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Ideología de género y opinión pública - Alejandro Navas

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Drew Gilpin Faust, historiadora de cincuenta y nueve años, se convierte en la primera Presidenta de la Universidad de Harvard. La profesora Faust se dedica a la historia, y durante los últimos seis años había dirigido el Institute for Advanced Study, dedicado de modo preferente a la investigación sobre la mujer y el género.

En su primera rueda de prensa tras la toma de posesión formuló con claridad sus prioridades: hacer más fluidas las fronteras entre las diversas disciplinas y promocionar a los miembros de las minorías protegidas. Ha habido que esperar 374 años para que hubiera una mujer al frente de la prestigiosa universidad, pero Harvard no constituye ni mucho menos una excepción: en estos momentos, cuatro de las ocho universidades que integran el exclusivo club de la Ivy League están gobernadas por mujeres.

Lo ocurrido en Estados Unidos no es un hecho aislado. Podemos saltar al corazón de Europa, a la Universität für Musik und darstellende Kunst de Viena, donde casi en esas mismas fechas se ponía en marcha una cátedra dedicada a los Gender Studies, llamada a colaborar estrechamente con el “Vicerrectorado para promoción de la mujer” y el “Grupo de trabajo sobre igualdad” en la promoción de la docencia y la investigación sobre una materia que la Universidad considera prioritaria.

Por este motivo, anuncia el refuerzo de los estudios de género en todas sus disciplinas. Podríamos documentar esta tendencia con abundantes casos similares, observables en casi todos los países occidentales, pero termino este rápido espigueo con la decisión del Ministerio de Medio Ambiente del gobierno regional de Renania–Westfalia: encargar a una consultora un estudio sobre la didáctica del bosque desde la perspectiva del género (hay que tener presente el destacado papel del bosque en el imaginario social alemán), con un presupuesto de 35.000 euros.

La actual posición hegemónica de la ideología de género no se limita al ámbito académico, sino que afecta a toda la sociedad. Voy a fijarme con un poco más de detalle en nuestro país, pues aunque no hemos sido pioneros en su desarrollo, sí que formamos parte del grupo de países que al día de hoy marcan la pauta para el resto del mundo en la implementación de esas políticas. Como botón de muestra, la presidenta del gobierno chileno, Michelle Bachelet, declara que su modelo es Rodríguez Zapatero, o nuestra vicepresidenta Fernández de la Vega viaja por Iberoamérica para exportar su cruzada a favor de la igualdad de género (El Mundo, de 31/07/2007). Nuestro comercio exterior no hace más que incrementar su déficit crónico, pero en lo que a ideología se refiere hace tiempo que abandonamos los números rojos.

No está claro que vayamos a conseguir entrar en el G–8, pero integramos junto con países como Holanda, Bélgica, Inglaterra, Canadá, Estados Unidos o Noruega el grupo de los campeones del progreso y la igualdad de géneros. “Madrid se ha convertido en una capital de la libertad de los seres humanos y de la libertad sexual”, podía afirmar con justicia la entonces Ministra de Cultura, Carmen Calvo, momentos antes del inicio de la marcha del Orgullo Gay en Madrid (El País, 1/07/2007, p. 46). Pocos días después se celebraba en Barcelona la segunda edición catalana del festival Loveball, que reunió a cerca de 30.000 homosexuales. Las entusiastas declaraciones de los visitantes extranjeros permitía subtitular al diario El Mundo: “Gays de Europa y América ven en las ciudades españolas los epicentros del ambiente” (5/08/2007, p.9).

No hace falta realizar un minucioso análisis del contenido de los medios de comunicación españoles durante los dos o tres últimos años para comprobar que hay un tema estrella, tanto de la información como de la ficción, omnipresente en la páginas de diarios y revistas y en todo tipo de programas radiofónicos o televisivos –ficción, informativos, late night shows, talk shows, magazines, series de ficción nacionales o extranjeras e incluso en los Lunnis–: la problemática del género y, más en concreto, la homosexualidad. En la televisión ya nos hemos acostumbrado a no ver más que representantes del colectivo GLBT (gays, lesbianas, bisexuales, transexuales) inteligentes, honestos, sensibles, generosos, frente a heterosexuales despreciables y sin educación.

