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La personalidad narcisista - Enrique Rojas

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ENTRE LA EGOLATRÍA Y LA PRESUNCIÓN

El narciso es una planta exótica, con hojas largas, estrechas y puntiagudas, agrupadas en el extremo por un bohordo grueso blanco o amarillo oloroso; crece en la cercanía de los lagos y se inclina hacia él, como si se mirara en el espejo que le ofrece el agua. Este estar continuamente contemplándose es la idea que late bajo su concepto. Según Plotino, el mito de narciso se refiere al hombre que busca la belleza más en lo externo y, en consecuencia, se queda en la fachada personal, cuidando la portada, el frontispicio, la apariencia.

Fue Havellock Ellis el primero que utilizó este término a finales del siglo XIX para referirse a aquellos sujetos que desarrollaban una tendencia sexual hacia sí mismos. Freud adaptó más tarde el concepto a sus criterios psicológicos para referirse a las personas con un amor desordenado y excesivo hacia sí mismos. Tiempo después, la corriente psicoanalista estableció los rasgos de esta personalidad haciendo hincapié en dos vertientes: el amor extraordinario hacia uno mismo y una autoestima grandiosa, fruto de una evaluación personal desmedida.

Los narcisistas giran sobre sí mismos pidiendo de los demás aplausos y gratificaciones verbales, siempre preocupados por causar un fuerte impacto positivo en la gente que les rodea y, a la vez, reclamando elogios, admiración y reconocimiento de su valía. No obstante, resulta más importante lo que ellos piensan sobre su propia excelencia que lo que opinan los demás. El patrón de conducta se vertebra sobre la impresión de grandeza suprema de su persona y la necesidad de reconocimiento por parte de la gente del entorno. Hay en él presunción, engreimiento, soberbia descomunal y fatua, jactancia y petulancia.

Por todo ello, los narcisistas provocan en los demás rechazo y carecen de empatía. La autovaloración y la hipersensibilidad respecto a la opinión de los otros dan lugar a una psicología desagradable que invita a alejarse de ellos, pues la gente que les rodea ve en ellos una inclinación a ser explotados. Buscan un trato privilegiado y muestran fantasías de éxito, logros, y prestigio. Dentro de ese marco, es frecuente la descalificación de las personas cercanas y de personajes de la vida pública. No reconocen ni aceptan sus propios defectos o fallos, y cuando alguien se los hace ver, aunque sea con suavidad y educación, pasan al ataque.

Su forma de ser se nota incluso en su modo de vestir: quieren dejar bien claro su estatus social y cuidan su aspecto de modo excesivo, con el objeto de llamar la atención y de ser reconocidos y estimados.[1] Con el paso del tiempo, sólo quedan a su lado quienes se someten a ellos y se vuelven aduladores[2]. En ocasiones, saben rodearse de personas que actúan como si formaran un coro encargado de alabarlos sistemáticamente. Esto es frecuente en la vida artística o política, pero también en otros ámbitos, ya que se trata de individuos que tienen de sí mismos una excesiva complacencia.


EL COMPLEJO DE SUPERIORIDAD

El complejo de superioridad es un sentimiento o vivencia afectiva interior que hace que el sujeto en cuestión se vea muy por encima de quienes le rodean. La seguridad en sí mismo es superlativa y la arrogancia le conduce a cierto liderazgo, pues se trata de gente que nunca puede estar en un segundo plano o en posiciones de subordinación. El narcisista es un ser vanidoso; tanto, que cuando se le minusvalora su respuesta es siempre de irritabilidad o fuerte agresividad. Sus afirmaciones de superioridad pueden llegar a ser de escándalo y producen una mezcla de sorpresa y rechazo en los que observan sus actitudes.

La distancia en el trato interpersonal es una táctica bien estudiada que busca la admiración a través de una apariencia que produzca pasmo, asombro. El narcisista está muy pagado de sí mismo y los elogios que recibe le parecen escasos para lo que él se merece. Dado que es pretencioso, creído y petulante, resulta fácil que explote a los demás, prometiéndoles algo más o menos claro o impreciso. Cuando alguien le pregunta su opinión sobre otra persona, la descalificación es inmediata, rotunda, y puede aludir a todas las vertientes de dicha vida. Su poco respeto por los otros es lo que motiva su desconsideración y su crítica.

