Ruta: Home MADURAR EL AMOR Ser Persona Artículos Mujer y varón: «misterio» y «sacramento primordial» de la creación - Patricia Martínez P.

Es posible el cambio

JA slide show

Mujer y varón: «misterio» y «sacramento primordial» de la creación - Patricia Martínez P.

E-mail Imprimir PDF


Patricia Martínez Peroni

Licenciada en Psicología por la Pontificia Universidad Católica
Argentina Santa María de los Buenos Aires.
Profesora de Antropología de la Universidad CEU-San Pablo, Madrid.
Investigadora del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales Francisco de Vitoria, Pozuelo, Madrid.

 

 
INTRODUCCIÓN

El mundo es una epifanía y no es culpa suya, sino nuestra si tomamos por error las cosas que han sido creadas por la realidad que las creó... La ilusión no es del objeto sino de quien comete la confusión: la sombra es apenas una sombra, por mucho que hagamos para dotarla de una consistencia que no tiene» (Coomaraswamy, 1976, pp. 17-18).

Cuando el ser humano nombra las cosas reales con el término «eso», pone en evidencia que su conciencia es el lugar de epifanía del acto de ser, es decir, el ser se muestra en la interioridad del hombre, pero es previo a su acto de conocimiento. (Caturelli, 1999, p. 117).

Esta evidencia nos pone de manifiesto que en este saber inicial, el acto de ser es lo primero que cae bajo la aprehensión de la inteligencia, por tanto el acto de ser es «lo real» siendo el centro de la conciencia humana... es «lo puramente recibido», según nos señala Caturelli.

Todo ello significa la absoluta anterioridad del ser en cuya luz aparece el yo o la propia conciencia humana... Luego, como advierte el autor citado, «nada es pensable (todo otro ente ni yo mismo) sino en cuanto "tiene" el ser participado, puramente recibido, absolutamente gratuito» (Caturelli, 1999, p. 118).

Todo ente en cuanto «tiene» el ser es causado o producido en su mismo ser.

Donar el acto de ser es crear, y el ser del ente singular es causado por el Ser Absoluto, Acto Subsistente a quien todos llamamos Dios. Entre ambos existe una «relación real» de dependencia absoluta, es decir, una subordinación esencial de la creatura al Creador que le constituye en su esencia y existencia propias.

Se trata, pues, de la dependencia originaria y constitutiva porque, sin ella o fuera de ella, el ente no sería nada. De ahí que deba afirmarse que todo ente es re-ligado a Dios de quien depende en su mismo acto de existir (Caturelli, 1999, p. 119).

Paradójicamente, hoy nos encontramos a la intemperie existencial. Hemos olvidado a Dios, Autor de todo cuanto existe, incluido nuestro propio ser de personas libres, hechas a imagen y semejanza suya.

No aceptamos nuestra condición de criaturas dependientes y, por tanto, nos autoconstruimos fenomenológicamente a ciegas. Preferimos el azar al misterio, la incertidumbre a la verdad, la anarquía al bien y al amor, y así, en la contradicción más destructiva que se pueda imaginar, buscamos como adictos la felicidad en pozos de agua que no sacian para la vida eterna.

Hemos sido infieles al Amor primero, y ya cualquier amor es egoísta e interesado, buscando poseer y absorber, anulando al otro en su propia identidad, ya que la diferenciación se nos antoja discriminación, la complementariedad se torna dialéctica y lucha de poder, siendo la teoría de género el máximo exponente ideológico del feminismo radical. Así, vencido el machismo como tesis primera, opondremos el feminismo como antítesis vital, acabando en una síntesis quimérica de una sociedad andrógina, donde la naturaleza humana diferenciada psícosexualmente será un estadio superado por los tiempos modernos, cuyo diseño es sustancialmente antropocentrista.

Todo es oscuro y confuso..., la realidad, los pensamientos y convicciones, los sentimientos y vivencias, el lenguaje, y, por tanto, el ser humano para sí y para los demás. La soledad y la incomunicación propia es la única constante vital de nuestros días.

Vivimos en sociedades desarrolladas, con un alto grado de consumo y hedonismo, al tiempo que con una anemia y déficit enfermizo de humanidad. La inseguridad genera no sólo ansiedad y angustia, sino, paradójicamente, apatía e indolencia por frustración íntima de una plenitud nunca alcanzada.

A golpe de impulsos, vivimos compulsivamente, adquiriendo información, afectos y compañía como si la sociedad, la familia y los otros fueran el hipermercado por el cual deambulamos a nuestro capricho en función de nuestras necesidades más primarias. No contemplamos la peregrína idea de hacer felices a los demás, de cultivar la donación desinteresada como una terapia reparadora del egoísmo personal. Consumimos la propia sexualidad compulsivamente, y la auto- construimos porque estamos enfermos de rectitud moral.

Como síntoma de auténtica megalomanía prepotente, cientifizamos la religión, la filosofía y la psicología, como si la realidad fuese patrimonio de los expertos, simples mercaderes de la Sofística actual, algunos de ellos, hijos de una cultura bastarda que ha olvidado el ser, la verdad y el bien, por tanto, a Dios mismo, creador misericordioso y redentor de nuestro pecado primero de soberbia.

Situados en este contexto religioso, metafísico y científico, se entiende por qué el orden natural se ha invertido contra natura como nuevo modelo cultural. ¿Y qué es contra natura? Pues tener ansia de infinito por ser poseedores de un alma inmortal, viviendo como absolutos inmanentes al margen de la insaciable hambre de felicidad que nos constituye como naturalmente religiosos. Estar programados cerebralmente para conocer no sólo de manera sensible, sino intelectualmente, por ser espirituales y diferentes a cualquier especie superior. Por tanto, renunciar a conocer la realidad, con su distinción entre seres y diferentes esencias, y a obrar libremente como si fuéramos esclavos de los apetitos y tendencias sensitivas. Contra natura es autoconstruirnos psicosexualmente en nuestra orientación sexual como si lo genético, lo gonadal, lo endocrino, lo genital y lo psicológico se pudiera silenciar por una ideología pseudo espiritual que hable de dignidad y derechos humanos, como si fuese humano negar y contrariar la propia humanidad inscrita en la naturaleza de su identidad. Contra natura es conocer y amar la autodestrucción, de modo enfermizo, como liberadora de la auténtica personalidad.

La cultura de lo contranatural es una negación de la realidad y es una injusticia para las personas. Silenciar esta verdad que entraña un bien absoluto para humanizar a las personas, no sólo supone ignorancia, sino perversidad moral, y es propio de culturas decadentes que frivolizan la maldad por negligencia y estupidez.