Esta focalización podría no ser más que una expresión lógica de la sexualización de todos los ámbitos de la vida que afecta a Occidente, perceptible de modo especial en los sectores de la comunicación y el entretenimiento. Y como esos mismos medios se han vuelto cada vez más sensibles a las demandas de sus lectores y audiencias, por la propia evolución del mercado de la comunicación, que lleva a un peso creciente de la demanda frente al anterior mayor protagonismo de la oferta, sería lógico suponer que nuestra población exige con avidez ese tipo de contenidos, tal vez para compensar tantos decenios de abstinencia forzosa. Estaríamos ante una nueva manifestación del movimiento pendular que parece caracterizar nuestra evolución social. Pero los datos de la investigación empírica no avalan esta hipótesis. Cuando el barómetro del CIS pregunta mes a mes a los españoles por los temas que les preocupan, tanto en general como en particular, lo relativo a la homosexualidad y al género no aparece siquiera en la lista con la treintena de asuntos mencionados en las respuestas de la muestra.

¿Cómo se explica este desfase entre la agenda de los medios y las preferencias e intereses del público? Cuando los representantes de los medios hablan de sí mismos, suelen presentarse como el “espejo de la sociedad”, a modo de notarios que se limitan a levantar acta del acontecer social. Este papel, investido además de una noble aureola ética, les obligaría a mostrar también el lado sombrío de nuestra realidad social, lo que justifica la deriva de los contenidos y programaciones hacia el morbo y la basura. No hacerlo así, nos dicen, sería incluso una falta de responsabilidad.

Confrontar al público con los aspectos más terribles de nuestra condición puede convertirse incluso en requisito indispensable para suscitar los necesarios debates públicos y ayudar así a la solución de esos problemas. Parece claro que estas circunstancias no concurren en el caso de la homosexualidad. Aquí los medios se emplean muy a fondo, con abundantes recursos materiales y personales, para mantener en el orden del día de la agenda pública un asunto por el que la gran mayoría de la gente no muestra interés.

Resulta obligado admitir que esa coincidencia mayoritaria, observable además en medios informativos con perfiles empresariales e ideológicos bien diversos, no es casual y se debe a la labor eficaz de lobbies muy bien organizados, sobre todo en Estados Unidos. Al margen de la importancia objetiva de esta problemática, el estudioso de la comunicación se encuentra aquí ante un fenómeno casi paradigmático para observar la génesis de la opinión pública. Una cuestión clásica en este contexto, del tipo de problemas que vertebran cualquier disciplina científica, se pregunta si la opinión pública se genera a partir de la actividad de unos pocos e influyentes actores, colectivos o individuales –intelectuales, políticos, empresarios, artistas–, o bien emerge a partir de miles de interacciones producidas en la calle.

Este segundo modelo explicativo parecería el más propio de sociedades masificadas y altamente complejas como las nuestras, en las que ningún actor individual, aunque se llame Rupert Murdoch o Jesús Polanco, tendría la capacidad de manipular a millones de ciudadanos. Como casi siempre que nos encontramos ante ese tipo de interrogantes radicales, la respuesta más plausible suele estar en una vía media, con eventuales desplazamientos hacia uno de los extremos en función de las circunstancias.

En el caso de la ideología de género estamos en condiciones de describir con bastante precisión la influencia de unos pocos actores que, además de aprovechar un clima cultural propicio para la difusión de esos nuevos valores y modelos de conducta, han sabido idear y aplicar una estrategia de opinión pública muy eficaz, que ha conseguido en poco tiempo investir a las diferentes manifestaciones de la ideología de género del aura de la más consolidada corrección política: quien se atreva a poner en cuestión su vigencia corre el peligro de verse condenado al ostracismo social o incluso a la cárcel en sentido físico.

Sin dejar de tener en cuenta a Freud, Mead, Reich o Marcuse como antecedentes de referencia obligada, podemos decir que casi todo empieza en 1949, cuando Simone de Beauvoir publica Le deuxième sexe. Se trata de una obra voluminosa, dividida en dos partes que salieron a la calle en mayo y octubre, respectivamente. La segunda comienza con la frase que se ha convertido en el lema del moderno feminismo y de la ideología de género: “On ne naît pas femme: on le devient” [1]. La autora afirma a continuación que es el conjunto de la civilización quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado que llamamos mujer [2].

