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Es posible el cambio

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Viaje al interior de la Afectividad - Enrique Rojas

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La afectividad constituye uno de los capítulos más importantes de la psicología y la psiquiatría. Las dos funciones psíquicas principales en el comportamiento humano son la inteligencia y la afectividad. Según predomine la una o la otra se derivarán dos tipologías humanas: el individuo cerebral por un lado, y el hombre esencialmente afectivo por otro; y entre ambos se encuentran estilos y formas de ser intermedios.

Las demás funciones psicológicas (percepción, memoria, pensamiento, lenguaje, actividad, etc.) tienen vida propia, pero de algún modo están supeditadas a las dos citadas. Tal vez tendríamos que situar al mismo nivel que las anteriores la conciencia, que es la herramienta que hace posible percibir la realidad.

No resulta fácil definir la afectividad, pues trazar un perfil claro y bien delimitado en este campo tiene muchas complicaciones. Todos sabemos algo sobre ella, pero pocos se atreven a emitir una noción rotunda y nítida, capaz de sintetizar la grandeza de los fenómenos que se producen dentro de ella, y que pasamos a describir:

1. Se tata de un estado subjetivo, interior, en el cual el protagonista es uno, y por medio del cual todo se percibe como un cambio que recorre la intimidad y la modifica.

2. Es una experiencia personal, que conocemos por nosotros mismos y no por lo que nos cuentan o nos informan otras personas. Cada individuo es el único protagonista de su afectividad.

3. El contenido de la vivencia de la afectividad es un estado de ánimo que se manifiesta a través de las principales expresiones del individuo: emociones, sentimientos, pasiones y motivaciones.

4. Cualquier vivencia deja una huella; su impacto deja un rastro, una especie de vestigio en la personalidad; y la significación del mismo dependerá del tema, la intensidad y la duración que tenga.

Trataré de explicar con claridad qué es la afectividad. Un ejemplo extraído de la vida diaria nos ayudará a hacerlo. Tres personas vienen a verme a la consulta: un enfermo, su mujer y un amigo. El enfermo tiene una depresión: está triste, decaído, sin ganas de hacer nada, habla muy poco y cuando lo hace es para decir que lo suyo no tiene solución, que quiere morirse, que no puede vivir así.

Junto a este abatimiento general se observa un enlentecimiento muy marcado de toda su conducta. La mujer que le acompaña siente el problema como suyo, llena tanta parte de ella, que podemos afirmar sin temor a equivocarnos que también es actora esencial del cuadro que presenciamos. No lo contempla, lo vive. El amigo está ya muy distante de lo que allí se vive; algo de lo que sucede le afecta -si no, no estaría allí-, pero ya le llega con otra densidad y con cualidades distintas.

Finalmente, está el médico, que asiste a la escena no por su vertiente cordial, sino por su faceta profesional. Su misión es ayudar a este hombre a que se cure, a que supere ese estado melancólico terrible. En ese asunto pone en juego su prestigio.

Este recorrido nos muestra cómo un mismo hecho se vive de muy distintas maneras. La afectividad es el modo de sentirnos afectados interiormente por las circunstancias que se producen en nuestro entorno. En cada uno de los personajes anteriores, el mismo hecho actúa de forma diferente.

La psicología y la psiquiatría clásica se dedican en gran parte al análisis de la vivencia, es decir, a captar el plano subjetivo.

Hoy esta actitud ha cambiado y se ha ampliado, y abarca tres dimensiones más:

  • 1) La fisiología de ese estado afectivo, o sea, los síntomas y las sensaciones físicas que lo acompañan;
  • 2) La conducta: el comportamiento que se registra a través de la observación externa;
  • 3) Y, por último, la vertiente cognitiva: las percepciones, los contenidos de la memoria, las ideas, los pensamientos, los juicios, etc.

Todo lo afectivo consiste en un cambio interior que se produce de forma brusca en unos casos, o paulatina y sucesiva en otros. Es un estado singular de encontrarse uno consigo mismo, de darse cuenta de la realidad personal, pero partiendo de esa modificación interior.

Tratar de definir la afectividad y sus componentes es adentrarse en un campo difícil y complicado porque hay que buscar las notas principales que definan el mundo emocional de una persona. Esta es una tarea primordial del psiquiatra. Uno se desliza por dentro del corazón humano, con entusiasmo, con tesón, buceando en cada rincón del mismo. No hay que olvidar que la intimidad humana es densa y compleja; está llena de pasadizos y muchas veces hay en ella zonas no transitadas.

