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Epidemiología de las diferencias psicopatológicas entre varones y mujeres - Jokin de Irala

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Jokin de Irala

Doctor en Medicina (Universidad de Navarra) y Doctor en Salud Pública (Universidad de Massachusetts).
Profesor Titular Medicina Preventiva y Salud Pública, Universidad de Navarra.
Subdirector del Instituto de Ciencias para la Familia, Universidad de Navarra.

 

INTRODUCCIÓN: VARIABLE «SEXO» Y VARIABLE «GÉNERO»

La utilización confusa de la palabra género ha llegado incluso a especialidades biomédicas como la epidemiología, tradicionalmente asociada a la utilización precisa de términos y variables. Así, es habitual, en un intento de abrazar ciegamente la ideología de género, que se usen los términos género y sexo indistintamente cayendo en el error de llamar del mismo modo lo que precisamente se quiere separar. En no pocas ocasiones, la utilización de la palabra género busca negar lo evidente, negar la existencia del dimorfismo sexual. Algunos utilizan la palabra género para referirse a lo que pueda haber de constructo social o cultural en el comportamiento de varones y mujeres, mientras que la variable sexo se refiere a las diferencias físicas, anatómicas y fisiológicas de varones y mujeres.

La mayoría de los estudios epidemiológicos que se publican utilizan la variable «género», que suele describir dos categorías (varón y mujer) al presentar datos en sus tablas. En realidad, esta forma de presentar la variable aparentemente «políticamente correcta» ni es correcta desde el punto de vista de la ideología de género, ni lo es desde el punto de vista epidemiológico. En primer lugar, al decir «género» los investigadores parecen indicar que están midiendo constructos sociales o culturales cuando en realidad lo único indicado por dicha variable, y lo único medido por quien presenta el dato, es si la persona es de un sexo biológico o del otro porque solamente indican cuántos varones y cuántas mujeres hay o cuántos varones y mujeres presentan un desenlace determinado. En segundo lugar, aunque de hecho pretendiesen medir y presentar conjuntamente lo biológico con lo sociocultural y por ello prefieran utilizar la palabra «género» en vez de «sexo», no están siendo suficientemente precisos desde el punto de vista epidemiológico porque al no separar ambos conceptos, acabamos no pudiendo atribuir un efecto determinado a una exposición concreta (sexo biológico o lo aportado por los constructos socioculturales). Lo correcto sería analizar y presentar por separado la variable sexo y la variables que midan constructos socioculturales. Por ejemplo, se podría analizar el efecto sobre la ansiedad de la variable «sexo» y de la variable «realizar las tareas del hogar» por separado. De este modo, ambas estarían presentes en la tabla, pudiendo interpretar el efecto independiente de cada una de ellas. Así mismo, si se introduce, en el modelo estadístico un término interacción entre ellas se podría analizar cómo modifica una variable el efecto de la otra. En el ejemplo que nos ocupa se podría valorar si hay más ansiedad en un sexo que en otro y se podría valorar también si independientemente del sexo, o bien modificado por el sexo, la dedicación a las tareas del hogar se asocia concretamente con la ansiedad. Con este planteamiento será más factible realizar además otro tipo de análisis como los análisis estratificados por sexo o por subgrupos de variables de interés como las de contexto sociocultural. Evidentemente, no será posible valorar el efecto sobre la salud de las variables llamadas de «género» si no se miden de manera concreta y teniendo de antemano dicho objetivo analítico. En la actualidad existen diversas propuestas sobre cómo habría que medir estas variables de contexto sociocultural (Borreil, C., et al., 2007). Algunos ejemplos de variables de contexto que se asocian a morbimortalidad y cuyo estudio es por ello importante son: la violencia, la discriminación, la convivencia en el hogar, el trabajo no remunerado, el cuidado de personas dependientes menores o mayores de edad, etc.

