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El proceso de auto-identificación homosexual - Aquilino Polaino-Lorente

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Es una opinión común y tal vez bien establecida, que el comportamiento homosexual va en aumento. Aunque algunos datos estadísticos dan la impresión de estar trucados, es muy probable que sea así.


Introducción

Principales hitos y etapas en el proceso de auto-identificación homosexual

Primera etapa:
La sensibilización respecto de la conducta homosexual

Segunda etapa: La confusión y primeras dudas acerca de la identidad sexual

Tercera etapa: El etiquetado asignado por los compañeros

Cuarta etapa: el conflicto familiar sobre el modo de conducirse

Quinta etapa: De las dudas a la obsesión

Sexta etapa: La asignación del etiquetado por los padres

Séptima etapa: "experimentar" para confirmar el etiquetado asignado

Octava etapa: La asunción explícita de la falsa identidad

Novena etapa: La filosofía de la acción y el comportamiento homosexual

Décima etapa: El descubrimiento de un nuevo "estilo" de vida

Undécima etapa: El definitivo etiquetado del experto

Duodécima etapa: La acogida en el contexto del grupo de pertenencia

Decimotercera etapa: El ensamblaje atribucional social y el modelado personal

A modo de Conclusión

Bibliografía

Introducción

En la mayoría de las publicaciones se ofrece una prevalencia de homosexualidad de alrededor del 10%. No deja de ser curioso la coincidencia del dato estadístico respecto de cualquier país --en todos ellos se da la misma tasa de prevalencia-, sino también el hecho --nada despreciable- de que en la mayoría de esas publicaciones nada se dice de cómo se ha elegido la muestra, del número de personas encuestadas, de los criterios que se han seguido para establecer si una persona es o no homosexual, etc.
Ante estas dificultades, es lógico que el lector se muestre un tanto dubitativo y llegue a suponer que algo de ello es ficción, como consecuencia de la publicidad de los grupos más interesados, por afectados por estos comportamientos.

Sea como fuere, el hecho es que no sabemos a qué atenernos ante estos datos. ¿Cómo dar razón de estos hechos? ¿Qué puede haber causado ese "incremento" casi exponencial del comportamiento homosexual en la sociedad actual? ¿Cómo asumir e integrar este nuevo problema en la cultura fragmentaria en qué vivimos?

En realidad, nada se puede contestar a las anteriores preguntas hasta que no dispongamos de un mejor conocimiento de la historia natural de este tipo de comportamientos (Zeitlin, 1986). Nada sabemos, por ejemplo, acerca de cómo han podido llegar a comportarse del modo en que lo hacen o sentirse atraídos por las personas del mismo sexo por las que se sienten atraídos. Ignoramos también cómo llegaron a adoptar el "estilo de vida" que suele caracterizar a las personas que manifiestan una conducta homosexual (Green, 1985).

Las líneas que siguen no responderán a las anteriores cuestiones planteadas, pero al menos tratarán de esbozar una hipótesis, relativamente comprobable, acerca del modo en que se ha generado en esas personas este supuesto cambio de identidad, al menos en lo relativo a su género y comportamiento sexual. Las hipótesis que a continuación se establecen tienen como único fundamento la experiencia clínica de las personas que, descontentas con su actual orientación sexual, han consultado y demandado la ayuda del especialista para tratar de superar su problema. Se trata por tanto, de personas que han decidido, libremente, poner fin o tratar de aliviar sus sufrimientos, como consecuencia de su comportamiento homosexual.

Se advierte aquí, que el autor de esta colaboración al establecer las siguientes hipótesis sólo se ha servido de las historias de los pacientes asistidos hasta el año 1987. Si ha procedido así es por una mera cuestión de una más fácil disponibilidad de los datos relativos a esas historias, sin que ello suponga que renuncie a comunicar la totalidad de su experiencia clínica en este asunto en otras futuras publicaciones, como ha decidido hacer.


Principales hitos y etapas en el proceso de auto-identificación homosexual

¿Es la adolescencia una etapa crítica, como se ha sostenido, donde aparece o se empieza a manifestar la conducta homosexual?

¿Cuál es el recorrido experimentado por el adolescente hasta la eclosión de tal comportamiento?

¿Acontece éste súbitamente, sin conexión alguna con su anterior trayectoria biográfica?

¿Sería oportuno rastrear, mediante el adecuado seguimiento evolutivo, las diversas vicisitudes por las que atravesó el desarrollo de su sexualidad?

En ese caso, ¿qué factores de riesgo pueden identificarse y apresarse, de manera que puedan contribuir a establecer un programa preventivo de la conducta homosexual?

A continuación se pasa revista a algunos de los principales hitos que, tal y como han sido observados, jalonan en algunas personas el proceso evolutivo a cuyo término comparece la determinación de auto identificarse como homosexual o lesbiana.

Se advierte al lector tales hitos no son constantes en las personas con conductas homosexuales, como la secuencia aquí descrita tampoco es "obligada" para la mayoría de ellas. Algunas de las etapas que se señalan en este recorrido, han sido atisbadas también por otros autores. Su exposición aquí no pretende sino arrojar un poco de luz sobre lo que está en el envés y en el pasado de ciertos comportamientos homosexuales: experiencias, creencias y expectativas que tienen un cierto poder configurador de su afectividad y del moldeamiento de su conducta.

Primera etapa:
La sensibilización respecto de la conducta homosexual.

En el aprendizaje de la homosexualidad, hay casi siempre una primera etapa de sensibilización. Los intereses que, en la temprana edad, el niño y la niña tienen como personas no suelen coincidir con los intereses que la sociedad les atribuye, diferencialmente, a cada uno de ellos en función de sus respectivos géneros.
Supongamos que a una chica fuerte, con poderosa contextura ósea y muy deportista lo que le gusta es correr con el balón entre las piernas, regatear y, sobre todo, meter goles en la portería contraria. Sin embargo, esa actividad es atribuida social y culturalmente a los niños; de aquí que el comportamiento de esa niña sea mal interpretado en su contexto sociocultural. Esta disonancia en el modo en que la conducta de la niña es interpretada por su contexto es posible que ponga en marcha o active una compleja y lamentable aventura biográfica de funestas consecuencias para ella en el futuro.

La identidad de género, es decir, el género masculino o el femenino, tal y como se entienden hoy en nuestra sociedad, no parecen estar demasiado fundamentados en criterios rigurosos, estables y consistentes, en que todos o la mayoría estemos de acuerdo. Acaso por esta razón es por lo que numerosos autores hablan hoy de la "flexibilidad de género". Con este concepto no quiere significarse que el género sea tan plástico o que el concepto de género sea tan borroso y opaco que pueda servir para la descripción de cualquier comportamiento, sea éste homosexual o no.

