Ruta: Home SUPERAR AMS Recursos Artículos 17. Masculinidad / Feminidad La masculinidad es una conquista - J. Nicolosi

Es posible el cambio

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La masculinidad es una conquista - J. Nicolosi

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Una mujer es,  pero un hombre debe llegar a ser. La masculinidad es arriesgada y elusiva.

Se consigue con una rebeldía con respecto a una mujer, y es confirmada sólo por los demás hombres.

CAMILLE PAGLIA, ACTIVISTA LESBIANA

 

 

             En el núcleo de la condición homosexual está el conflicto sobre el género. En el chico, solemos ver una herida de género que se remonta a la infancia. Él llega a verse a sí mismo diferente de los demás chicos.

            La herida de género suele existir como miedo tácito y secreto; un miedo que los padres y seres queridos del chico sólo sospechan vagamente. El chico lo ha sentido desde donde le alcanza la memoria. Esa diferenciación crea un complejo de inferioridad y le aísla de los demás chicos.

            Para algunos niños pequeños, la confusión de género es evidente. Dejadme comenzar las historias de algunos de mis clientes empezando con "Stevie," cuyo caso es inusualmente dramático.

            Como psicólogo clínico que ha tratado a cientos de homosexuales adultos insatisfechos, recibo llamadas telefónicas de todo el mundo. Pero con una frecuencia que va progresivamente en aumento, la consulta trata sobre algún niño.  La mayoría de la gente que me llama son padres dedicados a sus hijos que quieren lo mejor para su hijo, y me esfuerzo por guiarles, formarles y apoyarles.

            Un día mi secretaria me dijo que tenía una llamada de Pasadena, California. Cogí el teléfono y oí la voz de una mujer al otro lado de la línea.

            "Doctor, me llamo Margaret Johnson," comenzó. Su voz temblaba y durante un largo momento, pensé que se había cortado la línea.

            "¿Está ahí? ¿Puedo ayudarla en algo?"

            "Bien, yo... creo que le vi hace un par de semanas en la televisión. Era usted, ¿verdad? ¿Estaba usted debatiendo con un psiquiatra?"

            "Es posible," dije. Había estado en un show de la televisión nacional dos semanas antes, debatiendo con un activista gay que se había convertido en una figura familiar en el circuito del debate televisivo. [1] "Probablemente quiere decir el debate con el Dr. Isay."

            "Sí," dijo ella. "Usted estaba en un show que hablaba de niños que querían ser niñas."

            "Cierto," dije. "Estábamos haciendo un show sobre la confusión de género y..."

            Esta vez la señora Johnson habló con determinación y urgencia. "Doctor: Usted estaba describiendo a mi hijo Stevie. Es un niño guapo, un niño especial. Pero..." Dudó. "Stevie está fascinado con cosas de niñas. Incluso más que mis hijas. De hecho, le encantan los colores rosa y rojo. Incluso..., juega con muñecas Barbie y... baila alrededor de la casa de puntillas como una bailarina."

            Mientras yo escuchaba, la señora Johnson me daba más datos específicos. Su hijo tenía cinco años. "Llevo dándome cuenta de este tipo de conducta durante casi dos años," explicó.

            Para mí, esa cantidad de tiempo era significativa. Está bien si un niño pequeño se pregunta qué aspecto tendría si llevara largos rizos rubios, y por eso se pone una peluca, simplemente para hacer el tonto. No hay nada particularmente alarmante en eso. Pero si sigue haciéndolo y tiene poco interés en cosas de "chicos", probablemente exista un problema. [2]

            "¿Lleva sucediendo esto durante dos años?," pregunté.

            Creo que la señora Johnson malinterpretó mi pregunta como un reproche. Parecía un poco a la defensiva. "Pero su profesor me dijo que no me preocupase, que era sólo una fase transitoria. También mi suegra. Incluso le da a Stevie sus echarpes y joyas para que se las pruebe. ‘La Abuela', le dice, ‘adora a su pequeño muñeco.' "

            "Y usted ha estado esperando que tuviesen razón, que esta fuera sólo una fase de la infancia."

            "Sí. Pero en verdad creo que algo va mal." Entretanto, la voz de la señora Johnson sonaba aguda y determinada. "La semana pasada", dijo, "Stevie insistió en que le comprase una muñeca de Pocahontas. Y entonces le pude ver a usted en la televisión. Usted estaba describiendo a mi hijo con pelos y señales, Dr. Nicolosi. Y si usted tiene razón, entonces Stevie será...,", dudó como si tuviese miedo de decir la palabra. "Será gay. Eso fue lo que usted dijo. Y para ser honesta, es por eso por lo que lo llamo." Su voz comenzó a temblar. "Doctor, ¿Será mi hijo gay?"

            Yo hubiera querido extenderme sobre la palabra gay. Esta palabra es un término político que lleva mucho contenido ideológico.[3] Un término más científico es homosexual. Pero esta mujer no estaba interesada en la ciencia ni en la política gay: estaba preocupada por su hijo.

            De forma tan gentil como me fue posible, respondí: "Las probabilidades son estas, sin intervención: un chico como Stevie tiene un 75 por ciento de posibilidades de ser homosexual, bisexual o transexual. La disconformidad de género es con frecuencia una señal temprana de..."

            "¿Significa eso que será homosexual? ¿Entonces no hay esperanza?"

            "Puede que lo sea, pero no necesariamente. Todavía estamos a tiempo de ayudarle a sentirse más a gusto con su masculinidad."