Existen dos identidades sexuales y diversas variables de contexto

Pero antes de profundizar en la epidemiología de las diferencias psicopatológicas entre varones y mujeres, es preciso dejar claro dos conceptos. En primer lugar, que no tiene sentido hablar de cinco géneros (heterosexual varón, homosexual varón, heterosexual mujer, homosexual mujer y transexual). Existen dos sexos (biológicos) y una multitud de variables de contexto sociocultural que predisponen el modo de vivir de mujeres y varones. En cada sexo podemos identificar maneras de ser que tienen aspectos relacionados con, y en cierto modo predispuestos por, la identidad biológica sexuada del varón y de la mujer (López Moratalla, 2007), mientras que otros aspectos son más bien culturales y pueden ser asumidos por ambos sexos. En segundo lugar, existen muchos datos que indican que la homosexualidad, lejos de ser una variable de género, es más bien un desarrollo inadecuado de la identidad sexual (De Irala, 2006). Existen trabajos científicos que demuestran más allá de toda duda que la terapia puede ayudar a quienes no desean seguir con sentimientos homosexuales o atracciones por personas del mismo sexo (Spitzer, 2003).

Por lo tanto, existe un dimorfismo sexual claro y diferentes maneras de vivir que forman parte del contexto sociocultural. La mayor parte de variables de contexto pueden ser asumidas por ambos sexos pero el dimorfismo sexual también predispone a ciertas maneras de ser que son naturales.

Salud mental en mujeres y varones

La enfermedad mental es uno de los determinantes más importantes de la carga global de enfermedad y de discapacidad (Afifi, 2007; Prince et al., 2007). Las alteraciones mentales y del comportamiento constituyen globalmente un 12% de los años de vida perdidos ajustados por discapacidad y un 31% de los años vividos con discapacidad en todas las edades y en ambos sexos según datos de 2000 (Afifi, 2007).

Son más conocidas las diferencias entre varones y mujeres en algunos problemas mentales como la depresión o la esquizofrenia que en otros problemas; más conocidas las diferencias en mujeres y varones adultos que en adolescentes y más en países industrializados que en los que están en vías de desarrollo (WHO, 2002).

Las diferencias en la salud mental entre mujeres y varones pueden observarse desde el punto de vista biomédico (genético, hormonal, anatómico, fisiológico); psicosocial (personalidad, capacidad de resistencia, tendencia a referir síntomas); epidemiológico (factores de riesgo presentes en la población) o incluso desde el punto de vista más amplio de los procesos culturales, sociales, económicos y políticos que producen, al comparar mujeres y varones, diferentes grados de vulnerabilidad frente al enfermar (Afifi, 2007).

Los factores biológicos, como el dimorfismo del sexo biológico, no predisponen siempre de manera independiente las diferencias en el enfermar entre mujeres y varones. Por ejemplo, un factor social como la pobreza puede exacerbar una predisposición biológica determinada. Parece evidente que factores «de contexto» como la autoestima, el grado de competencia, la autonomía, los ingresos acordes con el trabajo realizado, y una sensación de bienestar y seguridad física, sexual y psicológica son esenciales para una adecuada salud mental. Si estos factores están presentes de manera diferencial en mujeres y varones, serán variables de contexto que producirán diferencias no solamente en las prevalencias de las enfermedades mentales sino también en las características observables al comparar mujeres y varones con un mismo diagnóstico. Efectivamente, las diferencias entre varones y mujeres que son constructos socioculturales interaccionan con las diferencias biológicas para contribuir en la existencia de diferencias al observar las características de la enfermedad mental que sufren mujeres y varones (WHO, 2002). Pero algunas diferencias entre mujeres y varones persisten a pesar de ajustar estadísticamente por posibles factores de contexto (Prince, et al., 2007). Esto quiere decir que hay diferencias que no obedecen solamente a estas variables de contexto llamados «de género» puesto que el ajuste estadístico no elimina su efecto. Además, en algunos aspectos concretos, se observan los mismos grados de diferencias en diferentes países y/o culturas donde las variables de contexto no son comparables (Blehar, 2006).