Indudablemente asistimos a un cambio de época cuyos referentes axiológicos no son más que el reflejo de una auténtica revolución de los paradigmas y tradiciones que hasta no hace mucho se regían por el sentido común y las creencias religiosas, apoyadas éstas en una filosofía de la realidad, y que han dado paso al constructivismo inmanentista de una sociedad que reinventa la naturaleza de los seres en base a modelos teóricos, fruto de constructos ideológicos y determinados por puro azar.

Es evidente que con el desprecio del orden trascendente y sagrado, la realidad no es fruto ya de un Creador, ni la criatura humana es imagen y semejanza de ese Autor de la naturaleza, por tanto, en el absoluto devenir existencial no sólo el origen y el fin están cuestionados, sino la naturaleza misma de los seres que habitan este mundo, siendo objeto de opinión qué cosa sea su constitución. Así pues el hombre mismo, en su naturaleza y dinamicidad perfectiva es un problema más a investigar, en lugar de un misterio a contemplar y admirar.

El drama actual podría resumirse muy sintéticamente en que negado el ser, es crítico el conocer, y por ende, caótico el obrar humano. Por tanto, ¿cómo saber cuál es la verdad del hombre? ¿Qué sentido tiene la familia si no se conoce qué es la persona? Si se desconoce la estructura de la subjetividad humana, ¿cómo aventurar estabilidad en el conocimiento y en los afectos hacia el otro? ¿Si no existe el Otro con mayúsculas, por qué amar a los otros, o amarse a uno mismo? ¿Cómo educar la afectividad de nuestros hijos, cuando nosotros mismos no nos conocemos, no nos queremos ni nos valoramos?

¿Es que uno puede darse sin poseerse? ¿No estamos abocados a la frustración permanente si renunciamos a ser fieles a lo que debemos ser, es decir, personas en sentido integral y pleno?

No cabe duda de que el estado de la cuestión es altamente complejo y preocupante, pues si existe crisis en la familia, ésta es consecuencia de que prevíamente es la persona la que se encuentra en profundo cambio y estado crítico, pues el calado es de orden no ya religioso, sino ontológico, tornando frágil y enfermizo el soporte antropológico y ético. De ahí, las sucesivas y múltiples crisis que se generan en el obrar humano... y de ahí también la problemática hercúlea que significa educar hoy en la familia.

El camino de retorno será que descubriéndonos en nuestra naturaleza, nos asumiremos y nos comportaremos como seres únicos, verdaderos y buenos, por participar de un orden trascendente que nos dignifica dada la gratuidad de un Dios que es Amor y Misericordia y así nos restituiremos en nuestra identidad personal.

 

LA PÉRDIDA DEL SER EN OCCIDENTE

            «Al final, diría que no ha habido un momento en el que me convertí en lo que soy (no hay un único "nacimiento verdadero"), sino más bien un modo de "devenir" que me ocupa constantemente» (Butier, 2007, p. 84). «La figura de la "madre" no representa para mí un punto de origen» (Butier, 2007, p. 85).

Recordamos estas palabras de Judith Butler en una entrevista reciente aparecida en la prensa española, donde la representante americana del feminismo radical nos muestra la más absoluta radicalización que un ser humano pueda tener de su propia identidad personal, cifrándola en la total desvinculación antropológica a un origen y constitución heredada, no ya de un ser absoluto, sino inclusive de unos progenitores humanos, cayendo así en el devenir permanente y la omnipresente «autoconstrucción» de la persona actual.

¿Cómo se puede producir esta auténtica ceguera del alma humana? ¿Cómo explicar esta negación de la realidad propia y de lo real como tal? ¿Cuál ha sido el punto de inicio y el punto de inflexión que ha llevado a representantes del feminismo radical a teorizar primero, y a politizar posteriormente unos paradigmas antropológicos tan irreales y al margen de la naturaleza personal y psicosexual del varón y la mujer?

Qué duda cabe, como señala un autor, «que el racionalismo y la racionalización son la expresión clara de la "primacía de la praxis"... de la negación de la visión contemplativa como actitud fundante... Hablar de una primacía de la praxis significa, estrictamente, intentar subvertir los fundamentos mismos de la realidad. Esta subversión radical no se origina en el marxismo, como algunos, ingenua o interesadamente, pretenden afirmar. Por el contrario, es de pura cepa idealista. Fue el alemán Fichte quien primero postaló la absoluta "primacía de la praxis"... Nos dice el mismo Fichte en Princpios fundamentales de la ciencia del conocimiento: "El yo es el origen de toda realidad.., así, toda realidad es activa y todo lo que es activo es realidad"» (Fariña, 1979, pp. 169-170).

Buscaremos las raíces de este inmanentismo con su manifestación actual en el secularismo de una civilización que se aleja del Bien absoluto que es Dios y del bien propio que re presenta el orden natural y su ley propia, desvirtuándose y destruyéndose, por tanto, la misma naturaleza humana creada por El.

La pérdida Dios como bien

Analizaremos el «Silenciamiento de la Vida Eterna y el Secularismo» buscando las causas remotas que han llevado al hombre actual a romper los vínculos con el Autor de la naturaleza, y, consiguientemente a la «autoconstrucción» de su pseudo-identidad psicosexual sin referentes en la heterosexualidad ni en la aceptación de su corporeidad.

Para un conocido autor, «el silenciamiento acerca de la Vida Eterna, o su dilución en un discurso ambiguo acerca de su relación con la inmanencia, no es, pues, inocuo, sobre todo en un mundo que está empeñado en silenciarlo como algo nocivo...» (Bojorge, 1999, p. 86).

Como expresa sintética pero contundentemente Bojorge: Si se pierde de vista la verdad sobre la Vida Eterna, se esfuma la verdad acerca de la vida entera» (Bojorge, 1999, p. 86).

Hace notar que la acedia ante la Vida Eterna es, en realidad, consecuencia de una acedia más profunda: la angustia ante la comunión con Dios, y una nota característica del secularismo que promueve la actual civilización dominante.

Define la acedia como angustia ante el Bien que es objeto de la esperanza cristiana, y citando  Santo Tomás de Aquino, precisa que éste la considerada un pecado capital al definirla como «la tristeza por el bien divino del que goza la caridad» (Tomás de Aquino, Summa Theol. 2-2 ,q.35, art.2,c). La acedia es tristeza por el objeto de las virtudes teologales. Y por eso, aunque se opone directamente a la caridad, también indirectamente va contra la fe y contra la esperanza (Bojorge, 1999, pp. 65-66).

Señala que «esta angustia ante el bien, esa acedia, ha tomado históricamente la forma de la herejía naturalista y sus derivados... Caracterizada brevemente, la herejía naturalista consiste en separar a Dios del hombre, al Creador de la creación, al orden natural del sobrenatural, a la naturaleza del misterio. El naturalismo es, en su esencia, un rechazo a la comunión ofrecida por Dios en la revelación... Dios ha dejado de ser una presencia, un Tú. Pero sobre todo ha dejado de ser alguien cuya acción se percibe, se tiene en cuenta y se acata» (Bojorge, 1999, p. 73). Comenta que se ha dicho que «en la raíz del naturalismo hay un acto de soberbia, un remedo del consentimiento paradisíaco a la tentación de ser como Dios en la renuncia al orden sobrenatural» (Sáenz, A., p. 273).

