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La Humanae vitae y su clave: El amor a la persona

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Anticoncepción y métodos naturales. - Juan Andrés Talens

El Vicedecano del Instituto Pontificio para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia, sección española, aclara algunos conceptos bioéticos sobre la transmisión de la vida.

Cuando la revolución sexual de los años 60 estaba alcanzando su zenit y el mundo entero comentaba los incidentes del famoso mayo francés, Pablo VI hacía pública su esperada encíclica "Sobre la recta regulación de la natalidad. Humanae vitae". Con ella se hacía visible la gran distancia que separaba la antropología cristiana de las nuevas rutas por las que se estaba precipitando la cultura occidental. Todos advirtieron el enfrentamiento, y muchos lo interpretaron como ruptura, pero pocos advirtieron en la Encíclica Humanae vitae una apuesta en favor de una nueva cultura de la familia [1]. El Papa Montini intentaba algo más que zanjar una cuestión clásica de moral conyugal, su propósito era igualmente potenciar una nueva vía de espiritualidad y apostolado [2].

El fragor de las polémicas que se establecieron a continuación impidieron que se advirtiera en general el verdadero calado doctrinal y pastoral de la encíclica [3]. Se tuvo que esperar hasta la publicación de la "Exhortación Apostólica Postsinodal Familiaris consortio" para que el magisterio hiciera una fuerte llamada de atención sobre la verdadera importancia de la cuestión de la anticoncepción: la capacidad de advertir una diferencia esencial entre la práctica de la anticoncepción y la abstinencia periódica implica "dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana irreconciliables entre sí" (FC 32).

Un breve recorrido histórico por el Magisterio de las últimas décadas del siglo XX nos confirmará en la solidez de esta proposición magisterial. La enseñanza de la Humanae vitae implica la adopción de una visión global del sentido y valor de la sexualidad humana que compromete los temas fundamentales de la antropología y la ética. Esta constatación nos servirá de base para el planteamiento de algunos retos para una pastoral familiar más incisiva y completa.

Trascendencia teológica de la cuestión de la anticoncepción

La historia de la teología moral del último tercio del siglo XX demuestra la profundidad de la crisis cultural que ha afectado a la familia fuera y dentro de la Iglesia. Es conocido que ya antes de la publicación de la Encíclica de Pablo VI sobre la recta regulación de la natalidad los especialistas en teología moral estaban divididos por la cuestión de las exigencias éticas de la paternidad responsable.

Los partidarios de la "Nueva Moral" apelaban al llamado "principio de totalidad" en virtud del cual la finalidad procreadora del matrimonio quedaba suficientemente preservada al ser aplicada al conjunto de la vida matrimonial pero no era razonable exigir que necesariamente a cada uno de los acto conyugales estuviera abierto a la vida. La consecuencia era que en aras de una verdadera paternidad responsable hacer intencionalmente estéril un acto conyugal podría considerase un medio lícito y prudente de controlar los nacimientos(HV 3).

Cuando, finalmente, la Humanae vitae salió a luz definiendo con claridad las exigencias éticas de la paternidad responsable, y calificando como error "el pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda" (HV 14), la corriente de los partidarios de la Nueva Moral, acusó al Papa de haber traicionado gravemente el espíritu de aggiornamento del Concilio Vaticano II.

La Encíclica suponía sustancialmente, en su opinión, una ratificación de las posiciones anteriores al Concilio Vaticano II. Aparentemente, el Papa no se había atrevido a ser consecuente con las nuevas líneas teológicas inspiradoras del Concilio y había dado a luz un texto claramente involucionista. Lejos de ser aplicadas, las nuevas enseñanzas papales debían ser corregidas o al menos superadas teóricamente con un replanteamiento de la Teología moral fundamental.

¿Cuál fue el resultado? El proyecto de la Nueva Moral desarrollado a lo largo de la década de los 70 puso progresivamente en cuestión los fundamentos de la ley natural y del patrimonio moral de la Iglesia con su negación de los actos intrínsecamente malos, y llegó ha constituir un verdadero sistema en gran medida construido en función de legitimar los planteamientos disidentes de la ética sexual.

Tanto en los últimos años de Pablo VI, como a lo largo del pontificado de Juan Pablo II la teología y el magisterio han tenido que tomar postura frente a este haz de propuestas morales. La Encíclica Veritatis splendor (1993) y el Catecismo de la Iglesia Católica (1992.1997) han marcado un antes y un después en el campo de los fundamentos de la ética, ratificando, desde nuevas bases, el verdadero sentido de la tesis de los actos intrínsecamente malos y la verdadera dimensión salvífica de la vida moral humana.