            En esta revisión nos queremos centrar sobre todo en las diferencias que no obedezcan a estos constructos socio-culturales. Pretendemos valorar la existencia de diferencias ligadas al sexo más allá de aquellas que están relacionadas con variables de contexto para hacer hincapié en que el dimorfismo sexual es efectivamente real y existe hasta el punto de que mujeres y varones no enferman del mismo modo independientemente del ambiente sociocultural en el que están inmersos. Aunque pueda resultar un tanto artificial separar factores asociados a la enfermedad mental, que en realidad pueden actuar de manera combinada, trataremos de ceñimos a la descripción de las diferencias que se sustentan más marcadamente en el dimorfismo sexual.

PSICOPATOLOGÍA EN LA MUJER Y EN EL VARÓN

Los estudios que valoran la salud mental en Estados Unidos de manera global no aportan mucha evidencia sobre la «superioridad» de un sexo sobre el otro en salud mental. Sin embargo, existen diferencias notables en la prevalencia de manifestaciones y muchos desórdenes entre mujeres y varones (Blehar, 2006). Las mujeres presentan más diagnósticos de depresión unipolar, trastornos del comportamiento alimentario, trastornos de ansiedad incluyendo el estrés post traumático o de presentar tres o más problemas mentales concomitantemente o asociados a enfermedades crónicas (Blehar, 2006).

También son más frecuentes en mujeres los trastornos de pánico y de fobia (Kessler, et al., 1993). Por el contrario, los varones presentan más diagnósticos de abuso de sustancias, alcoholismo y desórdenes del comportamiento asociados al alcohol. A partir de la infancia los varones presentan más síndromes de déficits de atención, autismo y retrasos del aprendizaje o del desarrollo. En cuanto a los trastornos de la personalidad, las mujeres presentan con más frecuencia que los varones trastornos de la personalidad intermedios, dependientes e histriónicos mientras que los varones presentan más trastornos obsesivo compulsivos, narcisismo y personalidad antisocial (Paris, 2004).

Los estados depresivos y la esquizofrenia son de los problemas de salud mental más comunes en diferentes sociedades y también son los más estudiados en cuanto a las diferencias por sexo de sus manifestaciones clínicas. Nos centraremos por esta razón en ambas condiciones, pero no sin antes recordar cuáles son las características más relevantes del dimorfismo sexual humano para comprender mejor en qué medida pueden ser la base de las diferencias observadas.

 
El dimorfismo sexual biológico del cerebro es un hecho

Es importante recordar brevemente en este apartado que el dimorfismo sexual biológico es un hecho, es decir que existe un cerebro de mujer y un cerebro de varón. Existe una base biológica un presupuesto genético, que subyace a la existencia de dos tipos de cerebros humanos. Gracias a las técnicas actuales de neurociencias como la tomografía de emisión de positrones (PET) o las imágenes funcionales de resonancia magnética (MRI), es posible observar y estudiar mejor este hecho. El cerebro femenino y el cerebro masculino se conforman por una «impregnación sexual» ya en los primeros meses de vida a través de varios mecanismos: por acción directa de genes de los cromosomas X e Y sobre las estructuras y neuronas cerebrales, y a través de la acción de hormonas gonadales.

A igualdad de coeficiente intelectual, hay tareas que, por término medio, resuelven mejor las mujeres y otras los varones. Estas diferencias se observan incluso a edades donde los factores socioculturales no han podido actuar todavía. La relevancia de este hecho biológico radica en que conducen también a dos modos de percibir la realidad y de habitar el mundo, es decir dos modos de procesar la información en el cerebro, más allá de las diferencias obvias de la paternidad y la maternidad en la transmisión de la vida. En definitiva, dos maneras diferentes, por término medio, de «ser humanos». El cerebro no es «unisexo», ni desde el punto de vista anatómico ni desde el punto de vista funcional (López-Moratalla, 2007). Cabe esperar, por lo tanto, que también puedan existir, por término medio, dos modos de enfermar en general, y en concreto dos maneras de padecer una determinada enfermedad mental.

