Ruta: Home SUPERAR AMS Recursos Sanar y Liberar 5. Baja Autoestima El complejo de inferioridad de la persona con AMS - Gerard J.M. van den Aardweg

Es posible el cambio

JA slide show

El complejo de inferioridad de la persona con AMS - Gerard J.M. van den Aardweg

E-mail Imprimir PDF

            Un niño es egocéntrico por naturaleza. Tiene la sensación de que su ego es lo más importante del mundo, se concentra en sí mismo. Dicho de otro modo, tiene un fuerte sentimiento de la importancia del yo. Debido a este egocentrismo, el niño se compara constantemente con otros (como son en la realidad, pero con la concepción subjetiva que tiene de ellos). Cuando el resultado de esta comparación es negativo -cosa que ocurre fácilmente- se siente dolido, menospreciado, agraviado, despreciado y falto del respecto y aprecio que tienen los demás, reales o imaginarios. Si el niño, con su gran necesidad de afecto y aprecio, se siente suficientemente valorado, estará contento y feliz. Lo será también si se siente privilegiado en comparación con otros, o tratado, por lo menos, en condiciones de igualdad por los demás y por el destino. Sin embargo, como ya he sugerido, el niño tiene una fuerte inclinación a sentirse menos privilegiado, menos amado, puesto en una situación menos favorable.

            Justamente por sus ansias de aprecio, se siente profundamente frustrado ante cualquier carencia, real o imaginaria, de afecto o estimación. En ese caso, siente que su valor como persona decae; tiende a verse entonces menos valioso en comparación con los demás, como carente de sentido.

            El egocentrismo innato del niño le lleva a sobrevalorar determinadas experiencias -aquellas en las que siente menosprecio- que, de ordinario, no tienen gran importancia. También asume el significado de "verse" menos valioso en aspectos particulares de su personalidad. Ser "menos" en cualquier aspecto secundario de su personalidad o de su vida le lleva rápidamente a pensar que es inferior en todo. La posibilidad -por ejemplo- de "ser gordo", "ser menos apreciado que mi hermano", "ser tartamudo", "ser hijo de padres socialmente humildes", o "ser un fracasado en la escuela" le afecta a la totalidad de su persona. Se siente entonces inferior en todos los aspectos, como si esa inferioridad parcial se hubiera esparcido sobre su personalidad entera. Esta es la razón por la que, como norma, sentirse apreciado en un área de la personalidad no excluye una autoimagen inferior en otra.

            Sentirse inferior supone pensar que los otros no pueden quererte debido a tu carencia de valor. No pueden realmente aceptarte, así que no perteneces a su grupo. Las consecuencias son reacciones emocionales como la vergüenza, la soledad, el autodesprecio y, naturalmente, la tristeza y la cólera.

            El sentimiento o complejo de inferioridad puede derivar del parangón con los otros (el propio niño es el primero en forjárselo) y también de las críticas de los demás, particularmente de padres y otros miembros de la familia, y secundariamente de compañeros de juego y otras personas -externas al hogar- como los profesores. Con el paso del tiempo, cuando el complejo de inferioridad se refuerza con la repetición de experiencias externas o internas percibidas por el niño (o por el adolescente en cuanto concierne a nuestro tema) como análogas a las originarias, puede llegar a ser crónico.

            Ello se convierte en una convicción profundamente asentada en su misma identidad (el "propio yo"), como algo absoluto, una imagen negativa de sí que comienza una vida por cuenta propia. Una vez arraigada, desarrolla una resistencia a nuevas experiencias modificadoras y a nuevos aprendizajes. Es rígida y autónoma, y todo el afecto y aprecio del mundo parecen incapaces de rehacerla. Este es el motivo por el que se le llama complejo de inferioridad. Para entender mejor este peculiar fenómeno debemos hacer hincapié en una reacción emocional importante que se desarrolla como respuesta a un complejo de inferioridad y que, de hecho, es parte esencial del mismo. Es la reacción emocional al ego dolido de un niño o adolescente: la autocompasión.

            Si un niño o un adolescente que ha llegado a sentirse inferior, o no apreciado o no atendido, puede aceptar su situación, seguramente sufrirá debido a esa falta de amor, al desprecio y a las carencias que observe en sí mismo, pero mediante su aceptación, el dolor disminuirá en poco tiempo; recuperará su equilibrio interior y el placer de vivir. Sin embargo, es difícil imaginar este tipo de reacción en niños o adolescentes, a causa de su ego-importancia innata. Relativizar la propia situación no es precisamente un atributo de la mente infantil.

