que está expuesto en el escenario  social a confusos modelos. Muy poco vinculados con su natural identidad sexual y biológica. Este dato acaso nos haga comprender mejor el hecho de la mayor incidencia de trastornos en la identidad de género en los varones.

El género masculino así construido hace un flaco servicio a aquellos varones que, de acuerdo a sus naturales inclinaciones, no optan por él. Este suele ser el caso del adolescente tal vez mejor dotado intelectualmente y de gran sensibilidad por la literatura y la estética. Una persona así, dado el mayor alcance de su sensibilidad y capacidad intelectuales no se sentirá atraído, naturalmente, por la práctica de ciertos deportes que precisan una poderosa fuerza física o que implican la puesta en marcha de conductas algo violentas o de cierto riesgo. En ese caso, es harto probable que sea subestimado socialmente por sus compañeros, incluso a pesar de sus excelentes calificaciones. La causa de ello es que los rasgos que le caracterizan poco o nada tienen que ver con los que son atribuidos social- mente al género masculino. Por eso sus compañeros se ríen de él cuando le observan leyendo un libro de poemas. Por el contrario, si participara en los juegos (de ellos) e hiciera un buen papel (satisficiera las expectativas de sus compañeros), tal vez sería considerado como el ídolo de su clase.

¿Ha probado alguna investigación que dedicarse con seriedad y rigor a una tarea intelectual es algo que no es del varón, que no es masculino? ¿Se la demostrado que la sensibilidad intelectual es un rasgo más propio de las mujeres adolescentes? ¿Es que acaso no puede tener el hombre más sensibilidad que la mujer para el estudio de las humanidades?

La identidad personal emerge y se acabalga en el género y el sexo. Ahora bien, como el sexo está mucho más determinado (por ciertos factores biológicos), que el género (más condicionado éste por los factores culturales y psicológicos) parece claro que se dispone de más grados de libertad para la construcción del género que del sexo.

Por consiguiente, parece que la identidad masculina y las crisis de identidad dependan más del género que del sexo. De aquí que la identidad se resienta o quiebre más por el tipo de educación que se reciba respecto del propio género. Pero lo que se trasmite acerca del género masculino es muchas veces incompleto, insuficiente, estereotipado, confuso y muy problemático. Basta para ello leer cualquiera de las numerosas pequeñas y superficiales publicaciones acerca no sólo del género sino también del sexo. Así pues, es el género lo que se ha construido mal y, como consecuencia de ello, puede predecirse un aumento en las crisis de identidad en el varón.

6. Afectividad, masculinidad y paternidad

Los varones adolescentes tienen afectos A los adolescentes les afectan sus propios afectos, porque los sentimientos resuenan incontenibles en ellos. Además, los adolescentes quieren querer (aunque no saben cómo) y también quieren ser queridos (aunque no acaban de encontrar las personas que les quieran). A los adolescentes les afectan también los afectos de los demás, ante los cuales en muchas ocasiones no saben cómo comportarse. A ello se añade el que todavía no saben del todo diferenciar el afecto que experimentan respecto de un compañero (amistad) del afecto o atracción experimentadas ante una chica (amor). La confusión entre ambos no es infrecuente entre los varones adolescentes.

Probablemente el contenido temático diferencial más relevante para tratar de entender la actual crisis de la masculinidad es el relativo al ámbito de la afectividad. Es este un ámbito muy resbaladizo y mal estudiado -un auténtico laberinto-, a pesar de que si nos fiamos de ciertos indicadores sociales es, sin duda alguna, la función psíquica que más interesa, por lo general, a las personas. Si la afectividad no interesara tanto, no se habrían puesto en circulación tantas «revistas del corazón» y con una tirada siempre en aumento. Lo mismo habría que decir de muchas novelas, films, programas de televisión, etc.

Por otra parte, en los adolescentes la afectividad barbota debajo de su piel y agita continuamente su corazón. La mayoría de los conflictos adolescentes están varados en el emotivismo, clave que de no ser tenida en cuenta resultará imposible resolver sus problemas. Esto sucede tanto en las chicas como en las chicos adolescentes, por cuanto unas y otros son en esto especialmente vulnerables y se  desenvuelven y transitan o merodean casi siempre alrededor de las experiencias de enamoramiento.

El hecho es que en muchos varones adolescentes hay como un analfabetismo afectivo, a pesar de que hoy esté de moda hablar de la educación sentimental. La mayoría de los adolescentes varones se resisten a hablar de sus emociones y sentimientos más profundos con sus compañeros. Por eso ante la pregunta de «cómo te encuentras, cómo te sientes?», casi todos respondan con la contestación anodina y formularia de «bien». Esta respuesta no es significativa, sino que constituye apenas un tópico vacío de significado, un artefacto lingüístico asignificativo, un mero «flatus vocis» mecánico y automatizado que, en la práctica, nada expresa.

Para arrancarle a un varón adolescente que nos manifieste lo «qué siente»-ya se ve que la formulación de la pregunta es mucho más frontal, abierta y casi intrusiva-, es preciso insistir y persistir en la cuestión con formulaciones diversas, con tal de que todas ellas sean respetuosas, parsimoniosas, consistentes y adecuadas. De ordinario, el varón adolescente niega sus emociones, que es tanto como negar la necesidad que tiene de reconocer que las experimenta, que bullen dentro de él, que le agitan, que le hacen sentirse mejor o peor, en definitiva, que también él es una persona a la que sus afectos le afectan.

La negación de toda afección sentimental es sólo una pirueta ocultadora, antinatural, contradictoria y a veces perversa, por cuanto que los sentimientos están al servicio del encuentro consigo mismo y en función de lo que se decida, se ordenan luego a ser comunicados y compartidos o no con otro o con otra. Esta negación radical y continua de la vida emotiva, por los varones adolescentes, en nada se parece a lo que acontece en las mujeres adolescentes.