            "De acuerdo, de acuerdo. Pero, ¿qué debo hacer?" Hizo una pausa. Yo casi podía sentir su intensidad.

            Como presidente de NARTH, la Asociación Nacional para la Investigación y la Terapia de la Homosexualidad, con frecuencia doy conferencias sobre la homosexualidad. En los últimos quince años, he tratado a muchos hombres adultos insatisfechos con su homosexualidad en mi consulta de Encino, a las afueras de Los Ángeles.

            La mayoría de mis clientes homosexuales adultos nunca había jugado con muñecas: la situación de Stevie era extrema. Pero casi todos estos clientes mostraban una característica de disconformidad de género desde la temprana infancia que les había excluido de forma muy dolorosa del resto de los demás chicos.

            La mayoría de estos hombres se recordaban a sí mismos en la infancia no atléticos, de alguna forma pasivos, solitarios (excepto con amigas), sin agresividad y sin interés por juegos  de peleas, y con miedo a los demás chicos, a los que encontraban intimidantes y al mismo tiempo atractivos.  Como la mayoría de estos hombres no habían sido, al contrario que Stevie, precisamente afeminados cuando eran niños, sus padres no habían sospechado nada malo, por lo que no habían hecho ningún esfuerzo por buscar una terapia.

            Pero por otra parte, estos hombres, cuando eran niños, habían sido altamente ambivalentes con su propio género. Muchos habían nacido sensibles y amables y simplemente no estaban seguros de que la masculinidad pudiera ser parte de "quienes eran." Algunos escritores se han referido de forma acertada a esta condición como "vacío de género." El vacío de género surge de una combinación entre un temperamento innato sensible y un ambiente social que no satisface las necesidades especiales de este niño. Este niño temperamentalmente en riesgo necesita (pero no consigue) afirmación particular de los padres y amigos para desarrollar una identidad masculina segura.

            Un chico así, entonces, por razones tanto de temperamento como de dinámica familiar, se retirará del desafío de identificarse con su padre y con la masculinidad que este representa. Así, en vez de incorporar un sentido masculino del yo, el chico pre-homosexual hace lo contrario: rechazar su masculinidad emergente y de este modo desarrollar una posición defensiva contra ella.

            Más tarde, sin embargo, se enamorará de lo que ha perdido buscando a alguien que parezca poseer lo que echa de menos en su interior. Esto es porque de lo que nos enamoramos no es de lo que nos es familiar sino de lo "distinto a mí."

 

SE TRATA DE UN PROBLEMA DE IDENTIDAD

            En la raíz de casi todos los casos de homosexualidad hay una cierta distorsión del concepto fundamental de género. Vemos esta distorsión en el caso de la activista lesbiana que quiere que se reescriba la Sagrada Escritura donde se llame a Dios "Ella".  O cuando alguien dice, con orgullo evidente: "No me enamoro de ningún género en particular porque el género no importa. Me enamoro de la persona, ya sea hombre o mujer." O cuando un psicólogo dice que la bisexualidad es una orientación superior porque abre nuevas posibilidades creativas para la expresión sexual. O cuando un chico insiste en un instituto en que se le permita llevar un vestido y tacones a clase, y un juez ordena al instituto que apoye el engaño del chico de que es del sexo femenino.

            El autoengaño sobre el género está en el núcleo de la condición homosexual. Un niño o una niña que se imagine que pueda ser del sexo opuesto -o de ambos sexos- está aferrándose a una solución de fantasía para su confusión. Esto es una rebeldía contra la realidad y una rebelión contra los límites que se encuentran en la creación de nuestra naturaleza humana.

            Pero es hora de volver a Stevie.

 

LA IDENTIDAD DE GÉNERO SE ESTABLECE DENTRO DEL CONTEXTO DE UNA FAMILIA

           Tratar el problema de la pre-homosexualidad es un proceso que debe implicar a todos los miembros de la familia. Continuando con nuestra conversación telefónica, le pedí a la señora Johnson que me hablase un poco del padre de Stevie. El padre juega un papel fundamental en el desarrollo normal del chico como varón.[4] La verdad es que el padre es más importante para el desarrollo de la identidad de género que la madre.

            La madre de Stevie dijo: "Mi marido, Bill, está también aquí. ¿Quiere hablar con él?" Le pidió a su marido que cogiese el teléfono y que resumiese rápidamente para él lo que yo le acababa de decir. "Bill, este psicólogo dice que Stevie puede llegar a ser gay."

            "Entonces, ¿qué podemos hacer nosotros?" preguntó el padre con su voz ronca. Parecía un hombre de acción. Luego respondió inmediatamente a su propia pregunta. "Iremos a su consulta."

            Le dije que era una buena idea. Seguí diciéndole que, con alguna guía profesional, ellos dos podrían aprender a hacer cosas importantes y cambiar algunos modelos familiares para ayudar a Stevie. Pero primero tenían que comprender lo que estaba sucediendo.

 

CRECER SEGURO EN EL PROPIO GÉNERO

            Al día siguiente, no me fue difícil ver una dinámica familiar típica en el trabajo cuando Bill, Margaret y Stevie Johnson entraron en mi consulta del Ventura Boulevard. Stevie, de cinco años de edad, era un niño guapo, con piel de porcelana blanca.[5] Tenía unos ojos notablemente grandes con pestañas largas y negras. Margaret era encantadora y organizada. Bill, un ejecutivo de la banca con éxito, tenía poco que decir. Para mí, este era un modelo de familia. [6]

          Hablé con ellos como familia durante pocos minutos y luego llevé a Bill y a Margaret aparte. Les expliqué algunas ideas básicas de lo que necesita un chico para crecer hacia la heterosexualidad. "Las madres hacen a los niños," les dije. "Los padres hacen a los hombres."