            El ego del joven debe reaccionar necesariamente con una emoción centrada en sí mismo y está obsesionado por la autocompasión "¡Qué lástima doy!" Nadie me quiere, no me aprecian, se ríen de mí, no quieren aceptarme", etc. Y pensando en sí mismo, es decir, viéndose a sí mismo en su mente como una pobre criatura, comienza a tener una inmensa compasión por ese propio sufrimiento. El niño siente autocompasión, del mismo modo que siente lástima por otras personas que sufren. "Soy feo, impopular, débil, no soy bueno para nada, me rechazan y estoy en desventaja con mi hermano o hermana". Todas estas frases implican otra: "¡Pobre de mí!"

            La autocompasión, como indica la palabra, es lástima orientada directamente hacia uno mismo. Quizá no haya ninguna experiencia o percepción que pueda despertar la autocompasión del niño como efectivamente lo hace la idea de "estoy solo" o "soy menospreciado". La autocompasión reclama más que nunca la atención de la persona, sus energías mentales, hacia sí mismo. El ego busca entonces reconfortarse con la autocompasión, que es esencialmente un tipo de amor: un tipo de amor de sí mismo. El ego del niño quiere verse a sí mismo como una pobre criatura, como vería a otro que fuese merecedor de compasión.

            Por la autocompasión se proporciona calor, se compadeces, desea protegerse y mimarse a sí mismo y se siente con derecho a obtener compensaciones consoladoras. La autocompasión se expresa con palabras (compadeciéndose) y con quejas interiores, con lágrimas y sollozos. Se hace evidente por el tono de voz plañidero, expresiones faciales y posturas corporales. La autocompasión engendra casi siempre sentimientos de protesta, en forma de cólera, hostilidad, rebelión o amargura, cuando el niño se siente tratado injustamente.

            Analizándolo más de cerca, parece evidente que lo que designamos comúnmente como complejo de inferioridad (siguiendo la descripción de Adler) es idéntico a la autocompasión crónica de quien se siente inferior. Esto confirma la teoría del psicoanalista holandés Johan Arndt, que demostró el funcionamiento de la emoción universal -y yo añado "tan humana"- de la autocompasión.

            Cualquier caso de complejo de inferioridad es también un caso de autocompasión crónica1. Sin ésta, los sentimientos de inferioridad no tendrían tantas consecuencias negativas. Arndt denominó a la autocompasión de niños y adolescentes "auto-dramatización", ya que el niño se siente y se ve a sí mismo como alguien importante y digno de lástima. "Mi sufrimiento es único". Su conciencia de sí mismo se convierte en conciencia de su desdicha: pobre de mí.

EL NIÑO AUTOCOMPASIVO EN EL ADULTO

            Las expresiones de autocompasión (llorar, quejarse, búsqueda de comodidad y compasión) pueden aliviar y ayudar a digerir las experiencias causadas por el dolo (el trauma). Los niños y adolescentes que se sienten solos durante largos períodos de tiempo con sus sensaciones desagradables nos desnudan su alma ante una persona de confianza. Se avergüenzan porque creen que nadie es capaz de entenderles. Como resultado, siguen alimentando su autocompasión.

            Una vez empezado algo, los niños no suelen pararse tan fácilmente: esto es aplicable a muchas emociones y comportamientos, también a la autocompasión. Una vez que sienten lástima de sí mismos, tienden a perseverara en ello, incluso a desearlo, puesto que la autocompasión tiene un dulce efecto inherente a la lástima: el consuelo. Puede ser muy gratificante sentirse uno mismo como una pobre criatura, incomprendida, rechazada y abandonada. Bajo este aspecto hay algo totalmente ambivalente en la autocompasión en la autodramatización.

            Una reiterada autocompasión durante la niñez y adolescencia puede generar una dependencia de ésta. Con otras palabras, se convierte en un hábito autónomo de queja interior.

            Este estado emocional de la mente es descrito por la siguiente fórmula: "el niño (o el adolescente) autocompasivo en el adulto". La personalidad del "pobre de mí" de la niñez (o la adolescencia) sobrevive en la misma forma; la personalidad completa de niño está aún presente.