Recordemos algunos datos científicos sobre la identidad biológica femenina y masculina que explican y se asocian a algunas diferencias observadas entre mujeres y varones en las enfermedades mentales que describiremos más adelante (López-Moratalla, 2007):

  • El dimorfismo sexual existe ya desde el primer cuerpo unicelular humano, llamado cigoto.
  • Los cromosomas sexuales desempeñan un papel activo tanto para desarrollar el fenotipo varón como para desarrollar el fenotipo mujer. El fenotipo mujer no es simplemente «ausencia de fenotipo varón».
  • Los genes de la feminidad y de la masculinidad producen cambios tan diferentes como el ritmo lineal de la fisiología del varón y el ritmo cíclico de la mujer.
  • Todo cerebro humano consta de dos hemisferios (izquierdo y derecho) que funcionan de manera diferente aunque sean equivalentes desde el punto de vista intelectual. El izquierdo está más motivado para la atención y la acción enfocada hacia fuera mientras que el derecho está motivado para la acción y la atención enfocadas «desde el interior». Mujeres y varones tienen de forma innata y por su naturaleza genética diferenciada, diferentes relaciones entre los hemisferios izquierdo y derecho y por lo tanto los utilizan de manera diferente. En las mujeres existe una mejor simetría y una mayor interconexión entre ambos hemisferios, que se parecen más entre sí. El varón presenta más diferencias entre ambos hemisferios en lo que se refiere a centros responsables de funciones similares y está más polarizado hacia el hemisferio izquierdo. Esto hace, por ejemplo, que la capacidad analítica o la orientación espacial sea, por término medio, mayor en varones (funcionan más rápidamente los centros más cercanos entre sí). Por el contrario, la capacidad de comunicación verbal y empatía (por ejemplo, la capacidad de interpretar estados de ánimo al observar caras), es mayor en mujeres por la mayor capacidad que tiene para integrar la información de ambos hemisferios. La empatía es un proceso que necesita integrar más información de ambos hemisferios.
  • Los niveles de enzima monoamina oxidasa del neurotransmisor dopamina son significativamente más altos en varones. Las mujeres tienen más receptores del sistema neurotransmisor serotoninérgico (Jovanovic el al., 2007; Jans el al., 2007).
  • La impregnación por testosterona del cerebro del feto varón destruye células de las áreas relacionadas con la comunicación mientras que proliferan áreas que procesan las respuestas sexuales y las implicadas en los centros de agresión. La testosterona asienta el pensamiento espacial.
  • Los estrógenos tienen efectos neurobiológicos sobre el sistema serotoninérgico (Aloysi A etal., 2006); activan los circuitos cerebrales de las emociones y de la comunicación, especialmente hablada, mientras que la progesterona se asocia con un funcionamiento más simétrico de los hemisferios en la mujer.
  • En el varón, los centros del hipotálamo relacionados con la sexualidad tienen el doble de tamaño que las estructuras correspondientes de la mujer. El hipocampo (centro involucrado en alteraciones como el estrés post traumático o la depresión) sufre una reducción de su tamaño en la edad adulta temprana en varones que no se observa en mujeres (Bouix et al., 2004).
  • Las mujeres son más vulnerables a situaciones de conflicto interpersonal porque el cerebro femenino, por término medio, reacciona con una alarma más negativa que el masculino ante la idea de cualquier conflicto y ante el estrés (Butler, et al., 2005; Williams, 2005; Goldstein, 2006). En la mujer es mayor la corteza cingulada anterior, centro de las preocupaciones menores. Mujeres y varones reaccionan de manera diferente al estrés. Se ha visto, por ejemplo, que las mujeres con una alta expresión de monoamino oxidasa A, presentan niveles plasmáticos de cortisol más altos que los varones (Jabbi et al., 2007). Hay bastante evidencia sobre el efecto modulador de las fluctuaciones hormonales gonadales sobre el sistema neuroendocrino (Steiner et al., 2003; Halbreich y Kahn, 2007).

