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Peligroso juego de la política europea con los derechos humanos

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ROMA, viernes, 9 mayo 2008 (ZENIT.org).-Es tan elevado el grado de relativismo que en las políticas occidentales, en particular en las europeas, «ya no existen valores fundamentales comunes desde el punto de vista antropológico», hasta el punto de que «parece imposible descubrir qué es un ser humano», denuncia la ex ministra de Exteriores noruega Janne Haaland Matlary.

La catedrática de la Universidad de Oslo fue invitada a intervenir en la Pontificia Universidad Lateranense de Roma en el congreso «Custodios e intérpretes de la vida. Actualidad de la encíclica Humanae vitae», por el 40º aniversario de la publicación del documento de Pablo VI.

La sesión vespertina del jueves se dedicó a un interrogante: «¿Una transformación de la naturaleza humana?», contexto en el que Matlary advirtió del «Relativismo en la base de la política europea», ponencia de la que se ha hecho eco, este viernes, el diario de la Santa Sede L'Osservatore Romano.

Punto de partida de la voz de alarma de Matlary es su propio país, a punto de adoptar una ley sobre el matrimonio de «género neutral», norma que incluye el derecho a adoptar niños nacidos de parejas homosexuales por técnicas de inseminación.

«En el debate público que ha precedido a esta ley, la paternidad biológica se ha considerado sin influencia, como algo que carece de relación alguna con la paternidad "real"»; «sólo los grupos religiosos se han opuesto a esta ley», informa.

Se evidencia, siguiendo a Matlary, que «ninguna noción sobre la naturaleza humana, incluidos sus aspectos biológicos, se considera constante y cierta»; y se prescinde de la consideración de que «un niño tenga derecho a sus propios padres biológicos y a ser criado por ellos».

Advierte de que en el momento actual, elevadamente relativista, parece que «todo se puede desconstruir y construir». Sin embargo, precisamente «en respuesta al relativismo político y legislativo de la Alemania nazista y de la segunda guerra mundial», se produjo la codificación de «los derechos humanos».

La «Declaración de los Derechos del Hombre constituyó un "modelo común para todos los miembros de la familia humana", como afirma el preámbulo, y no algo que se puede cambiar a gusto de los agentes políticos. Con todo, actualmente en Europa es precisamente lo que está sucediendo», denuncia Matlary.

Subraya la ex titular de Exteriores noruega que el concepto mismo de derechos humanos es significativo «sólo si estamos de acuerdo sobre el hecho de que existe una naturaleza humana común cognoscible mediante el descubrimiento de la razón».

Sin embargo ello contrasta enormemente «con la mentalidad contemporánea, relativista y subjetivista», que desdeña «la idea de la existencia de la naturaleza humana en cuanto tal y de su cognoscibilidad mediante al razón».

«Si se niega esto y se consideran los derechos humanos como algo que simples procesos políticos pueden modificar, ¿cómo se puede sostener que los derechos humanos sean un modelo para los demás, si no lo son para nosotros mismos?», interroga.

La realidad que constata en Europa es la inexistencia de «una base clara de derechos humanos», pero sí la presencia de «una lucha intensa sobre su interpretación y frecuentemente una gran discrepancia entre lo que un Estado proclama en las conferencias internacionales y su política interior».

«La paradoja es aún más evidente si consideramos la tendencia a no definir en absoluto los valores que sostienen la democracia europea --recalca--, o sea, la tendencia a un total subjetivismo, hasta el nihilismo: tú tienes tu opinión, yo la mía, y los que afirman que existen definiciones normativas objetivas ("conceptos fundamentales") son fundamentalistas y antidemocráticos».

Se trata de una «tendencia extremadamente peligrosa» --alerta Matlary--, porque «tal subjetivismo mina la democracia y prepara el terreno al totalitarismo: si no existe ningún modelo que determine qué es justo, todo puede convertirse en justo».

¿Cómo se reconoce esta tendencia al nihilismo? Por «la falta de confianza en la capacidad humana de llegar, mediante el debate y el pensamiento ponderado, a la verdad objetiva sobre la naturaleza humana», una deriva «dominante e implícita en la actual política europea», confirma.

Esta «extraña aversión a la verdad» cuaja en la «paradoja de la moderna democracia --sintetiza--: profesamos e imponemos derechos humanos en todo el mundo, pero rechazamos definir su sustancia en nuestro país», pues «queremos que signifiquen lo que hemos decidido que deben significar en un momento determinado».

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