De ahí que tantas veces los sentimientos constituyan un enigma. Los estudiamos, los calificamos, asistimos a sus movimientos, al espectáculo a que dan lugar, pero debemos tener presente que hay muchos momentos y situaciones imprevisibles, en los que es arriesgado decir qué ruta seguirán o qué camino escogerán los sentimientos.

El sentimiento más noble que puede habitar en el ser humano es el amor. Esta palabra hoy está falsificada. El uso y el abuso, así como la manipulación y la adulteración de este término, han alcanzado su grado máximo. Sería mejor buscar otra ó precisar, a la hora de hablar de él, de qué clase de amor estamos hablando.

Hay que impedir a toda costa -aún estamos a tiempo- que éste quede disipado y cosificado. Debemos volver a describir su auténtica grandeza, su fuerza, su belleza, su placidez... pero también sus exigencias: es decir, restituir su profundidad y su misterio.

Para Aristóteles era «el gozo y el deseo de engendrar en la belleza». Los neoplatónicos lo ven como la ruta fundamental para el conocimiento. Platón decía: «El amor es como una locura [...], es un dios poderoso que produce el conocimiento y lleva al conocimiento»; en El banquete se esfuerza por probar que el amor perfecto se manifiesta en el deseo del bien; el forastero de Mantinea muestra a Sócrates al final de esta obra que el amor es la contemplación pura de la belleza absoluta.

Ortega nos dice en Estudios sobre el amor que amar una cosa es estar empeñado en que exista. Joseph Pieper dice que amar es aprobar, celebrar que eso que se ama está ahí, cerca de uno.

El pensamiento clásico hablaba de distintas formas de amor. El eros, que era un amor de dominio, el agape o impulso a comunicar y a convivir y darse a aquello que se ama; de otro lado, el amor de Dios, causa de todo lo que existe. Pero hay algo especial y común en todos ellos: la tendencia y la adhesión a algo positivo que produce un estado de gozo.

INTELIGENCIA Y VOLUNTAD PARA PILOTAR LOS SENTIMIENTOS

El amor es el sentimiento más importante de todos; alrededor suyo se originan otros estados sentimentales más o menos parecidos, pero de cualidades diferentes.

La forma habitual de discurrir la afectividad es a través de los sentimientos. El término sentimiento aparece por primera vez en el siglo XII, pero ya en la segunda mitad del siglo X surge la expresión sentir (del latín sentire, percibir por los sentidos, darse cuenta, pensar, opinar).

Entre los siglos XII y XIII afloran las palabras sentimental, sentimentalismo, resentimiento. Pero es en el siglo XVII, con Descartes, cuando éste aparece por primera vez de una forma precisa y concreta: designa estados interiores pasivos, difíciles de describir, como si se tratara de impresiones fugitivas.

El pensamiento cartesiano distinguirá entre estados simples y complejos. Pascal, en sus Pensamientos, opone el sentimiento a la razón, concepción que estará vigente durante más de un siglo. Siguen esa misma línea los moralistas franceses e ingleses (La Rochefoucauld, Vauvenargues y Shaftesbury), que elaborarán el concepto moderno de emoción.

Malebranche, discípulo de Descartes, describe el sentimiento como una impresión de tonalidad confusa, con ingredientes psicofísicos; su gran mérito fue delimitar el carácter irreductible y subjetivo demostrando su importancia a nivel individual, como modificador de una trayectoria biográfica: él confiere una forma especial de conocimiento.

Más tarde, Leibniz abre una vía más intelectual de los sentimientos afirmando: «Tout sentiment est la perception confuse d'une vérité.» Para Rousseau, el sentimiento tiende a llevar al hombre hacia el bien. Y Kant hablaba de las tres facultades del alma: el conocimiento, el sentimiento y el deseo.

El Romanticismo hizo una exaltación del mundo sentimental como trampolín decisivo para la creación artística, con una doble significación: su permanencia en los vericuetos de la personalidad como expresión máxima y su capacidad para revelarnos algunos principios básicos de la condición humana.

Para un psiquiatra el análisis de los sentimientos constituye un campo frecuente de estudio[1], como puerta de entrada para conocer mejor a esa persona y transitar por su mundo afectivo, descubriendo sus cualidades y sus defectos, sus pros y sus contras. Con el auge de la psicología en el mundo actual, podemos afirmar que la sociedad se ha psicologizado. Cualquier cuestión sometida a estudio tiene un fondo psicológico que hay que descubrir.