            Les dije de qué forma esto tiene lugar. En la infancia, tanto los chicos como las chicas se encuentran unidos emocionalmente a la madre. En el lenguaje psicodinámico, la madre es el primer objeto de amor. Ella satisface todas las necesidades primarias de su hijo.[7] Las chicas pueden seguir desarrollando su identificación femenina por medio de la relación con sus madres. Por otra parte, el chico tiene una tarea de desarrollo adicional: des-identificarse de su madre e identificarse con su padre. 

            Mientras aprende el lenguaje ("él" y "ella", "de él" y "de ella"), el niño descubre que el mundo se divide en opuestos naturales de chicos y chicas, hombres y mujeres. En este punto, un niño pequeño no sólo comienza a observar esta diferencia, sino que también debe decidir dónde encaja él mismo en este mundo dividido por el género. La chica tiene la tarea más fácil, les explicaba a los padres de Stevie. Su vínculo primario ya es con la madre, por lo que no necesita pasar por la tarea de desarrollo adicional de des-identificarse de la persona más cercana del mundo -mamá- para identificarse con el padre. Pero el chico es diferente: debe separarse de la madre y crecer en su diferencia con respecto a su objeto de amor primario si va a ser alguna vez un hombre heterosexual. Esto puede explicar la razón por la que hay menos mujeres homosexuales que hombres homosexuales. Algunos estudios afirman una proporción de 2 a 1. Otros dicen que de 5 a 1 o incluso que de 11 a 1. Realmente no lo sabemos con seguridad, excepto que está claro que hay más hombres homosexuales que lesbianas.       

            "El primer imperativo en lo relativo a ser un hombre," según el psicoanalista Robert Stoller, "es no seas una mujer." [8]

EN BUSCA DE LA MASCULINIDAD   

            Mientras tanto, el padre del chico tiene que poner de su parte. Necesita reflejar y afirmar la masculinidad de su hijo. Puede jugar a peleas con su hijo, juegos que son decididamente diferentes a los que jugaría con una niña. Puede ayudar a su hijo a aprender a lanzar y a coger un balón. Puede enseñar al chaval cómo meter un taco de madera a través de uno de los agujeros de un tablero o puede llevarse a su hijo con él a la ducha, donde el chico no puede evitar darse cuenta de que el padre tiene un cuerpo masculino, igual que él.

           Como consecuencia, el hijo aprenderá más de lo que significa ser varón. Y aceptará su cuerpo como representación de su masculinidad. Esta, pensará, es la forma en la que están hechos los chicos -y los hombres. Y es la forma en la que estoy hecho yo. Soy un chico y eso significa que tengo pene. Los psicólogos llaman a este proceso "incorporar la masculinidad a un sentido de identidad" (o "introspección masculina") y es una parte esencial de la maduración hacia la heterosexualidad.

           El pene es el símbolo esencial  de la masculinidad. La diferencia sin error entre varón y mujer. Debería enfatizársele al chico en la terapia esta diferencia anatómica innegable. Como ha dicho el psicoanalista Richard Green, el chico afeminado (a quien llama sin rodeos "chico mariquita") ve su propio pene como un objeto extraño y misterioso.[9] Si no tiene éxito en "adueñarse" de su propio pene, se convertirá en un adulto que encontrará fascinación continua en los penes de los demás hombres.

           El chico que toma la decisión inconsciente de alienarse de su propio cuerpo masculino se encuentra en el camino justo para desarrollar una orientación homosexual. Un chico así a veces será obviamente afeminado, pero con más frecuencia -como la mayoría de los chicos pre-homosexuales- se trata de lo que llamamos "inconformidad de género." Es decir, será de alguna forma diferente, sin amigos varones íntimos en esa fase del desarrollo cuando los demás chicos están separándose de sus amistades íntimas con niñas (a la edad de entre seis y once años, más o menos) para desarrollar una identidad masculina más segura. Un chico así suele tener también una relación pobre o distante con su padre.

          Escuche las palabras de Richard Wyler, que respalda a un grupo de apoyo en la red para personas que luchan con la homosexualidad. Wyler ha reunido las historias de un grupo de ex-gays y las publicó en su página web www.peoplecanchange.com. Describe los sentimientos de alienación de su propia naturaleza masculina compartidos por estos hombres:

          Nuestro miedo y dolor por sentirnos rechazados por el mundo masculino nos condujo con frecuencia a disociarnos de lo masculino, que era lo que más deseábamos... Algunos de nosotros comenzamos a distanciarnos de los demás hombres, de los intereses masculinos y de la masculinidad tomando de forma consciente o inconsciente rasgos, intereses o amaneramientos más femeninos (con frecuencia vimos esto en la comunidad gay como afeminamiento y  amaneramientos deliberados, donde los gays lo llevaban a veces hasta un extremo en el que incluso se referían mutuamente como "ella" o "amiga."

           Pero ¿a dónde nos llevó esto, como varones? Nos llevó a un País de Nunca Jamás de confusión de género, no completamente masculino pero tampoco realmente femenino. Nos habíamos disociado no sólo de los hombres individuales que temíamos nos fuesen a hacer daño sino de todo el mundo masculino heterosexual. Algunos de nosotros incluso se excluyó de nuestra masculinidad como algo vergonzoso o inferior. (www.peoplecanchange.com)       

           Esto significa que los hombres homosexuales, como explica el psiquiatra Charles Socarides, están todavía buscando el sentido masculino de la identidad que debería haberse establecido en la temprana infancia y luego haberse solidificado en el transcurso de la adolescencia.[10] Pero las dinámicas implicadas son completamente inconscientes. Y por eso el doctor Socarides utiliza el psicoanálisis (y alguna de las herramientas del psicoanálisis, como el trabajo con los sueños) para ayudar a sus pacientes homosexuales adultos a comprender y  solucionar sus esfuerzos inconscientes.

