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El mito del Andrógino - Alberto Buela

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Se deja a la libre elección de cada uno el tipo de "género" al que quiere pertenecer, todos igualmente válidos. Esto hace que los heterosexuales, los homosexuales y las lesbianas, los bisexuales y los zoosexuales sean simplemente modos de comportamiento sexual producto de la elección de cada persona, libertad que todos los demás deben comprender y aceptar. De lo contrario son tildados de discriminadores, concepto que luego de "les lois liberatrices" tipo Gayssot en Francia, Mancino en Italia y de la Rúa en Argentina, equivale al de racista. No se necesita mucha reflexión para darse cuenta de lo errónea que es esta posición, y las consecuencias perniciosas que tiene la negación de que haya una naturaleza dada a cada uno de los seres humanos por su capital genético.

Ubicación

En el diálogo Simposium también conocido bajo el nombre de El Banquete se encuentra este mito del Andrógino, también denominado como mito de Aristófanes, por ser el personaje de este nombre quien lo relata. Sus coordenadas son 189 c2 a 193 e1.

Este diálogo junto con el Lisis y el Fedro tiene por objeto el tema del amor (eros), y se desarrolla justo después de la comida, en el momento de la bebida o simposio propiamente dicho.

En cuanto a su denominación de andrógino se debe al contenido, dado que bajo ese nombre se designan a seres que reúnen los dos sexos.

En el turno que le toca hablar a Aristófanes, éste afirma que los hombres no se dan cuenta del poder del amor. Y como Amor es, de entre los dioses, el más aliado de los hombres y el médico de sus males, va a intentar explicar a través del mito de Andrógino su esencia a través de las modificaciones que sufrió la naturaleza humana a lo largo de su historia.

Texto

En primer lugar, tres eran los sexos de los hombres, no dos como ahora, masculino y femenino, sino que había además un tercero que era común a esos dos, del cual perdura aún el nombre, aunque él mismo haya desaparecido. El andrógino (hombre-mujer), en efecto, era entonces una sola cosa en cuanto a figura y nombre, que participaba de uno y otro sexo, masculino y femenino, mientras que ahora no es sino un nombre que yace en la ignominia.

En segundo lugar, la figura de cada individuo era por completo esférica, con la espalda y los costados en forma de círculo; tenía cuatro brazos e igual número de piernas que de brazos, y dos rostros sobre un cuello circular, iguales en todo; y una cabeza, una sola, sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, y también cuatro orejas, dos órganos sexuales y todo lo demás según puede uno imaginarse de acuerdo con lo descrito hasta aquí.

Caminaba además erecto, como ahora, en cualquiera de las dos direcciones que quisiera; mas cada vez que se lanzaba a correr rápidamente, del mismo modo que ahora los saltimbanquis dan volteretas haciendo girar sus piernas hasta alcanzar la posición vertical, avanzaba rápidamente dando vueltas, apoyándose en los ocho miembros que tenía entonces.

Eran tres los sexos y de tales características por la siguiente razón: lo masculino era en un principio descendiente del sol, lo femenino de la tierra, y lo que participaba de ambos de la luna porque también la luna participa de lo uno y de lo otro. Y precisamente eran circulares ellos mismos y su manera de avanzar por ser semejantes a sus progenitores.

Eran, pues, terribles por su fuerza y su vigor y tenían gran arrogancia, hasta el punto de que atentaron contra los dioses. Y lo que dice Homero de Oto y Esfialtes; se dice también de ellos, que intentaron ascender al cielo para atacar a los dioses. Entonces Zeus y los demás dioses deliberaron lo que debían hacer con ellos, y se encontraban ante un dilema, ya que ni podían matarlos ni hacer desaparecer su raza, fulminándolos con el rayo como a los gigantes –porque entonces desaparecerían los honores y sacrificios que los hombres les tributaban-, ni permitir que siguieran siendo altaneros.

Tras mucho pensarlo, al fin Zeus tuvo una idea y dijo: "Me parece que tengo una estratagema para que continúe habiendo hombres y dejen de ser insolentes, al hacerse más débiles. Ahora mismo, en efecto -continuó-, voy a cortarlos en dos a cada uno, y así serán al mismo tiempo más débiles y más útiles para nosotros, al haber aumentado su número. Caminarán erectos sobre dos piernas; pero si todavía nos parece que son altaneros y que no están dispuestos a mantenerse tranquilos, de nuevo otra vez -dijo- los cortaré en dos, de suerte que avanzarán sobre una sola pierna saltando a la pata coja".

