Es posible el cambio

JA slide show

La Clonación Humana - VVAA

E-mail Imprimir PDF

1.   Consideraciones bioéticas sobre la clonación humana



Todos los científicos sabemos que la vida comienza con la fecundación. Los que dedican tanto tiempo a justificar o tratar de justificar el por qué se puede experimentar con embriones es porque ya se están planteando si se debe o no, en el fondo saben que hay vida. ¿Por qué no se destruyen los embriones sino que se congelan?



Porque saben que hay vida. Buscan razonamientos rocambolescos para justificar la experimentación con embriones. No hay duda, pues, que desde el momento de la fusión del óvulo y el espermatozoide, de la fecundación, comienza la vida. La primera célula ya contiene toda la información genética de cómo va a ser biológicamente el ser humano. El genoma humano está ya completo en la primera célula y es distinto al de sus progenitores. Esta célula después irá dividiéndose y desarrollándose, pero mantendrá toda la información que ya contenía.



El ser humano existe desde el primer momento, tiene ya todas sus características, aunque su aspecto vaya cambiando. Al principio es ser humano con forma de una sola célula, después será ser humano con forma de dos células, más adelante tendrá forma de niño, de hombre con barba, etc.



No es ético trabajar con embriones, destruir al hombre para salvar a otro hombre. Sí es ético cultivar células que no están diferenciadas para utilizarlas en favor de un ser humano.



Situación diferente a la manipulación de embriones, tanto a nivel científico como ético, es el cultivo de células que no están diferenciadas para utilizarlas en favor de un ser humano. Aquí no se emplea al embrión, sino que se extraen células troncales presentes en el cordón umbilical. Sí que entiendo ético cultivar células de cordones umbilicales, células padre, porque es material que ya no sirve.



Medicina preventiva



Ante las implicaciones éticas que conllevan los avances científicos el conocimiento de la verdad siempre es bueno, pero puede ser mal utilizado. Entre los aspectos positivos de las investigaciones llevadas a cabo en este campo está el que ya se puede desarrollar una medicina predictiva. Muy al principio del embarazo ya se puede saber cuál es el genoma de ese ser que va a nacer. Se pueden predecir sus enfermedades y, en lo que nos es posible, evitarlas. Más adelante, cuando se pueda "manejar" el genoma, se podrán incluso prevenir y corregir esas enfermedades que ahora sólo podemos predecir. Lo ideal sería corregirlo con una terapia génica. Ha empezado, pero es una terapia que está dando sus primeros pasos.



Entre los adelantos que ha supuesto la investigación sobre el genoma humano está el caso de los conocidos como "niños burbuja" que no tienen ninguna defensa, por lo que cualquier infección significa la muerte. Por eso, viven completamente aislados en espacios totalmente asépticos. Ahora se sabe cuál es la causa de esta enfermedad, cuál es la proteína defectuosa que la provoca. También se conoce el gen bueno. Esto permite extraer las células enfermas, cultivarlas en el laboratorio e introducirles el gen bueno, el correcto. Se les reinyecta a los enfermos y, de este modo, van a poder vivir como niños normales durante ocho meses, tras los cuales hay que repetir el proceso.



Peligros de la investigación



Pero todas estas investigaciones pueden ser mal utilizadas. Se presenta un nuevo peligro dado el nivel ético social imperante: la eugenesia, es decir, dejar nacer al útil, al sano y no al que es portador de una enfermedad. Un hemofílico, un subnormal tiene tanta dignidad como quien no lo es. No es ético destruir una vida por una tarea.



José Hernández Yago
Universidad Politécnica de Valencia
Presidente de la Sociedad Valenciana de Bioética.



2. La clonación como atentado a los derechos humanos



La clonación es una técnica reproductiva que resulta contraria a la dignidad humana. Ya la FIV resulta contraria en cuanto convierte al embrión en un objeto, y por tanto en algo que se fabrica y no se engendra, lo que contradice el derecho al habitat natural del ser humano la relación sexual mujer-varón. La FIV resulta además contraria a la dignidad porque pone en peligro la vida del embrión aún en el supuesto de que sean fecundados tan sólo los óvulos que puedan ser implantados en el útero.



La contradicción con la dignidad humana es mayor en la clonación porque el embrión clonado es producto sólo de uno de los padres , con lo que desaparece el derecho humano fundamental del niño al padre y a la madre, y además porque a diferencia de lo que ocurre en la clonación natural, que se produce en la gemelación, el clonado tiene ante así un ser humano adulto idéntico a él genéticamente, por lo que desaparece la imprevisibilidad del existir y con ello la pérdida de la identidad personal.



Toda clonación es contraria a la dignidad humana, ya que niega el carácter irreductible del sujeto, y convierte al clonado en medio para un fin distinto de su propio proyecto existencial. Esto ocurre tanto en la clonación con fines reproductivos, como en la mal llamada clonación terapéutica en la que se crea un embrión con la sola intención de obtener de él tejidos para transplantes de otro individuo adulto. Este tipo de clonación, que se caracteriza por detener el desarrollo del embrión en los 14 días, es más contrario a los derechos humanos que el tipo de clonación con fines reproductivos, -en el que se pretende producir un embrión que llegue a convertirse en individuo adulto-, ya que el embrión es visto sólo como material biológico, que luego de ser utilizado, es destruido.



Este tipo de clonación ha sido sin embargo recomendada en el Reino Unido por el llamado informe Donaldson (Sobre ello, Nuestro Tiempo, Septiembre 2000, pp.15-20 ) y parece ser aceptado en el proyecto de Carta de los derechos fundamentales de la UE , que prohibe sólo la "clonación reproductiva" en su artº 3).

Tal actitud se debe a la ideología utilitarista, que domina en el mundo anglosajón, y que se refleja en Informes de gran repercusión como el Informe Warnock, según el cual el embrión hasta los 14 días no sería sujeto de derechos, debido a su imposibilidad de sentir dolor, y por ello podría ser tratado simplemente como simple material biológico.



La realidad desmiente este peligroso reduccionismo utilitarista, dado que el embrión posee desde su primera célula, el cigoto, toda la información genética, que le permitirá convertirse en un individuo adulto, si no se le colocan obstáculos en su libre desarrollo. Cada uno de nosotros somos el mismo ser humano que fuimos al ser constituidos como cigoto, aunque ciertamente no seamos lo mismo.

Somos la misma persona, aunque hayamos desarrollado nuestra personalidad. Por ello resulta mucho más acertada que el Informe Donalson y la Carta de derechos fundamentales, la reciente Resolución del Parlamento europeo de 7 de setiembre de este año, fruto de un pacto entre el Partido Popular europeo y los verdes, por la que se declara prohibida todo tipo de clonación humana, "en todos los estadios de su formación y desarrollo", al tiempo que se estimula la investigación en células estaminales adultas para transplante, lo que no plantea ningún problema ético, ya que se trata de un transplante dentro del mismo individuo humano, sin instrumentalizar a ningún otro.



Jesús Ballesteros



3. Selección genética terapéutica: un caso de "niño objeto"



La curación de una niña afectada de anemia de Fanconi es una buena noticia. La enfermedad de transmisión genética conduce a la muerte en edad temprana. La pequeña Molly fue sometida a la implantación de células madre procedentes del cordón umbilical de su hermanito Adam.



Hasta aquí, parece una historia con posibilidades de acabar felizmente. Sin embargo, el problema surge cuando se examina el método seguido para tal logro. El pequeño Adam es el fruto de un procedimiento de fecundación "in vitro" en el que, según, ha trascendido, fue seleccionado entre los 15 embriones obtenidos. De éstos, unos pocos estaban afectados por la enfermedad; el resto eran sanos, pero se desecharon los que no presentaban una compatibilidad plena. Nada sabemos del destino de los embriones que no fueron implantados.



Quizá un día el pequeño Adam llegue a saber que fue "pensado" y elegido para curar a su hermana mayor. Puede que esto le llene de alegría, pero también es posible que se sepa instrumentalizado, buscado con una "utilidad", no querido por sí mismo sino para una finalidad concreta, que degrada la dignidad de la persona.