            Así que tenemos tres nociones casi coincidentes en la mayoría de los casos: el complejo de inferioridad, el niño que "habita" en el adulto y el hábito de la autocompasión (también llamado "enfermedad de la queja"). Son descripciones adecuadas de lo que ocurre en las mentes de los neuróticos en general, es decir, del que está afectado por dudas diversas, emociones obsesivas, sensaciones de inseguridad sin motivo y conflictos interiores.

            Los rasgos más importantes de la personalidad neurótica provienen de las características antes descritas. En primer lugar, observamos una continuidad de modelos pueriles o propios de niños. De cualquier modo, se permanece anclado en el niño o adolescente del pasado. Esto incluye los deseos específicos, sensaciones, luchas y modos de pensar del niño. No todo lo propio del niño, sin embargo, permanece en el adulto acomplejado. La madurez de la personalidad se interrumpe seriamente sólo en aquellas áreas donde operaron las frustraciones infantiles; en otras palabras, donde han tenido su origen la autocompasión y los sentimientos de inferioridad. En otras parcelas, la persona puede madurar psicológicamente. En los casos en los que existe un fuerte sentimiento de "niño que se queja", la personalidad entera es inmadura, "infantil". 

            La homosexualidad es un tipo de neurosis. La persona con este complejo abriga una autocompasión infantil específica. Por este motivo, Bergler pudo afirmar: "A sus 50 años, él (el hombre con tendencias homosexuales) está emocionalmente en los años de su adolescencia"2

            La tendencia a quejarse, tan perspicazmente descrita por Arndt, es un segundo rasgo neurótico manifestado usualmente, aunque en algunas personas se muestra más oculto. El neurótico grave manifiesta de modo más claro la necesidad de compadecerse; parece estar buscando continuamente, y encontrando, razones para compadecerse y quejarse; puede que se sienta crónicamente objeto de injusticia, o frustrado, o sufriendo siempre por algo. Sus quejas pueden basarse en cualquier aspecto negativo: sentimientos de decepción, de soledad, de incomprensión, de carencia, de afecto, de falta de amor, malestar físico, dolor, etc. Parece como si la mente neurótica no pudiera prescindir del sentimiento de autocompasión de autodramatización; por este motivo es como una "dependencia" o, lo que es lo mismo, una inclinación a la queja. El resultado es que la autoconfianza, la seguridad y la alegría de vivir están muy debilitadas en el neurótico.

            Otro rasgo propio del neurótico es un deseo infantil de llamar la atención, de obtener la aprobación y la simpatía de los demás y, a menudo, una excesiva urgencia de autoafirmación. El "niño interior" anhela aprecio y cordialidad de modo tan insaciable e imperioso como un niño de verdad. Este ego infantil puede intentar ser importante, interesante, atractivo a los demás o ser el centro de atención tanto en la vida real como en su imaginación.

            Es necesario mencionar como último rasgo el egocentrismo mental. Gran parte de la conciencia psíquica puede estar ocupada o enfocada hacia ese infantil "¡pobre de mí!". Para usar una comparación, el "niño compasivo en el adulto" mima y cuida de sí mismo como una niña cariñosa maneja una muñeca que trata como algo que merece compasión. Los sentimientos de amor hacia los demás, basados en un auténtico interés por ellos, están bloqueados por ese egocentrismo compulsivo neurótico, que ha surgido más o menos espontáneamente.

EL COMPLEJO DE INFERIORIDAD HOMOSEXUAL

            Son muchos los tipos de complejo de inferioridad y las variantes del "niño compasivo interiormente". El complejo de inferioridad homosexual es uno de ellos. Por eso, aparte de las formas de síntoma específico de deseo homosexual, la homofilia no es un fenómeno aislado, sino parte de una serie interminable de problemas neuróticos.

            Hemos apuntado que los sentimientos de inferioridad se pueden manifestar en varios sectores de la esfera de la personalidad individual. El niño o el adolescente que está trastornado por fantasías e intereses homoeróticos sufre sentimientos de inferioridad cuando mira hacia su propia identidad sexual (o "identidad de género"); en otras palabras, acerca de su masculinidad o feminidad. Un chico se siente entonces inferior cuando se compara en su masculinidad, dureza, vigor, capacidades deportivas, atrevimiento, resistencia o apariencia de hombre con otros chicos. Una chica se siente inferior cuando compara su feminidad en sus intereses, en su comportamiento o en su físico con la de las otras chicas. Puede haber variaciones a esta norma, pero la línea general es inequívoca. Es fundamental en este tipo de sentimiento de inferioridad la conciencia de no pertenecer realmente al mundo de las mujeres o al mundo de los hombres, de no ser uno de los chicos (hombres) o una de las chicas (mujeres).