Dicho esto, fue cortando a los hombres en dos, como los que cortan las yerbas y las ponen a secar o como los que cortan los huevos con crines. Y a todo aquél al que iba cortando, ordenaba a Apolo que le diera la vuelta al rostro y a la mitad del cuello en el sentido del corte, para que, al contemplar su seccionamiento, el hombre fuera más moderado, y le ordenaba también curarle lo demás.

Apolo le iba dando la vuelta al rostro y, recogiendo la piel que sobraba de todas partes en lo que ahora llamamos vientre, como ocurre con las bolsas cerradas con cordel, la ataba haciendo un solo agujero en mitad del vientre, precisamente lo que llaman ombligo. En cuanto al resto de las arrugas, la mayoría las alisó, y conformó el pecho sirviéndose de un instrumento semejante al que emplean los zapateros para alisar sobre la horma las arrugas de los cueros. Mas dejó unas pocas, las que se encuentran alrededor del vientre mismo y del ombligo, para que fueran recordatorio de lo que antaño sucedió.

Así pues, una vez que la naturaleza de este ser quedó cortada en dos, cada parte echaba de menos a su mitad, y se reunía con ella, se rodeaban con sus brazos, se abrazaban la una a la otra, anhelando ser una sola naturaleza, y morían por hambre y por su absoluta inactividad, al no querer hacer nada los unos separados de los otros. Y cada vez que moría una de las mitades y sobrevivía la otra, la que sobrevivía buscaba otra y se abrazaba a ella, ya se tropezara con la mitad de una mujer entera -lo que precisamente llamamos ahora mujer-, ya con la mitad de un hombre; y de esta manera perecían.

Mas se compadeció Zeus y se ingenió otro recurso: trasladó sus órganos genitales a la parte delantera (porque hasta entonces los tenían también por fuera, y engendraban y parían no los unos en los otros, sino en la tierra, como las cigarras).Los trasladó, pues, de esta manera a su parte delantera e hizo que por medio de ellos tuviera lugar la concepción en ellos mismos, a través de lo masculino en lo femenino, a fin de que, si en el abrazo se encontraba hombre con mujer, engendraran y siguiera existiendo la especie, mientras que si se encontraba hombre con hombre, hubiera al menos plenitud del contacto, descansaran, prestaran atención a sus labores y se ocuparan de las demás cosas de la vida.

Desde hace tanto tiempo, pues, es el amor de unos a otro innato en los hombres y aglutinador de la antigua naturaleza, y trata de hacer un solo individuo de dos y de curar la naturaleza humana. Cada uno de nosotros es, por tanto, una contraseña (1) de hombre, al haber quedado seccionados, como los lenguados, en dos de uno que éramos. Por eso busca continuamente cada uno su propia contraseña.

En consecuencia, cuantos hombres son sección del ser común que en aquel tiempo se llamaba andrógino, son aficionados a las mujeres, y la mayoría de los adúlteros proceden de este sexo; y, a su vez, cuantas mujeres son aficionadas a los hombres y adúlteras proceden también de este sexo. Pero cuantas mujeres son sección de mujer, no prestan mucha atención a los hombres, sino que se interesan más bien por las mujeres, y las lesbianas proceden de este sexo.

En cambio, cuántos son sección de varón, persiguen a los varones, y, mientras son niños, como son rodajitas de varón, aman a los hombres y disfrutan estando acostados y abrazados con los hombres, y son éstos los mejores de los niños y muchachos, por ser los más viriles por naturaleza.

Hay quienes, en cambio, afirman que son unos desvergonzados, pero se equivocan, pues no hacen esto por desvergüenza, sino por audacia, hombría y virilidad, porque desean abrazarse a lo que es semejante a ellos. Y una clarísima prueba de ello es que, cuando llegan a su completo desarrollo, los de tal naturaleza son los únicos que resultan viriles en los asuntos políticos.

Y cuando se hacen hombres, aman a los muchachos y no se preocupan del matrimonio ni de la procreación de hijos por inclinación natural, sino obligados por la ley, pues les basta pasarse la vida unos con otros sin casarse. En consecuencia, la persona de tal naturaleza sin duda se hace amante de los muchachos y amigo de su amante, ya que siempre siente predilección por lo que le es connatural.

Así pues, cuando se tropiezan con aquella verdadera mitad de sí mismos, tanto el amante de los muchachos como cualquier otro, entonces sienten un maravilloso impacto de amistad, de afinidad y de amor, de manera que no están dispuestos, por así decirlo, a separarse unos de otros ni siquiera un instante. Y los que pasan la vida entera en mutua compañía son éstos, que ni siquiera sabrían decir lo que quieren obtener unos de otros.

Nadie, en efecto, podría creer que lo que pretenden es la unión en los placeres sexuales, y que es ése precisamente el motivo por el que el uno se complace en la compañía del otro con tan gran empeño. Al contrario, el alma de cada uno es evidente que desea otra cosa que no puede decir con palabras, sino que adivina lo que desea y lo expresa enigmáticamente.

