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Es posible el cambio

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El padre, ¿farol de la empresa, oscuridad de la casa? - Aquilino Polaino

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Padres exitosos laboralmente; padres escudados tras un periódico; padres capaces de manejar los mil vericuetos de una empresa pero ausentes, incómodos, incapaces, desobligados ante el mayor reto personal: ser fuente, autor y responsable del proyecto biográfico de cada hijo.

La tensión entre la disponibilidad profesional y la dedicación a la educación de los hijos es cuestión que merece especial atención. Aunque puede afectar a ambos cónyuges, esta tensión ha sido tradicionalmente más frecuente, a causa del varón. Hay esposos que prefieren comer fuera de casa; que a menudo llegan tarde porque, según dicen, tienen que quedarse a trabajar en la empresa (algunos de ellos se quedan en el bar de enfrente con algún compañero mientras apuestan quién pagará el consumo); y que de forma habitual al llegar a casa no desean que se les plantee ningún problema porque "vienen agotados de la oficina" y sus energías solo les alcanzan para servirse un whisky y esconderse detrás del periódico arrullados por la televisión que no escuchan. Por contra, la mujer ¾ que también trabaja fuera de casa y a veces más que el esposo¾ , aunque también esté cansada, al llegar a casa se cambia de ropa y prepara la cena, baña a los niños y se ocupa de los mensajes grabados en el contestador automático. Parece que la mujer está más disponible que el varón.

La fenomenología de estos comportamientos es, lógicamente, muy diversa y puede afirmarse que cada matrimonio se organiza de un modo diferente. Pero por encima y más allá de esas diferencias, el hecho es que la mujer está casi siempre más disponible para educar a los hijos, mientras que el marido solo parece estarlo para sus asuntos profesionales. Por real decreto no debería el marido mandar-delegar en la mujer, ni esta en aquel.

Un hecho diferente es que los roles masculino y femenino en el ámbito del matrimonio estén hoy en crisis y probablemente tendrán que cambiar. Esto supone que habrá que llegar a un pacto. Por el momento, ignoro qué aspectos de esos roles deben cambiar ¾ sin modificar la sustancia del compromiso conyugal¾ y cuáles no debieran cambiarse por estar más vinculados a la propia naturaleza de lo masculino, de lo femenino y de la misma esencia del matrimonio. Algunos roles en la actualidad son meras atribuciones estereotipadas, que por influjo de las tradiciones culturales se han atribuido a lo masculino o a lo femenino y que si se modificaran no sucedería nada. Pero hay otros que si se vulnera o cambia su sentido atribucional, probablemente se afecte de forma grave a la familia. Hay pues un mundo en ebullición ¾ en ocasiones, sórdido y lacerante¾ que, a pesar de ciertas modificaciones, habrá que ir asentando en los próximos años.

Hijos apátridas y padres ausentes

El problema fundamental, es que el varón ha delegado en la mujer, desde tiempo inmemorial, la educación de sus hijos y en consecuencia está ausente de casa. Esto es lo que he denominado con el término síndrome de padre ausente y los hijos apátridas. El síndrome del padre ausente puede definirse desde dos posiciones diversas: la perspectiva de los hijos varones que sufren los efectos de esa ausencia, y la de los padres que en cierto modo son la causa ¾ aunque, en cierta manera, también sufren las consecuencias¾ de esa deprivación. Según la primera opción, se entiende aquí por padre ausente el cortejo de privaciones afectivas, cognitivas, físicas y espirituales que al hijo le sobrevienen como consecuencia del vacío que se opera en las relaciones paterno-filiales. Sobre este punto volveré más adelante.

Si tomamos al padre como punto de partida, la ausencia de padre o el padre ausente designa la falta de dedicación del padre a la educación de los hijos, cualquiera que sea el tiempo presencial que aquel esté en el hogar. Puede suceder que el padre viva en el mismo hogar que sus hijos y que, sin embargo, su comportamiento no sea el apropiado. De padres como estos hay muy diferentes tipologías. No obstante, hay un denominador común en todos ellos: el vacío, la imposibilidad o la ausencia de esa necesaria relación paterno-filial.