            En la mayoría de casos esta autoimagen de inferioridad aflora en la prepubertad y en la pubertad, entre los ocho y los dieciséis años, con un pico entre los doce y los dieciséis. En el que será después un adulto con tendencia homosexual, el tipo específico de infantil o pueril "ego autocompasivo" permanece siempre vivo, incluso en sus antiguas fantasías y frustraciones, y en su autoimagen de los demás.

            Nuestro punto de partida ha sido un complejo de inferioridad, es decir, una sensación de no pertenecer al mundo de los hombres o de las mujeres. Algunas veces tales sentimientos son plenamente conscientes: el niño los expresará como el chico de diez años que más de una vez se quejaba ante su madre cuando le hablaba, contrariado, de sus contactos con otros chicos de la escuela: "¡Soy tan débil!". (Me lo contó esto la madre cuando acudió a mí para hablar acerca de la homosexualidad de su hijo). Otros jóvenes pueden tener estos mismos sentimientos sin que realmente se den cuenta de ellos; son conscientes de ello después de unos años: "Mirando a mi pasado, descubro que siempre me he sentido inadaptada y poco atractiva comparada con las otras chicas", respondía una lesbiana, "pero nunca fui consciente de ello".

            Conscientes o no, los niños y las adolescentes sufren a causa de estos sentimientos de inferioridad que les roen. A menudo, no admiten este sufrimiento sin vergüenza ante ellos mismos, pues son conscientes de que el reconocimiento de sus inferioridades puede resultar doloroso: daña el propio ego, el amor propio o la ego-importancia infantil.

            Este sentido de inferioridad de un niño o de un adolescente puede distorsionar la imagen que tiene de los demás, algunos de los cuales pueden parecerle superiores. En el caso del chico, otros chicos y jovencitos le pueden parecer más masculinos o más fuertes. En el caso de la chica, otras chicas y mujeres le parecen más femeninas, más bonitas, más graciosas o más cercanas al ideal femenino. Desde ese punto de vista, las características físicas de los demás pueden ser centrales, pero en otros casos lo son la conducta y el comportamiento. Miembros del mismo sexo, y algunos de ellos más específicamente, son idealizados e incluso idolatrados.

            Hasta cierto punto, la idealización de personas del mismo sexo es normal durante la pubertad y adolescencia. Los chicos de esa edad admiran a los deportistas, héroes, aventureros o pioneros: hombres con coraje, fortaleza y éxito social. Se sienten atraídos por los ejemplos masculinos dominantes: el vigor y el atrevimiento masculino tienen un alto valor para ellos. Por consiguiente, admiran en algo a los chicos mayores, que son ya "más hombres" y quieren imitarles. Por su parte, las chicas prestan atención a los encantos y atributos femeninos de otras chicas y de mujeres más maduras que ellas. Admiran la sociabilidad y la gracia femeninas.

MASCULINIDAD Y FEMINIDAD: ¿ESTEREOTIPOS CULTURALES?

            Llegados a este punto no podemos evitar algunas notas características de la opinión actual, que rechaza las ideas tradicionales de masculinidad y feminidad, así como los "modelos de roles", como meros productos culturales. De acuerdo con esta opinión, la cultura tradicional ha sobrevivido a su tiempo y, por lo tanto, el "adoctrinamiento" de los niños con estereotipos de papeles sexuales está profundamente desaprobado. De hecho, para nuestra explicación de la homosexualidad no es decisiva la cuestión de si los modelos de masculinidad y feminidad son transmitidos naturalmente o no. Los sentimientos homosexuales, de hecho, emanan del sentirse deficiente en la propia masculinidad o feminidad, tal como es percibida por el niño (o por el adolescente) en su comparación con los demás. Hablando estrictamente, es irrelevante que esta masculinidad (o feminidad) sean algo relativo en cuanto dependientes de hábitos culturales arbitrarios o parte de la herencia biológica del hombre, o una mezcla de ambos.

            No obstante, la hipótesis predominante actual de la equivalencia fundamental de los sexos puede confundir un recto juicio sobre los comportamientos por desviación sexual. Además, los métodos igualitarios de educación infantil ponen en peligro seriamente el desarrollo emocional en general y su desarrollo sexual en particular.

