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Diez reglas de oro para educar la voluntad - Enrique Rojas

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Es difícil, tras estudiar el tema de la voluntad desde perspectivas tan diversas, intentar concretar para ofrecer unas pautas específicas que no sean simples recetas de cocina, pues al atravesar la frontera entre la teoría y la práctica, entre las ideas y su aplicación, hay un trecho difícil de salvar. No obstante, voy a tratar de esquematizarlas.



1. La voluntad necesita un aprendizaje gradual, que se consigue con la repetición de actos en donde uno se vence, lucha y cae, y vuelve a empezar. A esto se llama en psicología hábito.



Dicho en otros términos: hay que adquirir hábitos positivos mediante la repetición de conductas, deforma deportiva y alegre, que van inclinando la balanza hacia comportamientos mejores, más maduros y que, a la larga, se agradecerán, pero que, en las primeras etapas, cuestan mucho trabajo, puesto que la voluntad está aún en estado primario, sin dominar.


2. Para tener voluntad hay que empezar por negarse o vencerse en los gustos, los estímulos y las inclinaciones inmediatas.

Esto es lo realmente difícil. Es más fácil explicar los mecanismos por donde hay que dirigir la voluntad, que ponerse uno a funcionar, aplicando las teorías y los argumentos. Esto es: toda educación de la voluntad tiene un trasfondo ascético, sobre todo cuando se empieza.


La labor de los padres en esta tarea es decisiva: deben -con mucha sabiduría- hacer atractiva la responsabilidad, el deber y las exigencias concretas. De otra parte, están los educadores: deben guiar al alumno hacia la verdad y la libertad, ligadas estrechamente[1]. Hay un puente que va de la primera a la segunda. La voluntad es liberadora. ¿En qué consiste ser libre? ¿Qué es liberarse? Significa poder moverse sin coacciones, haciendo lo que uno quiere, eximiéndose de obstáculos y dependencias que distraigan del mejor trayecto personal.


La voluntad libera e inicia el vuelo hacia la realización del proyecto personal y de la felicidad. Ahora bien, hay que hacer la siguiente pregunta: ¿Cuál es el nivel del proyecto y a qué cosas nos referimos cuando hablamos de felicidad? La respuesta no es otra que indagar en los argumentos de nuestra existencia, ya que éstos constituyen el alma de nuestra vida como anticipación y programa de la misma. La vida humana es una tarea que se mueve entre dos polos: adecuar los deseos a la realidad. Por eso la felicidad no consiste en vivir bien y tener un excelente nivel de vida, sino en saber vivir.


Es frecuente captar esto cuando la vida se acaba. Es una lástima darse cuenta de ello cuando se está a punto de amarrar la propia barca en la otra ribera.


Liberación no es hacer lo que uno quiere o seguir los dictados inmediatos de lo que deseamos, sino vencerse en pequeñas luchas titánicas para alcanzar las mejores cimas del propio desarrollo. La supresión de obligaciones y de constricciones exteriores, el abandono de los grandes ideales y retos, dejarse llevar por los estímulos del momento... puede proporcionar cierta tranquilidad en un corto plazo, sobre la marcha, pero muy pronto deja al descubierto las carencias de esa personalidad.



Pensemos en la liberación sexual[2], que ha pretendido borrar todas las inhibiciones, situando al hombre rumbo ala utopía de los paraísos perdidos y los sueños roussonianos. Se anunciaba así un mundo futuro abierto, liberal, pluralista, de más ricos horizontes. Pero los resultados que tenemos a la vista son unos modelos de comportamiento aberrantes en los que la sexualidad, degradada, se ha convertido en bien de consumo, instrumentalizando al otro en el sexo.


La liberación que trae la voluntad consiste en apartar obstáculos, allanar el camino para hacer lo que se había programado, ir consiguiendo que los sueños se hagan realidad poco a poco. Es evidente que todo depende del fin, del punto de mira, de aquello hacia lo que apuntemos.


Esto se resume en la célebre frase de Nietzsche: «No te pregunto de qué eres libre, te pregunto para qué eres libre.»


O como consta en aquel libro de Bernanos: « La libertad: ¿para hacer qué?»


3. Cualquier aprendizaje se adquiere con más facilidad a medida que la motivación es mayor.

Estar motivado implica estar preparado para apuntar hacia el mejor blanco. El ejercicio de luchar por nuestros objetivos se estira más gracias a la fuerza de los contenidos que los mueven. Lo expresaré de otra forma: el que no sabe lo que quiere, el que no tiene la ilusión de alcanzar algo, difícilmente tendrá la voluntad preparada para la lucha.


Esta regla sugiere muchas cosas a la vez. Por una parte, el viejo tema del modelo de identidad, esa lección abierta que otro nos da y nos invita a imitarlo. Tenerlo presente es empezar a andar de forma correcta y correr tras la verdadera libertad.


