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Hombría es responsabilidad

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Occidente, y Europa en particular, se enfrenta a una gravísima amenaza: hombres y mujeres han dejado de entender la complementariedad sexual, y han inventado nuevas formas de relación entre ambos sexos que, a la vista está, no funcionan.

Quizá sea divertido compartir en pareja cremitas y tratamientos de belleza, pero el nuevo ideal andrógino ha demostrado ser lo que, por definición, cabía esperar: estéril

A Éric Zemmour, periodista del diario francés Le Figaro, pueden reprochársele muchas cosas. Su obra Perdón, soy hombre (ed. Áltera), más que un ensayo, es un exabrupto. Su tono es chusquero, casi de burdel; por eso, cabe sospechar, pone tanto empeño en los capítulos finales en exaltar la virilidad del sionismo: el libro podría hacer recordar ideologías cuya atracción por cierta estética varonil no es difícil evocar...

Sí, todo eso es cierto, pero esta crítica no resta un ápice de validez a las verdades como puños que lanza Zemmour, cuya indignación hacia la ideología de género y sus derivados muchos sin duda comparten, aunque pocos se atrevan a descolgarse con un discurso tan manifiestamente herético.

Buena parte de los hombres jóvenes de hoy -apunta- han sido criados por madres solteras, las feministas del 68, o cuanto menos en hogares marcados por una ausencia de referentes de autoridad. Además, nadie se ha librado de mamar doctrinas sesentayochistas por todos los poros, expuestos como estamos hoy a un bombardeo ideológico de una intensidad sin precedentes en la Historia.

Esa ideología es la que inventa y justifica la llamada liberación de la mujer de las pasadas décadas, que no sólo ha originado la renuncia de ésta a la maternidad, sino que ha conducido a una curiosa feminización del hombre.

Se deduce -aunque Zemmour no entre en este tipo de explicaciones- que factores como la mayor independencia económica de la mujer, el debilitamiento de los vínculos matrimoniales y familiares que ha provocado el Estado del bienestar, la disociación entre sexo y reproducción que trajo consigo la píldora anticonceptiva, la extensión del divorcio, la aceptación generalizada de la idea de que corresponde a la mujer decidir si permite o no nacer a sus hijos... han contribuido a hacer hoy del varón un ser perfectamente prescindible. Remata esa impresión de Un mundo feliz feminista la irrupción de las técnicas de fecundación in vitro. ¿Quién necesita ya a los hombres?

A partir de estas premisas, puede ya entenderse el punto de partida de Perdón, soy hombre: el varón europeo, como simple estrategia de supervivencia y adaptación al medio en que se mueve -tan impregnado de ideología como privado de naturaleza- , se ha convertido en mujer.

«La sociedad requiere, unánime, que los hombres revelen la feminidad que hay en ellos», escribe Zemmour. Y «con una buena voluntad desconcertante, los hombres hacen todo lo que pueden por cumplir con este ambicioso programa: convertirse en una mujer como las demás. Por vencer, a fin de cuentas, todos sus arcaicos instintos».

¿Hace falta recrearse en esos arcaicos instintos? ¿Son esos instintos los que hacen al varón? De eso, precisamente, peca el libro de Zemmour. Y le falta, en cambio, argumentar afirmaciones como la de que el capitalismo actual prefiere a solteros caprichosos antes que a sufridos padres.

Si el autor fuera español, y no francés, podría recurrir a la última Encuesta de Presupuestos Familiares, del Instituto Nacional de Estadística: las personas que viven solas gastaron como promedio, en 2006, el doble de dinero que un miembro de una familia compuesta por padre, madre y dos hijos.

La antigua guerra de clases se transformó en los años 60 en una guerra de sexos. Desde entonces, «la prensa femenina enseña a las mujeres a desear hombres cuidados, depilados, dulces. El vello es el símbolo del mal. Les enseña sobre todo a detestar a los machos, caricaturizados como bebedores de cerveza embrutecidos ante un partido de fútbol.

Sitúa en la cima a los que van de compras contigo». Ese proceso lleva también a la revalorización del homosexual, que ha adquirido un nombre glamuroso. «Gay es la luz, macho es la sombra. Gay el bien, macho el mal. Gay es el hombre feminizado llevado hasta la exaltación, macho es el hombre idiotamente viril, denigrado, despreciado. Condenado al ostracismo».

La cosa parece haber funcionado. En Francia, «un hombre de cada cinco se depila, un 32% usa ceras, un 53% piensa que es bueno que existan institutos de belleza reservados a clientes masculinos...» Pero quienes se apuntan a esa moda con tanto entusiasmo, ¿se han preguntado qué hay detrás de todo ello?

"El vello no se elimina por azar. No se erradica del cuerpo de los hombres por simples razones mercantiles. El vello es un trazo, una marca, un símbolo. De nuestro pasado de hombre de las cavernas, de nuestra bestialidad, de nuestra virilidad".

"De la diferencia de sexos. Nos recuerda que la virilidad va acompañada de la violencia, que el hombre es un depredador sexual, un conquistador... La depilación masculina marca una voluntad de acabar con nuestra virilidad ancestral; señala una búsqueda de infancia perdida, de pureza, de inocencia, de dulzura, de debilidad. De feminidad. De confusión sexual".

Enfants magazine publicó, en junio de 2005, una reveladora encuesta: «El 38% de los hombres desearían quedarse embarazados, si la tecnología lo permitiese. ¡Casi un hombre de cada dos querría conocer la dicha del alumbramiento! Y el 40% de las mujeres lo aprobarían. Al mismo tiempo, las mujeres los abandonan, la era del divorcio en masa comienza, sin que nadie identifique la relación entre ambos fenómenos. Al contrario».

Sin responsabilidad

El plan parecía perfecto, y, sin embargo, algo ha fallado... La mujer, al final, no puede silenciar la llamada de la naturaleza, mientras que el varón ha resultado ser bastante más duro de oído... Los hombres «hoy día ya no arriesgan nada».

A Narciso sólo le interesa mirar su propio reflejo, que es todo lo que le ha enseñado a hacer su progre madre. Narciso no quiere complicaciones ni responsabilidades; tan sólo pasar un buen rato.

El libro concluye con tremenda dureza: «La feminización de los hombres provoca un inmenso desorden, una frustración insoportable para ellas, una desgracia intolerable para sus hijos. Cada vez más mujeres -incluso entre las más cualificadas- se retiran del mercado de trabajo, tras el primer hijo.

Las mujeres han abierto los ojos; han comprendido la trampa que el capitalismo les había tendido; parece como si, inconscientemente enloquecidas por la acelerada feminización de los hombres, intentasen desesperadamente pedalear hacia atrás. Por el contrario, me parece que la resistencia más grande vendrá de los hombres, demasiado satisfechos por haberse librado, al fin, de la carga que pende de entre sus piernas».

Ricardo Benjumea

www.alfayomega.es

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Actualizado ( Lunes, 29 de Diciembre de 2008 22:47 )  

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