Padre ausente es, por ejemplo, el padre que se ha convertido en una huella fantasmal casi, dado el escaso tiempo que pasa en casa; el que hace a un lado los deberes que como progenitor tiene; el hombre huidizo y pasivo que delega toda sus funciones parentales en la mujer; el padre que no realiza en sí o incluso rechaza los valores masculinos mientras idealiza y trata de acomodar su conducta de acuerdo con los valores femeninos sobreestimados y/o requeridos por su mujer.

Padre ausente es también cualquier padre que, estando presente en casa, genera una atmósfera impenetrable en torno a él hasta el punto de obstruir cualquier posibilidad de comunicación con los hijos; el que es incapaz de mostrar y compartir con los hijos las naturales manifestaciones de cariño, ternura o delicadeza; el que se refugia y acoraza en la sola armadura de la exigencia, el rendimiento, la competitividad y el éxito profesional; el que desarrolla hasta la magnificación, la contrahecha caricatura del despotismo viril. Unos por defectos y otros por exceso, son padres que desnaturalizan, en tanto que padres, su propio comportamiento.

Los últimos, porque reprimen su afectividad y frustran la de sus hijos, y anhelando ser admirados, imposibilitan el hecho de poder ser imitados; los primeros, porque frenan tanto su masculinidad que acaban por traicionar las peculiaridades y rasgos propios de su género y siendo en apariencia tan afectivamente cercanos, dulces y expresivos, no obstante, ofrecen como modelo una masculinidad vacía e ignorada. Ambos, porque se entregan a un narcisismo excesivo en el que son irreconocibles los vestigios del rostro de la paternidad y, en consecuencia, obstruyen las posibilidades de identidad de sus hijos varones.

Masculinidad desvertebrada

Unos y otros acaban por ser padres que no tienen nada que ofrecer a sus hijos y que acaso han perdido su dignidad de hombres al presentarse como seres cuyos ejes biográficos son incompletos y ofrecen una masculinidad desvertebrada. Con este modo de proceder, se multiplica y extiende un modelo solo útil para el desamparo filial, pues ninguno de ellos logra acertar en la transmisión de la imagen positiva que de la virilidad esperan y precisan sus hijos. El padre que no siembra, ni planta, ni riega es inútil que espere luego encontrar un báculo para su vejez. Los padres que faltan de casa generan hijos faltos de padre.

Ante el padre ausente, es lógico que los hijos opten por la búsqueda de un sustituto. Surge así la imagen vicaria de la paternidad. La presencia vicaria de la paternidad se encuentra hoy en los estadios deportivos y en las aulas universitarias. Es allí donde, vergonzantes y como a hurtadillas, acuden los hijos apátridas en busca de una identidad todavía no consolidada (la que acaso le ofrece el comportamiento de ciertos profesores o determinado deportista, sin que sean muy conscientes de ello).

Emergen así los padres sustitutos, héroes varoniles provisionales que no les dieron su sangre y que apenas si les ofrecerán un ambiguo apoyo transitorio. En otros casos, una imagen vicaria de la paternidad pueden encontrarla los hijos en sus respectivas madres, a las que se apegarán y utilizarán como un bálsamo, siempre circunstancial, para aliviar las dolorosas heridas de identidad tan difíciles de cicatrizar.

Son numerosas las características que configuran el perfil psicológico de los hijos apátridas, como consecuencia de la ausencia del padre. También en la literatura reciente se han introducido numerosos términos para designarles, términos que, con mejor o peor fortuna, vienen a acentuar una de sus peculiaridades. Este es el caso de calificativos, entre otros, como lovely boy, puer aeternus o flying boy.