Está clara la voluntad emancipadora y rupturista que inspira esa carta magna de la fase contemporánea del movimiento liberador de la mujer, pero según una denominación ya convencional se puede decir que el planteamiento de Simone de Beauvoir sigue siendo moderno y todavía no es posmoderno. “La división de los sexos es en efecto un dato biológico, no un momento de la historia humana” [3]. La naturaleza está ahí, a disposición del hombre, pues la ciencia es tanto conocimiento como poder, dominio. A título de ejemplo mostraré ese talante en ejercicio en el capítulo titulado La mère [4]: “Desde hace más o menos un siglo, la función reproductora ya no está regida por el mero azar biológico, sino que está controlada por las voluntades” [5]. Vemos en acción a la modernidad típica, fáustica y prometeica, que no se somete de modo pasivo a la realidad natural, sino que se propone dominarla y explotarla al servicio de fines que ya tampoco son naturales. Este horizonte ya estaba explicitado en el programa de la ciencia moderna formulado por Francis Bacon.

Piedra angular de la ideología de género es la diferenciación entre sexo y género. Mientras que el sexo designa la realidad biológica, el género es una construcción cultural. La lógica del movimiento ha llevado a que en nuestros días se haya incrementado la relevancia de la dimensión cultural a expensas de la natural: casi la totalidad de las determinaciones que denominamos sexuales tendrían un origen cultural y serían, por tanto, meras convenciones, algo construido. Un breve repaso a la génesis de la noción de “identidad de género” puede ayudar a entender esta evolución.

La formulación de los conceptos de “identidad de género” y de “rol de género” se atribuye al psicoanalista Robert Stoller y al psiquiatra John Money. Este último nació en 1921 en Nueva Zelanda, pero hizo su carrera en Estados Unidos. Se doctoró en Harvard con una investigación sobre el hermafroditismo, que junto con la transexualidad sería el tema central de su actividad terapéutica, docente e investigadora el resto de su vida (murió en 2006), y trabajó en el más prestigioso centro médico estadounidense, Johns Hopkins University. Desde mediados de los años cincuenta Money sostiene que la sexualidad es psicológicamente indiferenciada en el momento de nacer y se vuelve masculina o femenina en el curso de las variadas experiencias del desarrollo.

Money era toda una personalidad: brillante, trabajador incansable, dominador de la retórica y del lenguaje de los medios, jefe autoritario e implacable, que no toleraba crítica alguna a su labor, y se lanza enseguida con el celo del visionario a una especie de cruzada contra la moral tradicional victoriana. Se convierte en un ardiente defensor y promotor de las prácticas menos convencionales, por expresarlo con suavidad: sexo en grupo, bisexualidad, los así llamados fucking games para niños; comportamientos que todo el mundo solía considerar perversiones graves, como el asesinato con estupro, no le parecen más que simples parafilias, es decir, preferencias que se apartan sin más de la normalidad estadística.

La energía empleada en defender su causa y su notable capacidad persuasiva convencieron a las autoridades de la Johns Hopkins, que abrieron la Gender Identity Clinic, la primera del mundo en practicar la reasignación quirúrgica de sexo en adultos. Esa praxis se extendería rápidamente por otros países occidentales. Ayudó a su difusión el cambio en el clima de opinión pública llevado a cabo en Occidente. Después del predominio de tesis biologistas deterministas, que formaron el caldo de cultivo de políticas eugenésicas en diversos países –y no solo en la Alemania nazi–, el terreno estaba abonado para una nueva orientación de la cultura, en la que se subrayaría la importancia del ambiente social frente al determinismo anterior. Las propuestas de Money encajaban plenamente en este nuevo contexto cultural.

Pero el avance de Money no se pareció en absoluto a un paseo triunfal, ya que sus tesis también encontraron críticas en la comunidad científica y médica. En el momento en que la controversia era más intensa, Money creyó que podía presentar a la comunidad científica un caso definitivo para probar la validez de su teoría, el de los hermanos Reimer, dos gemelos univitelinos. Uno de ellos perdió el pene al ser operado de fimosis cuando tenía seis meses, y Money convenció a sus padres para que fuera educado como niña, para lo que se le practicó también la oportuna cirugía.