Antes de aplaudir algunas de las posibilidades de la biotecnología aplicada, conviene hacer algunas reflexiones sobre este caso. La anemia de Fanconi se transmite a la cuarta parte de los descendientes de los portadores. ¿No hubiera sido aconsejable que el matrimonio Nash tuviera otros hijos? Posiblemente recibieron el oportuno consejo genético, pero el miedo a tener otro hijo enfermo les hizo desistir de la idea, pero probablemente las células del cordón umbilical de un hermano sano podía haber proporcionado las células necesarias para el tratamiento.



De todas formas, no se trata aquí de analizar la decisión del matrimonio Nash, ni de juzgar un consejo genético cuyo contenido no conocemos, sino de algo mucho más sencillo: poner de manifiesto que el procedimiento empleado -una fecundación "in vitro" por motivos terapéuticos- no era la única posibilidad; es más, ni siquiera la más práctica. La obtención de células de cordón umbilical es fácil: en todas las clínicas y hospitales con unidad de maternidad se pueden conseguir a diario. ¿No habría entre ellas, muchas compatibles con la pequeña afectada? En los países desarrollados el procedimiento para comparar la compatibilidad de tejidos es habitual en los protocolos de transplante.



Ahora veamos el precio del proceso que ha llevado hasta el nacimiento de Adam: primero se han fertilizado "in vitro" varios óvulos de la señora Nash con el esperma del señor Nash. Era el tercer intento y no sabemos qué sucedió en los anteriores. En este último, se obtuvieron quince embriones de los que fueron examinados y seleccionados los que no presentan la alteración genética propia de la anemia de Fanconi y eran compatibles con los tejidos de la pequeña Molly. ¿Qué sucedió con los portadores de la enfermedad? Posiblemente fueron destruidos o utilizados como material biológico. ¿Y los sanos que no fueran compatibles? Quizá estén en un congelador conservados en nitrógeno líquido a 196 grados bajo cero o hayan seguido los pasos de los embriones afectados.



Si se hubiera recurrido a células procedentes de cordón umbilical ajeno, simplemente no se hubiera hecho uso de la "técnica estrella" de la reproducción asistida: una técnica que no resuelve la esterilidad, sino que proporciona un hijo al 17% de las mujeres que se someten al procedimiento. Una técnica que debe cubrir su baja índice -no olvidemos que en este caso fueron necesarios tres intentos en una mujer de fertilidad probada- y más que dudosa moralidad, de un "fin bueno": colmar las ansias de maternidad o curar una enfermedad.



¿No había otra alternativa que pasar por encima de varios seres humanos en sus primeras fases de desarrollo para curar a la pequeña Molly? Si no hubiera alternativa -lo que no está nada claro- curar a una persona ¿justifica la destrucción de embriones? En mi opinión, la respuesta es negativa. La salud de una niña, algo deseable y bueno, no legitima para eliminar otras vidas.



Espero que Molly se cure, pero estamos ante un caso de eugenesia -selección de los mejor dotados- cuya finalidad no se reduce evitar el nacimiento de personas portadoras de una enfermedad grave, sino que se busca en el nacimiento de Adam una utilidad al margen de su propio ser personal. Es la "utilidad" del utilitarismo.



Javier Marigorta



4. La "Clonación terapéutica" es inhumana



En febrero de 1997, lan Wilmut, el padre científico de la oveja Dolly, al poco de haber sorprendido al mundo con la primera clonación de un mamífero superior, declaraba rotundamente que a él le parecía repugnnante que se aplicaran esas técnicas al ser humano. No habían pasado todavía dos años cuando el mismo Wilmut manifestaba ante las cámaras de la BBC, el pasado 19 de enero, que se encuentra personalmente dispuesto a hacerlo en el caso de la llamada clonación terapéutica.



Al parecer, sólo espera que le lleguen los dólares de la empresa norteamericana Geron Corporation, que ya financia manipulaciones de este tipo en los Estados Unidos. Los padres de Dolly no pueden perder el tren del mercado mundial.



La clonación suscitó en 1997 una comprensible reacción de rechazo casi universal. La idea de producir seres humanos clónicos, como ovejas, es de verdad repugnante para la sensibilidad humana más elemental. Sin embargo, ya entonces comenzaron a oírse algunas llamadas a la calma y a la racionalidad. Pues bien, vemos que el proceso de racionalización espuria de la clonación de seres humanos está comenzando ya a ser lanzado a la opinión pública. De momento, por medio de los adjetivos, es decir, poniéndole calificativos que suenan a benignos, como el de no reproductiva o terapéutica. El paso siguiente, que, por desgracia, ya se ha comenzado a dar, será hablar de reproducción por clonación para casos especialmente dolorosos de infecundidad.



Al final, los planes de Richar Seed, denostado como loco cuando, en enero del año pasado, anunció que se proponía ofrecer la clonación como un método más de reproducción artificial, acabarán siendo aceptados como lo más normal. De nuevo lleva camino de cumplirse en este caso la ley del plano inclinado o del tobogán, pues como dice el muy sabio refrán: quien mal empieza, peor acaba.



Justificar la producción de embriones humanos clónicos ya es empezar mal, aunque sea con fines terapéuticos. Por eso, el temor de que de ahí vengan males peores en el futuro está más que justificado. Nadie que quiera actuar con responsabilidad puede ignorarlo. Sin embargo, la verdadera responsabilidad ética no se apoya ni en las profecías de los profetas de calamidades, ni en los dictámenes de los expertos en previsiones del futuro. Para actuar ética y responsablemente, no basta comprender cuál es ahora mismo el objeto de nuestras acciones libres y deliberadas.



En el caso que nos ocupa hemos de preguntarnos qué pasa si producimos embriones humanos clónicos para utilizarlos como cantera de la que extraer células, a partir de las cuales obtener tejidos u órganos para transplantar a otros seres humanos y, una vez utilizados -por no decir explotados- arrojamos esos embriones al cubo de la basura, eso sí, todo dentro de los primeros catorce días de su existencia. Eso es la llamada clonación terapéutica.



La respuesta parece clara: estamos convirtiendo a un ser humano en los primeros días de su vida, es decir, absolutamente indefenso y a nuestra merced, en mero objeto de utilización al servicio de alguien, para acabar, por fin, destruyéndolo.

¿Puede haber un modo más injusto de tratar a nuestros semejantes? ¿Queda justificada una acción tan inhumana por los posibles beneficios terapéuticos obtenidos por los autores y beneficiarios de la producción, utilización y eliminación de estos embriones? No cabe duda de que no. Si la miramos un poco de cerca, observamos que la injusticia de la clonación terapéutica tiene dos componentes principales. Primero, el hecho mismo de producir un embrión humano clónico y, segundo, el explotarle hasta su eliminación.



Contra el sentido común



La manipulación de embriones que acaba matándolos, está sucediendo ya con embriones obtenidos por otros métodos diversos de la clonación, es decir, por las vías de la fecundación in vitro, lamentablemente consideradas hoy por muchos como normales. ¿Cómo es posible que una sociedad sensible a la dignidad del ser humano y a sus derechos básicos tolere este grave atropello? Porque se le ha suministrado la correspondiente racionalización del caso.



Esos embriones -se dice- no serían propiamente embriones, sino preembriones carentes en absoluto de una dignidad humana que respetar y proteger. El sentido común protesta contra este curioso invento del preembrión, pues si no son seres humanos los que allí comienzan a vivir ¿qué serán? ¿seres bovinos o caninos?...



Contra el sentido común se suelen presentar dos alambicados argumentos. Se arguye, por un lado, que, en los catorce primeros días, el índice de viabilidad es todavía muy bajo: la misma naturaleza elimina, de un modo o de otro, a un gran número de esos humanos incipientes; por otro lado, se dice que durante ese tiempo aún no está garantizada la individualidad, pues todavía puede darse la fisión gemelar natural que origina dos o más gemelos. Pero el sentido común responde con facilidad a este par de sesudos argumentos con unas simples preguntas.