Son hijos que experimentan una orfandad, mitad fingida y mitad real, y un abandono sin precedentes, como consecuencia del padre ausente con el que a veces conviven. En muchos de ellos hay miedo y desprecio al padre simulador y fingido que han conocido.

Seducidos por la madre e incapaces de escapar del anidamiento materno, se manifiestan como hijos inacabados y dolientes, en los que suele hacer presa un prolongado, si no es que perpetuo, resentimiento. Hambrientos de autoridad y sedientos de la seguridad que el padre debería haberles proporcionado se perciben como hijos que no han sido completados en su desarrollo personal.

Diálogo, fruto de la confianza

Sentirse excluido del mundo del padre; experimentar que apenas se le dedica tiempo; percibirse como un extraño ante la persona de quien se procede y a la que tal vez se desea admirar sin que se encuentre nada que sea digno de ello, condiciona en los hijos la aparición de la inseguridad. De aquí su temor a dialogar con el padre y no digamos al monólogo que entre ellos se establece cuando el padre convoca al hijo "porque tenemos que hablar", para luego solo hablar él y siempre de los mismos temas (trabajo, comportamiento en casa y en el colegio, errores que comete, etcétera).

Concurren aquí especiales dificultades como para que pueda establecerse la comunicación padre-hijo, porque en circunstancias como estas resulta imposible su participación en un verdadero diálogo. En efecto, en un diálogo se deja más espacio a la improvisación, consecuencia de la confianza recíproca, y al desarrollo y sustitución natural de unos temas por otros, en torno a los cuales los interlocutores matizan, modelan y codirigen la conversación. De otra parte, el contenido de un diálogo cualquiera es mucho más flexible, constituyendo un apretado haz de temas entreverados, a cuyo través padres e hijos se encuentran, trabajan, divierten, aprenden, conviven y coexisten. En el diálogo cada uno advierte y descubre cómo se respetan sus propias opiniones y decisiones, además de sentirse respetado como persona. Y eso independientemente de que a lo ancho del diálogo también se le puede exigir o incluso corregir. En una palabra, como consecuencia del diálogo cada una de las personas que en él intervienen ¾ no importa cuál sea su edad y circunstancia¾ queda afirmada en su propio valer.

El diálogo sirve también para resolver ciertas dificultades propias de la edad y la inexperiencia como las dudas y temores, los déficits en autoestima, la inhibición, los autoconceptos negativos, la incomprensión de sí mismo y del mundo, la intolerancia de las pequeñas o grandes frustraciones, los errores derivados del propio conocimiento personal, la crisis de valores, las primeras dificultades en las amistades y en las relaciones con las mujeres, la experiencia del fracaso, el temor de hacer el ridículo, la incapacidad para practicar ciertos deportes, etcétera. La mayoría de estos temas son desatendidos o ignorados por el padre ausente. La ausencia de comunicación padre-hijo sitúa a este último en una deprivación cognitiva de fatales consecuencias.

Heridos y privados de afecto

Esta lejanía y distanciamiento cognoscitivo les incapacita para ser testigos presenciales y participantes de los esfuerzos y trabajos que el padre realiza. Ignoran por completo, las más de las veces, el trabajo al que el padre se dedica. Y esa ignorancia supone una renuncia absoluta a abrirse a nuevos aprendizajes. Nada saben, por ejemplo, de los esfuerzos que conlleva la realización de un trabajo, como tampoco de las motivaciones que lo sostienen y de su alcance perfectivo para la persona. Las enseñanzas que aquí se podrían obtener han sido sustituidas por el aburrimiento personal y un cierto recelo, si es que no la sospecha, ante lo que aventuran pueden ser las ocupaciones del padre.

Por eso los hijos apátridas se perciben como personas inacabadas, jóvenes desfinalizados, autoconfigurados apenas como permanentes hombres-adolescentes que son incapaces de tomar decisiones o adquirir cualquier clase de compromiso ¾ por miedo a la libertad que nunca vieron encarnada y/o comprometida en los propios padres¾ y, en consecuencia, están siempre prontos a evitar todo lo que les suponga realizar un modesto esfuerzo por pequeño que este sea.