De esta forma, Money confiaba en mostrar cómo la biología era irrelevante frente a la influencia de la cultura y la educación –sin renunciar a la cirugía y las hormonas, por supuesto–: tendríamos dos individuos con idéntico equipamiento genético, educados uno como varón y otro como mujer. El tratamiento se prolongó durante trece años y acabó en un clamoroso fracaso [6], que Money se negó a aceptar y procuró enmascarar hasta el final de su vida. A partir de 1980 Money dejó de citar el caso Reimer en apoyo de su postura, pero continuó defendiendo la reasignación de sexo en general, y de modo particular en los casos de lesión o pérdida del pene. Los escándalos se multiplicaron y la Johns Hopkins cerró la clínica de Money. Hoy ya nadie sigue sus propuestas para el tratamiento de la intersexualidad. El diario El Mundo publicó en 2004 un reportaje sobre el caso [7], y aunque el autor del comentario simpatiza con la ideología de género, se ve obligado a reconocer que “la literatura científica parece no apoyar la hipótesis del doctor Money…Las evidencias científicas apoyan que la identidad de género viene establecida por la biología por encima de la educación”.

En los años sesenta y setenta Money se convirtió en estrecho aliado y coartada científica de los movimientos feminista y homosexual [8], y lo más notable es que hasta el día de hoy sigue siendo una de las principales “fuentes científicas” invocadas por los representantes de la ideología de género en la justificación de sus posiciones. Si se procede con esa falta de rigor, no sorprende que los activistas del género se apoyen de igual modo en los trabajos de Kinsey, a pesar de su probada inconsistencia metodológica, que priva de todo valor a sus polémicas conclusiones.

Una de las más encarnizadas batallas en torno a la manera de entender y vivir la sexualidad se libró durante ese tiempo en la psiquiatría norteamericana. Hoy conocemos los entresijos del auténtico golpe de mano –una operación diseñada y financiada por la NGTF (National Gay Task Force)– que llevó a cabo el lobby homosexual para mover a la junta directiva de la APA (American Psychiatric Association) a dejar de considerar la homosexualidad como una patología, por lo que no me detengo en este punto.

En un clima de opinión cada vez menos adverso, el movimiento homosexual se crece y pasa al ataque. En febrero de 1988 se reúne en Warrenton (Virginia) una “Conferencia de guerra” a la que asisten 175 activistas representantes de organizaciones de todo el país. En esa cumbre se adopta una estrategia que dos de los participantes, el neuropsiquiatra Marshall Kirk y el experto en marketing Hunter Madsen, pusieron a continuación por escrito [9]. Los objetivos eran ambiciosos: abandonar las técnicas utilizadas hasta el momento por el activismo gay, propias de una actitud más bien defensiva, y aplicar de modo consecuente los recursos de la propaganda y las relaciones públicas para llevar a cabo una auténtica revolución que derrote de modo definitivo la moral tradicional, conservadora y mojigata. Desde el punto de vista del marketing y la opinión pública, la estrategia y su aplicación constituyen un ejemplo insuperable de inteligencia y eficacia. [10]

Enumero de modo telegráfico algunos puntos centrales de la estrategia:

– Difundir la idea de que el diez por ciento de la población es homosexual. Es más: “Una sociedad que niegue que el diez o incluso el veinte por ciento de la población experimenta fuertes inclinaciones homosexuales, y que construya sus leyes y valores sobre esa mentira, está gravemente enferma”.

– Plantear de modo incansable el tema de la homosexualidad en todo tipo de foros públicos y conversaciones privadas, de modo que la gente se rinda por aburrimiento y cansancio y acabe por acostumbrarse y deje de reaccionar.

– Mostrar a destacados personajes históricos, que tienen un valor ejemplar, como homosexuales (reales o supuestos). Animar a homosexuales célebres a mostrarse en público como tales.

– Presentar la homosexualidad como algo de nacimiento, genético. Los homosexuales no serían, por tanto, responsables de su orientación sexual. De ninguna manera la homosexualidad debe aparecer como resultado de una elección libre, lo que daría argumentos a los adversarios.

– Presentar a los homosexuales como víctimas. Más que de defender sus derechos, se tratará de combatir la discriminación de la que son objeto. En general, la lucha contra cualquier forma de discriminación será mejor acogida por la opinión pública.