Sucede a diario. La vida social, política, económica, familiar, profesional, etc., tiene ingredientes de esta naturaleza que hoy, más que nunca, se manifiestan constantemente.

La educación de los sentimientos forma parte de la educación general de la persona que quiere gobernar su vida afectiva de forma estable. Contra ella se levanta el hedonismo y la permisividad. Estamos ante una civilización neurótica, porque ha perdido sus objetivos, sus puntos de referencia. Me considero un hombre de mi tiempo, abierto a tantos avances y cosas positivas como han tenido lugar en los últimos decenios; pero este espíritu moderno no me impide ver los defectos de nuestro tiempo.

La permisividad que recorre la sociedad de nuestros días puede llevar a la destrucción de la familia y de la sociedad. Permitirlo prácticamente todo, dando por válida cualquier alternativa de conducta con tal de que a esa persona le parezca bien o lo acepte, conducirá a posturas existenciales neuróticas, llenas de contradicciones; una situación en la que el hombre queda ahogado por un mal uso de su libertad.

Hemos pasado de una civilización de la cultura y del amor, construida sobre tantos avances científicos y técnicos, a la civilización de la destrucción. Si añadimos el consumismo y el relativismo al hedonismo y a la permisividad, tenemos ante nosotros un hombre esclavo, aturdido, cada vez más débil, sin principios ni fundamento [2].

Con estas bases frágiles y la falta de criterios no se puede mantener la vida conyugal. Cuando se sigue la ley del mínimo esfuerzo, se avecinan cambios de pareja frecuentes que muchas veces conducen a sus componentes a la soledad, ya que cualquier relación afectiva exige entregas y renuncias, por supuesto, acompañadas de recepción de sentimientos positivos.

La inteligencia ilumina el camino de los sentimientos y la voluntad los dispone hacia su mejor ordenamiento. Un amor sin cabeza, ignorando la voluntad, se convierte en un amor inmaduro, endeble, sometido a giros y cambios según el capricho del momento y que, a la larga, conducen a la aceptación y justificación de cualquier situación por extraña que parezca.

¿CÓMO  EDUCAR LOS SENTIMIENTOS?

Es necesaria una educación sentimental como la que proclamaba Flaubert. Actualmente, el hombre está invadido por el hedonismo y la permisividad, y no se preocupa de construir un entorno afectivo inspirado en los principios básicos, sino que se deja llevar según la moda del momento. Así se convierte en espectador de sus propios ríos emocionales interiores, siempre dirigidos por esos dos grandes motivos: el placer sin restricciones y el que no existan terrenos ni cotas prohibidas.

Con la palabra amor se elaboran muchas conductas falsas. La auténtica invitación a la felicidad debe apoyarse en la vuelta a unos códigos morales claros con unos puntos de referencia objetivos, que hagan al hombre más digno, más humano y abierto a los demás. El peligro del subjetivismo y del individualismo echan por tierra las mejores pretensiones y amenazan con nuevas formas de angustia, con prisiones nuevas que, en vez de liberar al hombre, lo encarcelan en un callejón sin salida.

Actualmente esto no está aceptado, lógicamente, en ciertos ambientes light. Este es un termómetro para medir cómo transcurre la afectividad. Si lo más importante es la forma y no el fondo, hacer lo que a uno le pide el cuerpo, porque eso es lo que en ese momento reclama la atención... a la larga se pierden los argumentos que conducen la vida y se acaba en la pobreza existencial, en el vacío. Sin compromisos serios no hay rumbo. A eso se le puede llamar libertad o también, liberación o realización. Desde mi punto de vista tiene una etiqueta que lo define: inmadurez de la afectividad[3].

A menudo se habla de que una persona se ha desenamorado, utilizándose esta fórmula como algo ya definitivo, irremediable. Evidentemente, lo importante para que esto no suceda es cuidar el amor. Es éste uno de los grandes argumentos de la vida. La cruza en toda su extensión.

Cuando la voluntad está educada, actúa también en este terreno: es una disposición para afrontar las dificultades. Está cimentada sobre el orden, la constancia, la disciplina, la serenidad, la generosidad, la visión de futuro para superar los momentos difíciles y la capacidad para remontar todos los problemas que existen en la convivencia amorosa. Así se construye un amor por el que vale la pena continuar luchando.