Heridos en su identidad personal nunca lograron satisfacer el anhelo de encontrarla, una necesidad que por estar naturalmente inscrita en su ser resulta irrenunciable, acusándose siempre de una u otra forma tal deprivación. En efecto, el hijo apátrida adolece del marco referencial que cada niño necesita para tomar contacto con los valores y a partir de esa orientación desarrollar un determinado proyecto biográfico.

Desde la perspectiva afectiva, son hijos faltos de afecto y con una muy deficitaria autoestima personal (consideran que valen mucho menos de lo que realmente valen), lo que les conduce, en el mejor de los casos, a empobrecer su nivel de aspiraciones o a percibirse como alguien que "no sirve para nada".

La deprivación afectiva comporta una seria amenaza respecto de la educación amorosa. Y ello no tanto porque la mayoría de los padres, en la educación familiar, no atienda explícitamente a este importante sector de la formación de la personalidad, sino más bien porque no han podido presenciar ¾ como cualquier hijo en una familia normalmente constituida¾ los modelos eficaces de comportamiento afectivo de sus respectivos padres, a través del aprendizaje observacional o vicario y la imitación, interiorización e identificación con esas necesarias pautas comportamentales. En consecuencia, sus habilidades sociales, su capacidad afectiva y la posibilidad de desarrollar en el futuro un cierto talante asertivo quedan definitivamente truncadas.

De aquí a la deprivación social, entendida como una cierta imposibilidad para llevar a cabo el desarrollo personal a través de los necesarios procesos de socialización, apenas hay un paso.

Alcohol, violencia, drogas...

Desde la perspectiva de la psicopatología, la ausencia del padre, según numerosos investigadores, lleva consigo además de la pobreza, otras muchas consecuencias como el aumento de las tasas de suicidio juvenil (la tercera causa principal de muerte entre adolescentes en E.U., hasta el punto de que el 5% de ellos cada año lo intenta alguna vez, según el National Center for Health Statistics), de enfermedades mentales, de la violencia y el consumo de drogas (según The National Journal, la población actual de adictos a la cocaína y al crack es de 2.5 millones y permanece estable).

A las ya referidas, añade Bronfenbrenner las siguientes: trastornos de conducta y de aprendizaje; hiperactividad; déficits de atención; dificultades para diferir las gratificaciones; fracaso escolar; así como la aparición del teenage syndrome, una secuencia de comportamientos encadenados consistente en el consumo de tabaco y alcohol, tempranas y frecuentes experiencias sexuales y, en algunos casos, actos criminales de vandalismo y violencia indiscriminada. A ello hay que añadir los trastornos psicopatológicos relativos a la identidad de género, cuyas consecuencias comienzan a manifestarse, en ocasiones, antes de la pubertad remitiendo unas veces y agravándose, y derivando otras hacia la homosexualidad y otros trastornos del comportamiento sexual del varón.

Es probable que la total ausencia de la figura paterna, condicione en mayor o menor grado la aparición y/o aumento de otros comportamientos desajustados. Este es el caso, por ejemplo, del millón de embarazadas adolescentes anualmente (una de cada diez adolescentes en 1990, en las que la mitad de esos embarazos finalizan en aborto); de los tres millones de adolescentes que en la actualidad trasmiten enfermedades sexuales; del aumento de hijos ilegítimos (en las tres últimas décadas se ha incrementado en un 400%. El 21% y el 65.2% de los niños blancos y negros que cada año nacen en E.U., proceden de madres solteras); y de los casi tres millones de casos de abuso infantil comunicados en 1991.