¿Desde cuándo ha de tomarse por norma de lo justo y de lo injusto lo que la naturaleza hace? Que la naturaleza elimine la vida humana, ¿justifica que el ser humano también pueda hacerlo? Porque los hombres mueren ¿puedo, ya por eso, matarlos también yo? Si todavía no es seguro que vaya a resultar un individuo o dos, o tres..., ¿quiere esto decir que no sea seguro que al menos uno sí está viviendo ya? ¿En qué modifica mi obligación de espetar la vida humana el saber que puedan ser incluso más de uno los seres humanos en cuestión, como no sea en hacerla aún más notoria?



Procreados, no producidos



El otro componente de la injusticia de la clonación terapéutica es el mismo hecho de producir embriones clónicos. Porque los seres humanos no deben ser producidos, sino procreados. Producirlos es rebajarlos a objetos que se fabrican, como los puentes o las sillas, por medios técnicos. Procrearlos es recibirlos, como seres de la misma dignidad que los progenitores, por el cauce adecuado a su calidad de personas, es decir, gracias al amor de los cónyuges, que se expresa en sus gestos corporales. fecundos. La técnica es de por sí muy buena. Lo que no es bueno es emplearla para suplantar el acto personal por el que se convoca a las personas a la vida. Esta suplantación supone tratar al hijo que viene como él no se merece, es decir, como un objeto fabricable, en lugar de como a una persona que se acoge.



En el caso de la clonación, esta seria distorsión fundamental de la relación entre las generaciones adquiere dimensiones muy graves. Clonar es producir seres humanos sin padre ni madre. Es fabricar una especie de réplicas biológicas del productor-mandante, que no puede ser considerado ni padre ni madre de las mismas, y éstas, ni hijos ni hermanos de aquél. 


A pesar de venir al mundo tan maltratados, los frutos de una clonación reproductiva serían, no cabe duda, seres humanos, que, al menos, no habrían sido explotados ni eliminados, como en el caso de la clonación no reproductiva. La clonación no es, pues, mejor por ser terapéutica, sino muy gravemente lesiva de derechos fundamentales del ser humano. Hacen bien las leyes españolas en prohibirla, junto con la reproductiva. Lo que es dudoso es que las sanciones establecidas sean proporcionadas a lo mucho que está en juego.



Monseñor Juan Antonio Martínez Camino, Obispo Auxiliar de Madrid, Secretario de C.E.E. 

5. Consideraciones sobre la clonación humana


Ante la polémica suscitada en la opinión pública por las iniciativas de algunos países, encaminadas a dar cobertura legal a la clonación de seres humanos en determinadas circunstancias, la Sociedad Valenciana de Bioética desea aportar al debate público las siguientes consideraciones. La actividad científica, como cualquier otra actividad humana, debe estar regulada y, en su caso, limitada por principios éticos y jurídicos.



La clonación, en sentido estricto, consiste en la generación de seres humanos con un patrimonio genético idéntico al de otro ser humano. Desde un punto de vista ético, esta práctica no solo implica la producción y selección de embriones humanos sino que además, en cuanto a su finalidad se refiere, vulnera, entre otros, derechos tan elementales como el derecho a la paternidad y el derecho a recibir un patrimonio genético completamente original. (La clonación con esta finalidad está castigada penalmente en la generalidad de los países).



En cuanto al posible recurso a la clonación humana para generar embriones como una fuente de células totipotentes que, cultivadas en un medio adecuado, se diferencien para producir un determinado tipo de tejido que pueda ser de interés terapéutico, es necesario recordar que la razón utilitaria debe ceder cuando se confronta con valores más altos como es el respeto a la dignidad humana, fundamento de nuestra organización social. De ninguna manera puede considerarse el embrión humano (incluido lo que se ha dado en llamar pre-embrión) como una simple masa celular indiferenciada, sino más bien como el tipo de estructura anatómica, fisiológica y bioquímica que corresponde al ser humano en esa etapa específica de su desarrollo.



Si bien es cierto que el debate acerca del estatuto ético y jurídico del embrión humano sigue abierto, cuando están en juego derechos fundamentales de la persona humana, los gobiernos deben legislar con prudencia, procurando salvaguardar estos mismos derechos y con una tutela especial sobre los más débiles. Con frecuencia se olvida que existen también importantes intereses económicos, puesto que las empresas biotecnológicas de los países donde se autorice estas técnicas conseguirán ventaja competitiva frente a empresas de aquellos países donde no hayan sido autorizadas.



Denunciamos esta situación como injusta puesto que las ventajas competitivas se obtendrían con prácticas éticamente rechazables. Nos oponemos a los argumentos demagógicos que califican como enemigos del avance científico a quienes están en contra de la clonación humana por razones éticas. Apoyamos las investigaciones sobre la diferenciación de cultivos celulares obtenidos a partir de células troncales procedentes de tejidos no embrionarios (tal es el caso de las células troncales presentes en el cordón umbilical) e instamos a los gobiernos para que favorezcan, con las ayudas pertinentes, este tipo de investigaciones que no presenta objeciones éticas. Manifestamos nuestro apoyo a la Resolución del Parlamento Europeo sobre la clonación humana aprobada el pasado día 7 de septiembre.

Sociedad Valenciana de Bioética. Valencia, 19 de octubre de 2000 

6. Clonación: un debate ético y mediático



Los problemas éticos que suscita la clonación de embriones humanos y las enormes deficiencias y paradojas presentes en las legislaciones que regulan dichas técnicas, se han puesto particularmente de manifiesto en estos últimos meses a raíz de la importante repercusión mediática del caso de Molly Nash, una niña aquejada de anemia letal, cuyos padres decidieron concebir un nuevo hijo, Adam, seleccionado de entre 15 embriones fecundados in vitro, genéticamente óptimo para ser donante de células a su hermana y poder curar su mortal enfermedad.



Todos los diarios, en sus editoriales y desde la pluma de sus columnistas, todos los comentaristas radiofónicos y televisivos, han entrado en materia y han conseguido que, con la mayor naturalidad, una serie de conceptos biomédicos (stem cells, óvulos desnucleados, fibroblastos...) y una serie de complejas técnicas de laboratorio (clonación, diagnóstico preimplantacional, terapia génica...) entren a formar parte de nuestra realidad cotidiana, de manera que comienza a parecernos mucho más sencillo y próximo -casi elemental producir en una probeta un hígado o un riñón, independientes de un sujeto humano, que poner un pequeño vehículo en Marte que no se estropee después de tropezar con alguna diminuta piedra de su superficie.



El impacto mediático de la clonada oveja Dolly, más allá del asombro ante el avance científico, no disimulaba los graves reparos éticos ante la posiblidad de un futuro capaz de producir en serie a los seres humanos. El dramático caso de Molly Nash, parece haber sido cuidadosamente elegido por los científicos para eliminar esas sombras de la clonación y dar un paso definitivo en la legitimación de sus prácticas ante la opinión pública. Llama la atención que, alrededor del caso, se haya desplegado toda una avalancha de información , incluso con gráficos y complejas explicaciones de expertos poniéndonos al día de las diversas prácticas, ahora amparadas bajo el manto común de lo "terapéutico": sólo pretendemos curar y evitar enfermedades.



Este baño de opinión pública de las técnicas de clonación, no hace sino confirmar que la comunidad científica sigue realizando sus experimentos al margen de consideraciones éticas y luego sondea el estado de la opinión pública, buscando su aprobación para conseguir el respaldo legal. Es decir, la comunidad científica se sigue acogiendo, mayoritariamente, a una visión "ilustrada y moderna", caracterizada por los siguientes presupuestos:



a) defensa de la autonomía de la ciencia respecto de la sociedad en el terreno de la investigación; b) el progreso técnico es imparable c) convencimiento de que cualquier efecto adverso que el progreso suscita puede ser resuelto con nuevos avances; d) percepción de la naturaleza como espacio absolutamente controlable; e) afirmación de un "neutralismo axiológico", tanto en el rumbo de las investigaciones como en las consecuencias sociales derivadas de los descubrimientos.