– Demonizar a los enemigos de la homosexualidad, para lo que cualquier recurso será admisible: alinearlos con el Ku–Klux–Klan, el nazismo o el antisemitismo. Mostrar cómo en los campos de concentración nazis los homosexuales corrieron la misma suerte que los judíos. Lanzar la etiqueta de “homofobia” como estereotipo negativo para descalificar a los enemigos de la homosexualidad.

– Neutralizar a las iglesias o grupos religiosos opuestos a la homosexualidad, a los que habrá que presentar como reaccionarios y anclados en el pasado, enemigos de la ciencia y del progreso. Buscar la división de esos grupos religiosos, enfrentando a liberales con conservadores. Ya hay experiencia en Estados Unidos sobre cómo movilizar alianzas antirreligiosas, tal como se hizo en las batallas a favor del divorcio y el aborto. Habrá que repetir la experiencia en el caso de la homosexualidad.

En el contexto religioso adquiere prioridad la lucha contra la clásica distinción, propia de la moral cristiana, entre pecado y pecador. El cristianismo enseña a rechazar el pecado y a respetar e incluso amar al pecador, pues solo Dios sabe lo que pasar en el fondo del corazón de cada uno –de internis neque Ecclesia, según el adagio clásico–. Esa distinción resulta inaceptable para el activismo gay: quien está en contra de la homosexualidad se convierte de modo automático en enemigo de los homosexuales.

– En la propaganda gráfica será conveniente, al menos en la primera etapa, recurrir a imágenes de lesbianas atractivas, que caerán mejor a la gente.

– Dar siempre una imagen positiva y atractiva del estilo de vida homosexual. Esto implica, como es obvio, omitir toda referencia a los frecuentes problemas y trastornos asociados a esa forma de vida: patologías psiquiátricas –con especial incidencia de depresiones y neurosis–, enfermedades de transmisión sexual derivadas de la promiscuidad, violencia doméstica (que entre los convivientes del mismo sexo es significativamente mayor que entre los de sexo opuesto), elevado consumo de drogas y alcohol. En realidad, el ambiente homosexual está con demasiada frecuencia impregnado de sordidez, a pesar de las imágenes que se nos vende en esas operaciones de marketing, de forma que la denominación gay no deja de ser un sarcasmo.

La aplicación de esta estrategia se ha llevado a cabo de forma sistemática y consecuente para lo que ha sido decisiva la actividad de diversas organizaciones. Entre las más significadas se puede destacar las siguientes:

– Human Rights Campaign (HRC). Con 400.000 miembros, es el mayor lobby homosexual norteamericano. Actúa de modo preferente en el ámbito político y su objetivo principal es la “educación” del Congreso estadounidense. Promueve la legislación contra la homofobia, la protección de las “familias homosexuales” , la promoción de la salud de las lesbianas que viven solas, etcétera. También dedica cuantiosos recursos a la formación de activistas.

– Gay and Lesbian Alliance Against Defamation (GLAAD). Se trata del principal lobby homosexual que trabaja en el mundo de la comunicación y del entretenimiento. Muy influyente en Hollywood. También prepara a otras organizaciones y a activistas individuales en el manejo de la opinión pública. Se la considera el lobby más influyente en la opinión pública estadounidense.

– National Gay and Lesbian Task Force (NGLTF). Se concentra en el trabajo de base, de acuerdo con el principio de que el futuro pertenece a quien consiga ganar a los niños para su causa.

– Parents, Families and Friends of Lesbians and Gays (PFLAG) y la red Gay, Lesbian and Straight Education Network (GLSEN). Prolongan la línea de acción de la anterior y trabajan sobre todo en el ámbito educativo, con profesores y alumnos de todos los niveles de enseñanza.

– Lambda Legal Defense and Education Fund, organización paralela a la American Civil Liberties Union (ACLU) pero centrada de modo exclusivo en la defensa de los intereses homosexuales.