En el ámbito más específico de la moral de la familia, ya la Declaración Persona humana de 1975, pero sobre todo el Sínodo Episcopal dedicado a la Familia en 1980 y la "Exhortación Apostólica postsinodal Familiaris consortio", han puesto de manifiesto la solidez de la doctrina siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia.

El Papa Juan Pablo II y los obispos de la Iglesia Católica [4] han revalidado explícitamente en estos años las enseñanzas del Concilio Vaticano II y de la encíclica Humanae vitae sobre la transmisión de la vida humana: "siguiendo la tradición viva de la comunidad eclesial a través de la historia, el reciente Concilio Vaticano II y el magisterio de mi predecesor Pablo VI, expresado sobre todo en la Encíclica Humanae vitae, han transmitido a nuestro tiempo un anuncio verdaderamente profético" (FC 29) [5].

Más allá de los defectos de presentación y argumentación en los que hayan podido caer ciertas corrientes teológicas inficionadas de maniqueismo o puritanismo, lo que está claro es que la norma de la apertura a la vida de cada uno de los actos conyugales no puede ser calificada como una simple opinión teológica superada por el avance de los tiempos.

Según ha enseñado Juan Pablo II, la norma moral de la HV no "solamente pertenece a la ley moral natural, sino también al orden moral revelado por Dios" [6]. El discernimiento de una diferencia esencial desde el punto de vista de la moralidad entre la práctica de la anticoncepción y la abstinencia periódica en los términos logrados por el magisterio posterior al Vaticano II representa hoy para la teología un punto doctrinal irrenunciable [7], pero ¿sólo eso? Mucho más que eso, hoy en día tenemos ya elementos para afirmar que se trata de un valiosísimo resorte pastoral para una nuevo estilo de pastoral familiar. Indicación útil, más aun, necesaria para la formación de las nuevas generaciones de cristianos en la verdadera santidad y pureza de corazón.

Dificultades y signos de esperanza.

Como ya es clásico decir, la polémica encíclica de Pablo VI no fue un documento involucionista sino profético, pero nos falta aún dar mucho más contenido teológico y práctico a este término. Treinta y cinco años después todos tenemos experiencia de que los cursillos prematrimoniales siguen estando en manos de gente bien intencionada que no advierten la decisiva trascendencia de sus enseñanzas. Catequistas que subjetivizan completamente la cuestión: cada uno debe decidir en conciencia cómo ejercer su paternidad responsable, después de haber presentado la postura del magisterio como una decisión inexplicable a favor de una forma de anticoncepción frente a otras en el fondo igualmente válidas en determinadas circunstancias.

Para ellos la anticoncepción es un mal menor [8]. Pero también igualmente tenemos multitud de catequistas para los que la anticoncepción es el mal mayor, pero para los que la práctica de la abstinencia periódica basada en el reconocimiento de la fertilidad es también, en la mayor parte de los casos, un mal menor, una concesión de la ley divina por la dureza de vuestro corazón frente a la verdadera generosidad procreativa, y para los que el conocimiento de los signos de la fertilidad de la mujer es algo sospechoso que no debe entrar en la cultura común de los novios y matrimonios cristianos para evitar la tentación de practicar la abstinencia injustificadamente.

Lejos de estas posturas timoratas, en el reconocimiento del valor educativo del conocimiento del cuerpo humano la Humanae vitae supuso un decisivo paso adelante en la doctrina del Magisterio.

Entre las notas características de la paternidad responsable enumeradas en HV nº 10 hay una que resulta objetivamente novedosa comparada con el magisterio anterior. Dice así:

"En relación con los procesos biológicos, paternidad responsable significa conocimiento y respeto de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder de dar la vida, leyes biológicas que forman parte de la persona humana."

Si comparamos este texto con las recomendaciones anteriores del magisterio relativas al conocimiento y respeto de los ritmos de la fertilidad humana se descubre inmediatamente su novedad. Hasta la Humanae vitae se había recomendado más o menos abiertamente su conocimiento pero tal conocimiento nunca había sido incluido como un elemento constitutivo de la misma vocación a la paternidad.

Está claro que en la mentalidad de Pablo VI se da una opción mucho más decidida por el valor educativo del conocimiento personal del cuerpo humano. El Papa glosa repetidamente el valor verdaderamente humanizador y educativo del conocimiento y uso de los métodos naturales en el contexto de una recta ordenación de la paternidad [9].

En esta línea se ha ratificado la encíclica Evangelium vitae que en su nº 97 invita a eliminar prejuicios todavía muy difundidos y glosa la importancia de una adecuada formación al respecto. Igualmente numerosas declaraciones episcopales se han mostrado partidarias de la difusión de los conocimientos relativos al reconocimiento de la fertilidad humana [10].