Dicho con otras palabras: entre los científicos parece no existir, de facto, una autorregulación ética y al Derecho le resulta muy difícil, cuando no imposible, controlar y exigir el respeto a las legislaciones limitativas actualmente en vigor. En segundo lugar, dado que la competitividad empresarial ha entrado de lleno en la biotecnología y las grandes inversiones exigen rentabilidad, el juego de intereses económicos parece estar siendo determinante en los sorprendentes cambios jurídicos (aprobación de la clonación experimental en Gran Bretaña y Estados Unidos), cuya justificación de beneficios futuros silencia y oscurece los enormes reparos éticos de la actual y gigantesca manipulación y destrucción de embriones.



Por último, la extraordinaria repercusión mediática en clave de fama y reconocimiento planetario alcanzada por quienes han realizado aportaciones decisivas en el campo de la biomedicina (el caso de Montagner y Gallo es paradigmático), hace sospechar que existe una feroz competencia entre los investigadores (y también entre las empresas) para ver quién será el futuro Dr. Barnard de la clonación; esto es, el primer científico que pase al estrado más alto de la historia por haber conseguido desarrollar en la probeta un pulmón o un corazón a base de células madre.



En esta estrategia de legitimación pública, los medios de comunicación nos han informado al detalle sobre tres importantes ámbitos donde la comunidad científica busca sortear los reparos éticos y jurídicos: 1) la obtención de "células madre" procedentes de embriones humanos, clonados para tal fin, destinadas a la producción de tejidos u órganos de repuesto para trasplantes (la llamada clonación terapéutica); 2) la selección post FIV para su gestación, sólo de aquellos embriones que reúnan determinadas características genéticas (diagnóstico preimplantatorio); 3) la posibilidad de obtención de embriones "casi humanos", fusionando núcleos de células humanas y óvulos animales desnucleados, recurriendo a su posterior clonación, con la exclusiva intención de obtener en número suficiente las codiciadas células madre (se han realizado ya dos experiencias "exitosas" de hibridación entre núcleos humanos y óvulos de vaca y de cerdo).



Por lo que se refiere al primer ámbito la obtención de células madre recurriendo a la clonación de embriones, en los medios se han hecho sentir con más fuerza las voces aprobatorias, aunque tampoco han ocultado los reparos suscitados por algunos. Valga como muestra lo que un destacado profesor del Instituto de Filosofía del CSIC, J. Mosterín, expresaba en un diario de máxima repercusión: "Antiabortistas histéricos y obispos dogmáticos se oponen a la investigación con el peregrino argumento de que los embriones serían personas y tendrían alma.



El embrión de una semana en el que se dan las células madre totipotentes es una bolita de células invisible a simple vista y carente por completo de atisbo alguno de sistema nervioso. Desde luego no es una persona, pero es que ni siquiera es un animal, pues carece de ánima. Sin el sistema nervioso no hay alma, no hay psiquismo" (S). El embrión carece de alma, de conciencia, de sentimientos, es incapaz de sufrir y no merece consideración moral.



Los que se oponen ahora a los avances de la biología son los mismos que condenaron a Copérnico, quemaron a Bruno, encarcelaron a Galileo y trataron de desterrar las teorías de Darwin de las escuelas. No hay que hacerles más caso que a los que despotrican sobre el número 13. Lo que necesitamos ahora no son anatemas ni supersticiones sino una mirada clara y sin prejuicios, una ética basada en la racionalidad y una mejor información científica. Cantemos las glorias de la células madre y bendigamos su futuribles beneficios".



El planteamiento sintetiza con más dosis de vinagre de lo que sería políticamente correcto los que muchos "ilustrados" han ido opinando con tonos menos agrios. Con todo, no parece que calificar al embrión como una "bolita de células" e identificar determinados postulados éticos dirigidos a la defensa de la dignidad de la persona humana con posturas oscurantistas e irracionales, pueda considerarse un ejercicio de máxima ecuanimidad en el juicio.



Mas sensatez demostraba otro prestigioso iusfilósofo de la Universitat de València, V. Bellver, mucho más ecuánime y cauteloso, que se manifestaba en ese mismo medio escrito, favorable a mantener el marco de protección del embrión sancionado en el Convenio Europeo de Derechos Humanos y Biomedicina de 1996 y a no olvidar el hecho de que "los españoles decidimos sancionar como delito, en un Código Penal que costó más de 15 años elaborar y que fue aprobado con un amplio respaldo parlamentario, la creación de embriones con fines distintos de la reproducción. Entendimos entonces que únicamente la finalidad reproductora podía justificar la creación de un embrión humano.



El mundo científico coincide en afirmar que el futuro de la medicina regenerativa está en la reprogramación celular. Llegará el momento en que sabremos lo suficiente sobre el desarrollo celular como para reprogramar las células y convertirlas de nuevo en células sanas. Algunos piensan que la utilización de embriones es un paso imprescindible para llegar a ello; otros, en cambio, opinan que la investigación con células adultas basta para alcanzar la misma meta. Hasta el momento ganan la carrera estos últimos, pues las células madre de adultos están demostrando una increíble capacidad de transformación y, por otro lado, son las únicas que ya han acreditado su potencial terapéutico(S).



En el horizonte de la investigación con células madre se puede encontrar un área en la que la ciencia, la ética y el Derecho resulten compatibles: las de las células madre de adultos. Así las cosas, creo que lo más adecuado sería mantener nuestra actual regulación sobre los embriones, potenciar la investigación con células de adultos y suscitar un amplio diálogo social sobre estas cuestiones para que ni ideologías partidistas ni, sobre todo, poderosos y espurios intereses económicos dicten las normas de una materia tan sensible. Las células madre ofrecen muchas esperanzas, pero exigen algunas cautelas".



Visto lo sustancial de ambas posiciones, me parece objetivo reconocer que constituiría un grave retroceso que las legislaciones vigentes, cuya intención ha sido la de proteger al embrión humano de cualquier instrumentalización, cambiaran ahora de sentido por un puro criterio de utilidad (el beneficio de personas enfermas). En todo caso, la relevancia práctica de este debate moral se vislumbra muy limitada. Los criterios puramente utilitarios ya han producido un cambio de legislación en USA y Gran Bretaña.



Lamentablemente, puesto que no parece ser la protección del embrión lo que está centrando el debate jurídico, parecemos avocados a que las legislaciones se acaben plegando a una pura estrategia de rentabilidad en la que se manejan dos variables: los futuros beneficios curativos y las posibilidades técnicas reales de obtención masiva de células madre. Si resulta más rentable el proceso utilizando células adultas, ésta vía se impondrá de hecho; si resulta más rentable hacerlo desde las células embrionarias, la clonación experimental será la vía finalmente legalizada.


En lo tocante a la segunda de las prácticas, la selección genética de embriones a través del diagnóstico preimplantatorio, los medios han evidenciado unos reparos éticos de mucho mayor calado, puesto que el recurso a este procedimiento plantea, junto a los beneficios, un aterrador horizonte de fabricación de seres humanos a la carta, haciendo real la posibilidad de diseñar y controlar el perfil genético de la humanidad futura.



Hemos sabido con todo detalle que la biomedicina permite ya someter a los embriones obtenidos por FIV a un pequeño número de análisis genéticos que posibilitan la predicción (y consecuente selección) de numerosas características que hasta ahora se dejaban al azar de la fecundación (diagnóstico preimplantatorio). En cuestión de pocos años, el conocimiento completo del genoma humano (todos los genes de cada embrión) permitirá conocer por anticipado miles de esas características personales y, en su caso, la selección a voluntad de las mismas en el futuro bebé.