La mujer adolescente suele disfrazar sus emociones, pero al menos no las disfraza siempre. Y aunque las disfrace, desde luego no las reprime tan radicalmente como el varón adolescente. Es posible que la joven adolescente disponga de una mayor facilidad para disfrazar sus emociones que el varón adolescente, pero a pesar o precisamente por ello, con harta facilidad encuentra siempre «alguien» con quien se sincera, abre su corazón, se comunica y llega a compartir la intensidad abrasadora de sus sentimientos vitales, anímicos y espirituales. Cosa que no ocurre en el varón adolescente.

Tal vez quepa inferir de esto, que el aislamiento y hermetismo emotivo es muy superior en el varón que en la chica adolescente. Este hecho diferencial sí parece estar de acuerdo con el concepto de masculinidad que el adolescente ha aprendido, y con el código varonil que ha interiorizado. Ahora bien, si el varón adolescente reprime su afectividad hasta casi extinguirla, lo que ocurre es que está enmascarando su más auténtica forma de ser y lo que más le interesa, que no es otra cosa que quererse a sí mismo, ser querido por los demás y querer a quienes le rodean.

Estas tres necesidades vitales suelen estar presentes en cualquier persona y acontecen también en el varón adolescente. Pero como no encajan, no llegan a ensamblarse con el concepto de masculinidad de que dispone, el adolescente tratará erróneamente de aplastarlas, quebrarlas o disolverlas, sin apenas alguna eficacia. Este es su problema, su mayor problema. Si su afectividad ha sido aplastada, no es porque sus amigos no puedan aceptarla, sino porque ha tratado de secuestrarla y encubrirla con actitudes fanfarronas de chico duro, independiente, indiferente al afecto de los demás, impermeable a los afectos ajenos, es decir, como una insolente y emblemática persona solitaria que de nadie necesita.

Pero esa postura es falsa e inauténtica, como se manifiesta en muchas manifestaciones de la vida adolescente, especialmente cuando ese varón se aísla y refugia en su habitación. Tal actitud insolente es simultáneamente compatible con que derrame ardientes lágrimas acurrucado en la cama o fumando a escondidas un cigarrillo, asomado a la ventana.

La conducta de la chica adolescente es muy distinta, como puede observarse incluso en el registro de un gesto muy natural en ciertas secuencias de bastantes películas. Ante un problema, ante una contrariedad que le afecta y no sabe resolver, cualquier espectador puede predecir rigurosamente lo que en la escena siguiente sucederá: la adolescente corre y huye de la situación donde surgió el conflicto, abre una puerta y se desploma-si es que no se lanza- a su cama, y rompe a llorar, sin importarle que alguien le haya seguido y le esté observando. Este sí que es un hecho diferencial en el comportamiento afectivo entre chicos y chicas adolescentes.

Al menos desde la perspectiva de la sociología explícita, se asume hoy -como un lugar común- que, por ejemplo, las chicas son más profundamente afectadas cuando rompen con el compañero con el que salen, que los chicos. Desafortunadamente esa perspectiva sociológica en modo alguno coincide con lo que observamos en las consultas de psiquiatría. Por lo común, en este escenario clínico el varón adolescente en conflicto amoroso, cercado con hábiles preguntas, acaba por deponer las armas, llegando a manifestar que los sentimientos por él experimentados son tan radicales o más que los manifestados abiertamente por las chicas adolescentes en iguales circunstancias.

Esta diferencia de actitudes entre chicos y chicas adolescentes genera muchas consecuencias, algunas de ellas fatales para los chicos. Las chicas suelen salir antes de sus crisis sentimentales y son capaces de resolverla mejor que los chicos, sea porque olvidan antes, sea porque sustituyen inmediatamente al compañero que dejaron o les dejó por otro.

Los chicos en cambio, se comportan de otra manera. Es probable que no manifiesten lo que les ha pasado ni a sus íntimos amigos, a pesar de que su comportamiento, a causa de ello, se torne raro. Ese ocultamiento del conflicto pone en marcha inferencias, juicios y conclusiones muy disparatadas como, por ejemplo, que «todas las mujeres son iguales)>, «la odio profundamente», o «para ella es como si me hubiera muerto".

Ninguno de estos juicios se sostienen por sí mismos, como consecuencia de la generalización en que incurre y de la universalización abstracta a que somete el problema de su propio y concreto conflicto, todavía no resuelto. En este punto, la terapia cognitiva (Beck, 1998) ha puesto de manifiesto la debilidad de muchas poses masculinas -erróneamente atribuidas a la masculinidad- y su incapacidad para resolver los conflictos afectivos.

Lo que Kindlon y Thompson (2000) denominan «cultura de la crueldad», característica que atribuyen al ámbito de los varones adolescentes, tiene con toda probabilidad aquí su origen. Si el conflicto emocional no se resuelve, es muy probable que se metamorfosee luego en forma de agresividad manifiesta, sea a través de la incomunicación total con las personas que le rodean (hacerse presente por medio del silencio), sea a través de la acritud e irónica rebeldía disolvente de todo cuanto se afirme o sostenga, o sea a través de una franca conducta agresiva.

Ninguna de las anteriores vías empleadas por el adolescente son eficaces para resolver el conflicto emotivo, sino más bien para intensificarlo, extenderlo y complicarlo todavía más. En cierto modo, la «cultura de la crueldad» no es nada más que la punta del iceberg de la «cultura narcisista», impotente para afrontar y resolver un modesto problema, por otra parte muy frecuente.

Si el varón adolescente se percibe como alguien que ha sido desestimado por la persona que él más estimaba -suelen formular así sus conflictos emotivos-, lo lógico para él, lo más varonil es que se odie a sí mismo, entre otras cosas porque si no le estiman es porque no vale. Pero si se odia a sí mismo -teniendo en cuenta que él mismo es la persona a la que más ama, por su peculiar narcisismo adolescente-, ¿cómo podrá querer a los demás? Si se odia a sí mismo, lo más varonil es también odiar a los demás; más aún, manifestar el odio que lleva dentro a quienes le rodean, para que al menos participen de alguna manera de su dolor y entiendan lo mucho que está sufriendo. Esto es lo que hace que la convivencia con un varón adolescente en conflicto resulte insoportable, especialmente si los padres no están avisados de lo que a su joven hijo le está sucediendo.