Cuando la voluntad es débil, ésta no puede luchar, ni está dispuesta para vencerse y dirigirse hacia lo mejor, aunque cueste. Ya Dante, en la Divina Comedia, nos recuerda que « l ' amore che muove il sole e l'altre stelle» y que éste se aprende mediante lo que él denomina el intelleto d ámore, la inteligencia del amor. Ordenar el amor hacia la cabeza, pero siempre que no pierda su espontaneidad y frescura.

Otro de los grandes literatos italianos de ese siglo XIV, Petrarca, dice en sus sonetos que para que el amor no cese es necesario alimentarlo de nuevas y pequeñas ilusiones. Dante se vuelca con Beatriz y Petrarca con Laura, intentando hacer eterno lo pasajero del amor. Ahí residen dos elementos decisivos: la idealización de la mujer, propia del Quatrocento, y al mismo tiempo, el estímulo para seguir hacia delante[4].

 En el Renacimiento estos presupuestos alcanzarán su cenit; pero es durante el Romanticismo, en el siglo XIX, cuando los sentimientos son expuestos en primer plano de cualquier apartado de la condición humana

Su base es un amor sensual, pero no erótico; se nutre de fuerza en los reveses, ante lo imposible o la frustración. Sus figuras más relevantes: Lord Byron, Alfred de Musset, Victor Hugo o nuestros literatos, Espronceda y Zorrilla. La intensidad de los sentimientos matiza todo el devenir de esta etapa de la historia.


NOTAS: 

[1] La definición que sugiero es la siguiente: Estado subjetivo difuso, vago y de peles desdibujados por lo general, que siempre tiene una tonalidad positiva o negativa. Esto quiere decir que no existen sentimientos neutros. La indiferencia y el aburrimiento son claramente negativos. Por eso, la experiencia que se vive implica siempre, de algún modo, aproximación o rechazo

[2] Estamos ante un personaje esencialmente endeble: frívolo, con unas ideas y creencias cogidas con alfileres, atento a todo y sin aprender nada que lo eleve de nivel. Vivimos en la sociedad de los titulares de prensa: impactante de entrada y sometida a una saturación de información que la conduce a un estado sin rumbo, con noticias nuevas, caleidoscópicas y cambiantes. ¿Quién hace la síntesis de esa ingente cantidad de datos?

Entramos así en el llamado pensamiento débil, preconizado por el italiano Gianni Vattimo. La civilización de la imagen es un monumento a la superficialidad; el valor de las personas no se atiene a su realidad auténtica, sino a referencias exteriores. Esto, extrapolado al mundo de los sentimientos, ha producido unas consecuencias muy negativas.

Entramos así en el llamado pensamiento débil, preconizado por el italiano Gianni Vattimo. La civilización de la imagen es un monumento a la superficialidad; el valor de las personas no se atiene a su realidad auténtica, sino a referencias exteriores. Esto, extrapolado al mundo de los sentimientos, ha producido unas consecuencias muy negativas.

[3]  La definición de afectividad no es fácil. Trazar un peal nítido de ella entraña serias dificultades.

La palabra afección procede del latín affectatio -onis, impresión interior que se produce por algo, originándose una mudanza. La afectividad está constituida por un conjunto de fenómenos de naturaleza subjetiva, diferentes a lo que es el puro conocimiento, que provocan un cambio privado que se mueve entre dos polos: agrado-desagrado, inclinación-rechazo, afición-repulsa. Entre ellos se establece una gama de vivencias que abarca toda la geografía emocional.

                El gran impulso de la vida debe ser el amor. La educación para el amor conduce a adquirir firmeza en sus fundamentos y un aprendizaje para alcanzar un amor maduro, estable y equilibrado. Ese tiene que ser el objetivo hacia el que se proyecte la conducta.

[4] Es la época de las conversaciones de salón, la consideración de la mujer como ideal del hombre, la valoración de la pureza, el amor y la renuncia, toda una visión del amor caballeresco.

Hoy en día nos hemos alejado de posiciones en las que el amor pueda ser visto como algo que implique renuncia, esfuerzo y no digamos ya si se utiliza la palabra sacrificio, un término tan denostado por muchos, pero tan necesario en cualquier aventura humana ante la necesidad de vencerse uno a sí mismo.

(Capítulo VIII del libro: La conquista de la voluntad)

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