Las legislaciones de la mayoría de los países permiten la realización de los análisis necesarios para seleccionar un embrión que esté libre de las mutaciones genéticas letales de las que son portadores sus padres (el caso de la hemofilia, la hepatitis, la espina bífida o el sida son paradigmáticos). Pero esas mismas leyes prohiben tajantemente dar un paso más en ese itinerario, rechazando esos análisis cuando se pretenden seleccionar otras cualidades de los embriones que no afectan a su viabilidad: el sexo, la altura, la inteligencia o como en el caso del hermano de Molly Nash la compatibilidad de tejidos.



El problema reside en delimitar con exactitud donde se encuentra la frontera tremendamente difusa entre seleccionar un embrión para evitarle una enfermedad y hacerlo para mejorar sus propiedades y cualidades o en virtud de su óptima adecuación para cumplir una función esencial. En el caso del bebé Adam Nash, de los 15 embriones obtenidos por FIV, 11 hubieran dado lugar a bebés sanos de anemia, pero sólo uno tenía, además, la composición genética óptima para servir de donante de células a su hermana y ése fue el seleccionado.



Los científicos del centro donde se seleccionó el embrión de Adam declaran que "no ven inconveniente alguno en ayudar a tener un hijo para salvar la vida de otro". Por su parte, Vivienne Nathanson, responsable de ética de la Asociación Médica Británica, ha sido extremadamente contundente: "No podríamos tolerar que un bebé fuera concebido para someterle luego a tratamientos dolorosos en beneficio de otra persona". La cuestión ética de fondo sigue siendo la misma: la legitimidad de instrumentalizar a un ser humano cuya única condición de existencia sea la de resultar útil para ayudar a la curación de otro. Algo que, en nuestra opinión, nunca puede justificarse.



Podríamos decir que la condena legal y moral es prácticamente unánime sobre la posible selección genética de aquellas cualidades que en un embrión cabría denominar (si es que cabe) como "accidentales": altura, color de los ojos o del pelo, etc.; no obstante, si las legislaciones no se actualizan con rapidez y plantean controles eficaces, las clínicas de reproducción asistida acabarán realizando ofertas de este tipo a los futuros padres.



Ahora bien, ¿puede considerarse accidental el sexo? En el caso de los hemofílicos resulta esencial puesto que sólo padecen la enfermedad los hombres, de manera que las clínicas ya realizan la selección a favor de embriones del sexo femenino. Pero ya hemos tenido noticia en la prensa de la decisión de una pareja escocesa de acudir a los tribunales para reclamar su derecho a elegir el sexo femenino de su próximo hijo (tiene otros hijos varones), que contribuya a remediar los graves problemas psicológicos sufridos por la madre a raíz de la pérdida de su única hija en un trágico accidente.



Pero si damos un paso más, el dilema aumenta de envergadura: ¿cabe considerar el peso, la altura, el color de los ojos o del pelo, un factor accidental para quien aspira a ser top model o actriz de Hollywood? Arthur Caplan, director del Centro de Bioética de la Universidad de Pensilvania, lo ha afirmado sin ambages: "no está claro el límite de lo que son objetivos tolerables: ¿ojos azules, un riñón, un testículo?" En efecto, una vez que se acepta la posibilidad de selección ¿dónde está la frontera? Todo lo que en unos casos podría calificarse de puro capricho, en otros podría apreciarse como cuestión decisiva y esencial. En última instancia, nos enfrentamos al riesgo de que, mediante el recurso a las manipulaciones genéticas, acabemos generando un ser humano sustancialmente distinto a como ha sido hasta ahora.



La tercera gama de prácticas de las que hemos tenido noticia y que parecía buscar también una legitimación pública, atañe a un singular proceso de clonación híbrida consistente en fusionar núcleos de células humanas, que contienen "casi" toda la carga genética de nuestra especie, con óvulos desnucleados de cerdo o vaca, que son "muy similares" a los humanos. De este modo se produciría un embrión "casi" humano. El "casi" se debe a que, de los 50.000 genes que contienen la información para constituir un ser humano, apenas unas decenas no se encuentran en el núcleo sino en unos orgánulos extranucleares llamados mitocondrias.



En esta ocasión, afortunadamente, el rechazo radical ha resultado unánime y las denuncias han llegado desde todos los ámbitos. Dos empresas (Biotransplant y SCS) iniciaron el proceso de registro de este experimento en la Oficina Europea de Patentes, cuyo comité de expertos emitió un dictamen desfavorable a la inscripción por considerarlo "contrario a la moral y a la legislación europea sobre clonación". Ha sido Green Peace la más beligerante en esta cuestión, acusando a ambas empresas de "centíficos Frankenstein" y conminándolas a despejar la sospecha de querer fabricar una criatura medio humana y medio porcina. En España, tanto desde la Sociedad Internacional de Bioética como desde el Centro Nacional de Biotecnología se ha manifestado con claridad el total rechazo frente al experimento.



El caso es que, ante la presión internacional, los dirigentes de ambas compañías han declarado su renuncia a culminar la patente, no sin antes dejar clara la intención de su experimento: jamás se ha intentado conseguir una criatura híbrida según dicen, jamás podría obtenerse un embrión viable de este tipo para su implantación; se trataba tan sólo de estudiar la posibilidad de obtener mejores cultivos de células madre a partir de estos embriones de pocos días.



Aun cuando en este caso no se haya conseguido, en absoluto, elobjetivo legitimador, llama la atención que casi todos los que se han manifestado contrarios a esta técnica han apostillado que, por el contrario, la clonación de embriones humanos con fines terapéuticos sí es un instrumento muy valioso para combatir y erradicar innumerables enfermedades, que no debe ser puesto en tela de juicio por estas prácticas inaceptables.



En definitiva, no acaba de quedar clara la moraleja que se nos intenta trasmitir en este caso. No sabemos si la conclusión ha de ser, como resulta obvio, que permitir la clonación, a pesar del buen fin que se persiga, acabará desembocando necesariamente en auténticas barbaridades; o si se trata de una estrategia de legitimación indirecta de la clonación "buena" y de los que la defienden, haciéndoles aparecer radicalmente contrarios a otro tipo de clonación que no sea la "ortodoxa".



En conclusión, a la vista de lo que sabemos y de lo que quizá ni siquiera sospechamos, con independencia de que deba mantenerse como presupuesto que toda instrumentalización del embrión no admite justificación alguna, no podemos sino afirmar que sería una grave temeridad legalizar estas prácticas sin haber determinado con la máxima profundidad sus consecuencias y sus alternativas y que no resulta aceptable evadir el debate moral buscando solamente una legitimación pública mediática a través del recurso a los casos trágicos.



P. Talavera.



7. Reflexiones sobre la clonación. Notas históricas



Los progresos del conocimiento y los consiguientes avances de la técnica en el campo de la biología molecular, la genética y la fecundación artificial han hecho posibles, desde hace tiempo, la experimentación y la realización de clonaciones en el ámbito vegetal y animal.



Por lo que atañe al reino animal se ha tratado, desde los años treinta, de experimentos de producción de individuos idénticos, obtenidos por escisión gemelas artificial, modalidad que impropiamente se puede definir como clonación.



La práctica de la escisión gemelar en el campo zootécnico se fue difundiendo en las granjas experimentales para incentivar la producción múltiple de ejemplares escogidos.



En el año 1993 Jerry Hall y Robert Stilmann, de la universidad George Washington, divulgaron datos relativos a experimentos de escisión gemelar (splitting) de embriones humanos de 2, 4 y 8 embrioblastos, realizados por ellos mismos. Se trató de experimentos llevados a cabo sin el consentimiento previo del Comité ético competente y publicados -según los autores- para avivar la discusión ética.



Sin embargo, la noticia dada por la revista Nature -en su número del 27 de febrero de 1997- del nacimiento de la oveja Dolly llevado a cabo por los científicos escoceses Jan Vilmut y K.H.S. Campbell con sus colaboradores del instituto Roslin de Edimburgo, ha sacudido la opinión pública de modo excepcional y ha provocado declaraciones de comités y de autoridades nacionales e internacionales, por ser un hecho nuevo considerado desconcertante.