La idealización propia del narcisista pone de relieve su falta de autoconocimiento, razón por la cual niega sistemáticamente cualquier defecto o fallo personal. Se ha discutido mucho sobre cómo se fragua este estilo de ser. Unos piensan que por haber tenido cerca algún narcisista durante la infancia y la adolescencia. Hoy sabemos la enorme importancia que tiene el aprendizaje por imitación; todo se contagia, tanto lo positivo como lo negativo. El modelo de identidad se va construyendo con las diversas influencias que recibe un individuo. También es interesante poner de relieve que entre los niños hipermimados y superprotegidos es fácil que prospere este tipo de personas, dada la enorme indulgencia de los padres; son chicos muy acostumbrados a recibirlo todo de palabra y de hecho, a no ser corregidos o criticados por sus progenitores.

Otra hipótesis, la psicoanalítica, sitúa el origen del narcisismo en las críticas excesivas, el desprecio o el abandono sufridos durante la infancia y la pubertad. A lo largo de los años, estas personas van utilizando ciertos mecanismos psicológicos de superación que consolidan su vanidad y complejo de superioridad. El trabajo terapéutico consistirá, entonces, en localizar la mutación enfermiza de dicha forma de funcionar[3], búsqueda que obliga a rastrear el pasado con detalle.

CRITERIOS PARA EL DIAGNÓSTICO DEL TRASTORNO NARCISISTA DE LA PERSONALIDAD


Un patrón general de grandiosidad (en la imaginación o en el comportamiento), una necesidad de admiración y una falta de empatía, que empiezan al principio de la edad adulta. Se dan en diversos contextos, como lo indican cinco (o más) de los siguientes puntos:


1. Tiene un grandioso sentido de «autoimportancia» (por ejemplo, exagera sus capacidades, espera ser reconocido como superior sin unos logros proporcionados).


2. Está preocupado por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginarios.


3. Cree que es «especial» y único, y que sólo puede ser comprendido o sólo puede relacionarse con otras personas (o instituciones) de alto estatus.


4. Exige una admiración excesiva.


5. Es muy pretencioso (por ejemplo, expectativas poco razonables de recibir un trato de favor especial o de que se cumplan automáticamente sus expectativas).


6. Saca provecho de los demás para alcanzar sus propias metas.


7. Carece de empatía: es reacio a reconocer o identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás.


8. Envidia frecuentemente a los demás o cree que los demás le envidian a él.


9. Presenta comportamientos o actitudes arrogantes o soberbios.

 

(DSM-IV, 1995.)

Muchos han sido los investigadores que han profundizado en el análisis del narcisista y su grandiosidad arrogante. Así, G. Adler (1981) establece un puente de unión entre la personalidad narcisista y la límite, ya que ambas tienen grandes dificultades para establecer una buena transferencia psicológica (es decir, una buena relación médico-enfermo), aquéllos por la inestabilidad y éstos por su egocentrismo exultante. Existe una relativa proximidad entre la personalidad narcisista, la histriónica y la límite, centradas en las dificultades para el contacto social sano y equilibrado. En todos estos casos hay graves distorsiones cognitivas que conducen a una interpretación propia expansiva, que recuerda a los episodios eufóricos en sus momentos más álgidos. La conciencia social es deficiente, ya que se creen estar por encima de todo y de todos, despreciando reglas y normas de comportamiento social.[4]

¿SE PUEDE SEGUIR ALGÚN TRATAMIENTO CON EL NARCISISTA?

Una vez más, la no conciencia de trastorno o desajuste psicológico constituye una nota esencial de este trastorno de la personalidad. Al narcisista le resulta muy difícil aprender una conducta distinta, pues sus reacciones emocionales tienen raíces muy fuertes. Su estilo defectuoso al procesar la información, prestando una atención desmesurada a los elogios y alabanzas —según ellos siempre justificadas-, dificulta el trabajo terapéutico.