Este concepto apunta más bien a indicar lo que antes se ha señalado: que hay una cierta ambigüedad en los rasgos atribuidos que configuran las constelaciones de lo masculino y lo femenino. De hecho, ¿podría hoy afirmarse que una chica que monte en bicicleta es menos femenina que una que monte a caballo o que otra que juegue al frontón?, ¿podría sostenerse, de acuerdo con una escala de masculinidad -que fuera rigurosa, objetiva y relativamente consensuada-, si un chico de quince años, es más masculino que otro de la misma edad, en función de ciertos rasgos en su modo de comportarse? ¿En función de qué rasgos?

No, a lo que parece no están suficientemente establecidos --y mucho menos, esculpidos- esos rasgos definidores. A pesar de lo cual, no obstante, se hacen atribuciones que califican a muchos comportamientos respecto de la identidad de género. Pero como los criterios no están demasiado claros -en realidad, casi nunca lo estuvieron- tales calificaciones socioculturales pueden ser muy injustas y erróneas.

Por contra, también sería injusto sostener la hipótesis contraria, es decir, afirmar que dado que el género es un concepto muy vago y ambiguo, ninguna afirmación sobre lo masculino y lo femenino puede establecerse.

Si en esta etapa de sensibilización, en que se encuentra un chico o una chica, los padres, tutores, compañeros, profesores o cualquier persona que para ellos sea relevante, califican los rasgos que permiten diferenciarlos de otros chicos o chicas como impropios de su género, comenzarán a sentirse todavía más inseguros de sí mismos, en lo que respecta a su identidad de género.

Si se marcan en exceso las diferencias que se dan en su comportamiento, respecto de sus iguales del mismo género, lo que aparecerá en ellos será una cierta conciencia de que son diferentes.

Conviene no olvidar lo arraigado que está esa especial sensibilidad --casi susceptibilidad- que tan bien caracteriza a los adolescentes. En ocasiones, esa sensibilidad aumenta hasta casi lo patológico respecto del "qué dirán" los demás en relación a su cuerpo y su forma de vestir, etc. Es decir, los adolescentes experimentan un gran temor ante la posibilidad de "hacer el ridículo".

Sobre esta percepción magnificada de lo que es aparentemente diferencial en relación con los iguales, se acabalgarán sentimientos de extrañeza y duda, que les llevará a experimentarse como diferentes a los demás.

Otras veces, la percepción de esa diferencia esta fundamentada no en la opinión o calificación de los otros, sino en la comparación que el joven establece entre ciertos rasgos de su comportamiento y los de sus iguales. A esa comparación -casi siempre, muy poco puesta en razón-, siguen luego atribuciones mal articuladas pero muy poderosas, por cuanto contribuyen a inferencias erróneas acerca de su propia identidad de género. Y todo esto se produce como por azar y sin que apenas intervenga una cierta presión social.

En esta etapa no es tanto que en el contexto social se califique de "diferentes" sus rasgos comportamiento. Es, simplemente, el propio juicio del joven el que comparece como más intensamente determinante, hasta el punto de llegar algunos a confesarse a sí mismos: "Yo soy diferente".

Se cierra así esta primera etapa de sensibilización que, en ocasiones, puede superarse espontáneamente pero que, otras veces, comienza a marcar y teledirigir a ese niño o niña hacia una posición en la que es muy difícil luego la "autoconstrucción" de sus respectivas masculinidad o feminidad.


La confusión y primeras dudas acerca de la identidad sexual">

Segunda etapa:
La confusión y primeras dudas acerca de la identidad sexual

Si el niño se sigue comportando de la misma manera que lo venía haciendo, después de la etapa de sensibilización, se marcará más los rasgos y comportamientos que le diferenciaba de los demás.
Con apenas nueve años se dará cuenta de que sus amigos hacen otras cosas que él es incapaz de hacer. Sus amigos de nueve años dan patadas a un balón. A él, en cambio, le encanta jugar a las muñecas y la cocina, forrar las carpetas y jugar a las "comiditas". Las condiciones que en él se manifiestan en esta etapa, determinan la forma en que cree conocerse, es decir, un niño diferente marcado por esas diferencias. Esto le lleva a admitir -al menos como posibilidad- si sus sentimientos y comportamiento pudieran ser considerados por él mismo y por los demás como homosexuales.

En esta etapa comienzan a presentarse las falsas atribuciones. El niño atribuye al hecho de que, por ejemplo, le guste bordar o jugar con muñecas y no jugar al fútbol, a que posiblemente sea homosexual.

¿Es que acaso tiene algo que ver la homosexualidad con el hecho de bordar? Probablemente no, dado que los mejores bordadores han sido y son hombres.

Pero las falsas atribuciones continúan: "Yo no tengo ninguna aceptación social en mi grupo", "mis amigos no me llaman", etc. Surge así un montón de recriminaciones y culpabilidades, todavía mal establecidas que, sin embargo, ocupan con frecuencia sus pensamientos. Ante esta situación de pensar y experimentarse como diferente caben al menos, en esta etapa, tres posibilidades distintas.

Primera, que lo niegue. En ese caso se dirá: "Yo no soy tan diferente, lo que pasa es que no juego al balón". Sin embargo, al día siguiente, volverá a hacerse la misma pregunta.

Segunda, que piense que lo que le sucede es algo pasajero que, con el transcurrir del tiempo, se le pasará, animándose con la siguiente o parecidas recomendaciones: "ahora no me gusta jugar al fútbol pero, probablemente, cuando tenga dos años más, jugaré al fútbol".

Tercera, que comience a dudar y a discutir consigo mismo acerca de si será aceptado o no, tal como es.

Abandonadas estas conductas a la espontaneidad de su evolución, pueden dar origen a los dos cuadros clínicos -¿es lícito hablar así- que, en el ámbito de los trastornos del desarrollo psicosexual infantil, generan más consultas con el psiquiatra infantil: la niña marimacho y el niño afeminado.

La niña marimacho ha sido definida como la niña que es considerada o llamada así por sus padres, por manifestar muchos de los comportamientos siguientes: Haber expresado en más de una ocasión su deseo de ser niño; relacionarse con un grupo de compañeros en el que, al menos, el 50% de ellos son varones; mostrar preferencia por vestir prendas tradicionalmente consideradas como masculinas (gorra, chaqueta de baseball, botas, etc.), a la vez que rechaza vestir prendas convencionalmente consideradas como femeninas (trajes de mujer, faldas, medias, etc.); perder el interés por jugar a las muñecas; mostrar una clara preferencia por ciertos roles masculinos (especialmente por aquellos de tipo deportivo, que exigen un gran vigor físico y un importante compromiso); y manifestar un interés muy superior al de sus compañeras de igual edad por dar volteretas, revolcarse por el suelo y otras actividades recreativas (Green, 1974, 1978; Green y Money, 1969).