Tal vez por eso y por la incomprensión que les acompaña, se sientan completamente incapaces para ayudarle. Mas aún, cuanto más intentan ayudarle -Lógicamente, con gestos, procedimientos y estrategias que en modo alguno son pertinentes-, menos lo consiguen y más acrece el conflicto. Si los padres tratan de hacer que su hijo adolescente relativice lo que le pasa, más incomprendido y aislado se sentirá el joven adolescente, por lo que tendrá motivos adicionales para enfurecerse y odiar todavía más a padres.

Si, por el contrario, la madre trata de aproximarse a él con ternura o procura que le cuente lo que le pasa, el varón adolescente se sentirá controlado o experimentará que su madre le compadece, lo cual todavía le hunde más y le desacredita en lo más profundo de su masculinidad mancillada. Porque un hombre jamás debe ser compadecido. Y así podríamos continuar con muchas de las escenas que, lamentablemente, acontecen en la vida familiar donde está presente un varón adolescente que ha sido herido en sus emociones.

El varón adolescente no ha conquistado todavía la necesaria independencia personal, y depende mucho más de las manifestaciones de afecto que recibe -y de las que tanto necesita, a pesar de que de ellas nunca hable-, que de su personal disposición a querer a los demás. Un adolescente así, toma, pide, exige afecto y por conseguirlo llega incluso a arrastrarse a sí mismo. Pero un adolescente así no da nada, no toma jamás la iniciativa, es incapaz de salir de sí mismo. Es más una persona tomante que donante, y mientras siga siendo sólo un tomante, ni es libre, ni es independiente, ni es invulnerable. Y eso a pesar de que se revista de una bella y estudiada indiferencia que en apariencia le asemeja a un varón estoico. Se trata aquí de un estoicismo prestado, de una impostura estoica, de una débil falsificación que acabará por estallar en mil pedazos sólo cuando se dé un encuentro real y auténtico con otra persona.

Los rostros impenetrables son en los adolescentes casi siempre postizos y relativamente fáciles de penetrar en ellos si se adoptan las necesarias actitudes de fortaleza, comprensión, autenticidad y madurez varonil. Si el adolescente experimenta que otra persona de su mismo género se interesa por él y con su ayuda hace que se desvele en él, poco a poco, lo que le pasa, a la vez que le exige y le comprende, el adolescente depone las armas.

Este acercamiento al varón adolescente en conflicto no se puede improvisar, ni mucho menos creer que se puede solucionar a través de unas enseñanzas escolares colectivas. Lo ideal es que su propio padre le hubiera tratado así y se hubiera servido de esas mismas actitudes con él, desde su nacimiento. Si el padre le ha contemplado desde pequeño, siempre desde una larga distancia y en un tiempo escaso, en la práctica es imposible que ahora, una vez llegada la adolescencia, pueda abordarlo y ayudarle en sus problemas.

Si, por el contrario, padre e hijo han hablado muchas veces de temas diversos-no estrictamente relacionados con el rendimiento académico-, si el padre le ha contado, en el espacio de intimidad compartida de un hombre frente a otro hombre, alguna de sus pequeñas dificultades, si le ha reconocido que alguna vez también él sufrió y lloró por una causa parecida, es decir, si se ha establecido un feeling, si hay química entre padre e hijo desde la infancia, es más que probable que el padre pueda ayudar a su hijo adolescente a resolver sus pequeños problemas. Cuando este modo de proceder jamás se ha empleado, entonces hay que recurrir a los expertos, es decir, al psiquiatra y al psicólogo.

Tal vez resulte excesivo atribuir todo este analfabetismo emocional de los varones al estereotipado concepto de masculinidad que está ínsito en ellos. No obstante, mucho hay de ello en la interacción y el mismo ensamblaje entre masculinidad y afectividad.

Se cumplen ahora treinta años desde que Brannon y David (1976) describieron las cuatro notas características que distinguían, entonces, a la masculinidad y que sintetizo a continuación:

  • 1. La masculinidad consiste en el repudio de lo femenino;
  • 2. La masculinidad es evaluada por la riqueza, el poder y el status social;
  • 3. La masculinidad requiere la impenetrabilidad en las emociones;
  • 4. La masculinidad requiere destacar, ser agresivo y realizar acciones arriesgadas en nuestra sociedad.

La formulación de estas notas características dibujan un «personaje» singular, el varón adolescente, que, por fuera, ofrece la imagen de un roble vigoroso, poderoso y decidido, cuyas decisiones y acciones bordean siempre los límites de la audacia y la imprudencia. Esta imagen está lejos de ser un análogo de Superman, pero trata de aproximársele.

Habría que preguntarse si esta es la imagen que conviene a cualquier varón y si, además, es la imagen con la que sueñan las mujeres. Probablemente ni lo uno ni lo otro. Pero, sin embargo, continúa manteniéndose; y tiene un buen soporte social, a lo que parece. Pero funcionalmente, esta imagen está desajustada, tanto para realizarse en cada hombre concreto, como para procurar la felicidad de las mujeres.

Las anteriores notas, por otra parte, se realizan de modo diverso en las diferentes personas y, muy probablemente también, en las distintas culturas. Pero alguna huella vestigial queda de esta imagen en lo recóndito del mapa cognitivo de los varones adolescentes, contribuyendo a inspirar el modelo de hombre que quieren llegar a ser. La fanfarronería, la violencia y la misoginia de los varones adolescentes han encontrado en las anteriores notas el caldo de cultivo, el necesario humus donde arraigar de forma poderosa.

Las consecuencias de este concepto estereotipado de masculinidad se dejan fácilmente sentir y no son muy provechosas que digamos. Se impone, pues, la construcción de un nuevo concepto de masculinidad. Para ello no basta con el trabajo de gabinete, y menos aún con el trabajo de laboratorio. No se trata tanto de que alguien diseñe cómo ha de ser el varón a lo largo de este siglo XXI -conjetura que nadie está en condiciones de adivinar-, como de arbitrar el apropiado diseño educativo a cuyo través los padres varones contribuyan a la configuración del concepto de masculinidad que ha de formar- se en sus hijos.