En síntesis, el naturalismo y el secularismo, según Bojorge, se podrían caracterizar por lo siguiente: «El secularismo es la forma actual de este naturalismo. El secularismo se ha presentado, en efecto, como un celo por asegurar la autonomía de las realidades creadas contra la invasión de lo divino. Postula, por lo tanto, la separación, la incomunicación y teme la comunión, como una limitación de la libertad del hombre por parte de Dios... Al Dios que se revela se le dice "vive, pero deja vivir". El hombre rehúsa reconocer su propia identidad místérica, y quiere vivir exclusivamente según la dimensión natural. Es una regresión cultural y religiosa a lo que San Pablo llamaba "vivir según la carne" y San Juan "amar el mundo"... La acedia cultural de origen ilustrado se manifiesta en que la religión ya no es considerada en forma teocéntrica como orientada primariamente al Culto de Dios, sino de manera antropocéntrica y principalmente como comportamiento moral del individuo, como cumplimiento de la ley moral natural y como amor al hombre» (Bojorge, 1999, p. 80).

No nos hemos resistido a dejar de transcribir las palabras de este autor clarividente, ya que a fuer de ser extensos, dejamos constancia de la raíz última que explicaría el punto de origen del abandono de Dios, de su presencia y providencia con respecto al mundo y la criatura humana.

 

El principio de inmanencia y el nuevo orden

Volvemos a un autor citado al principio cuyas reflexiones son complementarias a las hasta ahora enunciadas, nos referimos a Caturelli, el cual en un excelente artículo comenta lo siguiente: «En 1919, formulando una suerte de anti-profecía, Antonio Gramsci escribió estas impresionantes palabras: "Se convertirán (los católicos liberales) en hombres... que extraen de la propia conciencia principios de su acción, hombres que rompen los ídolos, que decapitan a Dios" (Del Noce, 1977, p. 61). La tenebrosa anti-profecía permite ver -señala Caturelli-, que no se trata ya de negar a Dios en el plano del conocimiento (mero ateísmo agnóstico) y ni siquiera de proclamar la "muerte de Dios", sino de asesinarlo, cortándole la cabeza. Pero un acto semejante no es posible que sea efectuado con el Ser absoluto y trascendente de la metafísica (a la que se declara muerta y enterrada); la decapitación sólo es posible si se trata del Dios hecho hombre; es decir, de Dios vivo que tiene de veras cabeza en virtud de su naturaleza humana. Por eso, solamente Cristo podría ser "decapitado" como quiere y anuncia Gramscí pensando en la persona concreta de Jesucristo quien no es un Dios abstracto. No se trata, pues, de una mera negación, o de una suerte de comprobación de su "muerte" en el espíritu del hombre. Se trata de un propósito infinitamente más grave: es menester decapitar a Cristo para que no exista más [...] Sin embargo, la "decapitación" de Dios sólo es posible si los excristianos "extraen de su pro3ia conciencia los principios de su acción"; es decir, si los principios de la acción se originan y resuelven, como en la gnosis, en la inmanencia de la conciencia. Pensar y desear la decapitación del Dios-vivo sería un acto imposible si la conciencia re-conociera a lo otro de sí como objetivamente diverso y anterior a sí misma; porque, en tal caso, lo otro, el ser del cual todo participa, remite, infaliblemente, al último fundamento de todo y de sí mismo que es el Esse imparticipado. De ahí que resolviendo (y disolviendo) el todo en los límites de la conciencia, se haga posible tanto la anulación del Ser trascendente cuanto la deseada "decapitación" del Dios-vivo» (Catureffi, 1991, p. 87).

 

La pérdida del orden natural como bien propio para la naturaleza humana

Comentaba hace ya tiempo el cardenal Hóffner que «es usual oponer a los dos grandes bloques de poder de los así llamados mundo capitalista y mundo socialista -en sí no homogéneos-, los países en desarrollo como Tercer Mundo E...] Existe no solamente una solidaridad humana del amor, que no ha sido hasta hoy suficientemente señalada, y por lo cual el Tercer Mundo aguarda una señal. Y si esta señal ha sido hasta ahora muy débil o ha estado casi ausente, es porque se vincula al desarrollo de algo que él mismo llama el Cuarto Mundo» (Hóffner, 1973, p. 35).

Explica que llama Cuarto Mundo a la suma o esencia de una miseria que amenaza fatalmente con repercutir mucho más que el hambre fisico. Es la miseria del «subdesarrollo moral» (Pablo VI, 1967: n° 11), y de la «confusión espiritual».

Encontramos así que la confusión espiritual influye no sólo en la pérdida del sentido de Dios, sino en la de la propia identidad personal. El Amor a Dios se ha vuelto oscuro y confuso, y la anemia del corazón ha provocado que todo amor humano sea egoísta y enfermizo.

La gran crisis espiritual de hoy, es, en parte, una ausencia de donación y gratuidad de los afectos y, por tanto, del corazón humano.

¿Pero en que consiste la afectividad? ¿Cómo se conoce al corazón humano y la propia interioridad?

Lo primero que he de señalar es que los afectos, entendiendo los sentimientos, emociones, deseos y pasiones, grosso modo, es decir las tendencias biopsíquicas y espirituales, no se vivencian como actos puros y en el vacío. Por el contrario, se experimentan por un sujeto que es consciente de estar siendo «afectado» en lo más íntimo de su ánimo, e inclusive, de su espíritu, pues también se tienen afectos superiores de índole puramente espiritual e inmaterial. Y esto último ocurre, no porque pretendamos ser espíritus puros, sino porque nuestra alma es trascendente e inmortal. Por esto los sentimientos religiosos son verdaderos, y Dios mismo como Espíritu Absoluto puede ser objeto de anhelo y término de felicidad.

            Decíamos que los afectos no son actos fragmentados y sin raíz alguna, antes bien son afectaciones y tendencias que brotan de la capacidad de querer propia no sólo de la voluntad como apetito racional, sino de modo inmediato de los apetitos sensibles que conmocionan nuestra corporeidad.

Pero este apetecer lleva apareja el conocer aquello que apetecemos, lo cual se manifiesta no sólo como ser existente y  con una esencia determinada como verdadero para el intelecto y como bueno para la voluntad que le persigue como fin propio.

Es por esto que decimos que previo a los actos se encuentran las capacidades, facultades o potencias propias del alma racional unidas a las potencias sensitivas, que configuran ese mundo interior que solemos llamar el corazón humano, el cual por connaturalidad quiere como bueno todo aquello que se encuentra en la existencia cotidiana de la vida misma que le alberga.

