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"Los pueblos habrientos interpelan a los opulentos" - Benedicto XVI

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Queridos hemanos y hermanas:

Hoy el Evangelio de Lucas presenta la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro (Lucas 16, 19-31). El rico personifica el uso inicuo de las riquezas para un lujo desenfrenado y egoísta, pensando sólo en satisfacerse a sí mismo, sin preocuparse lo más mínimo del mendigo que está a su puerta. El pobre, por el contrario, representa a la persona de la que sólo cuida Dios: a diferencia del rico, tiene un nombre, Lázaro, abreviación de Eleazar, que significa precisamente «Dios le ayuda».

A quien han olvidado todos, Dios no le olvida; quien no vale nada ante los ojos de los hombres, es precioso ante los del Señor. La narración muestra cómo la iniquidad terrena es trastocada por la justicia divina: tras la muerte, Lázaro es acogido «en el seno de Abraham», es decir, en la felicidad eterna; mientras que el rico acaba en «el infierno entre tormentos». Se trata de una nueva situación inapelable y definitiva. Por este motivo, hay que arrepentirse en vida, después ya no sirve de nada.

Esta parábola se presta también a una interpretación en clave social. Es memorable la que ofreció hace precisamente cuarenta años el Papa Pablo VI en la encíclica «Populorum progressio».

Hablando de la lucha contra el hambre, escribió: «Se trata de construir un mundo en el que cada hombre... pueda vivir una vida plenamente humana..., en el que el pobre Lázaro pueda sentarse en la misma mesa del rico» (número 47).

Causan numerosas situaciones de miseria, según recuerda la encíclica, por una parte «las servidumbres de los hombres» y por otra «una naturaleza insuficientemente dominada» (ibídem). Por desgracia, ciertas poblaciones sufren de ambos factores sumados. ¿Cómo no pensar en este momento especialmente en los países del África subsahariana, afectados en días pasados por graves inundaciones?

Pero tampoco podemos olvidar a otras muchas situaciones de emergencia humanitaria en diferentes regiones del planeta, en las que los conflictos por el poder político y económico agravan realidades de sufrimiento ambiental que ya de por sí son duras.

El llamamiento que lanzó Pablo VI: «Los pueblos hambrientos interpelan hoy, con acento dramático, a los pueblos opulentos» («Populorum progressio», 3), sigue conservando hoy toda su urgencia. No podemos decir que no conocemos el camino que hay que recorrer: tenemos la Ley y los profetas, nos dice Jesús en el Evangelio. Quien no quiere escucharlos, no cambiaría aunque volviera alguien de entre los muertos para advertirle.

Que la Virgen María nos ayude a aprovechar el tiempo presente para escuchar y poner en la práctica esta palabra de Dios. Que nos permita prestar cada vez más atención a los hermanos necesitados para compartir con ellos lo mucho o lo poco que tenemos, y contribuir, comenzando por nosotros mismos, a difundir la lógica y el estilo de la auténtica solidaridad.

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