          Intento evitar una terapia larga y difícil para sanar la homosexualidad en la adultez animando a la rápida intervención en la infancia. Los progenitores, particularmente los padres, pueden afirmar mejor la identidad de género masculina débil de sus hijos mientras está todavía en su fase formativa. La intervención de los padres puede conducir a un aumento en la estima del género, previniendo el sentido de inferioridad masculina y la alienación del mundo de los hombres tal y como los describen tantos homosexuales.

           La idea es evitar que el chico se excluya de su masculinidad normal y animarle a reivindicar la identidad masculina para la que fue creado, no para moldearle de alguna forma en la caricatura de un macho (puede que no sea esto lo que es y eso está bien), sino para ayudarle a desarrollar su propia masculinidad dentro del contexto de las características de la personalidad con las que nació.

           Richard Wyler explica las necesidades que él y otros que luchan sentían cuando eran niños, particularmente anhelo y soledad, como tantos otros chicos sin identidad de género: 

          De forma desconocida y sin intención, habíamos construido un abismo psicológico entre nosotros mismos y el mundo masculino heterosexual. Sin embargo, como hombres, necesitábamos pertenecer al mundo de los hombres. Ser guiados por ellos. Ser afirmados por los demás hombres. Amar y ser amados por ellos. Aunque teníamos miedo a los hombres, suspirábamos por su aceptación. Envidiábamos la confianza y la masculinidad que parecían venirles tan fácilmente. Y mientras crecíamos, la envidia se convirtió en lujuria. Viendo a los hombres de lejos, queriendo ser como ellos, queriendo sentirse incluido, se convirtieron en los objetos de nuestro deseo.

           Desde la parte lejana del abismo que habíamos construido, nunca pudimos salir de la homosexualidad. Los activistas gays y los terapeutas de afirmación gay nos decían que nuestro verdadero lugar estaba de hecho en esta parte del abismo, que era un buen lugar en el que estar. Si eso es verdad para otros, ciertamente no lo era para nosotros. Nosotros queríamos algo más. Queríamos afrontar nuestros miedos, curar nuestros problemas subyacentes y llegar a ser los hombres que sentíamos que Dios quería que fuésemos. No queríamos afirmarnos como gay.  Queríamos afirmarnos como hombres. (...) Queríamos sanar los problemas ocultos que nuestra voz interior nos apelaba a sanar. (www.peoplecanchange.com)

           Como explica Wyler, el proceso normal de identificación de género ha salido torcido. En vez de identificarse con su género, esos chicos se han excluido como mecanismo de defensa del mundo de los hombres. Para protegerse del daño, se han excluido del vínculo y de la identificación masculina.

            La mayor parte de esta exclusión comenzó con una relación débil con el padre. Algunos padres encuentran una forma de implicarse en todo excepto en sus hijos. Se pierden en sus carreras, en viajes, en el golf o en otras actividades que llegan a ser tan importantes para ellos que no tienen tiempo para sus hijos. O fracasan al ver que este hijo particular interpreta la crítica como un rechazo personal.

           O el problema puede tener su raíz en un desajuste de temperamento: al padre le era mucho más difícil llegar a ese "hijo particular" debido a ese mismo temperamento sensible del niño. A su padre le resultaba difícil relacionarse con él porque no compartían intereses comunes (quizás las actividades con las que disfruta este hijo particular son más sociales y artísticas y menos masculinas en general). Y en las ocupaciones y las prisas de la vida, este chico al que era difícil llegar fue de algún modo dejado de lado y rechazado.

            Pocos padres llevan este escenario hasta el extremo. Pude ver a un padre (un hombre inmaduro e inadecuado que advirtió a su esposa, antes de que naciese su hijo, que no quería otro chico) rechazar e ignorar a su hijo, mientras que adoraba a su hija mayor.  Amenazado aparentemente por la idea de tener otro "hombre en la casa", este hombre expresó su desagrado de una forma tan clara que su hijo, con no más de dos años, llevaba vestidos como su hermana y jugaba con la colección de muñecas Barbie de ella. De forma nada sorprendente, este niño pequeño se sentía mucho más seguro renunciando a su identidad masculina.

            Por una variedad de razones, algunas madres tienen también la tendencia a prolongar la dependencia de sus hijos. La intimidad de una madre con su hijo es primaria, completa y exclusiva, y este vínculo poderoso puede profundizar en lo que el psiquiatra Robert Stoller llama una "simbiosis dichosa."[11] Pero puede que la madre se incline a mantener a su hijo en lo que se convierte en una dependencia mutua insana, especialmente si ella no tiene una relación satisfactoria e íntima con el padre del chico. En esos casos ella puede poner demasiada energía en el chico, utilizándolo para satisfacer sus necesidades de amor y compañía de una forma que no es buena para él. [12]

           Un padre "relevante" (es decir, fuerte y benevolente) interrumpirá la "simbiosis dichosa" de madre e hijo, que él siente instintivamente que no es sana. Si un padre quiere que su hijo sea heterosexual, tiene que romper el vínculo de madre-hijo, que está bien en la infancia pero no es lo mejor para el chico en otras etapas posteriores. De esta forma, el padre tiene que ser un modelo, demostrando que es posible que su hijo mantenga una relación amorosa con esta mujer, su madre, manteniendo al mismo tiempo su propia independencia. En este sentido, el padre debe actuar como un tope sano entre madre e hijo. [13]