A pesar de ello, el valor educativo del conocimiento personal del cuerpo humano sigue pareciéndonos algo novedoso cuando no sospechoso y poco recomendable. Es evidente el poco empeño en la difusión del conocimiento de la fertilidad concreta de cada mujer entre los mismos católicos, primer elemento de la paternidad responsable según HV n 10. Los programas de educación sexual basados en los síntomas de la fertilidad y en la dignidad personal del cuerpo humano son vistos con miedo y sospecha en los mismos colegios católicos, donde la educación sexual que se ofrece bascula entre un craso naturalismo y un pseudo-personalismo espiritualista igualmente extraño a la enseñanza de HV.

Sin embargo, los datos que poseemos de los intentos pastorales que han asumido verdaderamente la HV objetivamente considerados son óptimos: La Iglesia y la sociedad florecen allí donde los valores de la HV son potenciados [11] Ej del SIDA en Uganda y en Filipinas. Se trata de verdaderos signos de esperanza.

Los frutos de la Nueva Evangelización de la familia ya se están viendo en el interior de la misma Iglesia. No necesitamos esperar para contemplar hoy los signos del futuro eclesial. ¿Quién tiene hoy los jóvenes en la Iglesia? ¿Quién tiene hoy las vocaciones? El futuro de la Iglesia pasa por la familia, pero no por cualquier acción sobre las familias. A simple vista se advierte que los movimientos y asociaciones que están revitalizando la Iglesia son los que han adoptado desde el principio una actitud positiva hacia la doctrina magisterial sobre la familia. Solamente una antropología sólida puede sustentar el impulso evangelizador que necesitan nuestros tiempos.

Conclusión

Es conocido que en la mente del actual pontífice, la familia ocupa un lugar de absoluto privilegio la Nueva Evangelización [12]. La familia es sujeto propio en la construcción de la Iglesia y en la evangelización de la cultura [13]. La promoción de la cultura familiar está entre las prioridades de la tarea evangelizadora [14].

Pero, como hemos comprobado, las graves deficiencias que desde hace años afectan al "ethos" común de nuestros bautizados urgen la asunción de los avances doctrinales presentes en el Magisterio. La firmeza con el que la Iglesia sostiene la diferencia esencial entre la práctica de la anticoncepción, aun con motivos justificados de paternidad responsable, y la abstinencia periódica basada en los métodos naturales es claro síntoma de que estamos ante un elemento cultural decisivo, ante un conflicto de antropologías.

En este conflicto la Iglesia parece que se ha quedado sola. Ciertamente no faltan dificultades pero igualmente hemos podido constatar la existencia ya en nuestros días de signos de verdadera esperanza. No tenemos derecho a desanimarnos, estamos ante una apuesta educativa de futuro, un punto de no retorno situado en el corazón de la Nueva Evangelización. Como ya advertía Pablo VI, el reto es apasionante y esperanzador, treinta y seis años después sigue siéndolo.

Juan Andrés Talens, vicedecano de la sección española del Pontificio Instituto Juan Pablo II

Notas

1. Con el tiempo la toma de posición de Pablo VI sería calificada de profética: Dionigi Tettamanzi, Un'enciclica profetica (L'Humanae vitae vent'anni dopo), Milano, Ancora, 1988.

2. Así habla el Papa a los esposos cristianos a los que encomienda especialmente "una nueva e importantísima forma de apostolado" (HV 26) y a las organizaciones internacionales ante las que en sus palabras "es un campo inmenso el que se abre" (HV 23). Esta había sido una verdadera preocupación de Pablo VI que justifica el largo tiempo de preparación de la encíclica.

3. Quizá una excepción fue el caso del Cardenal K. Wojtyla, que ya en otoño de 1969 estableció en Cracovia su "Instituto Archidiocesano de Estudios Familiares". Cfr. George Weigel, Biografía de Juan Pablo II. Testigo de esperanza, Barcelona, Plaza y Janés, 1999, 285-291; Karol Wojtyla, El don del amor. Escritos sobre la familia, Madrid, Palabra, 2 2001, 393-405.

4. Respecto del pretendido disenso de algunas Conferencias Episcopales a la enseñanzas de HV: Ramón García de Haro, Matrimonio e famiglia nei Documenti del Magistero, Milano, Ares, 2000, 382: "Le trentotto Conferenze episcopali che hanno emanato dichiarazioni dottrinali sull'Humanae vitae manifestano il pieno rispetto col quale l'accolgono;la grande maggioranza insiste in modo chiaro sull'assenso religioso che le è dovuto; solo un piccolo gruppo, pur difendendo il suo insegnamento, non è abbastanza chiaro sul modo di superare i dubbi nei fedeli.".