La novedad del hecho es doble. En primer lugar, porque no se trata de una escisión gemelar, sino de una novedad radical definida como clonación, es decir, de una reproducción asexual y ágama encaminada a producir individuos biológicamente iguales al individuo adulto que proporciona el patrimonio genético nuclear. En segundo lugar, porque, hasta ahora., la clonación propiamente dicha se consideraba imposible. Se creía que el DNA de la células somáticas de los animales superiores, al haber sufrido ya el imprinting de la diferenciación, no podían en adelante recuperar su completa potencialidad original y, por consiguiente, la capacidad de guiar el desarrollo de un nuevo individuo.



Superada esta supuesta imposibilidad, parecía que se abría el camino a la clonación humana, entendida como réplica de uno o varios individuos somáticamente idénticos al donante.



El hecho ha provocado, con razón, agitación y alarma. Pero, después de un primer momento de oposición general, algunas voces han querido llamar la atención sobre la necesidad de garantizar la libertad de investigación y de no condenar el progreso; incluso se ha llegado a hablar de una futura aceptación de la clonación en el ámbito de la Iglesia Católica.



Por eso, ahora que ha pasado cierto tiempo y que se esta en un periodo mas tranquilo, conviene hacer un atento examen de este hecho, estimado como un acontecimiento desconcertante.



El hecho biológico



La clonación, considerada en su dimensión biológica, en cuanto reproducción artificial, se obtiene sin la aportación de los dos gametos; se trata, por tanto, de una reproducción asexual y ágama. La fecundación propiamente dicha es sustituida por la fusión bien de un núcleo tomado de una célula somática del individuo que se quiere clonar o bien de la célula somática misma, con un ovocito desnucleado, es decir, privado del genoma de origen materno. Dado que el núcleo de la célula somática contiene todo el patrimonio genético, el individuo que se obtiene posee -salvo posibles alteraciones- la misma identidad genética del donante del núcleo. Esta correspondencia genética fundamental con el donante es la que convierte al nuevo individuo en réplica somática o copia del donante.



El hecho de Edimburgo tuvo lugar después de 277 fusiones ovocito-núcleo donante. Solo 8 tuvieron éxito, es decir, solo 8 de las 277 iniciaron el desarrollo embrional, y de esos 8 embriones solo 1 llegó a nacer: la oveja que fue llamada Dolly.



Quedan muchas dudas e incertidumbres sobre numerosos aspectos de la experimentación. Por ejemplo, la posibilidad de que entre las 277 células donantes usadas hubiera algunas "estaminales", es decir, dotadas de un genoma no totalmente diferenciado; el papel que puede haber tenido el DNA mitocondrial eventualmente residuo en el óvulo materno; y muchas otras aun, a las que, desgraciadamente, los investigadores ni siquiera han hecho referencia. De todos modos, se trata de un hecho que supera las formas de fecundación artificial conocidas hasta ahora, las cuales se realizan siempre utilizando dos gametos.



Debe subrayarse que el desarrollo de los individuos obtenidos por clonación -salvo eventuales mutaciones, que podrían no ser pocas- debería producir una estructura corpórea muy semejante a la del donante del DNA: este es el resultado mas preocupante, especialmente en el caso de que el experimento se aplicara también a la especie humana.



Con todo conviene advertir que, en la hipótesis de que la clonación se quisiera extender a la especie humana, de esta réplica de la estructura corpórea no se derivaría necesariamente una perfecta indentidad de la persona, entendida tanto en su realidad ontológica como psicológica. El alma espiritual, constitutivo esencial de cada sujeto perteneciente a la especie humana, es creada directamente por Dios y no puede ser engendrada por los padres, ni producida por la fecundación artificial, ni clonada. Además, el desarrollo psicológico, la cultura y el ambiente conducen siempre a personalidades diversas; se trata de un hecho bien conocido también entre los gemelos, cuya semejanza no significa identidad. La imaginación popular y la aureola de omnipotencia que acompaña a la clonación han de ser, al menos, relativizadas.



A pesar de la imposibilidad de implicar al espíritu, que es la fuente de la personalidad, la proyección de la clonación al hombre ha llevado a imaginar ya hipótesis inspiradas en el deseo de omnipotencia: réplica de individuos dotados de ingenio y belleza excepcionales; reproducción de la imagen de familiares difuntos; selección de individuos sanos e inmunes a enfermedades genéticas; posibilidad de selección del sexo; producción de embriones escogidos previamente y congelados para ser transferidos posteriormente a un útero como reserva de órganos, etc.



Aun considerando estas hipótesis como ciencia ficción, pronto podrían aparecer propuestas de clonación presentadas como "razonables" y "compasivas" -la procreación de un hijo en una familia en la que el padre sufre de aspermia o el reemplazo del hijo moribundo de un viuda-, las cuales, se diría, no tienen nada que ver con las fantasías de la ciencia ficción.



Pero, ¿cuál sería el significado antropológico de esta operación en la deplorable perspectiva de su aplicación al hombre?



Problemas éticos relacionados con la clonación humana




La clonación humana se incluye en el proyecto del eugenismo y, por tanto, está expuesta a todas las observaciones éticas y jurídicas que lo han condenado ampliamente. Como ha escrito Hans Jonas, es "en el método la forma más despótica y, a la vez, en el fin, la forma mas esclavizante de manipulación genética; su objetivo no es una modificación arbitraria de la sustancia hereditaria, sino precisamente su arbitraria fijación en oposición a la estrategia dominante en la naturaleza" (cf. Cloniano un uomo: dall´eugenetica all´ingegneria genetica, en Tecnica, medicina de etica, Einaudi, Turín 1997, pp. 122-154,136).



Es una manipulación radical de la relacionalidad y complementariedad constitutivas, que están en la base de la procreación humana, tanto en su aspecto biológico como en el propiamente personal. En efecto, tiende a considerar la bisexualidad como un mero residuo funcional, puesto que se requiere un óvulo, privado de su núcleo, para dar lugar al embrión-clon y, por ahora, es necesario un útero femenino para que su desarrollo pueda llegar hasta el final. De este modo se aplican todas las técnicas que se han experimentado en la zootecnia, reduciendo el significado específico de la reproducción humana.



En esta perspectiva se adopta la lógica de la producción industrial: se deberá analizar y favorecer la búsqueda de mercados, perfeccionar la experimentación y producir siempre modelas nuevos.



Se produce una instrumentalización radical de la mujer, reducida a algunas de sus funciones puramente biológicas (prestadora de óvulos y de útero), a la vez que se abre la perspectiva de una investigación sobre la posibilidad de crear úteros artificiales, último paso para la producción «en laboratorio» del ser humano.



En el proceso de clonación se pervierten las relaciones fundamentales de la persona humana: la filiación, la consanguinidad, el parentesco y la paternidad o maternidad. Una mujer puede ser hermana gemela de su madre, carecer de padre biológico y ser hija de su abuelo. Ya con la FIVET se produjo una confusión en el parentesco, pero con la clonación se llega a la ruptura total de estos vínculos.



Como en toda actividad artificial se «emula» e «imita» lo que acontece en la naturaleza, pero a costa de olvidar que el hombre no se reduce a su componente biológico, sobre todo cuando éste se limita a las modalidades reproductivas que han caracterizado solo a los organismos más simples y menos evolucionados desde el punto de vista biológico.



Se alimenta la idea de que algunos hombres pueden tener un dominio total sobre la existencia de los demás, hasta el punto de programar su identidad biológica -seleccionada sobre la base de criterios arbitrarios o puramente instrumentales-, la cual, aunque no agota la identidad personal del hombre, caracterizada por el espíritu, es parte constitutiva de la misma. Esta concepción selectiva del hombre tendrá, entre otros efectos, un influjo negativo en la cultura, incluso fuera de la práctica -numéricamente reducida- de la clonación, puesto que favorecerá la convicción de que el valor del hombre y de la mujer no depende de su identidad personal, sino solo de las cualidades biológicas que pueden apreciarse y, por tanto, ser seleccionadas.