            A veces la madre podría trabajar contra el vínculo padre-hijo manteniendo a su marido lejos del chico ("Fuera hace demasiado frío para él", "Podría hacerle daño", "Hoy está ocupado haciendo cosas conmigo") para satisfacer sus propias necesidades de intimidad masculina. Su hijo es un varón "seguro" con el que puede tener una relación emocional íntima sin los conflictos que pueda tener que afrontar en la relación con su marido. Podría ser muy rápida en "rescatar" a su hijo de Papá. Puede abrazar y consolar al chico cuando el padre lo castigue o lo ignore. Su excesiva simpatía puede desanimar al niño de realizar la importante separación maternal.

          Además, la simpatía maternal exagerada fomenta la autocompasión, un rasgo que se observa con frecuencia tanto en los chicos pre-homosexuales como en los hombres homosexuales.[14] Esta simpatía exagerada de la madre puede animar al chico a permanecer aislado de sus compañeros varones cuando le hacen daño al tomarle el pelo o al excluirle. Como nos dice Richard Wyler:

           Casi todos nosotros teníamos una sensibilidad e intensidad emocional innata que sabíamos que ambas podían ser una bendición y una cura (cualquiera que sea el grado en que la biología pueda contribuir a la homosexualidad, este es probablemente en el que la biología afectó más en nuestra lucha homosexual).

            Por una parte, nuestra sensibilidad hacía que fuésemos más cariñosos, amables, gentiles, y que con frecuencia tendiésemos a la espiritualidad más que la media de los chicos. Por otra parte, estos fueron muchos de los rasgos que hicieron que las chicas nos acogiesen sin recelos en sus círculos internos, que las madres nos mantuviesen de forma más protectora, que los padres se distanciasen de nosotros y que nuestros compañeros duros y desordenados nos rechazasen.

           Quizás incluso más problemático fue que esto produjo dentro de nosotros una susceptibilidad a sentirnos heridos y rechazados, magnificando así muchas veces cualquier rechazo y ofensa real que pudiéramos haber recibido de los otros. Nuestra percepción se convirtió en nuestra realidad (www.peoplecanchange.com).

 

LA INCONFORMIDAD DE GÉNERO: ¿SÓLO UN MITO?

           Las historias de inconformidad de género en la infancia contadas por tantos ex-gays, ¿son verdaderas únicamente para un subgrupo pequeño y estereotipado de homosexuales? ¿Esas historias no son, entonces, generales?

            Un estudio muy considerado de la homosexualidad ofrece algunas respuestas reveladoras a esta pregunta. El libro Sexual Preference: Its Development in Men and Women es citado con frecuencia como un trabajo de referencia por los activistas gays. El estudio fue consolidado por el Instituto Nacional de Salud Mental y fue diseñado por el Instituto Kinsey de Investigación Sexual. Se averiguó que los hombres que llegaban a ser homosexuales tenían menos probabilidad que la mayoría de los hombres de afirmar el haber disfrutado "mucho" con las actividades tradicionales de los chicos, tales como el béisbol y el fútbol. De hecho, sólo el 11 por ciento de los homosexuales había disfrutado con esas actividades tradicionales de los chicos, en contraste con el 70 por ciento de los heterosexuales.

            El doble de homosexuales afirmó haber disfrutado "mucho" de actividades solitarias, particularmente del dibujo, la música y la lectura. A alrededor de la mitad de los hombres homosexuales le gustaban las actividades típicas de las chicas (como jugar a las casitas, a la rayuela y a las matatenas) frente a sólo el 11 por ciento de los heterosexuales.[15] Más de un tercio (el 37 por ciento) de los homosexuales se había vestido de chica o simuló ser una chica durante sus años escolares frente a únicamente el 10 por ciento de los heterosexuales.     

            Los factores familiares asociados con la inconformidad de género en este estudio fueron "madre-padre dominado," "cercanía a la madre," "madre fuerte," y "bajo nivel de identificación con el padre." Los autores del estudio concluyeron: "La inconformidad de género en la infancia resulta ser un síntoma muy fuerte de la preferencia sexual adulta entre los hombres de nuestra muestra." [16]

           Estos hallazgos sobre la inconformidad de género en la infancia no son sólo ciertos para las personas que no son felices con su homosexualidad. Se ha encontrado que son ciertos también en estudios de otros homosexuales que no fueron pacientes de psicoterapia. [17]

 

UN COMPROMISO PARA UN FUTURO SANO

            Recordando las palabras del psicólogo Robert Stoller, les dije a Margaret y a Bill que "la masculinidad es una adquisición." Lo que quise decir era que ser heterosexual no es algo que simplemente sucede. Requiere una buena educación. Requiere apoyo familiar. Y eso lleva tiempo.

            Margaret cogió la idea. Dijo: "¿Quiere decir que es un proceso?"

            "Sí."    

             "¿Cuánto dura ese proceso?" Preguntó.

            Yo sabía lo que estaba preguntando: ¿Cuándo se sabría si Stevie iba a ser homosexual? Expliqué que el periodo crucial es desde el año y medio de edad hasta los tres años, pero el tiempo óptimo es hasta antes de los doce años. "Si no hacemos nada, entonces con la llegada de la pubertad, cuando comience a sentir profundas emociones sexuales y deseos románticos, esta búsqueda de género se erotizará."