Algo parecido sucede con el niño afeminado, que también parece presentar características de comportamiento muy diferentes de las que se observan en el niño normal. La comparación, atenta y sistemática, del comportamiento infantil en ambos tipos de niños llevada a cabo por los propios padres, ha permitido caracterizar al niño afeminado como el niño que presenta los siguientes rasgos de comportamiento: mostrar una especial preferencia por actividades más sedentarias en lugar de por otras más violentas y agresivas (como dar volteretas), que son también más afines con rasgos innatos de tipo masculino; experimentar una especial sensibilidad ante la percepción de la belleza física por parte de los adultos (que suelen comportarse ante el niño como si se tratara de una niña); haber sido estimulado, durante la etapa preescolar, por la familia a manifestar conductas específicamente femeninas (o haber sido desalentado a manifestar los comportamientos opuestos); haber sido vestidos o tratados como una niña por uno de los padres; carecer de un hermano varón mayor, que le pueda servir de modelo con el que identificarse; y haber percibido actitudes de rechazo en su padre.

Si los anteriores rasgos sirven para caracterizar a los niños afeminados, veamos ahora algunos de los que son muy comunes a los padres de estos niños.

En las madres resultan frecuentes las siguientes actitudes respecto de estos niños: la sobreprotección -entendida ésta en un sentido cuantitativo y lo más rigurosamente posible, lejos del significado dado a este concepto por el psicoanálisis-; la indiferencia; la atención excesiva y la alabanza exagerada de determinados rasgos que sirven para la identificación de la belleza física.

Entre los padres, en cambio, las actitudes más frecuentes respecto de estos niños son las siguientes: la indiferencia; la ausencia de interacción (por pasar mucho tiempo fuera de casa o por falta de la necesaria dedicación; cfr., Polaino-Lorente, 1993); y el rechazo encubierto (el padre ofrece casi toda su atención al hijo mayor, con el que se entiende bien y habla al mismo nivel) o manifiesto (el padre desaprueba, fustiga o corrige continuamente el comportamiento del niño; en esta última circunstancia no es infrecuente que se pueda detectar una cierta psicopatología adicional en el padre).

Entre las características observadas en estos niños por sus familiares pueden destacarse las siguientes: comienzo muy temprano (antes de los dos años de edad, o entre los dos y los cuatro primeros años de la vida) de los comportamientos tradicionalmente atribuidos al sexo femenino (uso de zapatos, medias, faldas u otras ropas propias de mujer o, en su defecto, tener capacidad para improvisarlas fantásticamente, a partir de otras telas o prendas de vestir); conducta de evitación ante la posibilidad de interactuar con otros niños del mismo sexo, en lo que para ellos son ocupaciones rutinarias, rechazándolas con afirmaciones como las siguientes: "es que los niños son muy brutos en el juego..." y pasar mucho tiempo con su juguete favorito, es decir, con una muñeca, a la que visten y desvisten, imitando en sus gestos y ademanes el comportamiento femenino y maternal característicos.

Esta última preferencia, a pesar de ser valorada por algunos como irrelevante, puede constituir un hito importante en el posterior desarrollo psicosexual del niño.

Repárese en que al jugar con la muñeca preferida resulta inevitable la realización de gestos que forzosamente han de ser concebidos a imitación de los que realiza la mujer (de lo contrario, el juego no sería tal, por estar muy lejos, por no reproducir ni siquiera gestualmente aquello en que en realidad consiste).

Una vez que emergen esas conductas -que con la repetición tenderán a perfeccionarse en su adquisición, hasta llegar a consistir casi en un automatismo-, el niño trasmite ya, sólo con eso, el exacto modelo que más tarde servirá para ser calificado como "afeminado", precisamente por aquellos cuyo juicio de valor sobre este tema más importa al propio niño (sus hermanos, sus compañeros o sus padres).

Tercera etapa: El etiquetado asignado por los compañeros

Esta etapa es de vital importancia, por cuanto en ella acontece la configuración del etiquetado asignado por las personas de la misma edad. El escenario natural suele ser la clase, el aula del colegio al que asiste.

Suele bastar con que otro compañero -probablemente muy "gracioso" y que suele estar más "adelantadillo" en esta materia-, comente con otro: "Parece una niña: cruza siempre las piernas; los tíos se espatarran y abren las piernas. Este no juega nunca al balón, es como las niñas". Con esto ha comenzado a funcionar el etiquetado asignado por los compañeros que, con toda probabilidad, es el que más importa al niño.

La voz se corre y sin ser conscientes de las consecuencias que generan estas calificaciones, tal vez otro compañero en un momento en que se enfada con él le espete: "¡Niña...!, que eres una niña".

Ante una descalificación como ésta, ¿cuál es la conducta a seguir? ¿qué es lo que culturalmente se espera que haga un varón? En lo que se refiere a nuestra cultura, lo común es que defienda su virilidad y busque la pelea con quien así le ha ofendido.

Si el ofendido se calla, si opta por no responder al insulto, el juicio social que de él harán sus compañeros -y que, en alguna forma, quedará archivado en la cabeza de todos ellos- es que se parece más a una niña que a un niño.

Al no defenderse, confirma, en cierto modo, respecto de sus acusadores que efectivamente su comportamiento se asemeja más al de las niñas que al de los niños. Lo que se espera de un niño, en estas circunstancias, es que se líe a golpes con sus ofensores, poco importa que sean uno o más. Pero como no se ha lanzado a la pelea, la configuración social -en este caso escolar- del etiquetado que se ha hecho, adquiere una mayor densidad y, lo que es peor, se extiende a toda la clase, es decir, se generaliza entre sus iguales.

¿Qué sucederá si al cabo de dos meses toda la clase le llama "Manolita"?

¿Se peleará y declarará la guerra ahora a sus treinta compañeros, cuando antes no lo hizo con uno solo de ellos? No; sencillamente aguantará.

Pero él mismo se da cuenta de que su modo de responder no es el apropiado o el usual entre los hombres. Lo que con ello añade es una nueva diferencia -por otra parte, muy significativa- a las diferencias que, provisionalmente, había ya antes experimentado. He aquí la consecuencia fatal de una broma pesada, que no debiera de admitirse en ningún caso y que, sin embargo, todavía se tolera en algunos contextos escolares.


Cuarta etapa: el conflicto familiar sobre el modo de conducirse.

En esta situación de incipiente confusión de la identidad de género, supongamos que un día cuenta a su madre lo que le ha pasado en el colegio. Es muy posible que su madre vaya al colegio y hable con el tutor. Es posible que la madre no le aconseje que eso se arregle a bofetadas. Este último será el consejo que le dé el padre, apenas sea informado por su mujer de lo que ha sucedido.

Pero cuando el padre le sugiere esa estrategia para solucionar el problema, el niño recuerda que eso ya lo pensó y lo desestimó. El no va de héroe por la vida, además de temer enfrentarse a todos sus compañeros. Si el padre observa que su hijo no le ha hecho caso y que, al cabo de dos meses, continúan llamándole "Manolita" en el colegio, el padre comenzará a angustiarse mucho más que la madre.

Un día, el padre le preguntará a su hijo: "¿No le has roto la cara al compañero que te insulta, llamándole "Manolita"?" Si el hijo niega que lo haya hecho, es bastante probable que el padre le espete: "Que te digan eso te está bien empleado, porque eres un marica".