Existen estudios muy avanzados hoy en el campo de la psicología del desarrollo cognitivo, emocional y social así como en el área de la psicología evolutiva que atestiguan el papel configurador que cumple el apego y los afectos en los primeros estadios de la vida del niño, y el perjuicio consiguiente que se ocasiona en éste si es privado del mismo por sus progenitores.

Todo este mundo interior de la mente y el alma espiritual constituye el ámbito de la conciencia psicológica, cuyo dinamismo operativo se desarrolla, no sólo en base a una genética y neurobiología del cuerpo fundamentando el análisis de la carga temperamental de las personas, sino que se suma a la plasmación o educación del sujeto por parte del ambiente, de esa segunda naturaleza de hábitos perfectivos que modulan la vertiente de lo adquirido en el gran tema del carácter y su libertad para obrar.

Nos encontramos así con la personalidad psicológica de cada persona, que expresa su modo de ser, con el cara y cruz del temperamento y el carácter, que señalan la simbiosis indisoluble de lo heredado y lo adquirido como un continuo difícil de separar y de aquilatar en idéntica proporcionalidad a la hora de explicar la conducta resultante.

A pesar de ser esto muy totalizador, aún nos quedaríamos en la epidermis y en la pura fenomenología del alma humana si creyéramos que hemos tocado fondo en la intimidad de la persona.

La personalidad no es la persona, y por eso la psicología es una ciencia distinta de la antropología filosófica.

Es cierto y verdadero que a nuestros actos, fruto de nuestras facultades, aún les precede otra instancia, el alma misma, psijé o ánima, para los clásicos, y no digo mente porque éste es un concepto reduccionista, que no contempla lo específico del alma humana, su espiritualidad.

Y el alma como forma espiritual unida al cuerpo, al cual configura como persona humana, es el principio formal de la vida del viviente, que es el hombre, y que vivencia todo lo que le acontece como un yo psicológico y moral, pero ante todo por existir con una esencia específica, como un yo metafísico y real.

La persona humana tiene una realidad metafísica propia. Es sujeto, es decir sub-jectum o sustrato único, cuya unidad, verdad y bondad, le hacen digno por ser tal, es decir persona humana, subsistente e irrepetible, creada a imagen y semejanza del Autor de su naturaleza.

Por eso, aunque moralmente se equivoque o actué con maldad, o a la par psicológicamente sea torpe o deficiente, colérica o flemática, a pesar de todo ello, tiene dignidad por ser quien es, persona humana, antológicamente hablando.

Y esto explica por qué los padres por encima de todo amamos a nuestros hijos, aunque sean unos sujetos poco amables muchas veces (la adolescencia sin ir más lejos), pues ante todo sabemos que son dignos de amor y respeto, por el solo hecho de existir, independientemente de sus cualidades o defectos.

Todo este largo recorrido hasta llegar al núcleo duro del corazón humano, que es la persona, cuyo sustrato íntimo configura su mismidad en la identidad e incomunicabiidad del misterio profundo de la vida interior del alma, donde sólo Dios puede entrar, y difícilmente nadie más ni siquiera uno mismo llegue jamás a penetrar, pues la comunicabilidad no puede explicar la soledad profunda que cada ser humano experimenta con su conciencia y ante sí mismo.

Se entenderá así y ahora, porqué no se puede comenzar la casa por el tejado.

La educación es la adquisición de hábitos perfectivos que configuran una segunda naturaleza en la persona, y permite no sólo ordenar las conductas sino primeramente la propia interioridad de la misma. Sin este orden interno y externo, difícilmente se pueda alcanzar el sentido de la propia vida. En el error, la confusión, la ignorancia o la maldad, no se puede lograr la felicidad, y ésta es el fin inmediato que todo ser humano busca los hábitos, qué duda cabe, son repetición de actos. Por eso la educación en el hogar, en los colegios y en la sociedad, busca habituar los comportamientos a nivel óptimo no sólo para la convivencia, sino a nivel perfectivo para el propio sujeto, en el máximo nivel de excelencia que pueda alcanzar.

Quien será educado, quien será inteligente, bondadoso y amable, será el sujeto concreto, dueño de sí mismo a medida que madure y se adueñe de sus convicciones y decisiones libres. Será no su conciencia (psicológica o moral), sino su «yo» consciente (libre y responsable), el que integre la educación externa y la propia instrucción, para asumir desde la atalaya de su espíritu (no desde su personalidad, que puede enfermar, tardar en madurar o simplemente, no pensar ni actuar) la formación y la autoeducación adecuada para buscar la felicidad y el sentido de su vida.

Soy consciente que esta descripción no es secuencial ni lineal, pero sí es verdad que es importante señalar que en una sociedad reduccionista y simplista ante la realidad, el riesgo de fragmentar a la persona y la consecuencia de sujetos fragmentados, es que, a posteriori, viven fragmentariamente.

Así  se corre el peligro de creer que educando a través de puros actos (pedagogías activas o constructivistas) se educa auténtica y plenamente, cuando en verdad, por negación de una teleología educativa (que no tecnología que abunda a veces en demasía), se está fomentando tan sólo la compulsividad y la falsa hiperactividad de los sujetos escolarizados.

La expresión más gráfica de este tipo de educación son las personalidades histriónicas de muchos niños, adolescentes y jóvenes que pueblan nuestras calles, que consumen su tiempo a golpe de gritos, tacos y correteos por las avenidas. Es verdad que no todos son así, pero cada vez más se comportan a impulsos y emociones inconexas, fruto de una sobrestimulación que pasa factura en su nerviosismo y ansiedad.
Esto no significa que no se deba comenzar por los actos para generar hábitos, sino que de lo que se trata es de integrar esas conductas en las conciencias, y éstas ser controladas y asumidas (no significa frustradas al estilo freudiano) por el propio yo de las personas.

Creemos que urge vertebrar al ser humano, en su hechura primera, fruto de un acto creador, por tanto imagen y semejanza de un ser espiritual que nos participa su espiritualidad, y no a la inversa como sostienen muchas teorías evolucionistas ( ¡que aún son teorías, no ciencia!!) adaptarlos como a animales de manera refleja al entorno sensorial, por muy superiores y próximos en la escala evolutiva a nosotros, pero de especies diferentes, al fin y al cabo. Los afectos serán entonces la consecuencia, no la causa ciega de los comportamientos. Ya hemos comprobado lo que supone la educación de las actitudes en un racionalismo anímico y en la autonomía moral de maestros como Piaget y Kolberg. Para muestra nos sirven las generaciones educadas en los sistemas educativos de España, y el resultado no sólo del fracaso escolar sino de anarquía moral que salta a la vista en las encuestas sociológicas: botellón, embarazos de adolescentes, acoso escolar e indisciplina general, y que a la postre dan fe de lo recogido después de la siembra.