            "¿Se erotizará?", preguntó el padre, con el ceño fruncido por la preocupación.

            "Puede que empiece a experimentar con otros chicos", les expliqué. "O incluso empezar a tener contactos con homosexuales más mayores."

            Gimió: "Esa sería la peor pesadilla para cualquier padre."

            Yo sentía la ansiedad en su voz. Como la mayoría de los padres, él esperaba que cuando su hijo creciese, se casaría y tendría hijos.

            "El hecho es", le dije a Bill, "que un chico que se encuentra confundido con su identidad sexual puede experimentar manteniendo relaciones con personas del mismo sexo, a veces con un hombre mayor. Por supuesto, eso es probablemente para reforzar una identidad homosexual." [18]

            Bill se sentó en su silla y frunció el ceño. Me dijo: "Doctor, haremos lo que tengamos que hacer. Venderemos la granja." En ese momento, pienso, Bill quería decir que haría "cualquier cosa" para ayudar a Stevie, sin importar lo drástica que fuera la acción.         

            Podía entender los miedos de Bill, pero le aseguré: "No tiene que vender la granja. La mayor parte del trabajo la puede hacer usted mismo. Sólo esté ahí emocionalmente para Stevie. Mantenga una relación cálida y de amor con él y no permita que se marche."

            En ese punto, le recordé las muchas horas de sesiones que he pasado escuchando a mis clientes homosexuales adultos hablándome de su búsqueda de compañeros y de sus deseos profundos de amor e intimidad erótica con hombres. Había un gran vacío en sus vidas -que se remontaba a sus primeros años- de atención, de afecto y de afirmación de un hombre; una necesidad de ser abrazado y sostenido, y luego de sentirse especial para ese "mejor amigo" que "debe estar ciertamente en algún lugar". Muchos estaban buscando todavía el amor de su padre. "Sé un padre relevante," le dije a Bill.

            Frunció el ceño: "¿Relevante? ¿Qué quiere decir con eso?"

            "‘Relevante significa dos cosas: Fuerte y también benevolente. Stevie necesita verle como confidente, con seguridad y decisión. Pero también necesita ver que le da apoyo, que él le importa, que usted es sensible. En otras palabras, Bill, déle razones a Stevie para querer ser como usted." Le lancé a Bill una larga mirada penetrante.

            A Margaret le dije: "Y usted va a tener que pasar a segundo plano".

            Parecía bloqueada. "No sé si lo he entendido. Por supuesto tengo que cuidarlo y..."

            Le dije: "Lo que quiero decir es que no trate a Stevie como a un bebé. Déjele hacer más cosas por sí mismo. No intente ser su madre y su padre. Si tiene preguntas, dígale que le pregunte a su padre."

            "¿Preguntas sobre qué?"

            "Sobre todo. De sexo, por supuesto. Pero también otras preguntas. ¿Por qué es azul el cielo? ¿Por qué sopla el viento? Remita a su marido cualquier pregunta, cualquier tarea que le dé a su marido la oportunidad de demostrar que está interesado en Stevie, que Stevie es muy especial para él. Tiene que demostrar que papá tiene algo que ofrecerle."

            Muchos de mis pacientes homosexuales me dicen que sus padres no tenían nada que darles. Uno de mis clientes homosexuales, que tiene veintiséis años, me dijo recientemente: "Mi padre estaba allí pero no estaba allí. Quiero decir, estaba en casa pero no puedo recordar nada memorable ni significativo de él." [19]

            Bill dijo: "¿Así que usted está diciendo que Stevie no necesita terapia?"

            Le dije a Bill que Stevie no necesitaba realmente la terapia. "Necesita a su padre."

Necesita a su padre. Decirlo me resultó fácil.        

            A la semana siguiente, cuando Margaret vino desde Pasadena en coche, esta vez estaba sola. Y, tristemente, a mí no me sorprendió lo más mínimo  que Bill no viniese. Esto, siento decirlo, es un modelo familiar. Las madres perciben a menudo lo que es preciso hacer. Y, como con frecuencia es el caso, muchos padres no parecen percibir la importancia de ello. ("Tu madre," dicen, "lo manejará").

            "Bill no le está prestando mucha atención a Stevie," me dijo Margaret un tanton como disculpa. "Incluso cuando regresábamos a casa después de nuestra sesión con usted," dijo, "Bill apenas habló con Stevie. Y, por lo que sé, no han tenido ningún momento a solas desde entonces."

            Pregunté: "¿Qué sucede cuando Bill regresa a casa del trabajo?"

            "No habla con Stevie, eso con toda seguridad. Apenas habla conmigo. Se toma un martini y enciende la televisión."

            Ayayay, pensé, es la misma vieja historia.

            No había pasado más de una semana desde que Bill había dicho que "vendería la granja" para salvar a su hijo. No tenía dudas de que el padre amaba a su hijo y de que, en su mente, realmente quería hacer la "gran" cosa. Pero no podía hacer las cosas pequeñas, lo de todos los días, el afecto y amor que eran necesarios para que su hijo resolviese su confusión de género. Por lo visto, Bill no podía ni siquiera hablar con su hijo. Trágicamente, es un patrón demasiado familiar. En quince años, he hablado con cientos de homosexuales. Quizás haya excepciones, pero no he conocido a un solo homosexual que diga que tuvo una relación cercana, de amor y de respeto con su padre. [20]

            He encontrado que este es un buen test del vínculo temprano padre-hijo: ¿Hacia quién corre el niño cuando está contento, orgulloso de algo que ha hecho, cuando busca apoyo, o busca diversión y emoción? Si siempre es la madre, entonces algo va mal en la relación padre-hijo.