Como dice Daniel Inenarity[3] : «Libertad como pasión significa superar el reduccionismo de una libertad sólo centrada en aspectos formales, comprada al precio de una perpetua indecisión [...] Una libertad profunda es aquella que se realiza, se hace vida, decide y compromete [...] conservando la propia superioridad moral.»


Es decir, que todo progreso humano que se hace de espaldas a unas normas morales acaba mal. El hombre superior es el hombre espiritual que ve a los demás como personas, no como peldaños[4].


Por otra parte, hay que saber descubrir lo que yo llamaría en la actualidad valores de recambio, que de algún modo se circunscriben alrededor de los grandes motivos del hombre. Son nuevos motores que iluminan con su fuerza el proyecto personal: la democracia, los valores de la Ilustración, el pluralismo bien entendido, la solidaridad, así como una visión supranacional de los problemas actuales.


4. Tener objetivos claros, precisos, bien delimitados y estables.

Cuando esto es así y se ponen todas las fuerzas en ir hacia delante, los resultados positivos están a la vuelta de la esquina, y no tiene cabida la dispersión de objetivos, ni tampoco querer abarcar más de lo que uno puede.



Por eso produce mucha paz aplicarse en esos propósitos, siendo capaz de apartar todo lo que pueda distraernos o alejarnos de las metas. Querer es pretender algo concreto y renunciar a todo lo que distraiga y desvíe de los objetivos trazados[5] .


5. Toda educación de la voluntad tiene un fondo ascético, especialmente en sus comienzos.

Hay que saber conducir las ansias juveniles hacia una meta que merezca realmente la pena. Ahí es donde resulta decisiva la tarea del educador por un lado, y la de los padres, por otro.


Hay una observación complementaria que quiero hacer, una vez llegados a este punto: las grandes ambiciones, las mejores aventuras, brotan de algo pequeño, que crece y se hace caudaloso a medida que la lucha personal no cede, no baja la guardia, insistiendo una y otra vez.


En el alpinismo, por ejemplo -tarea que se parece mucho al fortalecimiento de la voluntad-, lo importante es dar pequeños pasos hacia arriba, ir ascendiendo en la montaña no gracias a las grandes escaladas, sino merced a pequeños avances, al principio costosos y, después, ya más fáciles, una vez que se vislumbra el paisaje desde la cima.


6. A medida que se tiene más voluntad, uno se gobierna mejor a sí mismo, no dejándose llevar por el estímulo inmediato.

El dominio personal es uno de los más extraordinarios retos, que nos elevan por encima de las circunstancias. Se consigue así una segunda naturaleza. Uno no hace lo que le apetece, ni escoge lo más fácil y llevadero, sino que se dirige hacia lo que es mejor.


Cuando la voluntad es más sólida, esa persona ya ni se plantea el cansancio que ha supuesto o sus apetencias, sino lo que sabe será más positivo para ella de cara a los objetivos diseñados.


7. Una persona con voluntad alcanza las metas que se había propuesto con constancia.

He comentado en las páginas que preceden lo importante que es tener presentes las piezas instrumentales de la voluntad: el orden, la tenacidad, la disciplina, la alegría constante y la mirada puesta en el futuro, en la meta. Existe hoy la tendencia a la exaltación del modelo del ganador, que deja en la estacada, groggy, a muchos perdedores en el ring social. Por eso, compararse con otros, fijarnos demasiado en las vidas ajenas, puede ofrecer una cara negativa, suficiente como para no disfrutar con lo que se tiene y desear lo que no poseemos[6].


8. Es importante llegar a una buena proporción entre los objetivos y los instrumentos que utilicemos para obtenerlos; es decir, buscar la armonía entre fines y medios.

Hay que intentar una ecuación adecuada entre aptitudes y limitaciones, pretender sacar lo mejor que hay en uno mismo, poniendo en marcha la motivación, configurada gracias a las ilusiones, así como el orden, la constancia, la alegría y la autoridad sobre nosotros mismos, para no ceder ni un ápice en lo propuesto.


9. Una buena y suficiente educación de la voluntad es un indicador de madurez de la personalidad.

No hay que olvidar que cualquier avance de la voluntad se acrecienta con su uso y se hace más eficaz a medida que se incorpora con firmeza en el patrimonio psicológico de cada uno de nosotros. Una persona madura y con equilibrio psicológico ofrece un mosaico de elementos armónicamente integrados, en donde la voluntad brilla con luz propia.


10. La educación de la voluntad no tiene fin.

Esto significa que el hombre es una sinfonía siempre incompleta, y que, haber alcanzado un buen nivel no quiere decir que se esté siempre abonado al mismo, ya que las circunstancias de la vida pueden conducir a posiciones insólitas, inesperadas, difíciles o que obligan a reorganizar parte de la estructura del proyecto personal.