Y es verdad que el hogar no ha sido ajeno al estilo educativo de la enseñanza formal, sino que muchas veces por abdicación de los propios padres en primer lugar, el abandono y la falta de presencia en la casa ha generado ese ambiente de tensión de niños asilvestrados, sin referentes materno y paterno a los cuales imitar y amar.

Cuando un matrimonio se ama de verdad, en la donación de uno mismo y en la búsqueda de la felicidad del otro, vive la comunión en el Amor de Cristo, como El hacia su esposa, la santa Iglesia, y así, sin anteponer de manera egoísta la propia comodidad, se genera un entorno amable y distendido, porque todo se ordena de manera natural. Y como el bien es difusivo, las personas buenas hacen cosas buenas, y contagian porque despiertan simpatía, admiración y deseos de ser mejores junto a ellas. En última instancia humanizan todo lo que les rodea.

Unos buenos esposos, con su inexperiencia, con sus dificultades y los avatares de la vida, procurarán ser buenos padres, y por tanto amarán desinteresadamente a sus hijos, creando un «humus», una comunidad de amor y un hogar donde será bueno estar. Despertarán en sus hijos y en sus coetáneos deseos de amar como ellos aman, por contacto, afectación o simple imitación.

Los afectos no se educan a golpe de agenda, ni tan siquiera por planes estratégicos o modas de diseño al uso.

Se  educan las personas.

Y cuando éstas son educadas son agradecidas y se sienten deudoras de aquello que, gratuitamente, y sin merecerlo, han recibido, y aún más, sienten que lo natural es ser como sus padres y como fueron educadas, en la donación de sí y en la comunión de amor, propia de personas hechas a imago Dei.

Unidad e identidad de la persona sexuada

«Existen diferentes teorías de orden muy diverso: psicológicas, endocrinológicas, neuroanatómicas, genéticas... Ninguna ha sido científicamente demostrada de forma concluyente. Lo cierto es que la orientación sexual no es elegida por el individuo, no es modificable ni, por supuesto, se contagia. Es una orientación de la persona, una forma de ser total. Lo natural para los gays y lesbianas es ser gays y lesbianas, igual que para los heterosexuales lo es la orientación heterosexual. Pedir a las personas que se comporten de forma contraria a su naturaleza, es decir, a su orientación sexual, pone en serio peligro la salud y el equilibrio psicológico de esas personas» (COGAM, Colectivo de Lesbianas y Gays de Madrid, 1999,p. 10).

«La cultura moderna ha ido perdiendo gradualmente el sentido del orden a medida que la filosofía se fue desvinculando de la realidad cotidiana para refugiarse en un juego mental, sin contacto con las cosas concretas. Como consecuencia de este proceso histórico, el hombre fue reemplazando los datos naturales de la experiencia con las construcciones de la razón y de la imaginación» (Sachen, 1975, p. 20).

Confrontaremos estas dos visiones de «lo natural» para sopesar cuál de ellas se aproxima más a la verdad del hombre, discurriendo desde la simple razón natural, ya que no es menester recurrir a la fe para salvaguardar la identidad de la persona humana en su naturaleza heterosexual.

Analizaremos en primer lugar la segunda frase, la de Sacheri para advertir la equivocidad de la primera, del COGAM, y así entender cómo no hay peor mentira que las medio verdades dichas arbitrariamente.

En primer lugar, la ciencia hoy corrobora la existencia de un orden natural, el cual se deja vislumbrar como manifestación de un Dios Ordenador, ya que desde la antigüedad griega, principalmente con Aristóteles, se argumentaba la posibilidad de tal afirmación ontológica.

El también director del Instituto Nacional Estadounidense de Investigación del Genoma Humano explica en su libro El lenguaje de Dios, que «una de las grandes tragedias de nuestro tiempo es esta impresión, que ha sido creada, de que la ciencia y la religión tienen que estar en guerra», y precisa que el descubrimiento del genoma humano le permitió «vislumbrar el trabajo de Dios».

El científico descubridor del genoma humano, Francis Collíns, considera que los milagros son una «posibilidad real», y descartó que la ciencia se use para refutar la existencia de Dios, porque está confinada a su mundo «natural».

En consecuencia, ni el azar ciego del materialismo, ni el relativismo, ni el subjetivismo existencialista, pueden explicar el orden asombroso del cosmos físico y de la vida humana.

Cabe entonces preguntarse si la naturaleza del hombre incluye necesariamente ciertas leyes o normas que deban ser respetadas por cada persona en su obrar cotidiano. En otras palabras, ¿existe acaso una ley natural, un derecho natural? Desde la antigüedad encontramos certezas que confirman la existencia de un orden superior que legisla el orden humano, más allá de la propia subjetividad de la conciencia.

Cicerón lo expresó claramente en el De Legibus: «En consecuencia, la ley verdadera y primera, díctada tanto para la imposición como para la defensa, es la recta razón del Dios supremo» (II,c.V, 11). Esta afirmación de ciertos derechos como naturales o esenciales al hombre, se mantuvo a través de los tiempos.

Como afirman muchos autores, «podemos decir que el derecho natural "es lo que se le debe al hombre en virtud de su esencia", esto es, por el simple hecho de ser hombre» (Sacheri, 1975, pp. 24-25).

Ya a nivel aplicado y positivo, las neurociencias actuales confirman esa constante de la naturaleza humana que es su diferenciación heterosexual ratificando la distinción de la masculinidad y femineidad a nivel cerebral.

Transcribimos algunas afirmaciones de una especialista en Neurología con respecto a la diferenciación sexual del sistema nervioso central:

El ser humano tiene cuatro dimensiones básicas: física, psicológica, espiritual, y cultural. Estas dimensiones básicas están íntimamente entrelazadas entre sí, el hombre es una unidad en la diversidad. Dentro de la realidad corpórea del ser humano, una parte que impregna todo su ser, es su condición sexuada, y marca esas cuatro dimensiones básicas. Así, la condición sexuada del hombre es un fenómeno de extraordinaria amplitud, que caracteriza todos los estratos y componentes de la compleja unidad que constituye al hombre. La persona humana es hombre o mujer y lleva inscrita esa condición en todo su ser.

El programa genético, el sistema endocrino, los órganos genitales internos y externos, el cerebro y la figura corporal son sexuados. Cada célula, órgano y función son sexuados.

Por ello podemos afirmar que somos biofisiológicamente sexuados o, en otras palabras, que la sexualidad tiene una dimensión biológica indudable. Desde nuestras unidades mínimas, las células, hasta nuestra figura corporal global, todo nuestro cuerpo es sexuado en sus estructuras y funciones.

La sexualidad se halla, de esta forma, enraizada en lo biológico y no puede ser entendida sin tener en cuenta esta dimensión; por ello, nuestros deseos y conductas sexuales dependen, entre otros factores, de las propias hormonas sexuales.