Junto al etiquetado de los compañeros se ha producido una nueva situación, esta última mucho más grave. Se trata de la emergencia del etiquetado de homosexual en el contexto familiar -aunque sólo sea asignativo-, lo que puede entenderse por el niño como la prueba, por parte del padre -la persona que más le importa al niño-, que certifica y sirve de verificación al ocasional etiquetado con el que le calificaron sus compañeros.

Luego, el rumor y las habladurías harán lo que falta para extender, intensificar y/o asentar, casi de modo definitivo, ese etiquetado. Como el niño no ha luchado contra el etiquetado -código de conducta usual en el contexto cultural-, es lógico que algunos infieran que se está comportando de acuerdo a lo que el etiquetado significa.

Quinta etapa: De las dudas a la obsesión

Todo esto duele mucho al niño, generando en él un conflicto permanente para el que no le resulta fácil encontrar solución. En una situación así, es comprensible que al principio el niño sobre valore y magnifique lo que le está sucediendo para, a continuación, arrojarse en los brazos de las dudas acerca de su identidad de género y, finalmente, comenzar a obsesionarse con lo que le acontece.
En algunos de ellos, estos pensamientos devienen obsesivos como consecuencia de no lograr resolverlos; en otros, en cambio, lo obsesivo fue previo a lo que le ha acontecido, es decir, a la experiencia biográfica que han vivido. Puede afirmarse que, en algunos casos, lo obsesivo suscitó, acompañó y perpetuó las actitudes y conductas homosexuales que luego, con el pasar del tiempo, pueden llegar a caracterizarlos.

En otros casos, y esto es muy frecuente, muchos de los supuestos homosexuales que consultan cuando adultos, son personas que han sido diagnosticadas de padecer trastornos obsesivo-compulsivos. Sólo que en ellos, aunque el trastorno obsesivo podía haberse manifestado a través de muy diversos contenidos, no obstante, ha incidido y se ha centrado casi exclusivamente con estos pensamientos homosexuales.

De confirmase este supuesto, habría que concluir que no estamos ante una persona que ha optado por la homosexualidad a partir de ciertas ideas sobre valoradas u obsesivas, sino más bien ante un enfermo obsesivo que, dada la evolución experimentada -aquí la psicohistoria biográfica tiene mucho que decir-, su patología obsesiva se ha vuelto selectiva y únicamente respecto de la homosexualidad, donde al final se ha centrado.

La inseguridad, las dudas acerca de su supuesto trastorno en la identidad sexual, lo reiterativo de estas ideas patológicas, la ansiedad por no poder controlar tales pensamientos y, en consecuencia, el no ser libre respecto de ellos, además del temor a que los demás así lo perciban, acaban por configurar una constelación de actitudes que facilitan la aparición de la conducta homosexual.

De aquí el hecho frecuente de la comorbilidad obsesiva que suele acompañar a muchos de los que se autodefinen como homosexuales, acaso sin serlo. Una comorbilidad en la que apenas ha reparado la psiquiatría, a pesar de su tozudez clínica. Lo que demuestra la falta de profesionalidad y de rigor científico de quienes despachan la complejidad del comportamiento homosexual como si en verdad se tratara de apenas otro uso alternativo, aunque atípico, de satisfacer la sexualidad.

Hay otras muchas alteraciones psicopatológicas que pueden darse asociadas o no a la homosexualidad, sin que por ello haya que apelar a una etiología que se inicie en la infancia, como la hasta aquí analizada. Pero de ello se informará en una próxima e independiente publicación.


Sexta etapa: La asignación del etiquetado por los padres.

La asignación o pseudo asignación a los hijos, por parte de los padres, del etiquetado homosexual suele constituir otro importante hito en su evolución, en algunos de los cuales puede llegar a ser definitivo. Esto puede ocurrir en la segunda infancia o incluso más tarde. De ordinario, en el "niño afeminado" y la "niña marimacho" suele acontecer mucho antes.
Por lo general, el padre que sorprende a su hijo otra vez jugando a las muñecas suele crisparse y le riñe y vuelve a reiterarle la prohibición de que cese en ese estúpido juego, "que es de niñas".

No suele faltar en estas ocasiones el ponerle en ridículo, haciéndole comentarios inoportunos acerca de su pérdida de identidad sexual. Tal asignación se magnifica y robustece, si el padre hace esos inoportunos comentarios en presencia de otros familiares, vecinos o amigos. En ese caso, el hecho de manifestarlo en público da una mayor consistencia a tal asignación, hasta el punto de confundirse aquella con una marca inextinguible y estereotipada.

En este sentido, resulta especialmente lo que conocemos por la clínica donde, lógicamente, nos llegan adultos en los que también se dieron algunos de esos lamentables antecedentes familiares. A ellos he de referirme. Y para este propósito me limitaré a exponer sólo los resultados hallados en aquellos pacientes (asistidos con anterioridad al año 1987), en cuya infancia estuvieron presentes los antecedentes antes señalados, y cuyo motivo de consulta estaba motivado por la expectativa de llegar a superar su actual conducta homosexual.

De una muestra de 68 pacientes homosexuales (49 varones y 19 hembras) secundarios (es decir, que han mantenido prácticas homosexuales durante alguna etapa de su vida), sólo 16 (11 varones y 5 hembras) manifestaron haber sido calificados, respectivamente, durante la infancia de "afeminados" o "marimachos". De los 11 "niños afeminados", en cuatro de ellos el comportamiento sexual atípico había comenzado durante la etapa preescolar, extendiéndose luego, ininterrumpidamente, a lo largo de toda su vida. Los otros siete varones homosexuales reconocieron no haber iniciado sus conductas afeminadas hasta la preadolescencia. Por contra, de las 19 mujeres lesbianas, sólo cinco habían sido calificadas de "marimachos", todas ellas desde la infancia (cfr., Polaino-Lorente, 1998).

Los anteriores resultados obtenidos en mi experiencia clínica personal permiten establecer una cierta vinculación -aunque mucho más diluida y menos enérgica de lo que ha sido formulado por otros autores- entre la aparición de ciertas conductas sexuales atípicas, durante la infancia, y el manifiesto comportamiento homosexual en esa misma persona, durante su vida adulta.


Séptima etapa: "experimentar" para confirmar el etiquetado asignado.

Si el niño no responde al etiquetado de sus compañeros, si no se enfada aunque sea habitual que le llamen "Manolita", está en cierto modo confirmando con su actitud el etiquetado que se le ha asignado. Lo que significa, entre otras cosas, que con el modo de comportarse está satisfaciendo las expectativas que tienen acerca de él, quienes concibieron tal etiquetado.
Es muy posible que el niño se vea forzado por la situación a tolerar la falsa identidad vertida sobre él por sus compañeros, a través del etiquetado. Pero es que no encuentra mejor solución que ésta, pues no va a estar peleándose con todos ellos cada día. Le es más fácil acostumbrarse a ese etiquetado, impermeabilizarse respecto de él, no responder y, en alguna forma, aceptarlo, aunque con ello acabe por confirmar en él, de una forma artificialmente impuesta lo que el etiquetado significa.