No resulta sencillo hacer un balance de lo alcanzado en estos casi veinte años, ni siquiera para el ámbito de países aislados, pero lo logrado ha sido mucho. En más de un sentido la realidad social de algunos de estos países ha cambiado de modo sustancial: nuevas leyes, nuevas políticas, nuevos contenidos en la educación, nuevos valores y modelos. Estamos asistiendo tanto a una gigantesca “salida del armario” como a la generación de una nueva realidad. España constituye un interesante botón de muestra, a la vez que laboratorio social donde se prueban recetas que luego se exportan a otros países. Ahí están las actuaciones del gobierno central o de algunos autonómicos como el catalán o el andaluz. Al hacer balance de estos cuatro años de legislatura, el Presidente Rodríguez Zapatero puede enorgullecerse con motivo de haber impulsado una de las más prodigiosas “ampliaciones de derechos” que se recuerdan en la historia de la humanidad.

En más de un sentido somos de nuevo el asombro del mundo. Claro que todo depende del punto de vista adoptado. También en estos días el Ministro de Sanidad, Bernat Soria, presentaba el programa Robin, que proporcionará a través de la red información sobre el sexo a aquellos jóvenes que prefieran preguntar sobre estos temas “en la intimidad, desde el anonimato y sin pasar vergüenza” . Lleno de satisfacción, el ministro asegura que se trata de un “instrumento pionero en Europa y en el mundo” . Es curioso el afán de los gobiernos por aparecer como los primeros de la clase –el presidente Zapatero nos anuncia hoy su meta para la próxima legislatura: superar a Francia en renta per cápita–; uno se siente transportado de nuevo a la infancia, cuando el gobierno franquista inauguraba obras públicas que eran también las más destacadas de Europa . Seguro que ponerse a la cabeza del mundo en la eliminación de los viejos tabúes relativos al sentido del pudor y de la vergüenza resulta mucho más fácil que destacar en el registro de patentes científicas e industriales. Inundar Cataluña con folletos de educación sexual para niños y promover articulados planes de igualdad de género y de estímulo de la homosexualidad resulta sin duda mucho más asequible que asegurar el buen funcionamiento de las infraestructuras del transporte.

¿Qué se pretende con estas políticas? ¿Cuál es el sentido último de la revolución preconizada en el manifiesto emanado de la cumbre de Warrenton? ¿Se trata de la ampliación de derechos proclamada por nuestro presidente de gobierno? En parte sí, pero considero que el logro de algunos derechos no es más que una meta parcial, casi una cortina de humo. La realidad es que los homosexuales tienen muy poco interés en casarse entre sí, allí donde la ley lo permite, y España no ha sido una excepción a este respecto.

Entablar relaciones monógamas estables no suele ser un objetivo prioritario para ellos. Por lo general, tampoco les interesa adoptar. De lo que se trata en el fondo, más allá de debates jurídicos de detalle, es de suprimir la idea de normalidad, de eliminar la realidad de una naturaleza independiente de nuestra voluntad. Las reivindicaciones homosexuales se dan aquí la mano con una vieja aspiración que está en el núcleo de la cultura moderna: el dominio absoluto, tanto de la realidad física como de la social y ahora también de la personal.

No hay nada que merezca respeto y consideración, todo debe quedar disponible, manipulable según nuestro capricho. Judith Butler, una de las más destacadas pensadoras actuales del género, lo dice de modo inequívoco: “La teoría queer se opone a toda reivindicación de identidad, incluyendo la asignación de un sexo estable” [11]. Aceptar una identidad, aunque fuera construida al modo de Money, constituiría una esclavitud intolerable. Como resultado de la deconstrucción del género, un concepto clave será ahora el de “transición”. La identidad de género no está dada de una vez por todas, sino que puede cambiar de modo constante. “La tarea de la política internacional de gays y lesbianas es nada menos que rehacer la realidad, reconstruir lo humano y negociar los términos de lo que se considera habitable y lo que no” [12]. No nos encontramos tan solo ante un debate académico ajeno a los intereses prácticos del gran público.

Ilustra muy bien lo que estoy diciendo el modo en que Butler afronta las implicaciones del diagnóstico de GID (Gender Identity Disorder): “Recibir el diagnóstico de GID es ser considerado malo, enfermo, descompuesto, anormal, y sufrir cierta estigmatización. Por ello, algunos psiquiatras y activistas “trans” han argumentado que la diagnosis debería ser completamente eliminada, que la transexualidad no es un trastorno y que no debería ser concebida como tal, y que debería entenderse a los trans como personas comprometidas con una práctica de autodeterminación, personas que ejercen su autonomía. Así pues, por una parte el diagnóstico continúa valorándose porque proporciona una forma económica de transicionar (permite que el seguro médico financie la intervención quirúrgica, n. d. a.). Por otra, la oposición es firme porque el diagnóstico continúa considerando como un trastorno patológico lo que debería concebirse como una entre las muchas posibilidades humanas de determinar el propio género” [13].