No sólo somos biofisiológicamente sexuados, sino que también nuestro psiquismo, toda nuestra organización social y nuestra cultura son sexuadas

Las hormonas son los mediadores de las diferencias sexuales entre hombre y mujer y van a actuar sobre el comportamiento de cada ser humano.

Las diferencias en el funcionamiento cerebral entre el hombre y la mujer deben ser tomadas en cuenta a la hora de diseñar estrategias psicopedagógicas en la educación. (Gudín, 2007).

Retomamos ahora con estos conocimientos previos del orden natural y la naturaleza humana, con su diferenciación heterosexual basada en la neurobiología del cerebro y el sistema nervioso, la primera cita que abría este epígrafe expresada por la comisión de lesbianas y gays de Madrid en su Guía Educativa incorporada entre los materiales didácticos al sistema educativo español, tras la aprobación de la nueva ley socialista en materia de educación (LOE, 2006) y la obligatoriedad de su asignatura estrella Educación para la Ciudadanía en la cual se incorporan contenidos formativos de la conciencia moral, en temas como la diversidad de orientaciones afectivo-sexuales para niños y adolescentes comprendidos entre 10 y 18 años.

Nos hallamos ante un debate cultural que contrariamente a lo que piensa el común de la gente no tiene fundamentos científicos de ningún tipo para quienes detentan el poder y la presión política a través de lobbys, y que tergiversan el sentido común y la inteligencia de las personas sensatas.

Nos hallamos, pues, frente a la pura y dura Ideología, que en su coherencia aparente discurre en base a las apariencias,a las medias verdades y a las emociones sin sujeciones razonables a un pensamiento anclado en la realidad del ser humano y el orden natural.

Así pues, del texto citado del COGAM podemos extraer las siguientes afirmaciones cotejadas con la ciencia actual antes mencionada:

  • a. La dialéctica «naturaleza-cultura» ha sido transmutada por el reduccionismo monista en una hipertrofia de la ideología, en base al racionalismo ideológico y al estructuralismo filosófico-político.
  • b. El sustrato metafísico que soporta la realidad del ser (el conocimiento y el obrar humano), en dichas ideologías es la «antimetafísica del ser», donde a nivel antropológico, a la unión sustancial de cuerpo-alma espiritual cuyo referente filosófico natural era la teoría hilemórfica de Aristóteles (el cual explicaba que el cuerpo constituía la materia con su obediencia potencial al alma intelectiva, cuya formalidad actualizaba la naturaleza humana) se invertiría para esta nueva cosmovisión antropocentrista de manera absoluta y anárquica. La nueva antímetafísica del ser postularía de manera ininteligible que el cuerpo o materia sería la única «actualidad» capaz de constituir esencialmente al alma en estado potencial, cuya única forma estaría determinada por la extrínseca realización de los comportamientos genitales y las relaciones accidentales de índole emotiva, culmen de la orientación sensitiva que se identificaría con el ser natural del género como construcción cultural.
  • c. Reconociendo que no ha habido teoría que concluya a nivel científico esta nueva arquitectura del ser hombre o mujer, y a pesar de ello, dogmatizando la existencia de nuevas sexualidades (no de personas sexuadas que psicobiológicamente sólo pueden ser heterosexuales por naturaleza), absolutizarían el constructo «orientación y diversidad afectivo-sexual» como si de una nueva entidad antropológica se tratara, sin reconocer que es una construcción ideológica fruto de una utopía idealista y racionalista sin más.
  • d. Proclamando la absolutización de la libertad o más bien del «libertinaje», paradójicamente caerían en el determinismo irreversible al sostener que la «orientación sexual» (que no tiene base biológica que la determine aunque existan predisposiciones orgánicas), «no es elegida», «no es modificable» y «no se contagia ni influye a los demás».
  • e. La orientación sexual como simple tendencia (ni siquiera es una disposición permanente que la constituiría en un hábito propio o acto segundo a nivel operativo) cuya entidad estaría radicada a escala de impulsos emocionales que sedimentarían en la afectividad, permeando a través del carácter una base temperamental hipersensible, constituiría la impronta natural. Los actos segundos serían lo constitutivo a nivel entitativo primigenio, y las facultades y el sujeto serían lo accidental a efectos operativos... Es decir, la cuadratura del círculo como manifestación del nuevo constructo natural... simplemente, sería «la naturalidad de lo antinatural», y consecuentemente para quien crea lo contrario, «la anormalidad de lo que se creía natural»... con su vertiente política coactiva, al despatologizar la homosexualidad y otros trastornos psicosexuales, criminalizando como «homofobia» un nuevo delito penal para quien se atreva a contradecir la nueva pseudo-realidad.

 
Asistimos, por tanto, a la desintegración de la unidad e identidad de la persona en su esencia primera, cuerpo y alma espiritual, y en su naturaleza dinámica y operativa a nivel de diferenciación sexual como personas sexuadas desde el inicio de la existencia, como varón o mujer.

Perdida así su unidad e identidad personal se fracturaría la unidad e identidad sexual. De ahí que sea «la sociología de género» (la apariencia de los comportamientos psicosexuales atomizados de la naturaleza neurobiológica) como referente ético de la nueva «promiscuidad y perversidad sexual», la que registraría las conductas hoy, justificadas en la «diversidad y la autoconstrucción de la orientación del deseo» que a través del feminismo radical (instrumentalizando el poder político) quiere agendar en las legislaciones y en el derecho positivo actual.

 
Reafirmando la heterosexualidad frente a la homosexualidad

Por el contrario, una mujer y un varón son ambos un «ser humano íntegro», es decir una persona como tal, aunque en su nivel de desarrollo evolutivo se manifiesten incompletos en su madurez psicosexual.

Tienen cuerpo, a nivel físico, biológico y psicológico, y tienen alma o vida espiritual. Sus diferentes partes están unidas como ser vivo en su ser personal, con un yo no sólo psicológico, sino espiritual, capaz de tener conciencia moral. Conocemos la verdad y la distinguimos de la falsedad, queremos el bien y rechazamos el mal, y elegimos aquello que nos perfecciona según el fin de nuestra naturaleza humana, no lo que contraría o destruye nuestra existencia como tal.

Por todo esto, la naturaleza humana, diferenciada heterosexualmente en el 98% de los casos, tiene una tendencia natural (según la naturaleza humana) a la complementariedad varón-mujer, que nos lleva a vivir unitivamente (amor conyugal) y gratuitamente (donación personal), alcanzando así en parte la felicidad.

Podemos libremente no actualizarla o ejercitarla mediante una vida sexual activa, no sólo en determinados momentos de la vida (infancia y ancianidad fundamentalmente), sino reservarla en su manifestación (continencia parcial o definitiva por ejemplo por una enfermedad, o por una opción libre que esté justificada, siendo el caso del celibato en la vida consagrada la forma visible de esta última postura). Lo que en cambio no podemos ni debemos es contrariarla, pues en este caso ya se trataría de degradar o contrariar la naturaleza de la misma.