 

Depresión en mujeres y varones

Se observan diferencias al comparar en mujeres y varones el hipotálamo, la amígdala, y el córtex, que están implicados en la regulación normal y anormal de los comportamientos asociados al estado de ánimo. Dichas regiones cerebrales sufren grandes cambios estructurales durante la pubertad. No es de extrañar que éste sea un momento crucial en el que y se observan diferencias entre mujeres y varones en la depresión, la ansiedad y los trastornos del comportamiento alimentario. En la pubertad aparecen diferencias entre sexos de síntomas de internalización (Hayward y Sanborn, 2002).

La prevalencia de depresión a lo largo de la vida es aproximadamente dos veces mayor en mujeres (Kuehner, 2003). Es interesante resaltar que dicha tendencia se mantiene tanto al estudiar diferentes culturas (Weissman et al., 1996; Meyer et al., 2000), como al comparar generaciones anteriores con las más actuales (Kessler et al., 1994) y es observable en todas las edades (Kessler et al., 1993). Todo ello confirma más bien que los factores ligados al sexo desempeñan un papel importante independientemente de, y además de, las variables de contexto sociocultural llamadas de «género».

            Los períodos de alto riesgo de depresión en la mujer coinciden cuando existen cambios hormonales significativos, entre la pubertad y la menopausia. Los tres períodos de mayor cambio hormonal son la premenopausia, el post parto y la perimenopausia. Estos efectos en la mujer se deben al efecto de deficiencias de estrógenos sobre el sistema nervioso central y a la fluctuación o el decremento de receptores serotoninérgicos  asociado a la disminución de estrógenos (Douma et al., 2005; Aloysi et al., 2006). Autores como Staley han argumentado que el decremento de la disponibilidad de receptores 5- HTT (transportadores serotoninérgicos) en el diencéfalo es más marcado en mujeres deprimidas que en varones deprimidos (Staley, 2006; Brummett, 2007; Jans et al., 2007). Otra teoría indica que la exposición crónica a estrógenos también se asocia a cambios del humor y los contraceptivos orales, que inhiben el eje hormonal natural de la mujer, se han asociado también al incremento de depresiones en mujeres (Frye, 2006). El efecto de los estrógenos parece complejo y es posible que cambie a lo largo de la vida de la mujer (Amin et al., 2005).

Más mujeres que varones presentan los síntomas de la depresión de manera cíclica, siguiendo las estaciones del año (Blehar y Rosenthal, 1989). Las mujeres tienen con mayor frecuencia síntomas llamados «atípicos» de depresión como la hipersomnia, aumento de ingesta de alimentos, parálisis de Leaden (pesadez en brazos y piernas) y sensibilidad al rechazo (Benazzi, 2003). Al describir esta mayor prevalencia de síntomas atípicos otro estudio confirma que la hipersomnia y el aumento de ingesta de alimentos son más frecuentes en mujeres y señalan también la mayor frecuencia de la presencia concomitante de desórdenes de la ansiedad y los intentos de suicidio en mujeres (Gorman, 2006). Las mujeres también presentan de manera simultánea a la depresión más somatizaciones y trastornos del comportamiento alimentario. Los varones presentan de manera concomitante con la depresión, trastornos por abuso de sustancias con mayor frecuencia. En el primer estudio epidemiológico representativo nacional de salud mental realizado en adultos canadienses, se observó que las mujeres con depresión mayor presentaban con mayor frecuencia que los varones los síntomas de «pérdida de interés» y de «pensamientos de muerte» (Romans, 2007).