El tiempo medio de exposición diaria a la televisión, de acuerdo con los investigadores, ha sido de siete horas cuatro minutos en 1992, estimándose que cada joven menor de 18 años ha presenciado por término medio alrededor de 15,000 muertes en la pantalla y eso a pesar de que el 56% de la población adulta opine que la televisión influye más en los valores juveniles ¾ y a través de estos en su comportamiento¾ que los padres, profesores y líderes religiosos, conjuntamente considerados.

En síntesis, que según los datos suministrados por Bennett, durante las tres últimas décadas se han incrementado en E.U. los crímenes violentos en un 560% y los nacimientos ilegítimos en el 400%, mientras se ha cuadruplicado la tasa de divorcios, triplicado el número de niños que viven solo con la madre e incrementado el suicidio de los adolescentes en un 200%.

Niños para siempre

Es cierto que el así denominado niño difícil es apenas un rótulo del que se sirven algunos padres para calificar en sus hijos ciertas conductas relativamente desadaptadas. En realidad, si hacemos caso a las madres, es muy difícil encontrar un hijo que no sea "difícil". A veces, esto se formula haciendo una apelación a la edad ("está ahora en una edad difícil", dicen), pero ¿hay alguna edad en la que no sea difícil la educación de los hijos?

En otras ocasiones, el niño difícil ¾ aunque este término no designe ninguna categoría psicopatológica de las hoy admitidas¾ se caracteriza por ser un hijo nervioso, obstinado, reivindicativo, al que le gusta llamar la atención, hostil, irritable, cruel, que manifiesta numerosos trastornos psicosomáticos (vómitos, diarreas, cefaleas, etcétera) y psicopatológicos (insomnio, ansiedad, intolerancia a la frustración, baja autoestima, inseguridad, etcétera). No es infrecuente que responda mal cuando se le corrige o lleva la contraria. Cuando se le exige es frecuente que responda con crisis explosivas y desproporcionadas ¾ especialmente dirigidas contra la madre¾ que resultan amenazantes para la convivencia familiar y que en ningún caso debieran permitirse. El desarrollo de estos niños puede alterarse profundamente y prolongarse, cuando adultos, en auténticas enfermedades psiquiátricas.

En los niños apátridas es también frecuente la neurosis del puer aeternus la neurosis del eterno niño que ni crece ni quiere crecer y que, si no cambia, se habrá transformado más allá de la pubertad en un completo insatisfecho. Este cuadro tiene muchas veces su origen en la educación, es decir, en la mala educación que han recibido, como consecuencia de la ausencia del padre o del permisivismo en que este les ha educado. Son niños a los que se les ha consentido casi todo, deteniéndose su crecimiento en esa etapa en que arrecia el egocentrismo, el llamar la atención y la dependencia principalmente de la madre en este caso.

En consecuencia con ello, no logran adquirir ciertas habilidades que son necesarias para la autonomía y poder conducirse en el mundo con libertad y responsabilidad personal. En cierto modo, estos niños comportándose de esta forma manifiestan la misma conducta que sus padres, quienes bajo otros aspectos también se han refugiado en el egoísmo insolidario. Puede afirmarse que el niño aprende e imita el egoísmo de su padre, que luego refleja como a través de un espejo. Más tarde estallará el duelo, tanto tiempo aplazado, entre ambos egoísmos: el del padre y el del hijo.

Los padres de estos niños, cuando estalla el conflicto, pierden la calma y transforman su permisividad en tiranía, su tolerancia en agresividad y su indiferencia en férreo y rígido voluntarismo, justamente cuando su hijo más necesita de una serena dirección, a cuya sombra poder forjar el carácter.

Aunque sería un despropósito atribuir las anteriores consecuencias solo a la ausencia del padre, no obstante, ha de admitirse que en un cierto sentido, muchas de ellas se habrían evitado si el padre no se ausentara ¾ física y psicológicamente¾ de su familia o si, al menos, no se desentendiera tanto de sus responsabilidades como educador.