La manifestación como seres sexuados es psicosexual siendo la sexualidad misma propia de seres libres (hechos a imagen y semejanza de todo un Dios) y, por tanto, no determinada de modo instintivo e irreversible.

Así entendemos que biológicamente el condicionante genético, endocrino y fisiológico pueda ser muy fuerte en el comportamiento tendencial de una persona, pero sabemos que a nivel psicológico, moral y espiritual, la indeterminación específica de la libertad nos hace únicos e irrepetibles, por tanto no forzados a realizar las pautas de conducta de modo uniforme ni condicionados de modo irreversible. La sexualidad se modula por el ambiente, pues la herencia no es el único factor explicativo de la conducta humana.

Así pues, el ambiente no sólo reafirma, en positivo o negativo, sino que además es detonante de tendencias que podrían estar latentes indefinidamente si no encontraran un disparador externo, ya que a veces es decisivo, a la hora de determinar un temperamento, el modelaje caracterial que es como una segunda piel en la vida de una persona, marcada por la sociedad y su influencia cultural.

En síntesis, no existe la neutralidad social, todo influjo reafirma lo heredado para bien o para mal, y así, una cultura gay, con una legislación positivista que llame matrimonio a la unión de dos hombres o dos mujeres, que sólo tienen en común la afectividad y la convivencia (no la unidad en la complementariedad, por tanto, la unidad y la fecundidad de la descendencia), sería reafirmar un desorden ambiental que modelaría la inmadurez psicosexual en negativo, según sea la cultura más permisiva o no con esta conducta desestructurada.

RECUPERACIÓN DE LA UNIDAD E IDENTIDAD DEL SER

Misterio y comunión

Nos encontramos así con dos variables fundamentales, herencia y ambiente, o naturaleza y cultura que en íntima complejidad fundamentan a nivel humano la unidad en la diversidad de la identidad personal, y por tanto de la identidad sexual de varón y mujer.

Santo Tomás de Aquino destacó en la Suma Teológica este enceguecimiento espiritual que suele confundir al hombre y destruir el bien propio de la naturaleza y la cultura, causado por la concupiscencia de la carne cuando uno se abandona a sus impulsos, es decir, en última instancia a la lujuria. Siguiendo a San Gregorio Magno, se refiere a las «hijas de la lujuria», y entre ellas la primera de todas es la ceguera de la mente. Ya no se tiene ojos más que para el placer carnal. Como la absorción de la atención se produce en forma violenta y febril, impidiendo la deliberación y el juicio, son también hijas de la lujuria fa precipitación y la inconsideración. Así el alma agotada se queda cada vez más vacía y hambrienta.

Recordemos que el «hombre nuevo en Cristo» logra restaurar la naturaleza no sólo por la vía sacramental sino por la oración, la cual nos lleva en íntima donación recíproca a vivir en comunión con Dios y con los demás. De ahí la advertencia del Señor: «Separados de mí no podéis hacer nada» Un. 15,5).

Debemos retornar al reconocimiento de lo sagrado, para que vinculando la creatura con el Creador podamos reparar la herida original que ocasionó la ruptura primera, y la polarización del varón y la mujer.

Decimos que el «misterio» es una «plenitud ontológica» a la cual la inteligencia se une vitalmente y en la cual se sumerge sin agotarla jamás (si la agotara sería Dios, Ipsum Esse Subsistens), el autor mismo del ser. El tipo sobreeminente del «misterio» es el misterio sobrenatural, objeto de la fe y de la teología. «Este concierne a la deidad misma, a la vida íntima de Dios, a la cual nuestra razón es incapaz de elevarse por sus solas fuerzas naturales. Pero la filosofía también, y aun la ciencia, tienen entre manos a un misterio, a otro misterio, al de la naturaleza y al del ser» (Maritain, 1981, p. 22).

Por todo lo que antecede, a un mundo en crisis que ha perdido el sentido de Dios por haber roto los vínculos que le unían a su Amor permanente, habrá que oponer un mundo en Gracia, para recuperar la naturaleza del ser varón y mujer según el plan de quien le llamó a la existencia.

Sacramento primordial de la creación

Con estas palabras, el Santo Padre Juan Pablo II llamaba a la unión del varón y la mujer, como el «sacramento primordial de la creación», signo del amor de la vida íntima de las Personas divinas, sería el amor y la comunión del varón y la mujer.

Si recordamos la carta Apostólica Mulieris Dignitatem, motivo por el cual celebramos este Congreso del Pontificio para los Laicos, observaremos en algunos puntos estas consideraciones del magisterio.

1. La dignidad de la mujer y su vocación. «... En este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga» (1).

2. Debemos profundizar los fundamentos antropológicos y teológicos necesarios para resolver los problemas referentes al significado y dignidad del ser mujer y del ser hombre. Se trata de comprender la razón y las consecuencias de la decisión del Creador que ha hecho que el ser humano pueda existir sólo como mujer o como varón.

3. «Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de Mujer» (Gálatas 4,4).

4. En la historia de la salvación, cabe preguntarse: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué es el pecado?

5. El envío de este Hijo de Dios, consubstancial al Padre, como hombre «nacido de mujer», constituye el punto culminante y definitivo de la autorrevelación de Dios a la humanidad. La mujer se encuentra en el corazón mismo de este acontecimiento salvífico.

6. De esta manera «la plenitud de los tiempos» manifiesta la dignidad extraordinaria de la mujer. Esta dignidad consiste, por una parte, en la elevación sobrenatural a la unión con Dios en Jesucristo, que determina la finalidad tan profunda de la existencia de cada hombre tanto sobre la tierra como en la eternidad. Desde este punto de vista, la mujer es la representante y arquetipo de todo el género humano, es decir, representa aquella humanidad que es propia de todos los seres humanos, ya sean hombres o mujeres. Por otra parte, el acontecimiento de Nazaret pone en evidencia un modo de unión con el Dios vivo, que es propio sólo de la mujer, de María, esto es, la unión entre madre e hijo. En efecto, la Virgen de Nazaret se convierte en la Madre de Dios.

7. Aquel «principio bíblico» según el cual la verdad revelada sobre el hombre como «imagen y semejanza de Dios» constituye la base inmutable de toda la antropología cristiana (22), «Creó pues Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó» (Génesis 1, 27).

Esta imagen y semejanza con Dios, esencial al ser humano, es transmitida a sus descendientes por el hombre y la mujer, como esposos y padres: «Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedia» (Génesis 1, 28).

El Creador confía el «dominio» de la tierra al género humano, a todas las personas, tanto hombres como mujeres, que reciben su dignidad y vocación de aquel «principio» común.