Estudios de familias con depresión también sugieren que existen más genes relacionados con la depresión en mujeres que en varones (Zubenko, 2002). Otros estudios en gemelos indican que la depresión sería más heredable en mujeres (Kendller et al., 2001; Kendler et al., 2006). Pero parece que esto solamente es así cuando se utilizan definiciones más amplias (DSM-III-R) de la depresión y es un campo aún controvertido. Un metanálisis anterior incluyendo el estudio de cuatro comunidades y dos estudios clínicos de gemelos con un total de 20.000 participantes no encontró ninguna evidencia consistente sobre la existencia de diferencias genéticas por sexo (Sullivan et al., 2000).

            Las diferencias entre sexos también son observables al valorar la eficacia de alternativas terapéuticas de algunas enfermedades mentales como la depresión. Por ejemplo, en un estudio las mujeres premenopáusicas respondían mejor a la sertralina (un inhibidor selectivo de la recaptación de la serotonina) mientras que los varones respondían más positivamente a la imipramina (un antidepresivo tricíclico) (Kornstein et al., 2000). Aunque aún persiste cierta controversia con respecto a si mujeres y varones responden del mismo modo a la medicación antidepresiva, hay cierta evidencia que sugiere que los inhibidores de la recaptación de la serotonina son más eficaces en presencia de estrógenos (Gorman, 2006). Este conocimiento sobre la diferencia de respuesta al tratamiento en varones y mujeres favorece a los pacientes.

Esquizofrenia en mujeres y varones

Aproximadamente el 37% de esquizofrenias en la mujer se manifiestan después de los 45 años, con un pico de la incidencia entre los 45 y los 54 años. Además, con respecto al varón, dominan en las mujeres los síntomas positivos como las alucinaciones y las creencias inusuales que llamamos «delusiones». Por el contrario, en varones es más típico observar la esquizofrenia hacia los 20 años. Se piensa que los estrógenos pueden tener un factor protector (Hafner, 2002; Hafner, 2003; Aloysi et al., 2006). Más concretamente, se piensa que el mecanismo neurobiológico subyacente es el de una reducción por los estrógenos de la sensibilidad de receptores D2 del cerebro (Hafner, 2002). En algunos estudios no se han observado diferencias entre mujeres y varones que pudieran considerarse independientes del posible efecto de otras variables de contexto o «de género». Mujeres y varones fueron comparados en cuanto a (Híifner, 2002):

  • Diferentes criterios diagnósticos clínicos u operacionales.
  • Los 10 síntomas iniciales más frecuentes.
  • Comienzo de enfermedad (forma aguda, subaguda o insidiosa).
  • La frecuencia y tipo de síntomas negativos o positivos.

No obstante, en una revisión publicada un año más tarde, Hafner señala que hay diferencias entre mujeres y varones con esquizofrenia en variables del comportamiento. Observa una mayor frecuencia en varones de abuso de sustancias y de alcohol, abandono personal, pérdida de interés en el trabajo, baja atención social, menor realización de actividades de ocio, menor comunicación, pérdida de interés general y de higiene personal. Pero el autor señala que no se puede afirmar que se trate de diferencias en el modo de enfermar la esquizofrenia ya que dichas diferencias se pueden encontrar entre mujeres y varones en la población general sin esquizofrenia (Hafner, 2003). Aunque efectivamente estas características no se puedan describir como diferentes maneras de enfermar la esquizofrenia, algunas no dejan de ser llamativas aunque se observen en la población general por tener cierta relación con las características del cerebro de la mujer y del varón que hemos resumido anteriormente.

Se describe que el curso de la enfermedad suele ser peor en varones jóvenes que en las mujeres y se atribuye este peor curso de la enfermedad al hecho de que, por ser más joven al enfermar, el varón está peor preparado para la adaptación social (menor desarrollo social, cognitivo y de personalidad), verdadero responsable del peor curso de la enfermedad (Háfner, 2003). Pero no debemos olvidar que es la protección de los estrógenos la que es responsable de esta diferencia de incidencia por edades y por lo tanto es una variable específica de sexo la responsable indirecta de este peor curso en varones. Se han hallado resultados similares en estudios realizados en poblaciones culturalmente diferentes, como en China (Tang et al., 2007).