La clonación humana merece un juicio negativo también en relación con la dignidad de la persona clonada, que vendrá al mundo como «copia» (aunque sea sólo copia biológica) de otro ser. En efecto, esta práctica propicia un íntimo malestar en el clonado, cuya identidad psíquica corre serio peligro por la presencia real o incluso sólo virtual de su "otro". Tampoco es imaginable que pueda valer un pacto de silencio, el cual -como ya notaba Jonas- sería imposible y también inmoral, dado que el clonado fue engendrado para que se asemejara a alguien que "valía la pena" clonar y, por tanto, recaerán sobre él atenciones y expectativas no menos nefastas, que constituirán un verdadero atentado contra su subjetividad personal.



Si el proyecto de clonación humana pretende detenerse «antes» de la implantación en el útero, tratando de evitar al menos algunas de las consecuencias que acabamos de señalar, resulta también injusto desde un punto de vista moral.



En efecto, limitar la prohibición de la clonación al hecho de impedir el nacimiento de un niño clonado permitiría de todos modos la clonación del embrión-feto, implicando así la experimentación sobre embriones y fetos, y exigiendo su supresión antes del nacimiento, lo cual manifiesta un proceso instrumental y cruel respecto al ser humano.



En todo caso, dicha experimentación es inmoral por la arbitraria concepción del cuerpo humano (considerado definitivamente como una máquina compuesta de piezas), reducido a simple instrumento de investigación. El cuerpo humano es elemento integrante de la dignidad y de la identidad personal de cada uno, y no es lícito usar a la mujer para que proporcione óvulos con los cuales realizar experimentos de clonación. Es inmoral porque también el ser clonado es un «hombre», aunque sea en estado embrional.



En contra de la clonación humana se pueden aducir, además, todas las razones morales que han llevado a la condena de la fecundación in vitro en cuanto tal o al rechazo radical de la fecundación in vitro destinada sólo a la experimentación.



El proyecto de la "clonación humana" es una terrible consecuencia a la que lleva una ciencia sin valores y es signo del profundo malestar de nuestra civilización, que busca en la ciencia, en la técnica y en la "calidad de vida" sucedáneos al sentido de la vida y a la salvación de la existencia.



La proclamación de la "muerte de Dios", con la vana esperanza de un "superhombre", conlleva un resultado claro: la "muerte del hombre". En efecto, no debe olvidarse que el hombre, negando su condición de criatura, más que exaltar su libertad, genera nuevas formas de esclavitud, nuevas discriminaciones, nuevos y profundos sufrimientos. La clonación puede llegar a ser la trágica parodia de la omnipotencia de Dios.



El hombre, a quien Dios ha confiado todo lo creado dándole libertad e inteligencia, no encuentra en su acción solamente los límites impuestos por la imposibilidad práctica, sino que él mismo, en su discernimiento entre el bien y el mal, debe saber trazar sus propios confines. Una vez más, el hombre debe elegir: tiene que decidir entre transformar la tecnología en un instrumento de liberación o convertirse en su esclavo introduciendo nuevas formas de violencia y sufrimiento.



Es preciso subrayar, una vez más, la diferencia que existe entre la concepción de la vida como don de amor y la visión del ser humano considerado como producto industrial.



Frenar el proyecto de la clonación humana es un compromiso moral que debe traducirse también en términos culturales, sociales y legislativos. En efecto, el progreso de la investigación científica es muy diferente de la aparición del despotismo cientificista, que hoy parece ocupar el lugar de las antiguas ideologías.



En un régimen democrático y pluralista, la primera garantía con respecto a la libertad de cada uno se realiza en el respeto incondicional de la dignidad del hombre, en todas las fases de su vida y más allá de las dotes intelectuales o físicas de las que goza o de las que está privado. En la clonación humana no se da la condición que es necesaria para una verdadera convivencia: tratar al hombre siempre y en todos los casos como fin y como valor, y nunca como un medio o simple objeto.



Ante los derechos del hombre y la libertad de investigación



En el ámbito de los derechos humanos, la posible clonación humana significaría una violación de los dos principios fundamentales en los que se basan todos los derechos del hombre: el principio de igualdad entre los seres humanos y el principio de no discriminación.



Contrariamente a cuanto pudiera parecer a primera vista, el principio de igualdad entre los seres humanos es vulnerado por esta posible forma de dominación del hombre sobre el hombre, al mismo tiempo que existe una discriminación en toda la perspectiva selectiva-eugenista inherente a la lógica de la clonación. La Resolución del Parlamento europeo del 12 de marzo de 1997 reafirma con energía el valor de la dignidad de la persona humana y la prohibición de la clonación humana, declarando expresamente que viola estos dos principios.



El Parlamento europeo, ya desde 1983, así como todas las leyes que han sido promulgadas para legalizar la procreación artificial, incluso las más permisivas, siempre han prohibido la clonación. Es preciso recordar que el Magisterio de la Iglesia, en la instrucción Donum vitae de 1987, ha condenado la hipótesis de la clonación humana, de la fisión gemelar y de la partenogénesis. La razones que fundamentan el carácter inhumano de la clonacion aplicada al hombre no se deben al hecho de ser una forma excesiva de procreación artificial, respecto a otras formas aprobadas por la ley como la FIVET y otras.



Como hemos dicho, la razón del rechazo radica en la negación de la dignidad de la persona sujeta a clonación y en la negación misma de la dignidad de la procreación humana.



Lo más urgente ahora es armonizar las exigencias de la investigación científica con los valores humanos imprescindibles. El científico no puede considerar el rechazo moral de la clonación humana como una ofensa; al contrario, esta prohibición devuelve la dignidad a la investigación, evitando su degeneración demiúrgica. La dignidad de la investigación científica consiste en ser uno de los recursos más ricos para el bien de la humanidad.



Por lo demás, la investigación sobre la clonación tiene un espacio abierto en el reino vegetal y animal, siempre que sea necesaria o verdaderamente útil para el hombre o los demás seres vivos, observando las reglas de la conservación del animal mismo y la obligación de respetar la biodiversidad específica.



La investigación científica en beneficio del hombre representa una esperanza para la humanidad, encomendada al genio y al trabajo de los científicos, cuando tiende a buscar remedio a las enfermedades, aliviar el sufrimiento, resolver los problemas debidos a la insuficiencia de alimentos y a la mejor utilización de los recursos de la tierra. Para hacer que la ciencia biomédica mantenga y refuerce su vínculo con el verdadero bien del hombre y de la sociedad, es necesario fomentar como recuerda el Santo Padre en la encíclica Evangelium vitae una mirada contemplativa sobre el hombre mismo y sobre el mundo, como realidades creadas por Dios, y en el contexto de la solidaridad entre la ciencia, el bien de la persona y de la sociedad.



«Es la mirada de quien ve la vida en su profundidad percibiendo sus dimensiones de gratuidad, belleza, invitación a la libertad y a la responsabilidad. Es la mirada de quien no pretende apoderarse de la realidad, sino que la acoge como un don descubriendo en cada cosa el reflejo del Creador y en cada persona su imagen viviente» (Evangelium vitae, 83).



Academia Pontificia para la Vida



8. Reseñas bibliográficas



Informe sobre la clonación. En las fronteras de la vida



Comité de Expertos sobre Bioética y Clonación.
Instituto de Bioética. Fundación de Ciencias de la Salud
Madrid, 1999.
(P. T.)



El impacto social de la clonación es espectacular y provoca sentimientos muy encontrados y simultáneos de esperanza y de temor. Basta echar un vistazo a las noticias que a diario nos ofrecen los medios de comunicación para observar un evidente desconcierto. Precisamente para atajar ese cúmulo de perplejidades y desconocimientos que se suscitan no sólo en el ciudadano corriente sino también en no pocos miembros de la comunidad científica, política o docente, la Fundación de Ciencias de la Salud ha analizado las implicaciones científicas, sociológicas, éticas y jurídicas de estas técnicas a través de un profundo estudio llevado a cabo por el Comité de Expertos sobre Bioética y Clonación.