5. Igualmente hizo la asamblea de los Padres Sinodales en su Propositio 22: "Este Sagrado Sínodo, reunido en la unidad de la fe con el Sucesor de Pedro, mantiene firmemente lo que ha sido propuesto en el Concilio Vaticano II (cfr. Gaudium et spes, 50) y después en la Encíclica Humanae vitae," (Cfr. FC 29).

6. Juan Pablo II, Hombre y mujer lo creó. El amor humano en el plano divino, Madrid, Cristiandad, 2000, 627.

7. Cfr. A. Scola-L. Melina, "Profezia del Mistero Nuziale. Tesi sull'insegnamento dell' Humanae vitae" en Anthropotes 14/2 (1998) 155-172.

8. Vicente López Millán, Corrientes actuales sobre el problema moral de la anticoncepción. Diversos aspectos de un mal menor, [Tesis gregoriana 261] Madrid 1975

9. Sobre todo en H.V. 16 y 21.

10. Entre las declaraciones episcopales destaca por su claridad la de los Obispos presidentes de las Comisiones episcopales de Asia para la Familia de 25 de mayo de 1995. Estos obispos recomiendan "que se elaboren programas eficaces de enseñanza de los métodos naturales, no solo en cada diócesis, sino también en cada parroquia o comunidad local" (Cfr. Pontificio Consejo de la Familia, Enchiridion de la familia, Madrid, Palabra, 2000, nº 2656). También el Documento "Sexualidad humana, verdad y significado, Orientaciones educativas en familia", publicado el 8 de diciembre de 1995 por el Pontificio Consejo para la Familia reconoce el valor educativo para la formación de la juventud del conocimiento personal de la fertilidad del cuerpo humano en el contexto de la educación al amor y al respeto de la vida humana. (Pontificio Consejo de la Familia, Enchiridion de la familia, Madrid, Palabra, 2000, nº 2057).

11. Cfr. Jokin de Irala, Desde el corazón de África, nuevas estrategias preventivas contra el Sida, en "Avuelapluma. Boletín Informativo Capellanía Universitaria Univeridad de Navarra," n 26 (febrero 2004). Se puede encontrar abundante información en la Revista "Familia et Vita" del Pontificio Consejo para la Familia.

12. Cfr. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laici, n. 34; Directorio de la Pastoral Familiar de la Iglesia en España, n. 21.

13. Así lo remarcan los dos documentos recientes del Episcopado Español La familia santuario de la vida y esperanza de la sociedad (27 de abril de 2001) y el Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003). Traducción concreta de este enfoque ha sido entre otras la fundación en los primeros años de su pontificado del Instituto Superior para Estudios del Matrimonio y la Familia en cuya sección española tengo el honor de colaborar desde hace años.

14. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Familiaris consortio, 2: 51-54; Idem, Discurso Importancia de la familia para el futuro de la Iglesia y la sociedad en "L'Osservatore Romano" (en lengua española) 14-VIII-1983; Idem, Discurso La evangelización del mundo pasa siempre a través de la familia en "L'Osservatore Romano" (en lengua española) 5-II-1993.

www.arbil.org

  

Creación y Procreación a la luz de Evangelium Vitae. - Michel Schooyans

Evangelium vitae es un inmenso signo de esperanza (EV 67,97). Esta encíclica anticipó los problemas que iban a plantearse los decenios siguientes a su aparición

1. Evolución reciente del panorama mundial

La encíclica Evangelium vitae reúne dos características aparentemente difícilmente conciliables . De una parte, ella se arraiga sólidamente en el contexto de los años 90. Hace eco a todos los problemas concretos concernientes al respeto de la vida humana, tal como se presentaban en el momento de su redacción. Pero de otra parte, expone los principios doctrinales y morales que, hoy como en la época de su publicación, esclarecen los desafíos a los cuales está confrontada la vida.

Estos nuevos desafíos son de dos órdenes. Ellos se refieren a las cuestiones examinadas en la encíclica de 1995, pero este examen debe ser retomado porque, desde entonces, se ha acentuado la atención que merecían. Ellos se refieren igualmente a la remarcable evolución del argumentario de los movimientos hostiles a la vida y a la familia. En el presente artículo, prestaremos principalmente atención al segundo aspecto de esta evolución.

El envejecimiento de las poblaciones del mundo

Desde hace una decena de años, han sido divulgados conocimientos más precisos a propósito de las poblaciones en el mundo. Además, la opinión pública toma poco a poco conciencia de las causas y de las consecuencias del estado de estas poblaciones (EV 16, 91). Ya no es más posible ignorar que la caída de la fecundidad es hoy en día un fenómeno persistente que afecta prácticamente a todas las poblaciones del mundo.

