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La cuestión del feminismo de género: corrientes de pensamiento que obstaculizan la promoción real de la mujer - Dale O'Leary

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La reciente Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la colaboración entre el hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo comienza con un breve análisis de «algunas corrientes de pensamiento, cuyas tesis no coinciden a menudo con las finalidades genuinas de la promoción de la mujer».

En los últimos cincuenta años, la sociedad se ha esforzado por encontrar la forma de conciliar la igualdad fundamental de los hombres y de las mujeres con sus innegables diferencias biológicas. En el curso de los años 60, las mujeres protestaron contra leyes y costumbres que les reservaban un trato discriminatorio. Los Gobiernos respondieron emanando normas que garantizaron a las mujeres iguales derechos legales, igual acceso a la enseñanza e iguales oportunidades económicas, normas que las mujeres se apresuraron a aprovechar. Aumentó el número de las que proseguían los estudios llegando a la enseñanza superior, así como el número de mujeres comprometidas en actividades profesionales y en cargos públicos electos o designados por nombramiento.

En los años 70, el movimiento feminista, que había animado estos cambios, fue transformado por los radicales, que veían en las mujeres el prototipo de la clase oprimida, e indicaban como mecanismos de opresión el matrimonio y la heterosexualidad obligatoria. Esta corriente de pensamiento tomaba de Frederick Engels su análisis de los orígenes de la familia. En 1884, Engels había escrito: «El primer antagonismo de clase coincide en la Historia con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en el ámbito del matrimonio monógamo, y la primera opresión de clase con la del sexo femenino por parte del masculino» [1].

En su libro The Dialectics of Sex, escrito en 1970, Shulamith Firestone modificó el análisis de la lucha de clases realizado por Engels, indicando que era necesaria una revolución de las clases sexuales: «Para garantizar la eliminación de las clases sexuales, es necesario que la clase oprimida (las mujeres) se rebele y tome el control de la función reproductiva: ... por esto el objetivo final de la revolución feminista debe ser distinto del objetivo del primer movimiento feminista: no exclusivamente la eliminación del privilegio masculino, sino de la misma distinción entre los sexos; las diferencias genitales entre seres humanos no tendrán ya ninguna importancia» [2].

Según Firestone, «el meollo de la opresión de las mujeres se encuentra precisamente en su rol de gestación y de educación de los hijos» [3]. Los que sostenían este análisis consideraban el aborto libre, la contracepción, la completa libertad sexual, el trabajo femenino y la existencia de guarderías públicas a las que confiar el cuidado de los niños como condiciones necesarias para la liberación de la mujer.

En su libro The Reproduction of Mothering, Nancy Chodorow sostenía que mientras el rol de cuidar a los niños siguiese siendo prerrogativa de las mujeres, los niños crecerían viendo a la Humanidad dividida en dos clases diferentes y desiguales y, en su opinión, esta visión sería la causa de la aceptación de la opresión de clase [4].

Alison Jagger, en un manual realizado para los programas de estudio sobre la cuestión femenina, expuso los resultados auspiciados por la revolución de las clases sexuales: «La desaparición de la familia biológica eliminará también la exigencia de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extraconyugales no serán ya vistas de forma liberal como opciones alternativas..., desaparecerá justamente la institución de la relación sexual en la que el hombre y la mujer desarrolla cada uno un papel bien definido. La Humanidad podría finalmente volver a apropiarse de su sexualidad natural, caracterizada por una perversidad polimorfa» [5].

Un ataque frontal a la familia comportaba, sin embargo, algunos riesgos. En opinión de Christine Riddiough, «la cultura gay/lesbiana puede ser también considerada como una fuerza subversiva capaz de desafiar la hegemonía del concepto de familia. Sin embargo, esta interpretación puede tomar formas que la gente no perciba como contrapuestas de por sí a la familia... Con el fin de que el carácter subversivo de la cultura gay sea utilizado de forma eficaz, debemos ser capaces de presentar modalidades alternativas de interpretación de las relaciones humanas» [6].


¿Sexo, o género?

El problema que se encontraron aquellos que animaban a la revolución en relación con la familia era la modalidad de eliminación de las clases sexuales, pues ellas hundían sus raíces en las diferencias biológicas entre el hombre y la mujer. Una solución provino de la actividad del doctor John Money, de la Johns Hopkins University, de Baltimore (Estados Unidos). Hasta los años 50, la palabra género fue un término gramatical para indicar si una palabra era masculina, femenina o neutra. El doctor Money comenzó a usar la palabra en un contexto nuevo, acuñando el término identidad de género para describir la conciencia individual de sí mismo, o sí misma, como varón o hembra [7]. Según Money, la identidad de género de una persona dependía de cómo el niño había sido educado, y podía resultar distinta del sexo biológico. Money sostenía que sería posible cambiar el sexo de una persona, y que los niños nacidos con órganos genitales ambiguos podrían ser modificados quirúrgicamente y asignados a un sexo distinto del genético.

Las teorías de Money tuvieron mucho éxito, y en 1972 presentó la que parecía la prueba irrefutable del hecho de que la identidad de género dependía de la educación recibida. En su libro Man & Woman, Boy & Girl, Money relató el caso de un gemelo monocigótico cuyo pene había sido seriamente dañado durante una operación de circuncisión [8]. Los padres del niño se dirigieron a Money, que les aconsejó que le castraran y que le educaran como si fuese una niña. La existencia del gemelo monocigótico le permitió a Money comparar al gemelo educado como un niño con el que había sido educado como una niña. Money refirió que el cambio de sexo había sido un éxito, e ilustró cómo el niño se había adaptado perfectamente a una identidad femenina. El caso parecía resolver la cuestión naturaleza contra educación a favor de la educación.