En el fondo, la persona homosexual se sabe distinta, anómala, y esa sensación no suele ser agradable. La etiología de la homosexualidad puede ser muy variada –aunque si hay algo claro hasta el momento, es que no se ha encontrado el gen responsable de ese trastorno–, y las influencias que determinan su aparición pueden actuar durante fases diversas de la vida de las personas, y contar o no con su consentimiento: hay homosexuales que se inician como adultos de modo voluntario en esa forma de vida y otros que lo son de modo involuntario a consecuencia del enfoque de su socialización primaria.

La vuelta a la normalidad puede resultar difícil –aunque a la vez hay una abundante experiencia que indica que se puede lograr–, y muchos ni siquiera la quieren. Esa sensación de anomalía desaparecerá si antes lo hace la propia noción de normalidad. Si ya no hay una referencia normal, canónica, todas las opciones se vuelven equivalentes. En el caso de la sexualidad esto significa equiparar la tradicional heterosexualidad con las diversas orientaciones posibles: homosexualidad, bisexualidad, transexualidad, además de otras variantes, y con la dimensión añadida de la transición: ninguna de esas orientaciones, que se eligen libremente, debe entenderse como una condición permanente.

De ahí la notable importancia simbólica, que no real, del actual debate en España acerca de la transexualidad y la identidad de género. Una vez más hemos sido pioneros en el mundo y aprobado una ley que permite el cambio de género por una simple decisión voluntaria, al margen de la biología. Como en tantas otras ocasiones, el papel del boletín oficial lo soporta todo. Interesa hacer todo lo posible para otorgar carta de naturaleza a esas otras orientaciones sexuales. En este contexto, por ejemplo, se entiende que un diario como El País dé gran importancia a la noticia de que “en el Ayuntamiento de Gerona se ha casado la primera pareja de transexuales que se sienten mujeres y además son lesbianas” (13/12/2006). Noticias como ésa, debidamente aireadas, pueden contribuir a generar el deseado cambio de opinión.

Parece que los signos de los tiempos son favorables a la causa de la ideología de género, aunque el objetivo que se ha marcado el movimiento es muy ambicioso y ni siquiera la estrategia mejor diseñada puede asegurar el triunfo de la revolución. En algunos medios del activismo reina una sensación de victoria. Cuando en el verano de 2007 se estrenó en Estados Unidos con gran éxito la serie televisiva Rick & Steve, una especie de South Park en versión gay protagonizada por the happiest gay couple, el crítico de televisión del New York Times lanzaba emocionado las campanas al vuelo y sentenciaba categórico: “Rick & Steve es la prueba más poderosa de que un lado ha ganado” .

Pero no hay que olvidar que Nueva York o California no representan ni mucho menos la totalidad de los Estados Unidos. Basta recordar el vapuleo electoral sufrido por el activismo gay en las votaciones realizadas en diversos estados con ocasión de las elecciones legislativas de noviembre de 2006: a pesar de los millones invertidos por la causa gay en sofisticadas campañas de opinión, una abrumadora mayoría de los ciudadanos estadounidenses sigue pensando que el matrimonio es sólo de hombre y mujer. Y en aplicación de una ley física tan básica como la acción y reacción, mucha gente empieza a reaccionar ante la agresividad de los lobbies homosexuales. Por ejemplo, los bomberos de San Diego, que han llevado a los tribunales a sus superiores por haberles ordenado que participaran, vestidos de uniforme, en la Gay Pride Parade.

¿Cuál será el desenlace de esa batalla en nuestro país? La cuestión tiene relevancia más allá de nuestras fronteras, por el papel pionero que juegan nuestros gobiernos –central y algunos autonómicos– en esa cruzada, que los convierte en referencia para otros países. Desde el punto de vista de la opinión pública España se convierte así en un experimento digno de observación.