Más de un tercio de los países del planeta presentan un índice sintético de fecundidad igual o inferior a 2,1 hijos por mujer en edad de reproducción. La fecundidad baja, incluso en los países donde esta fecundidad era generalmente elevada. Allí donde se observa todavía índices de 4,0 o más, la mortalidad infantil con frecuencia continúa elevada y el impacto de la pandemia del sida causa con frecuencia estragos.

En ciertas regiones, esta baja de la fecundidad alcanza niveles jamás observados. Todos los países de Europa occidental tienen índices inferiores al umbral de reemplazo, es decir 2,1, que se encuentra en ese nivel solo en las poblaciones que disfrutan de las mejores condiciones de vida.

Consecuencia de esta caída de la fecundidad: el envejecimiento de la población (EV 64, 94). Como la fecundidad baja, el número y la proporción de ancianos aumenta. En algunos países, entre ellos Rusia, el número de defunciones supera incluso los nacimientos. Una quincena de países europeos están en esta situación: el efectivo de la población disminuye. Es fácil imaginarse las consecuencias de esta situación sobre el empleo, las infraestructuras y la defensa nacional.

Esta situación remite a la cuestión de la dependencia. En una población que envejece, ¿cuántos son los ancianos que dependen, para su pensión de retiro y para su mutual, de las contribuciones pagadas por las personas activas, aquellas cuya edad se sitúa entre 15 y 65 años, hay?

Estos activos, ¿están dispuestos a pagar las contribuciones de solidaridad y a pagar impuestos cuando, por ejemplo, 4 o 3 de entre ellos tendrán un anciano bajo su dependencia? El problema será aún complicado por el hecho que los mismos activos deberán subvenir al financiamiento de otra categoría de inactivos, a saber, los hijos, que tienen necesidad de una educación escolar adaptada a la evolución del mercado de trabajo.

¿«Nuevos derechos»?

Se sabe que para hacer frente a este conjunto de problemas, algunos recurrieron cada vez más a argumentos «sociales» para reivindicar «nuevos derechos» (EV 10): el «derecho al aborto» y el «derecho a la eutanasia». El «derecho al aborto» permitiría resolver el problema de la pobreza en el Tercer Mundo; y el «derecho a la eutanasia» permitiría satisfacer - al menos en parte - los déficits crónicos de la seguridad social (EV 15, 64-66, 72).

Desde 1995 se multiplicaron y diversificaron, igualmente, los asaltos contra la familia. La institución natural de la familia y del matrimonio que es su fundamento se coloca en un pie de igualdad con otros supuestos modelos familiares: familias propiamente dichas, uniones homosexuales, lesbianas, familias monoparentales, familias recompuestas, etc.

El Estado tiende en todas partes a adular a los individuos, particularmente facilitando el divorcio o formas de repudio no confesadas. Precariza las solidaridades naturales y, bajo el manto de presupuesta «ayuda social», debe entonces remediar las desgracias que él mismo ha provocado.

Todos estos problemas son abordados en Evangelium vitae, pero desde entonces han cobrado una nueva amplitud, en particular bajo la influencia de la radicalización de las ideologías hostiles a la vida.

2. Radicalización de las ideologías hostiles a la vida

Maltusianismo obstinado

Mientras que la fecundidad baja en todas partes del mundo, la ideología maltusiana continúa a ser divulgada y celebrada en el plano internacional. La tesis central de esta ideología es bien conocida: según ella, la población crece según una progresión geométrica, mientras que la producción alimentaria crece según una progresión aritmética. Para hacerlo más científico se utiliza una expresión alarmante: el crecimiento de la población sería «exponencial».

Ya contestado en vida de Malthus (1766-1834), rechazado regularmente por los especialistas, desmentido por los hechos, esta ideología es la fuente prebenda de los tecnócratas internacionales que vaticinan una «explosión demográfica» mundial. Este aviso de temporal conviene mucho a ciertos funcionarios de agencias de la ONU, tales como el Fondo de las Naciones Unidas para la Población (FNUAP) o la Organización Mundial de la Salud (OMS), o también las Organizaciones no Gubernamentales (ONG), tales como la International Planned Parenthood Federation (IPPF). No obstante, como la ideología maltusiana está perdiendo credibilidad, hacía falta preconizar otras «justificaciones» en vista a yugular el crecimiento de las poblaciones mundiales.

Hacia nuevas «justificaciones»

Sin que se pueda hablar de una verdadera novedad, lo que más impresiona, desde la publicación de Evangelium vitae a nuestros días, es que los programas hostiles a la vida y a la familia proceden de tres corrientes ideológicas (EV 8) que terminan por confundirse: corrientes materialista, atea y cientista.