            En nuestro propio trabajo clínico y desde la experiencia de la gran cantidad de hombres que hemos conocido, parece muy raro que un hombre que lucha con la homosexualidad sintiese que fue amado, afirmado y asesorado lo suficiente por su padre mientras crecía, o que sintiese que se identificó con su padre como modelo de rol masculino. En efecto, con frecuencia el hijo recuerda la relación como caracterizada por un sentimiento de rechazo, hostilidad mutua y carencia de interés paternal (una forma de abandono psicológico).

            Pero como toda experiencia humana, esto no es universal. A veces la relación padre-hijo parece razonablemente adecuada. En esos casos, puede existir un problema con hermanos (normalmente mayores) agresivos y hostiles u otros compañeros varones o abusadores que han producido una herida grave. Sigue habiendo el mismo problema esencial: el chico tiene un sentido profundo de inadecuación de género, de no medirse en la compañía de los hombres, de no ser bastante bueno dentro del mundo masculino. Llamémoslo un problema de estima de género.

            Como explica Richard Wyler, hablando para un grupo de ex-gays en el que se incluye él mismo:

"No hemos conocido nunca un caso singular en el que un hombre que luche con los sentimientos homosexuales no deseados no estuviese alejado o herido de sus relaciones con los demás hombres o del mundo masculino" (www.peoplecanchange.com)

            Todo chico tiene un deseo profundo de ser considerado, de ser amado por una figura paterna, de ser guiado en el mundo de los hombres, y de que se le afirme su naturaleza masculina y sea declarado suficientemente bueno por sus compañeros varones, sus varones mayores y mentores. Si ninguna de estas relaciones es lo bastante fuerte como para acoger bien al chico en el mundo de los hombres, entonces anhelará a los demás hombres desde una distancia. Como Richard Wyler, no he conocido nunca un único caso de un homosexual que no tuviese heridas de sus relaciones dentro del mundo masculino.

            Yo no estaba bastante dispuesto a dar por perdido al padre de Stevie. Sin embargo, aconsejé a Margaret que, como sustituto, debería empezar a buscar otros modelos de rol masculino para su hijo. Un tío que pudiese llevar a Stevie a pescar. Un primo que pudiese enseñarle béisbol al chico. Otros varones adultos de confianza que pasasen tiempo con este chico y le hiciesen sentir especial.

            Por supuesto, ningún tratamiento puede garantizar que un niño será heterosexual. Todo lo que Margaret y Bill podían hacer era maximizar las oportunidades de Stevie creando el mejor ambiente posible. Confiaba en que Margaret y Bill seguirían amando a su hijo si esos esfuerzos no tuviesen éxito.

            Pero se podía hacer mucho para poner una base sana, y era hora de comenzar. 



[1] He sido entrevistado por muchos presentadores durante los últimos diez años, incluyendo a Oprah Winfrey, Larry King y Montel Williams y me han pedido mi opinión magacines de noticias de televisión como 20/20 de la ABC y el Medical Report de la CNN. También he tenido la oportunidad de hablar con un amplio conjunto de profesionales de la radio y con sus oyentes en cientos de tertulias.

[2] L. Newman, "Treatment for Parents of Feminine Boys", American Journal of Psychiatry 133, nº 6 (1976): 683.

[3] Charles W. Socarides, Homosexuality: A Freedom Too Far (Phoenix: Adam Margrave, 1995) p. 52; Joseph Nicolosi, Reparative Therapy of Male Homosexuality: A New Clinical Approach (Jason Aronson, 1991), XV-XVI.

[4] E. Abelin, "Some Further Observations and Comments on the Earliest Role of the Father," International Journal of Psychoanalysis 56 (1975): 293-302; R. Greenson, "Dis-Indentifying from Mother: Its Special Importance for the Boy," International Journal of Psychoanalysis 49 (1968): 370-374; I. Bieber et al., Homosexuality: A Psycoanalytic Study of Male Homosexuals (Nueva York: BasicBooks, 1962); R.J. Stoller, "Boyhood Gender Aberrations: Treatment Issues," Journal of the American Psychoanalytic Association 27 (1979): 837-866; C. W. Socarides, "Abdicating Fathers, Homosexuals Sons: Psichoanalytic Observations on the Contribution of the Father to the Development of Male Homosexuality," Father and Child: Developmental and Clinical Perspectives, ed. S. H. Cath (Boston: Little, Brown, 1982), pp. 509-21; S. M. Wolfe, "Psychopathology and Psychodynamics of Parents of Boys with a Gender Identity Disorder of Childhood" (Ph.D. diss., City University of New York, 1990); Richard Green, The "Sissy Boy Syndrome" and the Development of Homosexuality (New Haven, Conn.: Yale University Press, 1987); Lawrence Hatterer, Changing Homosexuality in the Male (Nueva York: McGraw-Hill, 1960); J. Fischhoff, "Proedipal Influences in a Boy's Determination to Be ‘Feminine' During the Oedipal Period," Journal of the American Academy of Child Psychiatry 3 (1964): 273-86.

[5] No todos los chicos con problemas de género sobresalen por su belleza pero Richard Green vio una conexión y llegó a la conclusión de que cuanto más bello sea el chico, más permitirán y alentarán los padres su afeminamiento (Green, Sissy Boy Síndrome," pp. 64-68).  

[6] Véase también G.A. Rekers et al., "Family Correlates of Male Childhood Gender Disturbance," Journal of Genetic Psychology 142 (1983): 31-42.