¿Podrá la acción concertada de la clase política y mediática cambiar los modos de pensar de la mayoría de la población? La presión de la corrección política y fenómenos del tipo de la espiral del silencio hacen que políticos o periodistas que en principio deberían oponerse al activismo gay callen por miedo a ser tildados de retrógrados. Diarios como El País o El Mundo, antagonistas políticos, se dan la mano en este punto. Y otros medios que en principio deberían enfrentarse a esa tendencia si fueran coherentes con su línea editorial –por ejemplo, ABC y los diarios de Vocento, La Razón o La Vanguardia– tienen las manos atadas: ¿cómo van a criticar esos planteamientos si obtienen pingües ganancias de los anuncios clasificados de contenido sexual? Hemos visto cómo la ideología de género nos invita a desprendernos de ese atavismo obsoleto llamado identidad y a cultivar la transición. Estos periódicos podrían “transicionar” sin mayores preocupaciones desde las páginas de sexo, contactos y relax hasta los editoriales condenatorios de esas mismas prácticas, pero parece que esto sería demasiada incoherencia, incluso en tiempos posmodernos donde todo vale. En consecuencia, optan por el silencio y, una vez más, el negocio se impone a la moral.

Mientras los grandes de la política o la comunicación actúan con agresividad o callan con complicidad, la oposición a esa nueva cultura oficial se refugia en pequeñas formaciones políticas alternativas o en medios de escasa difusión, aunque la tecnología en forma de Internet acude en ayuda de su causa, y la mayoría silenciosa empieza a despertar y aprende a movilizarse en la calle. Habrá que seguir con atención el desarrollo del clima de opinión a este respecto. Los promotores del cambio o “ampliación de derechos” se emplean a fondo y cuentan con abundantes recursos. Según indican las sucesivas encuestas de opinión, crece el apoyo popular a esas políticas, aunque conviene tener presente una salvedad: los españoles dicen estar de acuerdo con esas medidas en abstracto, mientras que en su conducta práctica optan por modelos más bien tradicionales o conservadores.

Se da en nuestro caso una llamativa discrepancia entre lo que se piensa y lo que se hace, aunque resulta indudable que el afianzamiento de esas nuevas ideas podría inducir a medio y largo plazo un cambio en los comportamientos. ¿Conseguirán los ideólogos del género su objetivo revolucionario? Lo dudo, pues la realidad o la naturaleza no dejan de existir por mucho que el B. O. E. e influyentes medios de comunicación se empeñen en lo contrario. Como decía El Gallo, lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible.

[1] De Beauvoir, S. (1955) Le deuxième sexe
(II), Paris, Gallimard, 86ª edición, p. 13.

[2] Cfr. Ibid. La traducción es mía.

[3] De Beauvoir, S. (1955) Le deuxième sexe (I), Paris, Gallimard, 102ª edición, p.19.

[4] De Beauvoir, S. (1955) Le deuxième sexe
(II), Paris, Gallimard, 86ª edición, pp. 290–343.

[5] Ibid., p. 290. No deja de ser llamativo que el capítulo dedicado a la maternidad arranque con una extensa defensa del aborto: “Nada más absurdo que los argumentos invocados contra la legalización del aborto. Se pretende que es una operación peligrosa…” (p. 291).

[6] La historia se recoge en Colapinto, J. (2001) As nature made him. The Boy who was raised as a girl, New York, Harper Collins.

[7] Htpp://www.elmundo.es/salud/2004/572/1084572003.ht

[8] Por ejemplo, en él se apoya la más destacada activista lesbiana de la época, Kate Millet. Cfr. Millet, K. (1970) Sexual Politics, New York, Doubleday.

[9] Kirk, M. y Madsen, H. (1990) After the Ball: How America Will Conquer its Fear & Hatred for Gays in the 90s, New York, Penguin.

[10] Conviene tener en cuenta que el activismo gay no representa ni mucho menos a la totalidad de la población homosexual. Muchos homosexuales llevan una vida discreta, lejos de toda estridencia y sin buscar polémica. Entre ellos se cuentan también no pocos “famosos”. Por ejemplo, el cineasta Franco Zeffirelli confiesa que es homosexual, pero no gay, y se declara católico y opuesto al matrimonio gay.

[11] Butler, J. (2006) Deshacer el género, Barcelona, Paidós, p. 22.

[12] Ibid., p. 52.

[13] Ibid., p. 114.

Alejandro Navas

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