La primera corriente es materialista: sólo la materia es real y es solo en la materia que deben ser buscadas todas las respuestas a las preguntas que el hombre se hace. Entre los autores a los cuales se relaciona esta corriente figura La Mettrie (1709-1751) : «El cuerpo humano es una máquina que ella misma monta sus resortes: imagen viviente del movimiento perpetuo.» (p. 25). «De los animales al hombre, la transición no es violenta.» (p. 35). «El cuerpo del hombre solo es un reloj» (pp. 68, 73, etc.). «El Hombre es una Máquina, y en todo el Universo hay una sola sustancia diversamente modificada.» (p. 82).

Este materialismo es afirmado más sistemáticamente y con más vigor por Darwin (1809-1882). El hombre es el producto de una evolución puramente material, y esta evolución está marcada por la lucha por la vida y la selección de los más fuertes. Primo de Darwin, Galton (1822-1911) precisa que hay que ayudar a la naturaleza a operar esta selección y precisa el papel de los médicos en esta selección artificial.

Estos temas florecen hoy en día en los medios impregnados de filosofía materialista. En estos medios, el hombre es percibido como una máquina súper sofisticada, que puede ser desconstruida con vistas a, por ejemplo, un proyecto de transplante por canibalización, o construida por manipulación de células madre embrionarias.

La eliminación de los molestos de todo orden y de todas las edades es considerada como una oportuna cooperación del hombre al trabajo selectivo de la naturaleza. Sólo queda, pues, una moral residual: una moral natural, en este sentido que el hombre debe cooperar con la naturaleza, y no dudar en ser despiadado, como ella misma lo es. Los escritos del New Age y la Carta de la Tierra están entre los documentos más reveladores de la actualidad de estas ideas.

Del humanismo deísta al humanismo ateo

La segunda corriente que se reafirmó fuertemente desde 1995, es el humanismo ateo. En sus formas hoy más vivaces, esta corriente encuentra su origen en el deísmo y en el Iluminismo de los tiempos modernos. No se niega la existencia de un ser supremo, pero él no puede ser conocido por la Revelación. Estos deístas son igualmente racionalistas: Dios sólo puede ser conocido por la razón. Según este deísmo y este racionalismo, los derechos del hombre están arraigados únicamente en la naturaleza humana, sin referencia a Dios.

La idea de una participación personal del hombre a la existencia de Dios no tiene ningún lugar. La relación primordial, la relación creadora, es considerada como desprovista de sentido. Resulta que el hombre es un individuo librado a su subjetividad (EV 19).

Su relación hacia el otro se caracteriza por el miedo. Frente a los otros, el hombre se coloca en unidad de fuerza. Solo su conciencia subjetiva define sus normas de conducta, variables a merced de sus placeres y de sus intereses (EV 20,24, 95). Según esta corriente, estamos inmersos en el relativismo absoluto, la tolerancia doctrinal, el consenso, la regla de la mayoría (EV 70).

A partir de semejante reducción antropológica, el humanismo deísta solo puede derivar hacia el humanismo ateo. La sola evocación de la Revelación, que admite el teísmo, y de la Creación despierta en el hombre un violento sentimiento de envidia con relación a Dios, un sentimiento de rebelión y de repulsión frente a este Dios del cual depende existencialmente (EV 34, 36).

Entonces, le queda al hombre autodeificarse. Se pone como fuente última de su propia existencia. Que esta existencia cese de ser atribuida a Dios es la condición a priori que hay que poner para que la existencia pueda ser atribuida al hombre. Así liberado de lo que él percibía como una alineación existencial, el hombre - ¿genéricamente? ¿individualmente? - puede comportarse como dios, conociendo el árbol de la vida, definiendo soberanamente el bien y el mal.

Resurgencia del cientificismo

El humanismo ateo recordado más arriba encuentra un poderoso aliado en el cientismo actual. Liberado de tormentos metafísicos y teológicos, el hombre se debe el proclamar que los únicos conocimientos válidos provienen de la Ciencia. Sin embargo, mientras que el cientismo del siglo XIX celebraba el valor cognitivo de las ciencias físicas y químicas, el cientismo actual exalta principalmente los conocimientos procurados por las disciplinas biomédicas.

El horizonte que le fascina, es la fabricación del ser humano, es el dominio total de la vida (EV 22s., 89). Hay que privar a la metafísica y a la teología de su objeto: el ser y Dios. Los problemas antes tratados por dos estas disciplinas recibirán sus respuesta de las hazañas de las cuales el hombre se siente, se sabe o se imagina capaz.