Naturalmente esta educación la tienen que hacer los padres varones, puesto nadie sino ellos tienen esa posición de especial significatividad que el adolescente necesita y tanto más cuanto vive bajo la amenaza de una confusa situación afectiva. A través de esta última es como el niño, que luego será adolescente, tiene que identificarse con el progenitor varón. Este proceso de identificación es muy largo en el tiempo, aunque comienza con el mismo nacimiento del hijo.

El niño, apenas nacido, es un espectador de su mundo, que observa a su manera lo que sucede en su entorno. En esa etapa es necesario que se dé una frecuente interacción entre padre e hijo. Podría ser suficiente que el padre le abrazara, jugara con él, le acariciara, le cantara alguna canción, le contara o leyera algún cuento, practicara con él algún deporte, etc.

Trascurrida la primera infancia, el niño antes que nada es un excelente actor. El niño imita todo cuanto ve y oye. En esta etapa es de vital importancia que el padre se deje oír y ver, porque el niño le imitará. Para que esas observaciones visuales y auditivas sean eficaces, es muy conveniente que en el comportamiento del padre en interacción con su hijo se manifiesten numerosos valores, porque entonces, casi sin esfuerzo, el actor que es su hijo tratará de reproducirlos. Es aquí donde hay que introducir vigorosamente la educación de los sentimientos, puesto que es el contenido irrenunciable de que todo actor se sirve en la representación del papel que hace. Esta etapa es muy larga, y durante ella convive también, aunque en diversa proporción, el papel de espectador de la etapa anterior, que emerge en el hijo, de forma ensamblada y personalmente integrada.

Más tarde, ya próxima la pre-adolescencia, el hijo se decide al fin a manifestar al autor que lleva dentro. Sólo entonces se sentirá capaz de tomar decisiones, acometer proyectos, pensar por cuenta propia, es decir, todo lo que lleva parejo el hecho de sentirse único, irrepetible y dueño de su propia vida. En esta etapa debe también haber mucha interacción entre padre e hijo. Es el momento para dialogar acerca de muchos e importantes temas, competir practicando algún deporte, compartir pequeñas dificultades, éxitos y fracasos, alegrías y tristezas, aficiones y frustraciones, ilusiones y expectativas, etc. En esta etapa reaparecen también los papeles de espectador y actor de las etapas anteriores, en los que el niño como autor se inspira para tratar de ser quien realmente es.

La educación afectiva debe atravesar todas estas etapas, estando siempre presentes en ellas en mayor o menor cuantía, en función de cuáles sean los requerimientos exigidos por el desarrollo afectivo del hijo.

A lo largo de este proceso los padres deben estar avisados de que la educación de la afectividad constituye una de las piezas fundamentales que más tarde sostendrá el comportamiento en su hijo adolescente. Deben estar avisados de que las notas estereotipadas que sociológicamente definen la afectividad masculina en la actualidad, han de ser profundamente revisadas y prudentemente modificadas, si así lo exige el caso.

No se trata, pues, de iniciar un cambio de roles que sea radical, sin antes valorar los pros y los contras o simplemente las consecuencias que tales cambios pueden generar en el comportamiento de los hijos. Sí parece muy apropiado dar una mayor centralidad a la vida emocional en la configuración y desarrollo de esa masculinidad naciente.

Se trata de vertebrar la nueva y emergente masculinidad, no tanto de acuerdo a los diversos modelos puestos en circulación en la actual sociedad, como de repensar qué masculinidad es más conforme al código genético, al sexo biológico del hijo, a su personalidad, al mismo tiempo que sea la que satisfaga más y mejor, la que transforme y optimice los requerimientos -algunos fundamentados, otros sin fundamento alguno- del actual código social masculino.

7. Hacia una nueva «construcción» de la masculinidad: Entre el sexo genético y el sexo social

Hay, qué duda cabe, muchos lugares comunes, muchos tópicos a los que se suele recurrir para tratar de explicar los diversos perfiles psicológicos que, natural y/o culturalmente, han condicionado los diversos rasgos emotivos y comportamentales de los chicos y chicas adolescentes. Muchas de esas atribuciones causales que ahora nos parecen incorrectas tal vez lo fueron en su tiempo. De la misma forma que entre las actuales unas están mejor fundadas que otras, y algunas carecen por completo del necesario fundamento.

La noción de masculinidad en el chico se muestra un tanto proteica en su diseño y está entreverada por muy diversas dimensiones. La masculinidad no es el autoconcepto que al chico le ha caído del cielo o le ha nacido como una emanación de sus genes. La masculinidad tampoco es algo que ex novo, cada adolescente construye acerca de sí mismo, como si su persona se hubiera comportado hasta ese momento como una tabula rasa, tal y como defienden algunas propuestas construccionistas.

La crisis actual de la masculinidad y la emergencia de una nueva masculinidad no alcanza suficiente explicación apelando a los viejos constructos atribucionales como tampoco apelando a la radicalidad de algunas actitudes que tiempo atrás parecían tener una mayor consistencia.

En efecto, la ambigua noción actual de masculinidad no es una consecuencia de la actuación de los movimientos feministas radicales, como tampoco puede atribuirse a un problema con la testosterona. Ni la acción del feminismo ha impactado tan intensamente sobre los actuales adolescentes varones, ni tampoco en ellos puede ser reconocido un trastorno en el balance de la testosterona. Tampoco la ambigüedad de este concepto puede colgarse sobre las espaldas de la evolución que se ha hecho sentir en el profesorado; entre otras cosas, porque el comportamiento de muchos profesores, aunque diversos de las conductas de los profesores de las generaciones anteriores, continúa siendo estable y consistente.

Por último, la atribución relativa a la ausencia del padre (Polaino-Lorente, 1993, 1994a y b, y 1995) y a la escasa y limitada interacción entre padres e hijos-cuestión ésta de mucha vigencia en la actualidad y de la que en otro lugar he tratado en profundidad- puede ser susceptible de salir garante en la explicación de este cambio conceptual.

Pero en cualquier caso, ni es el único factor explicativo, ni es suficiente si se considera independientemente de los demás. En todo caso, no puede comprenderse la crisis de la masculinidad sin apelar al mismo concepto de lo masculino, y a lo que esto significa para cada adolescente en la actualidad. Es preciso, pues remontarse hasta la observación de las actitudes y los comportamientos de los chicos y chicas adolescentes, así como a sus respectivos códigos de conducta para tratar de dilucidar qué es lo que en realidad está sucediendo.