[7] P.A. Tyson, "Developmental Line of Gender Identity Disorder Role, and Choice of Love Object," Journal of the American Psychoanalytic Association 30 (1982): 61-68.

[8] Robert Stoller, Presentations of Gender (New Haven, Conn.; Yale University Press, 1985), p. 183.

[9] Richard Green, carta al autor. Durante mi investigación, me encontré con el Dr. Green en su oficina en UCLA. No estábamos de acuerdo en un punto importante: la naturaleza desordenada de la condición homosexual. Pero en un punto le pregunté al Dr. Green si le gustaría que su hijo, entonces de tres años, creciese homosexual. "Oh, no," dijo rápidamente. "Su vida sería demasiado difícil."

[10] Socarides, Homosexuality.  

[11] R. J. Stoller, Sex and Gender vol. 2:  The Transexual Experiment (Londres: Hogarth, 1975) p. 24.

[12] S. Coates, "Extreme Boyhood Femininity: Overview and New Research Findings," Sexuality: New Perspectives, ed. Z. DeFries, R. C. Friedman y R. Corn (Westport, Conn.: Greenwood, 1985), pp. 101-124; S. Coates, "Ontogenesis of Boyhood Gender Identity Disorder," Journal of the American Academy of Psychoanalysis 18 (1990): 414-438; S. Coates, "The Etiology of Boyhood Gender Identity Disorder: An Integrative Model," Interface of Psychoanalysis and Psychology, eds. J.W. Barron, M. N. Eagle y D. L. Wolitzky (Washington, D.C.: American Psychological Association, 1992), pp. 245-265; S. Coates, R.C. Friedman y S. Wolfe, "The Etiology of Boyhood Gender Identity Disorder: A Model for Integrating Temperament, Development, and Psychodynamics," Psychoanalytic Dialogues 1 (1991): 481-523; S. Coates y E.S. Person, "Extreme Boyhood Femininity: Isolated Behavior or Pervasive Disorder?" Journal of the American Academy of Child Psychiatry 24 (1985): 702-709; S. Coates y S. M. Wolfe, "Gender Identity Disorder in Boys: The Interface of Constitution and Early Experience," Psychoanalytic Inquiry 15 (1995): 6-38; S. Marantz y S. Coates, "Mothers of Boys with Gender Identity Disorder: A Comparison of Matched Controls," Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry 30 (1991): 310-315; B. Thacher, "A Mother's Role in the Evolution of Gender Dysphoria: The Initial Phase of Joint Treatment in the Psichotherapy of a Four-Year-Old-Boy Who Wanted To Be a Girl" (trabajo presentado en el encuentro de la División de Psicoanálisis, Asociación Psicológica Americana, Nueva York, abril, 1985); Green, "Sissy Boy Syndrome."

[13] Abelin, "Some Further Observations," 293-302. R. Greenspan, "The ‘Second Other': The Role of the Father in Early Personality Formation and the Dyadic-Phalic Phase of Development," Father and Child; Greenson, "Dis-identifying from Mother," pp. 370-374; A.J. Horner, "The Role of Female Therapist in the Affirmation of Gender in Male Patients," Journal of the American Academy of Psychoanalysis 20 (invierno 1992): 599-610; Socarides, Homosexuality; J. Snortum, et al., "Family Dynamics and Homosexuality," Psychological Reports 24 (1969): 763-770.

[14] G. van der Aardweg, On the Origins and Treatment of Homosexuality A Psychoanalytic Reinterpretation (Wesport, Conn.: Praeger, 1986).

[15] A. P. Bell, N. S. Weinberg y S. K. Hammersmith, Sexual Preference:Its Development in Men and Women (Bloomington: Indiana University Press, 1981).

[16] Ibid., p. 76

[17] Snortum et al., "Family Dynamics and Homosexuality," pp. 763-770.

[18] Finkelhor averiguó que la mitad de los hombres universitarios de su estudio que estaban implicados corrientemente en actividades homosexuales narraban una experiencia sexual en la infancia con un hombre mayor. Creó la hipótesis de que los chicos que sufrieron abusos por hombres mayores puede que etiqueten el suceso como experiencia homosexual y por tanto considerarse ellos mismos homosexuales. Estos chicos reforzarán entonces la etiqueta homosexual por medio de una conducta homosexual más tardía. (D. Finkelhor, Sexualyy Victimized Children (Nueva York: Free Press, 1979).

[19] Véase también D. J. West, "Parental Figures in the Genesis of Male Homosexuality," International Journal of Social Psychiatry 5 (1959): 85-97.

[20] Para ejemplos de una relación padre-hijo pobre, algo de literatura clínica y algo autobiográfico: W. Aaron, Straight (Nueva York: Bantam, 1972); J. R. Ackerly, My Father and Myself  (Nueva York, Poseidon, 1968); M. Boyd, Take off the Masks (Philadelphia: New Society, 1984); Greg Louganis, Breaking the Surface (Nueva York: Plume, 1996); G. A. Rekers et al., "Family Correlates of Male Childhood Gender Disturbance," Journal of Genetic Psychology 142 (1985): 31-42; Andrew Sullivan, Virtually Normal (Nueva York: Vintage, 1996); Fischhoff, "Preoedipal Influences," pp. 273-286.   

 

   Este artículo es el Capítulo 1 del libro de Nicolosi: "Guía de padres para prevenir la homosexualidad", en: pincha aquí.

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Actualizado ( Martes, 22 de Diciembre de 2009 12:04 )  

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