La muerte: ineludible

Queda, es verdad, la cuestión ineludible de la muerte. Esta nos recuerda que nosotros somos ineluctablemente seres finitos, incluso si hemos rechazado nuestra condición de criatura. ¿Cómo entonces dar sentido a lo que parece imponerse a nosotros como el sin sentido absoluto? La respuesta está en una palabra: por el suicidio (EV 66).

Darse muerte es la expresión suprema de la libertad humana. Nuestros contemporáneos precisarán que hacerse asistir en la ejecución suicida, hacerse suicidar en cierta manera, dar a otro el «derecho» de darme la muerte, e incluso imponerle el deber, son tantas expresiones del dominio de la vida.

3. Los blancos del humanismo ateo

La señoría ministerial

El ateísmo resultante de la Ilustración es en primer lugar responsable de una concepción de la procreación extraña a un Dios que sería Providente. El hombre no participa a la señoría de Dios sobre el mundo (EV 42). Más precisamente, no hay ningún lugar para una señoría ministerial del hombre, particularmente en materia de procreación (EV 52).

Primero expulsado del mundo natural, Dios es luego declarado inexistente. Los lugares respectivos que el hombre y la mujer tenían en el designio de Dios son aquí abolidos. El sentido de la sexualidad es reducido a una búsqueda de placer, el engendramiento de un hijo es un riesgo a evitar. Puesto que ya no hay más que individuos, la sexualidad es separada del amor. La destrucción por motivo de ateísmo, de la relación hacia Dios del hombre y de la mujer arrastran una herida fatal en la relación entre este y esta.

El poder de volverse hijos de Dios participando, a título de analogados secundarios, al poder creador de Dios es rechazado en su raíz cuando la existencia de Dios es rechazada, práctica o teóricamente, y cuando, en consecuencia, el hombre y la mujer sólo pueden rechazar la proposición divina de volverse ellos mismos, hijos de Dios. ¿Cómo el hombre y la mujer procrearían hijos de Dios mientras que en su misma relación sexual niegan prácticamente su propia condición de hijos de Dios? (EV 43).

Recordemos que este drama del humanismo ateo fue resumido en unas palabras sorprendentes por San Juan: «iMiren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Si el mundo no nos reconoce es porque no lo ha reconocido a él.» (1 Jn 3,1).

Luego, hay que consumar esta apostasía por la destrucción de la familia, así misma llamada a ser imagen de la Santísima Trinidad. Es lo que explica la publicidad a bombo y platillos que se hace para los múltiples «modelos de familia», donde, por una desviación de sentido, se quiere dar un estatuto legal a uniones extrañas, otorgando a estas los mismos «derechos» que los reconocidos a la familia fundada en el matrimonio.

La Iglesia al desafío del laicismo

Finalmente, es necesario constatar que otro blanco mayor de estas corrientes es la Iglesia católica como institución. En la lógica del ateismo que ya hemos analizado, la Iglesia debe ser destruida, porque ella guarda la Revelación de un Dios que habló a los hombres, un Dios cuyo Verbo se hizo carne, que habitó y habita entre nosotros, que a tiempo y a destiempo, invita a los hombres a la conversión. Que esta Iglesia esté presente y activa en la historia y la sociedad es percibido como intolerable por los ateos anti-vida y anti-familia.

Más precisamente, este ateísmo explota la confusión entre laicidad y laicismo. Por laicidad, se entiende comúnmente la separación de la Iglesia y del Estado . Toda persona informada sabe que esta separación no causa problemas en los países democráticos. Por el contrario, el laicismo es, en primer lugar, una doctrina racionalista de inspiración iluminista, atea y cientista, que se pone como objetivo la eliminación de toda creencia cristiana y religiosa en general.

Además, el laicismo es un conjunto de movimientos de acción que militan para hacer triunfar este racionalismo antirreligioso en la sociedad. Se sabe que la francmasonería es uno de los principales vectores de este laicismo. Lo que hace a la Iglesia intolerable a los ojos de los adeptos del laicismo, no son las invasiones del poder temporal sobre el espiritual y viceversa; es el hecho que la Iglesia proclame que el Verbo de Dios se encarnó, y que el Dios que se reveló no es ni indiferente ni ausente de la sociedad ni de la historia. En la medida en que la Iglesia resista a este laicismo, ella atestigua su vigor espiritual y da testimonio del sentido pleno que Dios da a la vida de los hombres.

La celebración pagana de la muerte

La cultura resultante de la Ilustración deísta, prolongada por el ateísmo metafísico de Feuerbach y luego por el cientismo hizo que el hombre se tome por su propio demiurgo, tanto en el plano de los individuos como en el plano de las sociedades. Esta cultura instituyó una «liturgia» pagana en el curso de la cual la «muerte» de Dios es celebrada al precio de la muerte de los hombres que Dios llama para siempre a la vida.