            La teoría de la equivalencia es insostenible. En todas las culturas, tiempos y lugares del mundo, hombres y mujeres se diferencian en muchas dimensiones básicas del comportamiento. La interpretación más aceptable de esto es el factor hereditario. Los chicos y los hombres, más que las chicas y las mujeres, tienen una tendencia hereditaria a la "dominación social", a ejercer la autoridad en la vida social3; son "luchadores" en el sentido amplio de la palabra y su modo de pensar suele estar dirigido hacia un objeto concreto. Las mujeres, en cambio, suelen dirigirse más hacia las personas, reaccionan con mayor fortaleza ante los estímulos emocionales y son sensiblemente más expresivas. Son más cuidadosas y experimentan una mayor "empatía" en sus emociones, lo cual no es una mera cuestión de aprendizaje estereotipado tradicionalmente (quien quiera profundizar en este campo puede leer el resumen de May sobre investigaciones acerca de las diferencias entre sexos, efectuadas en niños de varias culturas -incluida la nuestra-, en adultos y en algunos primates más altamente desarrollados que, por lo visto, presentan parecidas diferencias masculino-femeninas)4

            Por tanto, los papeles tradicionales ideales -ridiculizados hoy en día- del chico como alguien "firme", "fuerte", "líder" y que "conquista el mundo"; y de la chica como "cuidadosa" y "cariñosa" son más verdaderos de lo que aparentan a primera vista. Esto no significa que se deban exagerar estas diferencias psicológicas, ni tampoco extraer de ellas normas rígidas y absolutas de comportamiento (por ejemplo: profesiones y ocupaciones concretas asignadas a la naturaleza innata de hombres o mujeres). Lo que se afirma es que no es natural asignar los mismos papeles sociales y de comportamiento a chicos y a chicas (hombres y mujeres). Tampoco es natural comportarse como si los diferentes porcentajes de hombres y mujeres en profesiones variadas indicaran "discriminación" o injusticia social. Se deben hacer distinciones claras en los papeles asignados a chicos y a chicas durante la educación. No es deseable, ni beneficioso para el conjunto social, negar la evidencia de preferencias y talentos ligados al sexo en el caso de ciertas ocupaciones o papeles, y no hacer uso de las capacidades y dones inherentes y propios de uno u otro sexo.

            La psique humana es profundamente masculina o femenina. Esto se observa en niños educados sin apenas presión en la dirección de los papeles correspondientes a su género natural. Por ejemplo: niños criados más bien como niñas, con una presencia excesiva de una madre feminizante -con la cual se identifican o imitan-, o niños educados por padres ancianos en un ambiente que no favoreces el comportamiento como jóvenes varones: a pesar de todo, ellos desean en le fondo de su corazón las cosas de los chicos, aunque su comportamiento no sea el propio de los chicos. A menudo, admirarán a los otros chicos que ven como tipos masculinos. Una chica educada con una actitud despreciativa hacia lo femenino ("¡coser y todas esas ropas de niñas no son para mí!"), se impresionará -y admirará indefectiblemente dentro de sí- con aquellas chicas o mujeres que irradien feminidad. He observado más de una vez que las mujeres que luchan contra este "papel femenino opresivo" se sienten de hecho inferiores a ese papel. De hecho, admiran a las mujeres que aceptan libremente su feminidad.

            Podemos enfocar la cuestión de otra manera: los hombres y mujeres jóvenes sosegados, felices y sin conflictos interiores, parecen no tener problemas de papeles. Experimentan una determinada tendencia masculina o femenina en varios campos de su vida, como algo bastante evidente. Ninguno tiene problemas con la relación "tradicional" hombre-mujer.

            Considerando todos estos elementos, la filosofía psicológicamente más razonable es tomar las diferencias básicas de comportamiento sexual como punto de partida para estudiar las relaciones mutuas entre hombre y mujer, dentro y fuera del matrimonio. Dependiendo del tiempo y de las circunstancias, la expresión concreta de estas relaciones variará, pero sin abandonar el modelo configurado por la naturaleza. Los papeles sexuales son complementarios, de acuerdo con la naturaleza complementaria de los talentos o dones ligados al sexo. La eliminación forzada de estos patrones de comportamiento ligados al sexo, inspirada en todo caso por frustraciones neuróticas o por una filosofía igualitaria errónea, tan sólo producirá fricciones inútiles en las relaciones entre sexos y no será útil para la madurez psicológica.