La observación atenta del comportamiento adolescente pone de manifiesto que chicos y chicas comparten hoy un mismo y único escenario, aunque de forma diferente. No se trata tanto de un frontal enfrentamiento entre ellos, algo así como un careo entre unos y otros en el que cada uno y cada una eleva su voz en el debate acerca del género, como de las diversas posiciones ocupadas por cada uno de ellos en ese mismo debate.

No deja de ser curioso que hoy se oigan cosas terribles acerca de los adolescentes varones mientras hay un silencio absoluto acerca de lo que es y significa lo masculino, así como acerca del sentido que tiene esa condición biológica. Tal vez pueda hacerse una pregunta que contribuya a resolverse esta paradoja: ¿no será tal vez que la misma construcción del concepto de masculinidad está preñada de cosas terribles que, más tarde, condicionan, dirigen y se proyectan en el comportamiento de los muchachos? ¿Se ha tratado de estudiar las horrorosas estereotipias que adensan el concepto de lo masculino, antes que escandalizarse por la conducta perversa de ciertos adolescentes?

Una cuestión central en el análisis de las diferencias entre el hoy y el ayer es, en mi opinión, la cuestión relativa a la motivación y a las emociones, radicales que condicionan poderosamente la conducta de los adolescentes.

Al llegar a la adolescencia, el chico experimenta la necesidad de ser él mismo, de hacer oír su voz y, por eso, enfatiza lo que dice con la exagerada energía de quien sale de la clandestinidad. Al adolescente le importa mucho el reconocimiento social de su persona y, en consecuencia, se hace valer, de ordinario, mucho más de lo que vale. Probablemente porque el hecho de ser reconocido en un determinado escenario social y ser aceptado por el grupo de pertenencia es una de las cosas que más le importan. Si le importa tanto es porque constituye un ingrediente irrenunciable en la génesis de lo que él entiende, es y será su propia masculinidad.

Esto no significa que el contenido de las afirmaciones con que el adolescente gusta alzar su voz sea rigurosamente cierto. Más bien sucede lo contrario. Lo más frecuente es que sean afirmaciones acerca de su persona, de sus capacidades, de las cosas ya realizadas y ahora un tanto magnificadas, es decir, el discurso adolescente es más una baladronada que un riguroso autoinforme.

Este mismo camino sigue las poses, los retos que arriesgadamente acepta, los desafíos y bravuconadas e incluso ciertos comportamientos violentos. En el fondo se comporta «como él supone que debe comportarse» para que sea aceptado como el hombre que todavía no es, pero que quiere llegar a ser.

Estas manifestaciones observables no suelen coincidir casi nunca con lo que barbota en lo hondo de su corazón. El adolescente se siente inseguro, tímido, con un constante temor a hacer el ridículo y caer mal a la gente, tiende a la infraestimación y se mece en una enorme duda acerca de lo que será de él en el futuro.

Este sí que es el auténtico discurso interior que está enmascarado por las manifestaciones a las que anteriormente se ha aludido. Su explicación no hay que buscarla tanto en los factores ya antes mencionados en esta colaboración como, sencillamente, en lo que el adolescente considera que es el privilegio de la masculinidad y de lo que de él se espera. Y naturalmente, no quiere defraudar a su público, puesto que le va en ello su misma aceptación social como varón.

  Si este mismo comportamiento se observa en las chicas adolescentes, más bien sucede lo contrario. Cuando la chica llega a la adolescencia, el habitual parloteo y griterío que la caracterizaba en la preadolescencia, enmudece. Ahora se vuelve más reservada, más prudente también, en apariencia. Sus poses son más delicadas y contenidas, porque entiende que así es como se comporta una señorita, confundiendo esos comportamientos con las categorías claves de su feminidad. Experimenta que lo deseable socialmente, lo que esperan de ella como mujer es precisamente eso: control de sus impulsos, simpatía, delicadeza, finura en el trato y una cierta reserva, de manera que su intimidad quede opaca e intransparente a la mirada de curiosos y extraños. Este modelo le ayuda a que nazca en sí el mito del misterio de la mujer, del que sin duda alguna se alimentará durante la adolescencia.

Esto es compatible con que la adolescente se haga transparente en el diálogo con su amiguísima del alma, llegando hasta extremos de una confidencialidad inusitada. Pero ese discurso explícito en el escenario íntimo con su amiga del alma es el que jamás se hará explícito en el escenario social.

A lo que se ve, estamos ante dos modelos de comportamiento opuestos y radicalmente enfrentados. Bastaría comparar el discurso interior e inefable del adolescente varón con el discurso de la adolescente mujer con la amiga íntima para que pudiéramos establecer una correlación entre ambos muy significativa.

Por eso la asertividad que manifiestan la mayoría de las adolescentes es el equivalente explícito y social de la agresividad y bravuconadas que manifiesta el adolescente varón. Ha comenzado ya en ambos el moldeamiento social de su propio género, aunque, como la primavera, nadie sepa cómo ha sido. La adolescente mujer ocultará sus habilidades naturales; el adolescente varón las exagerará con fanfarronería. La adolescente mujer esconderá las pequeñas o grandes frustraciones que experimenta; el adolescente varón las proclamará allí donde esté, exagerándolas incluso aunque al hacerlo él personalmente quede mal. Un hombre -se dirá a sí mismo- no ha de tener miedo de nada, ¡Qué importan que los demás sepan lo que le ha pasado! Los hombres han de afrontar los malos tragos que les hace pasar la vida. Esto no quiere decir que el adolescente varón sea más auténtico y sincero que la adolescente mujer. Significa tan sólo que parten de mapas cognitivos muy diferentes y relativamente contrapuestos en lo concerniente a sus respectivos géneros. Ni la adolescente mujer es una simuladora profesional, ni el adolescente varón es un personaje esperpéntico, sino que ambos se comportan a través de la mediación de un modelo social acerca de lo que se espera de cada uno de sus géneros, y acomodando al modelo sus propios comportamientos. De no modificarse el modelo, lo lógico es que no se modifique el comportamiento.