Sería apresurado pensar que tal etiquetado le resulta indiferente y que se adapta a él con demasiada facilidad. No debiera olvidarse en todo este proceso la presión a la que ha estado sometido así como sus dudas respecto a su propia identidad de género, todo lo cual le hace ocupar una posición ciertamente vulnerable.

En este contexto, es comprensible que el niño se haga ciertas preguntas -para las que no siempre dispone de una respuesta congruente y tranquilizadora-, como las que siguen: "¿No es raro todo lo que me está pasando?, ¿no tendrán éstos razón al llamarme "Manolita"?, ¿seré realmente homosexual?"

Las dudas siguen, el etiquetado continúa adelante sin que se tome ninguna decisión para resolverlo, mientras las relaciones interpersonales resultan mortificantes y enrarecidas. ¿Qué puede hacer para salir de la duda? Al adolescente se le ocurre hacer un experimento probatorio y tentativo: Ponerse a prueba, es decir, buscar una prostituta y comprobar su propia capacidad. "Si funciono -se dice a sí mismo- es que no soy homosexual, y si no funciono es que lo soy".

Lo habitual es que el experimento no funcione. La inexperiencia propia de su edad, la ansiedad que tal situación conlleva y su propia actitud dubitativa acerca de si es homosexual o no, constituyen las circunstancias más apropiadas para la obtención de un desastroso resultado "experimental".

De aquí que salga deprimido y pensando que esto confirma que él es homosexual. El resultado es un lastre que posiblemente le acompañe toda su vida y que, a pesar de carecer de fundamento, no obstante, desempeña idéntica función a la de una prueba que le confirmara en la presunta y temida homosexualidad.

Como este experimento casi siempre acaba mal, el adolescente diseñará otros nuevos intentos para salir de sus dudas y así confirmar o no tal etiquetado. Se inicia así un segundo experimento. "Dado que aquella experiencia me falló -se dice a sí mismo-, voy a ir a ese lugar donde, me han dicho, se reúnen los "gays", a ver si allí soy capaz de sentir algo".

Tal modo de proceder es peor que el anterior, entre otras cosas porque no le sacará de las dudas que tiene acerca de su propia identidad sexual. Además, si algún conocido le sorprende en ese contexto, se afianzará todavía más el etiquetado que le atribuyeron. De otra parte, si hace amistad con algún homosexual, se sincera con él y le cae simpático, se acrecerán sus dudas, con independencia de que entre ellos no haya ningún contacto sexual. La afectividad puede acabar por articularse con la sexualidad, reconfirmando de forma experiencial y más enérgica que antes las sospechas derivadas del etiquetado.

Es posible que en este contexto tenga alguna experiencia sexual. Basta, por ejemplo, que un amigo mayor le "enseñe" y/o le ayude a masturbarse, lo que es frecuente en muchos adolescentes que no han recibido educación sexual de sus padres. En ese caso atribuirá el placer que obtenga a la acción de su amigo, infiriendo erróneamente que eso le sucede por ser homosexual. Si esa conducta se reitera algunas veces más, será interpretada por el adolescente como una experiencia confirmatoria de lo que antes imaginaba, a pesar y más allá de sus dudas y temores.

Es posible que motivado por encontrar solución a sus problemas, reitere su visita una y otra vez a esos ambientes. Como, por otra parte, no se atreve a comentarlo en casa, optará por llevar una "doble vida", una de las cuales -la sospechosa de homosexualidad- la guardará como un secreto en su corazón y la vivirá como algo vergonzante e intimista, lo que tiene una mayor potencia confirmatoria del etiquetado homosexual.

Esta "doble vida" en los adolescentes inseguros tiene un efecto muy pernicioso. Entre otras cosas, porque les hace perder el vigor y la fortaleza de su devoción radical por la autenticidad. Esta "doble vida" extingue su sencillez y enrarece su personalidad, al mismo tiempo que les aleja de su núcleo familiar y les hunde en la hipocresía, el cinismo y la impostura. Todo lo que se ha afirmado, líneas atrás, sobre el adolescente varón, sucede de forma muy parecida en la mujer adolescente.

Octava etapa: La asunción explícita de la falsa identidad

Después de la etapa anterior, la asunción, al menos implícita, de la falsa identidad homosexual suele ser un hecho. Por supuesto que esto varía mucho de unos casos a otros, pudiendo complicarse todavía más si se entrevera con el laberinto de la afectividad. Esto es lo que sucede cuando emergen ciertos sentimientos y emociones, aunque sean de pura amistad -por otra parte, algo natural y normal entre adolescentes-, respecto de algún amigo homosexual.

El adolescente pensará que está enamorado de su amigo. Y aunque sólo se trate de un amor platónico entre ellos -igual que el que suele acompañar a la amistad en la mayoría de los adolescentes, sin que medie ninguna relación sexual, el hecho es que le conducirá a asumir su identidad como homosexual. Una identidad ésta que en modo alguno le corresponde ni le es propia, pero que templada en el fuego de las impetuosas pasiones adolescentes, puede acabar por configurar su entera personalidad.

La "doble vida" respecto de su familia continúa en lo que atañe a estas relaciones, hasta que su amigo le ofrece otros argumentos que, por el momento, le resultan más convincentes. Es lo que suele ocurrir cuando el amigo le dice: "Tú en casa no tienes que ocultar esto, nuestra relación. Tú también tienes derecho a ser feliz en tu vida. No podemos estar siempre ocultándonos. Además, a mi me gustaría conocer a tus padres. Creo que en casa tendrías que explicar lo nuestro, lo que hay entre nosotros".

Animado por estos argumentos de que no hay que ocultarse, de que cada uno debe ser aceptado tal como es, un buen día se atreve a decirlo en casa, a pesar de que se genere un fuerte conflicto.

La escena es fácil de imaginar. El padre se siente deshonrado y la madre avergonzada y, probablemente, ambos culpabilizados. A partir de entonces, los hermanos le tratan de un modo especial. Es posible que una de sus hermanas le acepte tal y como es y trate de comprenderlo. Pero aun cuando se ponga de su parte, procurará evitar que sus amigas se enteren y que su hermano exhiba ese modo de comportarse en público.

Mientras tanto, el adolescente continúa con sus inseguridades respecto de su identidad sexual. Sólo que ahora lo que emerge en casa, de forma explícita, es la asunción de su posible conducta homosexual, mientras siguen latentes su inseguridad, dudas y temores.

Pero aquí se ha producido un poderoso salto: de la asunción implícita de la supuesta homosexualidad -que se inició en la etapa anterior- a la asunción explícita y manifiesta, que se desvela ahora con todo lo que ésta comporta de cambio en la imagen social, relaciones interpersonales, aceptación/rechazo de los familiares, génesis de conflictos, etc.