Y si cuando están acostados juntos se les presentara Hefesto con sus instrumentos y les preguntara: "¿Qué es lo que deseáis, hombres, obtener el uno del otro?"; y si, al no saber ellos qué contestar, les volviera a preguntar: « ¿Acaso lo que anheláis es estar juntos lo más posible el uno del otro, de suerte que ni de noche ni de día os faltéis el uno al otro? Porque si es eso lo que anheláis, estoy dispuesto a fundiros y a unir vuestras naturalezas en una misma, de forma que siendo dos lleguéis a ser uno solo y, mientras viváis, como si fuerais uno solo, viváis los dos en común, y, cuando hayáis muerto, allí también, en el Hades, en lugar de dos seáis uno, muertos ambos en común.

"¡Ea! mirad si es esto lo que anheláis y si os dais por satisfechos con conseguirlo". Al oír esto, sabemos que ni siquiera uno solo se negaría ni dejaría ver que desea otra cosa, sino que sencillamente creería haber escuchado lo que anhelaba desde hacía tiempo, es decir, unirse y fundirse con el amado y llegar a ser uno solo de dos que eran. Pues la causa de esto es que nuestra antigua naturaleza era ésa que se ha dicho y éramos un todo; en consecuencia, el anhelo y la persecución de ese todo recibe el nombre de amor.

Antes, como digo, éramos un sólo ser, pero ahora, por la falta cometida, hemos quedado separados por la divinidad, como los arcadios por los lacedemonios. Existe, pues, el temor de que, si no somos ordenados en nuestras relaciones con los dioses, seamos de nuevo divididos y vayamos de acá para allá a la manera de los que están esculpidos de perfil en las estelas, aserrados en dos por las narices, convertidos en medias tabas(2) .

Por eso todo hombre debe exhortar a los demás a mostrarse piadosos en todo con los dioses, a fin de que evitemos unas cosas y consigamos otras, teniendo a Eros como guía y caudillo nuestro. Que nadie obre contra él -pues obra contra él cualquiera que se enemiste con los dioses -, porque si nos hacemos amigos y nos reconciliamos con el dios, descubriremos y nos encontraremos con nuestros amados correspondientes, cosa que ahora logran sólo unos pocos.

Y que no me interrumpa Erixímaco y se burle de mi discurso, pensando que me refiero a Pausanias y Agatón - pues tal vez dé la casualidad de que ellos sean de ésos y ambos varones por naturaleza - sino que, claro está, yo me estoy refiriendo a todos, hombres y mujeres, cuando digo que nuestra raza sólo podría llegar a ser feliz si lleváramos a su culminación el amor y cada uno encontrara a su propio amado, retornando a su antigua naturaleza.

Y si esto es lo mejor, forzosamente, en las circunstancias actuales, lo mejor ha de ser lo que esté más cerca de ese ideal, esto es, encontrar un amado cuya naturaleza corresponda a nuestra índole. Por consiguiente, si queremos celebrar al dios causante de esto, con justicia celebraríamos a Eros, que en el presente es nuestra mayor ayuda, conduciéndonos hacia lo que nos es afín, y para el futuro nos proporciona las mayores esperanzas de que, si mostramos piedad para con los dioses, nos restablecerá en nuestra antigua naturaleza y nos curará, hasta hacernos dichosos y felices.

Este es, Erixímaco -concluyó Aristófanes-, mi discurso acerca de Eros, diferente del tuyo”.

Comentario

Este mito platónico nos muestra una vez más la apertura intelectual y espiritual de los griegos del siglo V antes de Cristo.

La homosexualidad, el lesbianismo y la bisexualidad están fundados sobre bases prelógicas como son las del mito y las antiguas leyendas.

Existe al respecto toda una tradición primordial que se encuentra en la base de todos estos relatos mitológicos, que ha sido sepultada, tanto por el paso del tiempo, como por el paso del mito al logos que produjeron los filósofos jónicos, en el albor de la filosofía occidental.

En este paso del tiempo y en esta visión eminentemente racional del hombre mucho han tenido que ver los dos mil años de cristianismo, con su visión restringida de la sexualidad. La reacción en estos últimos tiempos, con un marcado tinte anticristiano, se ha hecho oír a través de la denominada “cuestión del género”.

Así se vine escuchando durante estos últimos años la expresión "género" y muchos se imaginan que es solo otra manera de referirse a la división de la humanidad en dos sexos, masculino y femenino, pero detrás del uso de esta palabra se esconde toda una ideología que busca precisamente hacer salir el pensamiento de los seres humanos de esta estructura bipolar.