Algo parecido sucede si consideramos lo que les motiva y el modo en que se acuna el nacimiento de las propias ambiciones. El varón adolescente hinchará sus ambiciones hasta desfigurarlas; se opondrá frontalmente a sus padres; gritará enérgicamente a su madre ante el más mínimo reproche; sobrestimará sus capacidades; se mostrará intolerante ante la imposición de cualquier límite o la restricción de alguna de sus libertades; y concebirá metas, proyectos y realizaciones que están muy por encima de sus posibilidades y que a todas luces es incapaz de alcanzar.

El comportamiento de la mujer adolescente es muy diferente. De ordinario, embridará sus ambiciones y las secuestrará en el fondo de su corazón; tenderá a infraestimar sus habilidades; discutirá con sus padres al notar el leve peso de la más mínima prohibición, pero lo hará de forma diversa con su padre que con su madre, habitualmente de una forma más intolerante con la segunda que con el primero; se inhibirá en estas manifestaciones, cuando en el contexto situacional haya alguien que no pertenece a la familia; y concebirá sólo aquellos proyectos para los que está sobradamente capacitada.

De acuerdo con estos perfiles es fácil pronosticar cuál de los dos adolescentes tendrá más éxito en sus realizaciones. Las anteriores características podrían llegar a explicar porqué el rendimiento académico es muy superior en las chicas que en los chicos adolescentes. Naturalmente no es esta la única causa. El proceso madurativo es también un factor añadido que podría explicar esas diferencias casi siempre a favor de éstas últimas.

En realidad, desde el punto de vista madurativo, la mujer adolescente de la misma edad que el varón adolescente, es superior a aquel en tres o cuatro años de edad. Cuando el varón adolescente está yendo por el camino de la vida, de la experiencia cotidiana, de la madurez personal, la mujer adolescente de la misma edad ha ido ya y ha regresado varias veces, lo que significa que tiene mayor experiencia que el chico, simplemente porque ha recorrido y transitado ese camino más veces que aquel.

Si estudiamos la autoestima entre los adolescentes observamos enseguida muchas diferencias entre ellos. Tal vez la más importante es que el contenido del que depende la autoestima es muy diverso en chicos y chicas. En el varón adolescente la autoestima se hace depender de la fuerza, el poder económico, las habilidades para el deporte, las calificaciones escolares y desde fecha reciente el atractivo físico.

En las chicas adolescentes la autoestima se pergeña y vertebra con otros contenidos. En primer lugar, la belleza y el atractivo físico, siempre con una especial dependencia a lo que está de moda. A esta primera categoría se subordinan, a mucha distancia, las restantes, como, por ejemplo, las calificaciones escolares, las capacidades intelectuales, las habilidades deportivas, etc. Antes que estas últimas importa mucho más a las chicas adolescentes la simpatía. La inteligencia, en cambio, suele estar objetivamente infravalorada, con independencia de que esa adolescente sea más o menos inteligente. Esto en modo alguno acontece en el varón adolescente, a pesar de que tampoco en él el nivel intelectual sea el principal contenido que sostiene su autoestima personal. Hasta tal punto tienen fuerza estas estereotipias que, paradójicamente, el modo de alabanza social respecto de las adolescentes suele seguir en descenso los tres hitos siguientes: en primer lugar, ser guapa; y si no se es del todo, ser simpática; y si no se es ni lo uno ni lo otro, entonces y sólo entonces, ser inteligente.

A lo que se observa, el código genético que sale garante de lo masculino y de lo femenino no es aquí el responsable de estos comportamientos. Es más bien el código social respecto de lo masculino y lo femenino lo que moldea significativamente el comportamiento de los adolescentes, según cual sea su propio género.

En consecuencia, no son comparables la autoestima masculina y femenina, sencillamente porque no son homogéneos los contenidos respecto de los cuales esas respectivas autoestimas se establecen. Ambos, chico y chica adolescentes, cometen numerosos errores en el modo en que se autoestiman. En mi opinión, ambos se infraestiman en muchas más cualidades, capacidades y destrezas de lo que sobreestiman en ellos mismos. Es decir, son más frecuentes los errores de infraestimación que los errores de sobreestimación en los adolescentes. Ninguno de los dos errores generan buenas consecuencias. Los primeros por defecto y los segundos por exceso, ambos contribuyen a que el comportamiento adolescente sea todavía más desadaptativo. Ambos tipos de errores sitúan a los adolescentes en una indefensión tal, que hace que ellos sean verdaderas personas dolientes. Muchas frustraciones, muchos conflictos y muchos sufrimientos adolescentes tienen aquí su causa.

Si una chica adolescente sobreestima, por ejemplo, su belleza, concebirá unas expectativas acordes con ella en el modo en que los demás van a tratarla. Comete así tres errores fundamentales: en primer lugar, el de sobreestimarse en lo relativo a su propia belleza; en segundo lugar, el de considerar que cualquier relación que pueda llegar a establecer con los chicos sólo es dependiente de su belleza personal; y, en tercer lugar, el error de concebir unas expectativas -tan importantes para esta edad como las que se refieren a las relaciones sociales- que están agigantadas. Como luego en el escenario social real no será tratada conforme a como ella esperaba, experimentará que no la tratan como se merece, que no la valoran en modo suficiente, que le tienen envidia, en definitiva, que no la quieren ni la aceptan como es. Esto, obviamente, constituye para ella un motivo real de sufrimiento e infraestimación  -sin duda alguna, el más importante-, con independencia de que ello sea así realmente o no. Es decir, los errores en la sobreestimación inicial generan consecuencias que son realmente infraestimadoras. La sobreestimación no era real; la infraestimación generada como consecuencia de ella, sí que lo es.