LA HOMOSEXUALIDAD EN EL DESARROLLO SEXUAL

            El hombre tiende por naturaleza a identificarse con su propio género. Un chico quiere pertenecer al mundo de los demás chicos y hombres, al igual que una chica a de las otras chicas y mujeres. El deseo de ser reconocido como uno de los chicos (o chicas) es también algo innato en chicas y chicos con sentimientos de inferioridad en su feminidad o masculinidad, respectivamente.

            Como ya hemos visto, un sentimiento continuado de inferioridad genera autocompasión y autodramatización. La conciencia penosa de ser diferente, en el sentido negativo del término, estimula el deseo de reconocimiento y aprecio por parte de los que son idealizados, para poder ser uno de ellos. Esto es comprensible ya que está basado en una compasión de intensidad infantil: "¡Pobre de mí! Desearía ser como ellos..." o: "¡si sólo uno de ellos reparara en mí, si se cuidara de mí!". El adolescente afligido que se compadece busca un contacto por encima de todo: comprensión, consuelo, compasión, afecto. A esto, se añade un sentimiento de soledad y, a menudo tiene dificultad en relacionarse con los demás y será fácil comprender que el deseo de llegar a ser amigo de alguien admirado puede alcanzar gran intensidad. Esto ocurre, en primer lugar, en la imaginación del adolescente. Él puede "enamorarse" (de esta manera peculiar) de algunos compañeros de su edad, a menudo un poco mayores que él. Normalmente es un amor a distancia. En cualquier caso, la tendencia íntima emocional es la siguiente: "¡Nunca se hará realidad! ¡Nunca lograré su atención y su amor!". Es un deseo de aprecio y "calor" impulsado por la autocompasión, propio de la edad en la que la inclinación sexual, aún vaga, empieza a despertar. Esta patética necesidad de "calor" puede conducir a fantasías eróticas íntimas con algún amigo admirado. En otros casos, el adolescente no tiene claros los deseos de cercanía y contacto físico, aunque más tarde pueda darse cuenta de que estaban latentes.

Mirar intencionadamente a los otros chicos jóvenes por la calle es quizá el rasgo más común del despertar de los intereses homoeróticos. Se quiere tocar y acariciar el objeto de admiración y ser acariciado por él, estar cerca de él, intimar con él, captar su atención y "calor". "¡Si me quisiera...!", es la respuesta habitual del chico. La extensión natural de esta necesidad de "calor" y amor es una avidez erótica; no debe extrañar, puesto que en una fase particular del desarrollo psicológico -pubertad e inicio de la adolescencia- el instinto sexual se encuentra en una etapa de crecimiento, aún no ha alcanzado su meta final: el sexo opuesto. Por lo general, es posible que un chico -durante esta fase de madurez progresiva de sus emociones sexuales- desarrolle sentimientos eróticos hacia miembros de su propio sexo. Esto ocurrirá más fácilmente en el caso de chicos o chicas que se sientan excluidos, solos, inferiores y deseosos de "calor". Su admiración por la apariencia física o la personalidad de los demás toma entonces una dimensión erótica. Los sueños eróticos estando despierto o las fantasías de la masturbación se centran en torno a personas idolatradas del mismo sexo y se manifiesta el deseo homosexual.

            En casos normales, el interés temporal -más o menos erótico- por miembros del mismo sexo desaparecerá cuando el chico (o chica) crezca y descubra los aspectos sexuales, mucho más atractivos, del sexo opuesto. Sin embargo, este interés adquiere especial importancia en el caso de chicos autocompasivos, abrumados por sentimientos de inferioridad acerca de su identidad sexual. Tanto para un niño como para un adolescente, el contacto corporal con alguien admirado supone la plena realización del apasionado deseo de amor y aceptación, la máxima felicidad. Ese contacto hace desaparecer, en la mente patética del adolescente, toda miseria interior, inferioridad y soledad. De esta forma, durante la adolescencia, puede crearse un engranaje entre el deseo de contacto de un niño que se siente merecedor de compasión y el erotismo.

            El deseo por alguien del mismo sexo es pasivo, un afán por ser querido. No es, por tanto, una experiencia feliz y gozosa como la del enamoramiento normal; el sentimiento de fondo es de desesperanza, de dolor. Esta búsqueda de amor está, por supuesto, dirigida al propio ego (el amor homoerótico es egocéntrico y "narcisista").