Ahora bien, no se trata solamente de celebrar el «don de la muerte» en el aborto provocado, la eutanasia, la experimentación científica que destruye vidas humanas. No se trata solamente de acabar con las fuentes fisiológicas de la vida a lo largo de las campañas de esterilización masiva.

Se trata también de instaurar disfunciones que destruyen todo el ambiente humano ordenado a la acogida de la vida y a su celebración gozosa. Incluso la sociabilidad natural, reconocida en la Antigüedad, incluso las diversas versiones de la Regla de Oro, proclamadas por todas las grandes tradiciones morales de la humanidad : todo lo que inclina naturalmente al hombre a respetar y a amar a su semejante, todo esto debe ser destruido en nombre de la cultura de la muerte.

Repaternizar, rematernizar

Evangelium vitae analizó las raíces de lo que Juan Pablo II llamó la «cultura de la muerte» con una profundidad sin precedente. Desde el doble punto de vista filosófico y teológico, la mayor originalidad de la encíclica es sin duda el haber analizado las cuestiones morales relativas a la vida y a la familia remontando a las fuentes doctrinales que inspiran estas cuestiones. Es la puesta en evidencia de estas fuentes que hemos querido privilegiar en el presente artículo. Convengamos: los dogmaticistas tienen mucho trabajo a realizar si se quiere comprender bien el vínculo esencial entre teología de la creación y teología de la procreación.

No obstante, en la misma encíclica, Juan Pablo II no escatimó en las orientaciones pastorales concernientes al respeto de la vida y la promoción de la familia (EV 92). Dos prioridades nos parece que se imponen aquí, y las mencionaremos brevemente. Es necesario en primer lugar repaternizar a los padres, reenseñarles a los papás a ser padres y a ejercer su paternidad (EV 59).

Es necesario luego rematernizar a las madres, reenseñar a las mamás a ser madres y a ejercer su maternidad (EV 58, 99). El individualismo ambiente reduce con frecuencia al padre a ser solo un individuo y un ciudadano más anciano que sus hijos. Ambos tienen los mismos derechos. De ello resulta que el vínculo de solidaridad entre padre e hijos se debilita en la medida en que se marchitan la especificidad del padre y la del hijo.

Ocurre lo mismo con las madres: el papel de esposa no debe ser reducido al papel utilitario de formadora de hijos eficaces. Por su misma naturaleza, la mujer es la primera a ser llamada a personalizar a sus hijos, y ella lo logra en la medida en que ella se inclina a preferir las relaciones de amor a las relaciones utilitarias.

La «savia generosa» de Evangelium vitae

Al término de esta revisión, aparece claramente que la instauración de lo que Juan Pablo II llamó la cultura de la muerte es un acontecimiento que se preparó desde hace mucho tiempo (EV12, 19, 24, 26). Evangelium vitae subrayó con razón que los ataques contra la vida humana eran una ofensa a la dignidad del hombre, imagen de Dios. Fracasando a su proyecto de alcanzar a Dios, los necrólatras, los servidores de la muerte, se dedican a destruir al hombre, que es la imagen de Él (EV 33s., 104).

Evangelium vitae no se limitó a recoger y a poner al día la enseñanza clásica de la Iglesia sobre la vida, la familia, la población. Su originalidad resplandece en una frase que la resume y que nos queda confiada como un programa:

«Cuando se niega a Dios y se vive como si no existiera, o no se toman en cuenta sus mandamientos, se acaba fácilmente por negar o comprometer también la dignidad de la persona humana y el carácter inviolable de su vida.» (EV 96)

Desconstruyendo la cultura de la muerte, la encíclica revela el sentido cristiano de la muerte tanto como el de la vida. Desde este punto de vista, Evangelium vitae es un inmenso signo de esperanza (EV 67,97). Esta encíclica anticipó los problemas que iban a plantearse los decenios siguientes a su aparición.

Evocando Rerum novarum en el umbral de su encíclica Centesimus annus (n° 1), Juan Pablo II escribía que «la rica savia que sube desde aquella raíz, no se ha agotado con el paso de los años, sino que, por el contrario, se ha hecho más fecunda.» Tanto igual de fecunda es la savia generosa de Evangelium vitae, encíclica profética cuya actualidad clarividente es aún más evidente - si se lo puede decir - hoy día que en el momento de su aparición.

Michel Schooyans, Prelado de honor de su Santidad y catedrático en Lovaina de demografía.

Ha escrito numerosos libros como: "los riesgos éticos de la globalización" "Familia y globalización" "La enseñanza social de la iglesia".

www.catholic.net

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