Pondré ahora un ejemplo de infraestimación muy común en el varón adolescente. He elegido intencionalmente este ejemplo, para que no se me tilde ni de feminista ni de machista, aunque la verdad es que considero que ninguna de esas atribuciones harían crecer ni menguar mi estima personal, pero al menos contribuyamos a que los demás no yerren. Pero sigamos con el ejemplo propuesto. Si un varón adolescente se infraestima en su capacidad intelectual -capacidad intelectual que en absoluto conoce, pero sobre la cual, paradójicamente, cree disponer de un riguroso concepto-, obviamente, ajustará su nivel de aspiraciones académicas a lo que considera ser conforme con ese nivel intelectual. Es decir, aspirará a mediocres resultados académicos, de acuerdo con la capacidad intelectual personal que ha infraestimado.

En consecuencia con ello se exigirá menos a sí mismo, se esforzará muy poco por conseguir un logro mayor y, lógicamente, los resultados obtenidos le confirmarán en su errónea hipótesis. Esta verificación continuada en el tiempo todavía dará una mayor consistencia a su inicial error de infraestimación. Si su rendimiento académico es mediocre, su propio autoconcepto se configurará de acuerdo con esa mediocridad. El rendimiento obtenido dará una mayor consistencia a su propio autoconcepto negativo.

La infraestimación de su capacidad intelectual le conducirá inexorablemente a su infraestimación personal. La parte (la inteligencia erróneamente valorada) sustituirá al todo (su entera persona) que quedará sazonado por el mismo error. Nada de particular tiene que ese adolescente no se acepte a sí mismo y aparezca en él un comportamiento retraído, enrarecido, inhibido y mal dispuesto para las relaciones sociales.  

Si ese varón adolescente considera que no es inteligente -característica que además acreditan los resultados obtenidos- constituiría una imprudente osadía por su parte tratar de relacionarse con las personas que obtienen mejores calificaciones que él. Si se infraestima a sí mismo, procurará evitar que otros le conozcan tal y como él es, es decir, tratará de evitar que los demás también le infraestimen. De este modo, rehusará relacionarse con muchas personas con las que naturalmente desearía hacerlo, configurando así un poderoso déficit en sus habilidades sociales.

Es lamentable que la historia biográfica de numerosos jóvenes de tantas generaciones pongan abiertamente de manifiesto en las consultas psiquiátricas tales errores originarios y fontales. No, no siempre es verdad que el gran negocio del mundo sea comprar a las personas por lo que realmente valen y venderlas por lo que cada una de ellas cree que vale. En mi experiencia universitaria al menos, tal diseño empresarial es desde luego ruinoso. Entre otras cosas, insisto, porque son mucho más cuantiosos los contenidos sobre los que los adolescentes varones hoy se infraestiman y muy escasos aquellos sobre los cuales cometen el error de la sobreestimación.

Tanto unos como otros errores generan inseguridad, inquietud, angustia, dudas, indecisiones. Sin ánimo de psiquiatrizar estos problemas consuetudinarios de la adolescencia, se podría afirmar que esta es la enfermedad mortal de los adolescentes, entendiendo por enfermedad sólo el sentido de su significado etimológicamente más preciso. Enfermedad viene de infirmitas, que significa «falta de firmeza».

Muchos jóvenes adolescentes tienen falta de firmeza, por lo que es preciso afirmarlos. La afirmación de sí mismo es una condición necesaria, aunque no suficiente, para la seguridad personal. Pero el adolescente se afirma no cuando decide él mismo hacerlo, sino cuando es afirmado por una persona que él considera relevante. La afirmación adolescente exige la comparecencia de otra persona, porque su afirmación es siempre reactiva. El adolescente queda afirmado cuando se le afirma. Naturalmente, tal afirmación no debe hacerse sino objetivamente. No se trata de afirmar al adolescente por afirmarlo, y mucho menos en características y peculiaridades en que en modo alguno es valioso.

Esto más que afirmarlo, sería manipularlo, es decir, hacer que configure unas expectativas acerca de sí mismo para las que no dispone de las necesarias capacidades. Al proceder así, lo que inmediatamente se genera en él, a muy corto plazo, es una frustración insufrible y generadora de muchos conflictos. Esto debiera ser tenido en cuenta por muchos padres y profesores «permisivos» que, siendo partidarios de la educación blanda, se dedican injustamente a halagar al hijo y al alumno en aquello precisamente de que carece. Afirmar al adolescente implica, en primer lugar, conocerle muy bien, para luego desvelar en él aquellos rasgos valiosos de que dispone y seguramente ignora. Esto sí que es afirmar al adolescente en lo que vale. Pero no basta con eso. Hay algo más. Es preciso que al desvelarle los valores de que dispone se le muestre también el procedimiento a seguir para hacerlos crecer, para que no se agoten en su crecida intensidad naciente y, sobre todo, para que los ponga al servicio de los demás.

Por consiguiente, el camino para afirmar al varón adolescente sigue estas tres etapas: manifestarle cuáles son sus rasgos positivos; enseñarle a crecer lo más rápidamente posible en ellos; y enseñarle a cómo ha de disponer de ellos no para hacer crecer su yo hasta que se haga un monstruoso gigante, sino para contribuir a solucionar problemas y para que los demás también crezcan y queden afirmados en sus respectivos valores. Una educación así entendida daría al traste con muchos de los problemas que hoy penden como una espada de Damocles sobre chicos y chicas adolescentes poniendo en grave riesgo hasta su propia identidad personal.

Ciertamente que todo esto no es fácil y sobre todo, no es suficiente. Además y antes de afirmar al adolescente, hay también que aceptarle como es. Aquí es donde muchos padres y profesores tropiezan. Acaso porque también tienen un modelo estereotipado de lo que es o deber ser ese adolescente.

Lo diré de una forma breve y rotunda: hoy se tiene miedo a los adolescentes. Son muchos los padres y profesores que conozco que están «quemados» precisamente por tener que relacionarse con adolescentes. Al adolescente hoy se le teme mucho más que en las pasadas décadas, también porque probablemente son más conflictivos y disponen de mayores recursos para potenciar la hostilidad y rebeldía propias de esa edad. Estoy persuadido de que sería hoy un completo éxito editorial la publicación de un manual de autoayuda que llevara por título algo parecido a lo que sigue. «Cómo sobrevivir a la convivencia con un/a hijo/a adolescente y no morir en el intento» Haría falta, eso sí -con independencia de que fuese o no un bestseller- que respondiera con rigor a la cuestión formulada y tanto desde la perspectiva de los padres como desde la de los profesores.