Otros autores relacionan la mayor frecuencia de síntomas afectivos en las mujeres con esquizofrenia con el hecho de que el sistema límbico, centro donde se procesan las emociones (amplificando, modificando o manteniendo ciertas emociones), es sexualmente dimórfico desde sus inicios (Goldstein, 2006). Este sistema es, por otra parte, sensible a la influencia hormonal. Junto con estos hechos, se piensa que el sistema límbico es clave en la naturaleza de la esquizofrenia, al encontrarse alteradas muchas de sus funciones en dicha enfermedad (Benes y Berretta, 2001).

Finalmente, en la mujer con esquizofrenia existe una gran relación entre síntomas negativos y síntomas depresivos (Müller, 2007). Algunos piensan que dicha asociación se debe sin más a que en la mujer se confunden más fácilmente los síntomas negativos con síntomas depresivos. Pero otros autores ven plausible un mecanismo de acción cerebral debido a diferencias por el dimorfismo sexual de la morfología y la conectividad de la corteza orbitofrontal que parecen estar relacionados con los síntomas negativos de la esquizofrenia (La- cerda et al., 2007).

CONCLUSIÓN

Al observar el modo de enfermar de mujeres y varones existe una gran dificultad para desenmarañar lo que está en cierto grado determinado por el sexo biológico dimórfico y aquellas variables de contexto que algunos llaman «género». Esto se debe al hecho de que ambos tipos de variables de predisposición pueden mezclarse en el momento de producir sus efectos y cada variable puede retroalimentar el efecto de otra, tanto por inhibición como por facilitación. Es lo propio de la epigenética donde las diferencias genéticas también pueden ver modificados sus efectos por variables ambientales. Por ejemplo, una hormona sexual puede mediar su acción a través de modificaciones epigenéticas de histonas y del ADN que son específicas para ciertos genes. Probablemente existan muchas más diferencias entre mujeres y varones en el modo de enfermar que puedan ser atribuibles a diferencias del dimorfismo sexual pero hemos querido centramos en aquellas que parecen más claramente asociadas al dimorfismo. La naturaleza es «tozuda» en contra de lo que algunos pretenden cuando consideran que no existe absolutamente ninguna diferencia entre mujeres y varones. Más bien al contrario, mujeres y varones somos diferentes en todas las células de nuestros organismos. Algunas diferencias que obedecen al dimorfismo sexual se pueden observar al comparar la depresión y la esquizofrenia entre mujeres y varones.

Obviamente, existen otras razones importantes para estudiar las diferencias por sexo y de contexto en las enfermedades. Hay razones científicas propias, como poder prevenir mejor las enfermedades en mujeres y varones, o poder acertar mejor cuando sean precisos ciertos procedimientos diagnósticos o tratamientos que funcionen mejor en un sexo que en el otro o simplemente para corregir las variables de contexto que sean causa o que precipiten la aparición de ciertas enfermedades o que empeoren su pronóstico. Pero en el contexto de este libro no abordamos estos importantes aspectos relacionados con el sexo y el llamado «género».

Las semejanzas son mucho mayores que las diferencias. Lo que en varones son predisposiciones innatas puede ser modulado en mujeres y viceversa. Somos iguales en humanidad y por ello en dignidad. Afortunadamente nos unen más estas semejanzas.

Al negar la existencia de los presupuestos cerebrales de la personalidad y de las tendencias del comportamiento que muestra la biología humana, se está combatiendo la propia naturaleza de la persona varón o de la persona mujer (LópezMoratalla, 2007). La libertad humana Consiste en construirnos desde estos presupuestos que no podemos negar y no en luchar contra los mismos. Desde estas diferencias, mujeres y varones se enriquecen mutuamente sabiendo que tienen una misma dignidad como seres humanos.

 


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