            Sentimientos homoeróticos como los descritos en este esquema pueden ser bastante débiles al principio, pero van aumentando constantemente en intensidad, causada a menudo por sentimientos de soledad y por las fantasías eróticas de la masturbación. En cualquier caso, esta búsqueda erótica de niño autocompasivo, se convierte en una entidad independiente en la vida emocional; es lo que llamamos "complejo". Es como si la mente hubiera adquirido una dependencia de esta mezcla de autocompasión y anhelo erótico.

            Muchas personas con tendencias homosexuales perciben su inclinación sexual como una obsesión, crónica o temporal. Sus sentimientos sexuales absorben a menudo gran parte de su atención, ocupan su pensamiento, mucho más que en los heterosexuales. Los impulsos homosexuales tienen realmente un carácter compulsivo, por lo que se asemejan a otros trastornos neuróticos, tales como fobias, preocupaciones obsesivas y neurosis obsesivo-compulsivas (causas de la inquietud del paciente). La principal fuerza de esta vehemencia es la insatisfacción inherente al complejo de inferioridad, motivo por el que el deseo es insaciable (puesto que el complejo se producirá siempre de nuevo).

            Una correspondencia o relación homosexual no puede satisfacer o proporcionar ningún tipo de felicidad, exceptuando pequeños "flases emocionales". El compañero ideal sólo existe en la imaginación insaciable del paciente que sufre este complejo y, así, nunca lo encuentra. El sociólogo alemán Dannecker, homosexual confeso, fue objeto de las iras del movimiento homosexual al declarar explícitamente que la "amistad homosexual fiel" era un mito. Dicho mito -afirmó cínicamente- tendría su finalidad en acostumbrar a la sociedad al fenómeno homosexual. La "amistad duradera" se vende fácilmente. Tenemos que aceptar este fenómeno en su plena realidad y conseguir que lo acepten las masas. La realidad, admite, es que buscamos muchos partners forzados por nuestra "inclinación". Dannecker corrobora su afirmación con estadísticas sobre el número de partners de los que tienen tendencias homosexuales, comparado con el de los heterosexuales5. Lo que dice no es nuevo. Confirma el carácter compulsivo y frenético de la homosexualidad: ser "gay" no es algo "gozoso", sino una psico-dependencia.

            Un ejemplo del curso inevitable de los acontecimientos es el testimonio de un hombre con tendencia homosexual, que creyó haber encontrado, después de muchos años, un compañero al que amar realmente toda la vida: "Al principio creí que realmente me había encontrado a mí mismo en esa relación. Estaba convencido de que todas las desgracias que tuve en mi pasado eran debidas a la necesidad de un amigo estable. Sin embargo, lo raro fue que esa misma inquietud volvió de nuevo. Una vez más, me vi en la necesidad de dar rienda suelta a contactos furtivos, a pesar de la buena relación que mantenía con mi compañero (durante un par de meses)". La conclusión de este hombre fue que la homofilia es realmente una compulsión neurótica. De todas formas, no había decidido si quería deshacerse de ella.

            En síntesis: lo que el homosexual busca inconscientemente no es encontrar a alguien y disfrutar de esa relación, sino que busca dolor y sufrimiento para alimentar su necesidad de autodramatización.

 

 Notas:

  1. ARNDT, J.L., Genese en psychotherapie der neurose, 2 vols. Boucher, La Haya 1962
  2. BERGLER, E., Counterfeit Sex. Grunne & Stratton, Nueva York 1958.
  3. GOLDBERG, S., The Inevitability of Patriarchy. Temple Smith, Londres 1977.
  4. MAY, R., Sex and Fantasy, Patterns of Male and Female Development. Norton, Nueva York 1980
  5. DANNECKER, M., Der Homosexuelle und die Homosexualitat. Syndikat, Frankfurt 1978.

 

 

 Este artículo es el Capítulo 5 del libro: Homosexualidad y Esperanza. Terapia y curación en la experiencia de un psicólogo. Si quieres leerlo, pincha aquí.

AddThis Social Bookmark Button
 

TESTIMONIOS

ICONO - TESTIMONIOS EPE

| Quiénes somos |Mapa del sitio |Recomiéndanos | Quiero Colaborar |Contáctanos |Boletín |