Pero es necesario que padres y profesores si no aceptan al adolescente como es, al menos que lo toleren. La adolescencia es una etapa por sí misma conflictiva que hace del adolescente un ser en crisis, como consecuencia del cambio continuo que está experimentando. Acoger, aceptar o cuando menos tolerar a un o una adolescente día a día exige, sin duda alguna, un mayor esfuerzo.

Por eso parecen muy acertadas las recomendaciones que a los padres de los adolescentes hacen Kindlon y Thompson (2000) en su libro, Raising Cain, que se convirtió en un bestseller en Estados Unidos. Al título del libro sigue un subtítulo que es todavía más elocuente y que dice así: Protegiendo la vida emocional de los chicos.

Sobre el analfabetismo emocional de los adolescentes ya me he ocupado líneas arriba; ahora sigamos con los consejos que estos autores dan a los padres de los adolescentes, y que resumo a continuación:

«Ser indulgentes con sus emociones"; «aceptar su alto nivel de actividad física" «hablar su lenguaje y tratarles con respeto»; «enseñarles que la empatía es coraje»; «usar la disciplina en su dirección y formación»; «mostrarles un modelo de masculinidad en el que esté incluido el apego emocional»; y «enseñarles muchos de los caminos en que un chico adolescente puede llegar a ser un hombre» (pp. 241-256).


Los autores se refieren aquí, naturalmente sólo a los chicos, y razones hay para ello, pues como hemos observado líneas atrás, uno de los ámbitos más deficitarios en la formación de los varones adolescentes y en su futura configuración autoconstitutiva es precisamente este: la incapacidad para expresar emociones y relacionarse empáticamente con las personas con quienes conviven.

8. Conclusión: Algunas claves para la educación de los varones en la identidad personal

Llegados a este punto, comprendo la conveniencia de proporcionar algunos consejos a fin de orientar a los padres varones en la educación de sus hijos varones, en lo relativo a su identidad personal. Es difícil tomar tal decisión, por cuanto no se me oculta que la elección de cualquier clave para esa educación forzosamente supone la exclusión de otra. Además, la mayor o menor relevancia de las claves por las que se opte, respecto de su aplicación, no depende tanto del tema aquí tratado -con ser esto muy importante- como de la persona singular a la que haya que educar.

En los puntos que siguen se exponen algunas de las claves que en la educación de la identidad personal de los hijos varones pueden ser aconsejables para este menester. El orden en que son presentados en modo alguno constituye principio de prioridad o jerarquía e ellos:

  • 1. Es necesario establecer un balance armónico entre naturaleza y cultura, género y sexo sin privilegiar uno de ellos en contra del otro.
  • 2. Hay que admitir los grados de libertad que sean necesarios en el desenvolvimiento de los roles y comportamientos masculinos y femeninos, siempre que se respeten las exigencias y determinaciones que condicionan a aquellos, en función del sexo genético y sexual de cada persona.
  • 3. Urge propiciar las orientaciones y principios básicos que, admitiendo el hecho originario y diferencial de la masculinidad y feminidad, no obstante, facilitan el crecimiento y desarrollo por igual -sin privilegios ni sometimientos- de las dos formas de ser persona, de acuerdo con su condición biológica y sexuada.
  • 4. Es preciso solicitar de los padres un mayor grado de compromiso en la educación de sus respectivos hijos e hijas desde el momento del nacimiento y en modo proporcionado y específico, de acuerdo al sexo y género de cada uno de ellos. Si la educación de los hijos varones ha de ser personalizada, ha de tener en cuenta el sexo y el género de pertenencia de cada uno de ellos. En consecuencia con ello, la educación ha de ser diferencial, como también ha de ser diferencial la atención y dedicación de cada uno de sus progenitores a sus respectivos hijos, de acuerdo también con la condición sexuada de los padres.

 

Bibliografía

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Resumen:

 El desarrollo de la identidad sexual en los varones: líneas de actuación para el tercer milenio

En la identidad de cada persona es obvia la fuerza que tienen los conceptos de sexo y género. Quizá lo masculino y lo femenino habían quedado cautivos por redes sociales estereotipadas y poco fundadas, que habrían originado ciertos roles sociales opresivos, al no haber ido cambiando con el paso del tiempo. Ello ha terminado abriendo una brecha entre sexo y género, lo que ha contribuido a fragmentar la identidad de la persona. Ahora bien, siendo cierto que el ser humano construye su género, también lo es que esa construcción no es una creación, pues parte del dato biológico del sexo, realidad muy resistente a ser cambiada, y tiene como punto de referencia numerosas variables, entre las que sobresalen las características que definen, en la mentalidad dominante del momento, la masculinidad y la feminidad y los modos de relacionarse ente mujeres y varones.

Hoy asistimos a una crisis en la identidad de los varones a causa de los rápidos cambios introducidos en los roles masculinos, habiendo adquirido la masculinidad un carácter polisémico, con planteamientos en ocasiones excluyentes entre sí. Cuando el concepto social de masculinidad está en discusión, es indudable que al varón adolescente se le abren muchas dificultades a la hora de saber cómo orientar su desarrollo personal y sus relaciones con las mujeres.

El gran reto de nuestros días consiste en repensar la masculinidad, cuando no hay suficiente ciencia desde la que transformar los roles de los varones, sin comprometer las estructuras psicológicas del sexo masculino, siendo además más difícil la vertebración de la identidad masculina que la femenina. Teniendo en cuenta estos problemas el artículo trata de desentrañar tales estructuras básicas, separándolas de aquellos otros rasgos que se encuentran por el contrario unidos a atribuciones sociales. En dicha tarea se estudia la afectividad del varón adolescente y su diferencia con la de la mujer, mostrando la necesidad de ensamblar el concepto de masculinidad con la necesidad de quererse a sí mismo, de ser querido por los demás y querer a otros. El  artículo concluye con unas propuestas educativas que ayudan a los adolescentes varones a consolidar su identidad personal. 

 

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Actualizado ( Miércoles, 09 de Diciembre de 2009 10:24 )  

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