También hay que citar la falta de orientación de la sociedad actual, tan permisiva y con tan pocos valores de referencia, que impide ver ejemplos positivos que sirvan como modelos de identidad. La sociedad, tal y como está ahora, no favorece en casi nada la potenciación de la voluntad. Y mucho más difícil resulta esta potenciación con la influencia de la televisión, frente a la no cabe tener más que un moderado pesimismo.





[1] El concepto de verdad se quiebra en distintas laderas: la verdad de las cosas, de las circunstancias que nos rodean y la verdad como hipótesis de trabajo (verdad prospectiva).


Tres lenguas han influido decisivamente en la formación del pensamiento europeo: el griego, el latín y el hebreo, y en cada una de ellas encontramos tres palabras sobre este concepto: aletheia, véritas y emunah, respectivamente.


Vivir en la verdad personal es tener criterios y obrar consecuentemente. Dicho en otras palabras: el hombre incoherente, que conoce esas reglas de conducta, pero, por los motivos que sean, no las sigue, no es consecuente con ellas.


Es cierto que cuando hay voluntad se está más dispuesto para luchar y vencerse, puesto que voluntad es disposición activa para hacer algo adelantando resultados.



[1] Este tema cabalga entre diversas corrientes, desde las ideas ya superadas del psicoanalista Wilhelm Reich, a la llamada «civilización del eros» de Marcase, o a la «permisividad» de Van Ussel, pasando por las ideas más positivas de Allport o Maslow sobre el amor personal, hasta llegar a la psicoterapia humanista de Rogers o al misterio de la sexualidad con serio enfoque antropológico de Gustave Thivon, Jean Guitton, Joseph Pieper o García Hoz.


La vida sexual es una pieza que integra o desintegra al hombre, según la manera de vivirla. En ella se alberga una trilogía integrada por los aspectos corporal, psicológico y espiritual.





[3]Véase Libertad como pasión, Eunsa, Pamplona, 1992.




[4] Dice el Talmud: «El hombre sabio es el que trata a todos con dignidad.» Estamos atravesando una época de represión espiritual: en muchos ambientes todo lo que suene a espiritualidad, está mal visto, no se lleva, no engancha... Pero es un bastión decisivo del ser humano.


Vivimos en la apoteosis de lo fugaz, la exaltación del instante, la idolatría del sexo y como resultado de ello: la indiferencia por saturación de contradicciones, y, a su vez, la fascinación caleidoscópica del querer estar en todas partes, no decir que no a nada y pretender jugar a todas las bandas y posiciones... es el relativismo de la levedad y la dispersión. Un ser humano superdébil, a quien hay que seguir para poder certificar su triste final.


En tales casos sólo hay voluntad para alcanzar dinero, sexo, poder, éxito a cualquier precio o las versiones actuales de mejorar permanentemente el nivel de vida, el bienestar, la seguridad... La felicidad no consiste sólo en eso, pues hay muchas personas que viven así y no son felices. La felicidad es estar haciendo algo grande con la vida, algo que la llene y que vaya más allá de los propios intereses.




[5]Véase Polaino Lorente, Dimensiones motivacionales y cognitivas de la voluntad, Dossat, Madrid, 1988. Subraya la importancia del aprendizaje, sin el cual no se pueden adquirir conocimientos. «No hay educación sin aprendizaje. La educación añade algo más al mero aprendizaje, me estoy refiriendo a la educación de la voluntad. Los aprendizajes que realiza la voluntad son siempre motivados e intelectualizados... la motivación y el "conocimiento del fin" tienen aquí especial importancia.» Hace una clara referencia al modelo conductista del aprendizaje. cuanto mayor sea la recompensa, mayor será el efecto del aprendizaje, o dicho de otra manera, de la eficacia del castigo o de la recompensa, de su buena y adecuada administración, saldrá la clave para todo este proceso. «La administración de recompensas suele ser más eficaz que la de castigos, salvo cuando se busca un cambio en la emisión de la respuesta.»




[6] Un autor que ha trabajado a fondo en estos temas, García Hoz, publicó en 1962 un libro que fue emblemático para aquella época: Pedagogía de la lucha ascética. Allí exponía los elementos básicos para el esfuerzo en los temas morales, inspirado en autores españoles del Siglo de Oro (parte del XVI y XVII).



Después han seguido muchas investigaciones, hasta llegar a La práctica de la educación personalizada, tratado donde se describen y analizan los fundamentos y las técnicas para alcanzar la obra bien hecha, que es la meta que propone su autor.

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Actualizado ( Viernes, 13 de Marzo de 2009 21:03 )  

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