Un estudio ya clásico sobre el tema, llevado a cabo por A. T. Beck, J. Rush, B. Shaw y G. Emery (1979), señalaba que estas personas tienen una combinación de esquemas mentales deformados sobre ellos mismos, el mundo y el futuro; creen firmemente que son singulares, especiales, y que los demás así deben reconocerlo. Si además logran el éxito en la vida profesional y personal, el tema se hipertrofia y alcanza entonces proporciones desorbitadas.

Sólo acuden al médico cuando padecen una depresión reactiva, originada por el fracaso de la relación entre sus expectativas-fantasías y la realidad. La sensación de haber sido humillados, aunque se trate de ciertas dificultades que afectan a mucha gente normal, provoca ciertas reacciones que pueden desencadenar una fobia social o un miedo intenso a mantener relaciones interpersonales. En otros se acentúa la hipocondría, lo cual es comprensible por el excesivo interés en ellos mismos, que se desplaza hacia el plano corporal (aprensión) o hacia el estético (dismorfofobia).

¿Qué tipo de intervención psicológica es entonces la más correcta? La terapia cognitivo-conductual, capaz de reconducirle hacia una moderación de su egolatría. El psiquiatra ha de saber conducirse ante el narcisista, buscando mejorar su calidad de vida familiar y social, y haciéndole atractivo el cambio. No hay que perder de vista que, por lo general, nadie le ha hablado de sus defectos psicológicos; es un terreno virgen y, en consecuencia, no está todo perdido. En estos casos, la psicoterapia exige talento y habilidad por parte del psiquiatra/psicólogo, sabiendo mostrar al paciente la disparidad que existe entre sus presunciones y su valía real.

Es bueno trazar unos objetivos y perfilarlos de forma clara. Hay que estar prevenido ante los mecanismos de resistencia, que suelen manifestarse tanto firme como intermitentemente. ¿Cuáles son, pues, tales objetivos?

1. Enseñarle a realizar una autoevaluación más real y objetiva. [5] Para ello es bueno tener información de él y de algún familiar muy cercano, y así sabremos cómo se ha establecido verdaderamente a lo largo de su vida la relación entre los objetivos y los resultados de los grandes argumentos: trabajo, afectividad, familia, amistades, cultura...

2. Exponerle los síntomas negativos que deben corregirse. Egocentrismo, arrogancia, fantasías que no se ajustan a la rea¬lidad, tendencia a reclamar admiración de forma permanente, a explotar a los demás, etc. son pautas que se conexionan unas con otras, formando un complejo entramado. El psiquiatra es clave para orientar al paciente en la apasionante y difícil tarea de ser más considerado con los demás.

3. Apoyar la terapia psicológica con la medicación. Al negar el paciente su trastorno en la mayoría de los casos, el único puente de unión para que no abandone el tratamiento es el control periódico de la medicación.

4. Imitar modelos sanos de personas destacadas. Es conveniente reforzar el modelo de identidad —que tanta importancia tiene en la formación de una personalidad equilibrada y madura— mostrándole ejemplos alternativos sanos que evidencien su conducta desadaptada: la instrumentalización de las amistades, la falta de tacto y autenticidad interpersonal, la frialdad con los demás... Todas estas actitudes se pueden ir sustituyendo por sentimientos más sanos.

5. Saber valorar cualquier avance psicológico por pequeño que sea. Gratificaciones verbales moderadas, ecuánimes y directamente relacionadas con la mejoría en cuestión forman parte del proceso de cambio positivo. Hay que ayudar al narcisista a abandonar todo lo que es desadaptativo, como la amenaza de abandonar la terapia cada vez que el psiquiatra/psicólogo pretende erradicar algún hábito de su patología. Estar advertido de ello evitará frustraciones en el equipo terapéutico, ya que se trata de un dato que forma parte de la propia sintomatología.

6. Saber situar bien el locus of control[6]. La mayoría de los narcisistas tienen la costumbre de culpar a los demás de sus fracasos y problemas. Hay que hacerles ver que eso no es así. Por ejemplo, alguien que ha suspendido unas oposiciones puede imputar el resultado al tribunal que le ha juzgado o a la mala intención de uno o varios de sus miembros, sin valorar correctamente si la razón obedece a haber estudiado poco, a no haber sabido planificarse o a no ser ordenado y constante.