Los proponentes de esta ideología quieren afirmar que las diferencias entre el varón y la mujer, fuera de las obvias diferencias anatómicas, no corresponden a una naturaleza fija que haga a unos seres humanos varones y a otros mujeres sino que piensan más bien que las diferencias de manera de pensar, obrar y valorarse a sí mismos son el producto de la cultura de un país y de una época determinados, que les asigna a cada grupo de personas una serie de características que se explican por las conveniencias de las estructuras sociales de dicha sociedad.

Se deja a la libre elección de cada uno el tipo de "género" al que quiere pertenecer, todos igualmente válidos. Esto hace que los heterosexuales, los homosexuales y las lesbianas, los bisexuales y los zoosexuales sean simplemente modos de comportamiento sexual producto de la elección de cada persona, libertad que todos los demás deben comprender y aceptar. De lo contrario son tildados de discriminadores, concepto que luego de les lois liberatrices tipo Gayssot en Francia, Mancino en Italia y de la Rúa en Argentina, equivale al de racista.

No se necesita mucha reflexión para darse cuenta de lo errónea que es esta posición, y las consecuencias perniciosas que tiene la negación de que haya una naturaleza dada a cada uno de los seres humanos por su capital genético.

Se afirma la diferencia entre los sexos como algo convencionalmente establecido por la sociedad y se diluye así la diferencia entre los sexos como un hecho de naturaleza, y cada uno puede "inventarse" a sí mismo el sexo que quiere y justificarlo moralmente. Toda la moral queda librada a la decisión del individuo y desaparece la diferencia entre lo permitido y lo prohibido en esta materia. Las consecuencias religiosas, políticas y sociales son obvias.

Los proponentes de esta ideología usan sistemáticamente un lenguaje equívoco (libertad de vientres para significar aborto; disponibilidad del género para significar desviaciones, etc.), y así poder infiltrarse más fácilmente en los ambientes medianamente cultos, lugar donde se instala este tipo de discusión y discurso.

Existen muchos trabajos sobre el tema pero recomendamos el de Dale O’Leary: La deconstrucción de la mujer que puede ayudar mucho a precisar conceptos, pues al ser una norteamericana ha participado desde el principio en el debate sobre el género. No hay que olvidar que la polémica filosófica sobre el tema es un invento del pensamiento único y casi exclusivo del establishment feminista norteamericano.

Resumido el tema es así: En la conferencia de mujeres en China hace cinco años, conocida como la conferencia del aborto, bajo el título "Repensar la cuestión del género" sostuvo la delegación norteamericana que el género no es una distinción que sea dada por la naturaleza(masculino y femenino), sino que es una distinción simplemente cultural. El ser humano elige el género que quiere.

Observamos como la diferencia entre los griegos y las modernas feministas es sustancial. Así, aquéllos fundamentaban el tercer sexo en una tradición primordial; el mito de andrógino, evitando el error de desustancializar al hombre convirtiéndolo sólo en un producto cultural, tal como hacen estas últimas.

El hombre (y la mujer, se entiende) es portador de una índole que lo acompaña desde el fondo de la historia, negar su physis, su natura, es negarlo a él mismo. Los griegos lo percibieron y por eso buscaron denodadamente las physis de los seres. Evitando, así, el error de negar que el hombre tenga una naturaleza para poder explicar las diversas atracciones sexuales, error cometido por las modernas feministas. Estas últimas, niegan la existencia de una “naturaleza humana” para poder explicar la sexualidad polimorfa que proponen por una elección cultural.

Las atracciones sexuales varias, la explicaron los griegos a través del mito del Andrógino, y su criterio último está en la afirmación, en el hermoso párrafo final: “claro está, yo me estoy refiriendo a todos, hombres y mujeres, cuando digo que nuestra raza sólo podría llegar a ser feliz si lleváramos a su culminación el amor y cada uno encontrara a su propio amado, retornando a su antigua naturaleza. Y si esto es lo mejor, forzosamente, en las circunstancias actuales, lo mejor ha de ser lo que esté más cerca de este ideal, esto es, encontrar un amado cuya naturaleza corresponda a nuestra índole”.

¡Qué sublime ¡

Alberto Buela

NOTAS

1.- El término griego es symbolon que ha sido traducido por contraseña, para indicar una tablilla o taba partida en dos. Entre los romanos se denominó tessera hospitatis, cuyas mitades guardaban los individuos unidos por el vínculo de la hospitalidad para reconocerse mutuamente cuando al juntarlas coincidían. Símbolo es el término opuesto a diábolo. Así el símbolo indica unión y el diábolo división.

2.- El término griego es lispas que eran astrágalos o tabas serruchadas por la mitad y cuya finalidad era la misma que la de los símbolos o las téseras

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