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El sentido de la sexualidad humana - Juan Fernando Sellés

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             Comencemos por una sencilla cuestión: ¿es el hombre del sexo y para el sexo, o el sexo del hombre y para el hombre? Parece inútil responder, porque cualquiera acertaría en la contestación.

          La siguiente pregunta es, sin embargo, más intrincada: ¿y el hombre: es de alguien o para alguien? Caben varias posibles alternativas:

a) es de nadie y para nadie, con lo cual se niega su origen y su fin personales, en rigor, se niega que el hombre sea persona ("persona" indica apertura personal);

b) es de sí y para sí, con lo cual se considera al hombre como fundamento absoluto de sí mismo y, con ello, se sigue negando el carácter de persona;

c) es de Alguien y para Alguien, con lo cual uno se sabe persona, y se ve vinculado respecto de su Origen y de su Fin.

          Pues bien, de la respuesta que se dé a la cuestión acerca de quién y para quién es el hombre, también depende la respuesta que se dé acerca del sentido de la sexualidad humana.

          En efecto, si se cree que el hombre es de nadie y para nadie, el mismo hombre es absurdo para sí y con él también su sexo. Si se cree que el hombre es de sí y para sí, tal hombre juega con su sexo como se le antoja, pero como no acaba uno nunca de dotarse enteramente de sentido a sí mismo, tampoco acaba nunca de dárselo a su sexualidad, máxime cuando ésta se marchita.

          En cambio, si se da cuenta que es de Alguien y para Alguien, esto es, que es hijo, sólo en referencia a ese Alguien busca el sentido de su ser y, consecuentemente, el de su sexualidad. Sólo así no se niega o prescinde de la persona que se es y que se está llamada a ser, y sólo así no se pierde el sentido de su sexo.

          En suma, la tesis a mantener es la siguiente: sin descubrir el sentido de la persona humana es un despropósito hablar de sentido de la sexualidad, y también de educación sexual. Por eso la persona humana empieza a hacerse cargo de su sexo cuando es susceptible de descubrir el sentido de su ser personal, ordinariamente a partir de la pubertad o la juventud, no antes.

          El sexo humano es la manifestación corpórea de que existen dos tipos dentro de lo humano: mujer y varón. La sexualidad humana es la distinta tipología biológica de encarnar lo natural humano. Evidentemente esas diferencias naturales son el analogado inferior de las distinciones psicológicas. La disposición sexual, es una manifestación corpórea de la persona. Las distinciones corporales entre varón y mujer son manifiestas y, obviamente, no se reducen a los órganos genitales. Es usual notar que el cuerpo de la mujer es más débil (atiéndase a las Olimpiadas). Pero esto no significa que la mujer sea más débil en todas las facetas, pues aunque lo sea en su naturaleza, no lo es en su esencia.

          En cualquier caso, sin comprender a fondo a la persona humana, no parece que se pueda entender ni la sexualidad ni su uso. El uso de la sexualidad es la disposición del cuerpo humano que permite manifestar la mayor donación y aceptación amorosa natural entre personas. El amor personal es don. Dar es ofrecimiento personal "a una persona distinta". Y también, y por encima de ello, es aceptación.

          Un acto sexual realizado sin tener en cuenta el carácter de "persona" a quien uno se da o acepta, conlleva asimismo la ausencia del carácter de "persona" que se da o que acepta . Como el acto sexual depende de la naturaleza humana, y ésta es tipológica, sólo es con sentido cuando se establece entre los dos tipos (no hay más), pues la distinción entre ellos radica en que uno da y otro recibe en orden a un fin muy concreto: el don.

          Por eso, la homosexualidad, aunque se le intente dar un sentido cultural determinado, carece de sentido tipológico natural, y por ende, personal. También por eso, un amor sexual no abierto a engendrar no es personal, sencillamente porque erradica de entrada la aceptación personal de una nueva persona, el don por excelencia, el hijo, al que están abiertos tanto el dar como el aceptar personales. No existe dar personal sin apertura al don.

          Del mismo modo, tampoco cabe aceptar personal sin ser abierto al don. Si una nueva persona engendrada no sólo es un don, sino el mayor don creado posible, porque no existe realidad más noble que la personal, entonces, sin la apertura oferente y aceptante al don del hijo, no hay amor personal. Además, como la persona es apertura, ser con o co-ser, es familia.

          Por eso un acto sexual elevado a nivel personal no puede ser sino familiar. Sin familia, ese acto no es amor personal. Sin amor personal ese acto no es personal sino despersonalizante. Si tal acto es personal, expresa sin engaños el mutuo darse y aceptarse de las personas a través del sexo, lo cual implica responsabilidad personal y una entrega permanente, porque como a una persona no la mide el tiempo físico, el amor hacia ella no puede ser momentáneo sino incesante. Si en tal acto se busca más el placer que a la persona, no se ama personalmente, porque amar sólo cabe respecto de personas, y el placer obviamente no lo es. ¿Primera distinción, por tanto, de la unión sexual humana respecto de los animales? Puede ser elevada al plano del amor personal.

          Que la familia no se reduce a lo biológico es evidente, porque no se fragua una familia con cualquiera, sino con tal persona: "¡o esa o ninguna!", dice el verdadero amante. El divorcio es un problema familiar porque es un problema personal. La traba reside en la cortedad de miras, pues se cree que la unión no es entre personas, sino entre lo que se manifiesta a través de su cuerpo. De manera que la quiebra de muchos matrimonios se podría evitar antes de casarse si mediase el tiempo suficiente de noviazgo para conocerse mejor como personas, y apreciar asimismo qué significa casarse, un acto libérrimo, íntimamente personal por tanto.

 

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