Novena etapa: La filosofía de la acción y el comportamiento homosexual

Esta etapa podría denominarse también como de la praxis sustancializadora. La acción realizada reobra sobre quien la realiza. La conducta homosexual, sea esporádica o no, reobra e influye sobre la identidad sexual de quien así se comporta. La conducta humana modifica a la persona que así se conduce. Aunque, como ya observamos, el comportamiento homosexual no se identifica con la homosexualidad, no obstante, su reiteración puede modificar y hasta sustanciar a quien así se comporta como una persona homosexual.

Esta etapa es la más grave y definitiva. Mientras no se llegue a ella es mucho lo que se puede hacer para modificar el rumbo de la conducta homosexual, aunque no siempre. Pero llegados a esta etapa, podemos quedarnos sin recursos terapéuticos y que el adolescente pierda el norte para toda la vida, porque ésta se autoconfigura con el reobrar del propio comportamiento sobre la persona.

En esta etapa acontece una inflexión en el proceso. Hasta que el adolescente no se decide a tener relaciones homosexuales, es posible que no se sienta atraído por los chicos. Pero si inicia y reitera sus contactos homosexuales, acabará por atraerle e incluso por sentirse solamente atraído por ésta o aquella persona de su mismo sexo.

La sexualidad, en su fase final, es autónoma e independiente de los estímulos que la desencadenan. Una vez que se llega a la fase de excitación, el objeto de atracción deja de estar revestido de la especificidad y selectividad que le caracterizaban.

Por otra parte, el refuerzo suministrado por el placer sexual es ontónomo e independiente del estímulo que lo suscitó, una vez que se ha producido, lo que confunde todavía más al adolescente. De aquí que infiera el error de que si ha experimentado placer con un homosexual, entonces es que él es homosexual, como si esto fuera una prueba de verificación irrefutable.

El hombre será libre de asumir o no lo que es; pero ahí comienza y ahí acaba también su libertad respecto del sexo: en aceptar o rechazar el género en que consiste.

Esto quiere decir que el hombre se autodetermina relativa y libremente en su sexualidad. En la medida que elige lo que por su naturaleza sí es elegible, su comportamiento sexual (cuantitativa y cualitativamente) se moldeará en una cierta manera; del mismo modo que ciertas preferencias por determinados estímulos le van a permitir seleccionar, crear y "recrear" aquellos estímulos a los que, en lo sucesivo, va a confiar la capacidad suscitadora de sus propias respuestas.

La persona se compromete tanto con su propio comportamiento sexual como con los estímulos que elige, vinculándose con todo ello, integrándolo e implicando su propio yo (ego implicación) en las elecciones que ha realizado y en el contenido de éstas. Dicho con otras palabras: la persona dispone de una virtual libertad para determinar su conducta sexual, configurándola y moldeándola según lo que ha elegido y su estilo personal, que a su vez está en parte determinado por el modo en que se ego implica sexual y personalmente.

Cada persona acaba configurando o diseñando originariamente aquellos estímulos capaces de poner en marcha o "disparar" su propio comportamiento sexual.

En estos repertorios estimulares que cada persona se "fabrica" encontramos muchas veces estímulos que, a pesar de ser insólitos, inusuales o inaceptables, no obstante, tienen la extraña capacidad de suscitar en esa persona concreta una determinada conducta sexual.

En este caso, la patología sexual que se manifiesta a través de los estímulos que se han elegido, sí que podría considerarse, en cierto modo, como elegible y hasta libremente diseñada por quien así la realiza, quien forzosamente tendría que asumir la cuota de responsabilidad que por esa acción le compete.

El estilo de comportamiento que resulta de todo esto en el ámbito de la homosexualidad es a veces configurado según un cierto patrón resistente a la extinción, de fácil respuesta ante cualquier otro estímulo parecido por efecto de la habituación, y, en suma, consolidador del aprendizaje que, con anterioridad, libremente se realizó.

Son muy numerosos los ejemplos que sobre este particular podrían traerse aquí. Esto es lo que sucede cuando la sexualidad es entendida como un mero comportamiento que hay que probar ("probatismo") o cuando es reducida a una mera experiencia sexual ("experimentalismo"). Poco tiempo después, y tras la repetición de actos -se supone que libremente elegidos-, dichas personas ya sólo responderán sexualmente ante la presentación de aquel extraño estímulo que, paradójicamente, fue elegido por ellas tiempo atrás.

Muchas de las conductas sexuales desajustadas del hombre contemporáneo -tanto en su programación, suscitación e iniciación, como en su mantenimiento, finalización y consolidación- podrían explicarse a través de este último factor, que, obviamente, condiciona también el proceso de la identidad sexual.

También entonces -hay una casuística clínica muy amplia que así lo atestigua- puede el hombre arruinar la identidad sexual conquistada a lo largo de las numerosas etapas que integran su prolongado y complejo proceso evolutivo.


Décima etapa: El descubrimiento de un nuevo "estilo de vida".

Resulta muy difícil y arriesgado separa la conducta de la persona de su trayectoria biográfica. Si el adolescente sólo obtiene placer sexual a través de la conducta homosexual, si desea a personas del mismo género, si ya lo ha manifestado en casa, ¿por qué no adoptar el "estilo de vida" propio y característico de los homosexuales? No se trata, pues, de seguir adelante con la conducta homosexual, sino también de imitar el estilo de vida que les es característico y que, en cierto modo, se adecua y correlaciona bien con aquella conducta.

Se trata de establecer, de una vez por todas, un fuerte vínculo entre el estilo de vida y el comportamiento homosexual. Esto se manifiesta en centenares de detalles como, por ejemplo, forma de vestir, suscripción a ciertas revistas, adopción de determinados gestos, asunción de un nuevo estilo perceptivo interpersonal, manifestaciones concretas de su afectividad, selección de los lugares de ocio que frecuenta, etc.

De esta suerte, comienza a descubrir en el nuevo estilo de vida homosexual adoptado, que hay también muchas otras cosas positivas, que es necesario asumir e identificarse con ellas. Es necesario que se produzca esta metanoia, esta transformación de manera que su vivir sea más coherente. En cierto modo, es ésta una exigencia de su mundo interior, que no puede compartirlo del todo con sus amigos no homosexuales, entre otras cosas porque no le entenderán. Y lo que no se comparte no une, sino que separa, distancia y aleja.

Undécima etapa: El definitivo etiquetado del experto

El etiquetado se sustancia de modo definitivo cuando el experto con el que consulta, animado por sus padres, aprueba y da razón, desde su supuesta autoridad de profesional, de que aquello es así y así hay que aceptarlo. Como, por otra parte, lo más fácil es abandonarse a los deseos e inclinaciones y lo más difícil tratar de modificar el comportamiento y el significado del flujo estimular que lo pone en marcha, lo lógico es que se opte por comportarse en lo sucesivo como un homosexual.
Llegados a esta etapa, el etiquetado ha llegado a su fin e incluso ante la opinión pública está ya consolidada la nueva identidad sexual, una identidad que, más tarde, tal vez la exija como un derecho y como un deber.