 
8. Mujer y varón... Ambos desde el comienzo son personas, a diferencia de los demás seres vivientes del mundo que los circunda. La mujer es otro «yo» en la humanidad común. Desde el principio aparecen como «unidad de los dos», y esto significa la superación de la soledad original, en la que el hombre no encontraba «una ayuda que fuese semejante a él» (Génesis 2, 20).

 La descripción bíblica habla, por consiguiente, de la institución del matrimonio por parte de Dios en ci contexto de la creación del hombre y de la mujer, como condición indispensable para la transmisión de la vida a las nuevas generaciones de los hombres, a la que el matrimonio y el amor conyugal están ordenados, llegando a ser «una sola carne» y abandonando por esto «a su padre y a su madre» (Génesis 2, 24) para «sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y someted- la» (Génesis 1, 28).

9. «Constituido por Dios en un estado de santidad, el hombre tentado por el maligno, desde los comienzos de la historia abusó de su libertad, erigiéndose contra Dios y anhelando conseguir su fin fuera de Dios» (28).

10. Ante los cambios actuales cabe reflexionar en la dignidad de la mujer y el orden del amor. En la Carta de San Pablo a los corintios podemos tomar conciencia de una misión al decir que de todas las virtudes «la mayor es la Caridad» (1 Corintios, 13, 13).

11. Recordemos las palabras de Jesucristo a la samaritana:«Si conocieras el don de Dios» (Juan 4, 10).

 

CONCLUSIONES

            Cuando uno echa un vistazo a la historia y constata que en dos mil años de historia el Cristianismo ha permanecido en el tiempo por la intervención de Dios y su providencia en aras de sostener la fragilidad humana, siente la inmensa paz y la gran esperanza de no sucumbir al desaliento por las propias miserias ni a la tentación de la soberbia por las escasas ocasiones de bonanza.

 Y ocurre a veces que la astucia del mundo, entendiendo por este el sempiterno enemigo del alma, opaca en nuestro espíritu esa paz y esperanza, haciéndonos dudar en nuestra fe y confianza de un futuro trascendente y un orden cristiano, sanador de nuestras más terribles lacras.

A todo ello, sumado a la Providencia divina y al Mundo, sabemos por revelación y así profesamos, de la existencia del gran Enemigo que engaña nuestras almas, pero descuidamos la más de las veces, nuestra propia molicie de creaturas herida por una culpa original que si bien redimida con sangre divina, no deja de marcar nuestra condición maltrecha por la debilidad y la inoperancia.

Explica esto por qué sorprende hoy que una cultura como fue en Europa la Cultura Cristiana, haya sucumbido al mundo y a la secularización, no sólo de estados e instituciones, sino de personas que se siguen confesando cristianas, sin vivir como tales en la práctica, y haciendo dejación del celo apostólico que siempre fue fermento de evangelización en las sociedades paganas.

Así, cuando observamos un orden anticristiano, no sólo por abandono e infidelidad a la fe en Cristo, sino por cuanto tiene de inhumano, ya que ocultado el rostro y la presencia de Dios, el hombre mismo pierde su sentido al negar su principio y fundamento último, comprobamos la destrucción no sólo de una cultura sino la del mismo orden natural que ha sido desvitalizada con la gracia que le restauraba.

Nos encontramos ante la tesitura de lo que Gustave Thibon señalaba: <La gran prueba de fe para el cristiano será elegir entre la triste apariencia de una Eternidad sin futuro o el fulgor y el brillo de un Futuro sin eternidad».

Ante semejante dejación de transmisión y evangelización de la cultura cristiana, el vacío existencial ha contextualizado a las sociedades modernas, y el hábitat del hombre se ha tornado inhóspito e infrahumano, por tanto contrario al ser de la persona y de la sociedad toda.

Urge reaccionar y repensar la «identidad cristiana» en España y en Europa. Urge defender el orden natural para restaurar la posibilidad de trascender al orden sobrenatural, y permitir la re-evangelización en la Fe, Esperanza y Caridad que nos vuelva a la condición de horno viator cuyo destino trascendente nos retorne al Creador y fin último de cuanto existe.

Urge proteger a la persona y la familia, por tanto a la sociedad, en su naturaleza e identidad específica, para así alcanzar la felicidad anhelada.

Urge, por tanto, apoyar y vertebrar el orden social cristiano, pues lo que no hagamos nosotros, los cristianos, lo harán a la inversa los neopaganos, pues Dios no es indiferente para nadie, ni siquiera para aquel que se empeña en negarle.

El apóstol nos interpelaba con la frase «La Caridad de Cristo me urge» y nuestro recordado Juan Pablo II nos animaba repitiendo «No tengáis miedo a Cristo», tal vez porque ambos tenían la certeza de que «Dios es el Señor de la historia» y no abandona la obra de sus manos.

Seamos pues coherentes y evangelicemos el orden social para Cristo, y hagamos de nuestras obras un tributo para abrir las puertas del Cielo.

Referencias bibliográficas

BOJORGE, Horacio, S. J., cit. en Cuadernos de Espiritualidad y Teología, 23, 1999, Centro de Estudios San Jerónimo, San Luis, Argentina, pp. 65-91.

MUJER Y VARÓN: «MISTERIO» Y «SACRAMENTO PRIMORDIAL»... 345
BUTLER, Judith, cit. en Zero, 101, 2007, pp. 83-86.
Carta apostólica Mulieris Dignitatem del Sumo Pontífice Juan Pablo II sobre la Dignidad y la Vocación de la Mujer con ocasión del año mariano, Roma, 1988.
CATURELLI, Alberto, cit. en Gladius, 22, 1991, pp. 87-89. Buenos Aires.
-, (1999) Ciclos de Cultura y Ética Social, vol. 1, 1997, Buenos Aijes, pp. 113-129.
COGAM, Comisión de Educación, 25 Cuestiones sobre la Orientación Sexual, Guía Didáctica, El Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid, 1999, p. 10.
COOMARASWAMY, J., Le Temps et l'Eternité, Dervy Livres, París, 1976, PP. 17-18.
FARIÑA, Alberto, cit. en La contaminación ambiental, OIKOS, Buenos Aires, 1979, pp. 169-170.
HÓFFNER, Josephcit, en Gladius, 6, Buenos Aires, 1986, p. 33.
GUDÍN, M., Jornadas sobre Cerebro y Educación, EASSE, Madrid, Fundación Garrigues, 2007.
MARn'AIN, Jacques, Siete Lecciones sobre el Ser, Club de Lectores, Buenos Aires, 1981, p. 22.
SACHERI, Carlos, El orden natural, Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires, 1975, pp. 20-25.

AddThis Social Bookmark Button
 

| Quiénes somos |Mapa del sitio |Recomiéndanos | Quiero Colaborar |Contáctanos |Boletín |