Paternidad: fuente que crea, retiene y da

La educación no consiste en introducir sistemáticamente información en los hijos hasta que aprendan cosas. Educar tiene que ver más con el verbo educere, que significa "educir", hacer que se manifiesten las cosas positivas que en estado latente tienen los hijos. Por eso, en lugar de restregarles tanto las cosas que deben meterse en la cabeza o marcarles tanto cuáles son sus defectos para que los corrijan, lo que hay que hacer es tirar de ellos hacia arriba, animarles a que hagan crecer los valores positivos que también tienen. En esto no hay límites.

Si una persona se dedicara las 24 horas de cada día desde que nace a hacer crecer sus valores, ¿tendría tantas conductas negativas, serían tantos sus defectos? Con toda certeza, no. Si de lo único que nos ocupamos es de enseñarles sus defectos, lo lógico es que estén siempre pensando en ellos, y como no los controlan del todo, tendrán una autoestima negativa, mientras que no crecen los valores positivos que también poseen.

Para educar de otra forma a los hijos hay que conocerlos mejor, aprender a estimularlos más; no solo exigirles, sino animarles, decirles "tú puedes". No hay que andar siempre con "lo que tú tienes que hacer" en los labios, sino más bien decirle que él puede, "conmigo puedes, lo dos podremos juntos. ¡Para arriba!". Eso es educar a los hijos. Y para esto hay que convivir con ellos día a día, comunicarse, compartir ocios y trabajos. Y si lo hacen bien ¾ que lo harán¾ , no se preocupen, que en su contexto empresarial también se notará, porque entrenados con la lucha y educación de los hijos se sentirán mucho más motivados para sacar adelante su propio trabajo, tendrán mayor experiencia, y más realista, de lo que cuesta sacar las cosas adelante y acabarán transfiriendo sus habilidades como educadores de sus hijos al ámbito profesional y aquello funcionará. Si, por el contrario, no perciben en sus hijos nada más que lo negativo y de forma cercenada, cuando lleguen a la empresa solo verán también lo negativo, y sus proyectos para el cambio y la optimización de los recursos humanos no serán realistas sino utópicos.

La vida de familia y la vida empresarial han de converger en el único fin, que es ser felices. Para eso hay que tratar de vivir en plenitud, realizar nuestras vidas de una forma cumplida, acabada, finalizada. A eso aspira todo ser humano: a la plenitud personal y familiar. En palabras de San Alberto Magno hay tres diferentes posibilidades de plenitud: la del vaso, que retiene y no da; la del canal, que da y no retiene; y la de la fuente, que crea, retiene y da. En lo que atañe a la paternidad, la plenitud apropiada es la fontal. El padre tiene que ser fuente, autor, responsable, el que está en el origen, el presupuesto previo del futuro despliegue humano y biográfico de la vida de sus hijos.

El padre debe ser fuente que crea; de ahí la necesidad de apelar a la imaginación y con ilusión pensar las cosas con la misma o mayor dedicación que cuando trabaja en su empresa.

El padre debe ser fuente que retiene, porque él mismo realiza en sí los valores, que van a servir como modelo a imitar por sus hijos, suscitando en ellos, en la mayor parte de los casos, la admiración. Encarnar en sí mismo los valores en los que educa a sus hijos configura un tipo de enseñanza (por imitación) que, siendo natural, resulta muy apropiada y da lugar a eficaces aprendizajes. El padre tiene que retener valores y encarnarlos en sí mismo, porque eso es lo que hace de él una persona valiosa a los ojos de sus hijos. Este modo de proceder es también transferible al mundo de la empresa.

Y, por último, el padre tiene que dar y darse a sí mismo como la fuente. Sin dedicación, sin tiempo, sin convivir con los hijos, el padre es como la fuente que se ha secado. En esas circunstancias es lógico que las flores se agosten en la tierra calcinada y que se apague la voz cantarina y melodiosa del manantial. El padre tiene que crear, tiene que retener y tiene que dar. Eso solamente lo hace una fuente. Y esa fuente ayer, hoy y siempre, se llamará paternidad.

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