Algunos psiquiatras -que ante los ojos del supuesto o real homosexual se presentan como expertos-, entienden que la homosexualidad no es de su competencia, una vez que ha sido definida por las instituciones científicas como una forma alternativa de satisfacción sexual. De aquí que les aconsejen lo que sigue: "Si usted elige una persona del mismo sexo como objeto de satisfacción, y le acepta, allá usted. Ese es su problema. Yo, como experto, no puedo hacer nada en su caso". Con esto, el experto contribuye a fijar, de una vez por todas y tal vez para siempre, el etiquetado de homosexual.

Es lo que suele inferir el adolescente que consultó con el experto, que acaso se sorprenda diciéndose a sí mismo: "Al menos este señor me comprende y sabe que soy homosexual. Me aconseja que siga adelante y que busque un compañero con el que vivir, que yo también tengo derecho a rehacer mi vida y a ser feliz".


Duodécima etapa: La acogida en el contexto del grupo de pertenencia

El homosexual no sólo actúa independientemente, sino también en grupo, en el grupo de homosexuales del que, según sus afinidades electivas, llega a formar parte. La acogida por un grupo de pertenencia es otro factor importante, por cuanto que contribuye a ratificar esa falsa identidad.

El actual reconocimiento por algunos de la existencia de una "cultura gay", es algo que va mucho más lejos de la mera psicología de grupo. En efecto, la identidad del homosexual no sólo se fortalece al contacto con el grupo, sino que se desarrolla y acrece al configurarse como fenómeno cultural.

Sólo entonces emergen nuevas actitudes que contradicen a las anteriores y que tal vez por reacción se presentan como señales de identidad del colectivo homosexual. Surge así el "orgullo gay" que enarbola la bandera de ciertas actitudes proselitistas al sostener que "hay que estar orgulloso de ser homosexual. No lo escondas. Al contrario, publícalo, manifiéstalo".

Este modo de reafirmación de la identidad homosexual coincide casi con su apología y confirma la puesta en circulación social de un nuevo modelo útil para la identificación de quienes se sentían inseguros y dubitativos respecto de estas cuestiones.


Decimotercera etapa: El ensamblaje atribucional social y el modelado personal

El modo en que se ensamblan las diversas atribuciones sociales acerca de la homosexualidad acaban por configurar un icono, representación o "pensamiento dominante", desde el cual se lleva a cabo el modelado de quienes experimentan ciertas inseguridades respecto de su identidad sexual.

De aquí que no sean indiferentes las ideas y opiniones que acerca de esta cuestión se ponen en circulación social, respecto de la incidencia y prevalencia de la homosexualidad.

De otra parte, el incremento de la homosexualidad masculina suscita y aumenta la incidencia de la femenina. Del hecho innegable del aumento de la homosexualidad masculina, parece seguirse, en la actualidad, una mayor incidencia de lesbianismo.

Otra cosa es que la percepción social se comporte de diferente forma respecto de una u otra. Es posible, por eso, que haya más lesbianas de lo que parece. Lo que sucede es que desde la perspectiva social, y en función de las atribuciones de género y de roles, es más difícil detectar e identificar el comportamiento de una lesbiana que el de un homosexual varón.

El etiquetado social no tiene la misma fuerza, a este respecto, entre uno y otro género. Pero incluso reconociendo que en la actualidad haya menos lesbianas que homosexuales, si aumenta la homosexualidad masculina, de seguro que aumentará también el lesbianismo.

Y eso, porque los dos géneros, los dos sexos son complementarios. Si los varones devienen homosexuales, la complementariedad entre los géneros se quebrará y, en consecuencia, las mujeres no podrán recibir ese complemento significado por el varón ni tampoco ayudarle como es debido. En ese caso, es comprensible que la mujer vuelva también sobre ella misma y acomode sus necesidades de afecto e instintivas a otra persona del mismo sexo. Con esto todos pierden y nadie gana.

De hecho hoy se ha incrementado también eso que con cierta ambigüedad se conoce con el término de bisexualidad. Esto demuestra la confusión social existente, así como el poder de las ideas puestas en circulación para la "construcción social" de la sexualidad humana. En realidad, esto nada tiene que ver con el sexo biológico, sino más bien con el haberse apostado por el sexo como único y supremo valor de la conducta humana, es decir, como placer exclusivo, único y absoluto.

Cuando esto sucede, entonces la sexualidad se desnaturaliza y pierde su norte y su sentido. Si cualquier forma de satisfacción sexual es tan válida como cualquier otra, si cada conducta significa apenas un uso alternativo y hedónico desconectado de toda finalidad, entonces todo está permitido y, por consiguiente, todo vale. Pero si aquí todo vale, entonces es que ya nada vale.

Acaso, por eso también, la sexualidad vale hoy menos que nunca. Tal vez, por eso, en la actualidad, es tan bajo el índice de satisfacción sexual en el hombre y en la mujer. La desnaturalización de la sexualidad, su trivialización y reducción a mero placer hedónico y mecánico hace que muchas personas la vivan como una sexualidad alienada, manipulada, arruinada, frustrada, amputada, incompleta, en una palabra, insatisfactoria.

Si el sexo es sinónimo de placer y sólo placer, parece lógico que a las personas les resulte indiferente el modo en que pueden obtenerlo, con independencia de que tengan coito con una persona del otro o del mismo sexo.

Por otra parte, si culturalmente todo está permitido y el ensamblaje atribucional interpretativo de la sexualidad -vehiculizado y diseminado por el "pensamiento dominante"-, opta por el total permisivismo, ¿a dónde puede acudir la persona para encontrar las señas de su identidad sexual? ¿Para qué comprometerse con alguien? ¿hasta cuándo podrá comprometerse? ¿Para qué engendrar hijos?

Pero el sexo no es eso o, al menos, no es sólo eso. La sexualidad humana exige la comunidad de personas, la donación y aceptación recíproca de dos seres de diverso géneros -lo que se fundamenta en las diferencias que hay entre ellos-, que tratan de complementarse en la búsqueda de la mutua y común felicidad conyugal y familiar.

Otra consecuencia de este funesto ensamblaje y modelado social de la sexualidad humana es la emergencia de ciertas paradojas incomprensibles. Al mismo tiempo que la familia tradicional parece estar en inflación y que el matrimonio tiene mala prensa y está desprestigiado -divorcio, separaciones, uniones irregulares, incremento de las familias monoparentales y reconstituidas, etc.-, ¿por qué se reclama el matrimonio entre los homosexuales con la radicalidad de un derecho inalienable e irrenunciable?

A lo que parece tal forma de ensamblaje sólo sirve para abolir las diferencias entre la homosexualidad y la normalidad lo que, sin duda alguna, contribuirá a aumentar la incidencia de la primera.


Psicodinamía, pronóstico y evolución de las conductas y actitudes homosexuales

Es bastante improbable que puedan establecerse algunos criterios rigurosos acerca del modo cómo evolucionan estos comportamientos, así como de las estrategias modificadoras que son más eficientes. En cualquier caso, las "recetas" sirven aquí de muy poco, dada la versatilidad de los factores etiológicos que se concitan en la homosexualidad y de su muy diverso perfil sintomático, de comportamiento y personal.