Es recomendable mantener cierta distancia entre el paciente y el terapeuta, quien debe ganárselo con argumentos dialécticos, pero sin hacer otro tipo de concesiones. Aplicando criterios de objetividad, le ayudará a estudiar cada una de las situaciones vividas, intentando desmontar los aspectos patológicos. Frente a sus creencias ególatras, se le ofrecerán otras más sanas y realistas, en la siguiente dirección: «No quieras ser excepcional ni extraordinario; sé tu mismo, pero dando lo mejor de lo que llevas dentro. No es equilibrado buscar permanentemente el elogio y el ensalzamiento de los demás.

Para ser feliz en la vida no es nece¬sario tener un coro de personas que aplaudan lo que uno hace; ésa es una visión errónea. La felicidad consiste en sacar el mayor partido posible a la propia existencia, con amor y paciencia.[7] Los complejos de inferioridad y superioridad son ante todo sentimientos y, como tales, valoraciones absolutamente subjetivas; son apreciaciones personales que deben ser contrastadas.»

No obstante, el narcisista es un enfermo muy difícil de tratar, de ahí que su pronóstico sea reservado.

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[1]Hay matices respecto de la personalidad histriónica. El narcisista tiene una enorme autoestima, se cree extraordinario y necesita ser admirado; responde de forma agresiva a los pequeños desaires, ofensas o críticas. Sin embargo, el histriónico es teatral, dramático, ofrece una puesta en escena de sus sentimientos y quiere ser el centro de atención. Ambos son ególatras e indulgentes con sus errores, y tienen una visión demasiado subjetiva de sus logros y cualidades. A veces, en la práctica clínica, se asocian ambos desajustes de la personalidad.


[2]La relación entre el narcisista y el adulador es muy habitual. El adulador dice o hace cosas estudiadas, poco sinceras y exageradas, con el fin de agradar al narcisista, pretendiendo sacar un beneficio de ello. Hay en su conducta falsedad y servilismo, sobre todo conociendo la sensibilidad de esa otra persona al halago, a que le regalen el oído incluso con mentiras. Por otra parte, el narcisista se ha acostumbrado a devaluar a los demás; su yo hipertrofiado, así como su falta de generosidad, hacen que quienes están cerca reaccionen a medio plazo con desprecio

[3]La psicobiografía es el estudio detallado de la vida personal atendiendo tanto a sus principales segmentos (infancia, adolescencia, primera juventud, madurez, tercera edad, ancianidad) como a la intrahistoria (éxitos, fracasos, ilusiones, impactos, traumas psicológicos, etc.). Ambas travesías son reveladoras.


[4]Incluso cuando hay hechos llamativamente negativos en el pasado del narcisista, él redefine su contenido dándole la vuelta a los argumentos y falsificándolos a su favor, para mantener intacta su imagen artificial.

[5]El complejo de superioridad al margen de los triunfos obtenidos muestra a las claras lo que le ocurre al narcisista. Es bueno hacer con él cierto balance existencial objetivo, una especie de cuenta de resultados que le permita ver fríamente las distorsiones que comete de manera sistemática. El psicoanalista Wilhelm Reich (1951) identificó un subtipo, el narcisista elitista, que se siente miembro de un grupo aparte de escogidos y seres superiores.

[6]Con este nombre se hace referencia a la atribución que hace una persona de los hechos que le suceden. Fueron J. B. Rotter y cols. (1972) quienes sistematizaron este concepto, que hace referencia a una peculiar interpretación de los acontecimientos, debidos a algo que se encuentra fuera de uno (locus of control externo) o dentro (locus of control interno): el primero valora la importancia de todo lo que está en el entorno, lo que no depende de uno mismo; el segundo tiene justamente un sentido inverso, destacando el esfuerzo personal del propio sujeto, causante de lo bueno y lo malo que le pueda ocurrir. La vida diaria de todos nosotros está plagada de ejemplos en ambos sentidos.

[7]Véase mi libro Una teoría de la felicidad (Dossat, Madrid, 2001), en el que desarrollo ampliamente esta y otras ideas.

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Actualizado ( Domingo, 08 de Marzo de 2009 21:19 )  

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