Con una sitemática impecable y una objetividad fuera de toda duda, el presente informe nos presenta, de manera concisa y profunda a la vez, la historia de la clonación, las técnicas empleadas, el estatuto ético de los diversos procedimientos, el marco jurídico en el que actualmente se mueve y un interesante estudio sociológico sobre la incidencia en la opinión pública de los avances de la biotecnología, tanto en su dimensión legitimadora como en la percepción de sus riesgos.



El informe sobre la clonación constituye un excelente instrumento para todos aquellos científicos, profesionales sanitarios, juristas, moralistas, políticos, sociólogos, docentes, etc., que deseen aproximarse a una reflexión y deliberación sobre lo que en las técnicas de clonación puede considerarse legítimo o ilegítimo, correcto o incorrecto, lícito o ilícito, aceptable o inaceptable, humano o inhumano.



La intención de sus redactores -así lo declaran expresamente- es la de incrementar la responsabilidad moral de nuestra sociedad a las puertas del siglo XXI, estableciendo las bases para la elaboración de legislaciones ajustadas a la realidad científica y sociocultural, basadas sobre el máximo respeto a la dignidad inalienable de la persona humana.




¿Clonar? Etica y Derecho ante la clonación humana



Vicente Bellver Capella
Comares. Granada, 2000.
(P. Talavera)



La reacción del Derecho ante los avances técnicos en materia de clonación no se ha hecho esperar y son ya muchos los Estados y organismos internacionales que han publicado algún tipo de regulación al respecto. El ritmo vertiginoso de la ciencia en este campo y la necesidad de ciertos conocimientos científicos para comprender las técnicas empleadas constituyen dos serias dificultades para reflexionar sobre la clonación. Aquí reside el principal mérito de esta obra: ofrecer una información actualizada sobre la evolución de la ciencia en este terreno; un repaso de las normas legales por las que se regula la clonación de embriones en nuestro país y en otros, y plantear unos presupuestos sobre el modo más adecuado de legislar en la materia.



El libro consta de cuatro partes. En la primera se expone la historia científica de la clonación y la reacción de la opinión pública desde que, en 1997, se vio que la clonación de seres humanos sería posible a medio plazo. En la segunda se hace un repaso de las normas que regulan la clonación a nivel nacional e internacional. Se estudia con más detalle el caso español pero también se hace referencia a las normas de Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, Suiza y los Estados Unidos.



La tercera parte se centra en el recurso a la clonación para la reproducción humana, estudiando los derechos o bienes de las partes involucradas en el proceso: los que deciden poner en marcha el proceso de clonación; los científicos que lo llevan a cabo; el ser humano que resulta de la clonación; el ser humano que aporta el material genético para la clonación; y la sociedad en general. En la última parte se trata del recurso a la clonación de seres humanos para la experimentación y la obtención de tejidos que se puedan trasplantar a personas necesitadas.



De la lectura del texto se obtienen las siguientes conclusiones:



1.- la opinión pública se muestra mayoritariamente contraria a la clonación. No obstante, empiezan a oirse voces reclamando un presunto derecho a reproducirse por clonación.



2.- Tanto las regulaciones nacionales como internacionales condenan unánimemente la clonación dirigida a la reproducción de seres humanos. El texto más importante a este respecto es el primer protocolo al Convenio Europeo sobre Biomedicina y Derechos Humanos, con carácter vinculante para todos los países que lo ratifiquen.



3.- Son muchas las razones que conducen a la condena sin paliativos de la clonación con fines reproductivos. El núcleo común a la mayoría de los mismos es que todo ser humano tiene derecho a ser concebido de manera que tenga una dotación genética completamente original, y derecho a tener unos padres biológicos. Cualquier forma de reproducción que excluya alguna de estas dos condiciones -y la clonación excluye las dos- constituye un atentado contra la libertad de la persona así concebida.



4.- En el último año y medio el debate sobre la clonación se ha centrado en la posibilidad de clonar embriones humanos para obtener de ellos tejidos que se puedan trasplantar a personas necesitadas sin que se produzcan problemas de rechazo. De manera eufemística se la ha denominado clonación "terapéutica" porque se dirigiría a clonar no para reproducir personas sino para curar a través del trasplante. El autor entiende que nunca está justificado el beneficio que se podría alcanzar con esta práctica, puesto que en ningún caso puede legitimarse el sacrificio de embriones humanos a cambio de ninguna utilidad que pudiera alcanzarse con su destrucción.



Esta es, sin duda, la cuestión más compleja que se aborda en el libro. El profesor Bellver entiende, acertadamente, que permitir el uso de embriones humanos para curar a personas enfermas supondría aceptar su completa desprotección jurídica, cosa que la Constitución no permite, tal y como ya declaró el Tribunal Constitucional: "la vida del nasciturus, en cuanto éste encarna un valor constitucional -la vida humana- garantizado en el art. 15 de la Constitución, constituye un bien jurídico cuya protección encuentra en dicho precepto fundamento constitucional" (STC 53/1985, FJ 5).



Historia de un clon



Charlotte Kerner
(traducción de Elisa Lucena)
Siruela. Madrid 2000.
(P. Talavera)



A menudo los padres, sin darse cuenta, proyectan sobre los hijos sus deseos frustrados. La bailarina que no fui, el astronauta que no pude llegar a ser, el médico que me fue negado. Todos esos papeles deben ser representados por los herederos genéticos de nuestras ilusiones no alcanzadas, de nuestros sueños perdidos, aun a costa de sus propias tendencias e inclinaciones. Y todo ello se planea desde la más pura inconsciencia: es por tu bien, tú vales para esto, aprovecha la oportunidad que yo no tuve.



A base de todo ese bagaje, el niño va creciendo y sacando delante el futuro incumplido de otros, alimentado por la convicción de que es el que le corresponde. En muchas ocasiones, sin embargo, con el paso de los años, el verdadero yo, al no verse realmente reflejado en el espejo, se rebela y pasa factura haciendo añicos esa personalidad que otros han prefabricado para él.



Ese camino de búsqueda interior del auténtico yo es una fuente incesante de materia literaria y, buceando en él, Charlotte Kerner ha construido una novela de ficción que nos narra la peripecia de una famosa pianista, enferma de esclerosis múltiple y condenada a una muerte prematura, deseosa de perdurar en el mundo a través de una hija concebida por medio de la clonación de ella misma. Se trata de una biografía del espanto, contada por la propia víctima, en la que se describe con la minuciosidad de una autopsia, el proceso de vampirización al que una mujer exageradamente narcisista somete a su hija.



Es una novela de corte futurista en la que su autora realiza una reflexión de tipo ético sobre los peligros reales de la clonación, presentándola como un paso más allá en la tentación del ser humano de manejar la vida de sus descendientes, favoreciendo la cría de marionetas, incapaces de marcar sus propios destinos, en tanto que seres individuales, diferentes y libres. En última instancia, más allá de la ficción, la novela apunta hacia la hipótesis esperanzadora de que la herencia genética nunca puede determinar por completo al sujeto, sino que la experiencia individual fruto del libre albedrío resulta decisiva en la conformación de la propia personalidad.



Acompañan a la novela unos capítulos finales donde la autora informa al lector sobre los avances técnicos y científicos que se han verificado en materia de clonación en los últimos años.



Esta obra nos propone un arriesgado y ambicioso proyecto que, además de la ficción de un relato novelado, se presenta como un ensayo científico, filosófico y moral que la autora resuelve con solidez narrativa y profundidad y riqueza intelectual.



www.almudi.org

 

AddThis Social Bookmark Button
Actualizado ( Jueves, 02 de Abril de 2009 17:16 )  

AUDIO - CULTURA DE MUERTE

solifm

Encuesta

¿Cuál consideras que es el problema más grave de la Humanidad?
 

| Quiénes somos |Mapa del sitio |Recomiéndanos | Quiero Colaborar |Contáctanos |Boletín |