No obstante, hay ciertos indicadores que, a pesar del rango de variabilidad individual al que están sometidos, pueden ser de cierta utilidad. Este es el caso, por ejemplo, de aquellas manifestaciones que comienzan en edades muy tempranas y que hemos denominado con los términos de la "la niña marimacho" y el "niño afeminado".

En el caso de la "niña marimacho", la psicodinamía, el pronóstico y la evolución de estas conductas y actitudes son muy diferentes de lo que sucede en el "niño afeminado". Es cierto que especialmente durante la preadolescencia van a afianzarse las conductas masculinizantes en estas chicas. Pero casi siempre estas conductas se han interiorizado antes, expresándose a través de alguna actividad, que con mucha frecuencia suele ser de tipo deportivo, donde se tolera una dosis mayor o menor de agresividad -si como suele ocurrir "se sale a ganar"-, lo que permite una cierta simulación que dificulta la identificación de estos comportamientos.

Por lo general, al llegar a la preadolescencia en la "niña marimacho" disminuyen o se anulan las anteriores preferencias que tenía por los varones, observando con simpatía, al menos durante esta etapa, que en su grupo se integren más chicas que chicos.

Es posible que en una evolución (como la aquí descrita) intervenga una importante constelación de factores socioculturales, de refuerzos, gratificaciones y penalizaciones que, en última instancia, son los responsables de tal evolución psicodinámica en el proceso de diferenciación sexual (cfr., Polaino-Lorente, 1992).

Quiere esto decir que el aprendizaje social -y los distintos eventos en que aquél se fundamenta, como los refuerzos, las gratificaciones y los estímulos aversivos- puede desempeñar un importante papel en la explicación de la evolución que se acaba de describir, en lo que se refiere a la "niña marimacho".

En el caso del "niño afeminado", tanto la psicodinamía como el pronóstico y la evolución se nos aparecen con una mayor carga patológica, a la vez que con un mayor grado de complejidad.

En el "niño afeminado" es de vital importancia estudiar y tratar de ayudar a los padres -si es que lo necesitan-, pues con frecuencia reaccionan de forma mucho peor que las madres. Por otra parte, esta ayuda es tanto más importante, cuanto que muy posiblemente haya que apoyarse en ellos para el tratamiento del niño. De aquí que sea muy aconsejable siempre el tratar de ayudarles.

En efecto, las interacciones entre padres e hijos "afeminados" son muy variadas y todas ellas relativamente complicadas. En unos casos los padres sienten alterada su personal identidad sexual a causa de lo que acontece a sus hijos. En estas circunstancias suelen aducir o recriminarse por haber fracasado como padres, al no haber sabido transmitir a sus propios hijos el modelo de masculinidad que precisamente aquéllos necesitaban para tratar de identificarse con ellos.

En otras ocasiones, la conducta de sus hijos les hace volver a revisar el modelo de comportamiento masculino que hasta entonces tenían, por considerarlo tal vez como demasiado exigente, lejano e idealista, a lo que atribuyen las dificultades encontradas por el niño para identificarse con ellos. Pero no siempre los padres responden auto culpabilizándose para salvar así a sus hijos.

Hay padres que en esas mismas condiciones aumentan sus exigencias al niño, suponiendo que con ello le hacen un favor para que así su hijo tenga un comportamiento más masculino. No se dan cuenta de que al proceder de esta forma acaban por causar un rechazo total del comportamiento masculino en sus hijos y, por consiguiente, el efecto contrario de lo que se proponían conseguir.

Otras veces son los hijos los que rechazan todo lo que procede de sus padres (hábitos de comportamiento, estilo de vida, valores, etc.), generando que sus padres se sientan rechazados. Ante esta situación, cada padre responde de un modo diferente y relativamente peculiar (Polaino-Lorente, 1990). Algunos se desentienden por completo de ese hijo, mientras buscan una compensación volcándose todavía más en otra hija o en un hijo mayor, que no presentan dificultad alguna. E1 rechazo infantil, otras veces, es mal aceptado por el padre, quien responde con agresividad, violencia, ansiedad y culpabilidad, provocando un distanciamiento de su hijo todavía mayor y, lo que es peor, un modo de interacción bastante patológico.

Por todo esto resulta imprescindible conocer, valorar y afrontar cuál es el comportamiento del padre y sus actitudes ante el problema, en qué medida considera que puede ayudar a su hijo a modificar ese comportamiento que ha detectado, cómo explicar el origen y las manifestaciones de esa conducta, etc. La indagación en estas cuestiones no sólo tiene una gran importancia para verificar la validez del diagnóstico, sino que muy a menudo constituye una importante vía que facilita el abordaje terapéutico.


A modo de conclusión

La homosexualidad no se da en el vacío, sino en un determinado contexto sociocultural -el que sea- siempre en transición, del que en buena parte depende la imagen que de ella se tiene. Y esta imagen tiene una gran importancia, por cuanto contribuye a modelar y/o configurar lo que de la homosexualidad se piensa, suscitando un nuevo modelo, útil o no para la imitación y/o generalización, en función de los rasgos más o menos valiosos con los que se le adorne.

En este punto, puede afirmarse que se ha operado un gran cambio en el actual contexto sociocultural. Si, tiempo atrás, la homosexualidad estaba penalizada, en la década de los sesenta se despenalizó, lo que sin duda alguna constituyó un auténtico progreso, por cuanto con ello se ponía fin a la injusta marginación sufrida por los que se alineaban en esa situación.

Desde entonces a esta parte la tolerancia social respecto de la homosexualidad no ha hecho sino crecer. Llegamos así al siglo XXI, en que asistimos, paradójicamente, a un intento de equiparación, igualación y posterior confusión entre homosexuales y heterosexuales.

Es posible que en el futuro -de seguir por esta vía-, se dispare la incidencia de la homosexualidad, tanto de la masculina como de la femenina. Y ello porque el modelo con que hoy se ha dado en presentarla suscita una mayor facilidad para la imitación, generalización, diseminación y "naturalización forzada" de estos comportamientos.

La última palabra la tienen los programas de educación sexual (impartidos en el contexto de la familia; cfr., Polaino-Lorente, 1996) y de prevención de la homosexualidad (también en el contexto familiar, aunque no sólo en él, sino también en otros contextos que faciliten su aceptación y generalización social).

Este modo de proceder constituye no sólo una expectativa positiva más razonable en el actual contexto, sino que además nos abre al adecuado tratamiento del problema.


Bibliografía

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POLAINO-LORENTE, A. (1996): Mi hijo es homosexual, ¿qué hago? Telva, 687, 98-103.

POLAINO-LORENTE, A. (1992): Sexo y cultura. Análisis del comportamiento sexual. Madrid: Rialp.

POLAINO-LORENTE, A. (1990): El pediatra ante las alteraciones del desarrollo psicosexual en la infancia. Acta Pediátrica Española, 48, 4, 211-221.

ZEITLIN, H. (1986): The Natural History of Psychiatric Disorder in Children. Oxford: Oxford University Press.

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