Antes incluso de que Money anunciase su famoso caso, sus teorías habían encontrado el apoyo de las feministas. En su libro Sexual Politics, publicado en 1969, Kate Millet, comentando el trabajo de Money, escribió: «...en el nacimiento no hay ninguna diferencia entre los sexos. La personalidad psicosexual se forma en fase postnatal y es fruto de un aprendizaje» [9].

El concepto de género como construcción social entró a formar parte de la teoría feminista. Susan Moller Okin, autora del libro Justice, Gender and the Family (1989), deseaba «un futuro carente de género. No habría nada preestablecido en los roles masculinos y femeninos; el embarazo se separaría tan conceptualmente de la educación, que habría que sorprenderse si los hombres y las mujeres no fuesen igualmente responsables de las tareas domésticas» [10].

En el curso de los años 80, el término género se volvió omnipresente en los programas de estudio de la cuestión femenina. Con la introducción del concepto de género como construcción social, el interés del movimiento feminista se desplazó, desde la eliminación de las políticas discriminatorias para la mujer, a la atención hacia todo aquello que admitía la existencia de diferencias entre el hombre y la mujer, en particular todo aquello que se realizaba para el apoyo de la mujer como principal fuente de asistencia en el ámbito doméstico. Un futuro carente de género presuponía una sociedad que examinase meticulosamente cada aspecto de la cultura para buscar pruebas de la socialización de género.

Antes de 1990, los documentos publicados por la ONU habían subrayado la eliminación de la discriminación en relación con la mujer, pero en torno a 1990 el género se convirtió en un punto central de interés. Un documento de la agencia INSTRAW, de Naciones Unidas, titulado Gender Concepts, definía el género como «un sistema de roles y relaciones entre hombres y mujeres determinado, no por la biología, sino por el contexto social, político y económico. El sexo biológico es un dato natural; el género es construido» [11].

Sin embargo, la línea de separación entre sexo y género seguía siendo incierta. Muchos de los que adoptaban el término género no tenían idea de sus raíces ideológicas. A pesar de esto, la Conferencia de Naciones Unidas sobre la Mujer, celebrada en Pekín en 1995, invitó a las naciones a «adoptar una perspectiva de género». Como recita el texto definitivo de su Plataforma de Acción, «en muchos países, las diferencias entre las actividades y los resultados conseguidos por la mujer y por el hombre no son todavía reconocidos como consecuencia de roles de género socialmente construidos, y sí considerados como fruto de inmutables diferencias biológicas» [12].

El problema evidenciado por esta declaración es que algunas de las diferencias entre las actividades desarrolladas por la mujer y las desarrolladas por el hombre están claramente conectadas con inmutables diferencias biológicas que la Plataforma no tiene en cuenta. Por ejemplo, sólo las mujeres pueden llevar un niño en su seno y amamantarlo. Mientras un alto porcentaje de mujeres siga haciendo de la maternidad su propia vocación principal, decidiendo no trabajar fuera del ámbito doméstico, dejando el trabajo por largos períodos para hacer frente a las exigencias familiares, o eligiendo ocupaciones con horarios o tareas compatibles con las responsabilidades familiares, las actividades y los resultados conseguidos por el hombre y por la mujer serán notablemente diferentes [13]. La perspectiva de género no apoyaba a las mujeres que elegían la maternidad como vocación principal. En una entrevista realizada por Betty Freidan en 1975, Simone de Beauvoir resumía esta orientación. A la pregunta de si las mujeres debían ser libres para decidir quedarse en casa para educar a los hijos, ella respondió: «La mujer no debería tener esta posibilidad de elección, justamente porque, si existiera esta opción, muchas mujeres la elegirían» [14].

No se trataba simplemente del hecho de que el género era construido, sino de que, según tal perspectiva, la construcción del género era efectuada por el hombre en perjuicio de la mujer. La misma palabra mujer era vista como una etiqueta que creaba «un ser ficticio» y «perpetuaba la desigualdad» [15].



La unidad del ser humano

Mientras ganaba posiciones la perspectiva de género, su base teórica empezaba a resquebrajarse. Un artículo del doctor Milton Diamond, experto en el efecto prenatal de la testosterona sobre la organización cerebral, publicado en 1997, reveló que el doctor Money no había reflejado fielmente el resultado del caso de los gemelos [16]. El doctor Diamond nunca había aceptado la teoría del doctor Money, según la cual la socialización podía imponerse a la identidad biológica.

Durante muchos años había intentado de distintas maneras encontrar el rastro del gemelo del que hablaba Money, para conocer cómo había afrontado la adolescencia. Diamond consiguió contactar con un terapeuta del centro que había seguido al gemelo, y descubrió que el experimento había sido un completo fracaso. El gemelo nunca había aceptado ser una niña, y no se había adaptado al rol femenino. Con 14 años manifestó tendencias suicidas. Uno de los muchos terapeutas destinados a su atención psicológica animó a los padres a desvelarle la verdad. Desde el momento en que supo que era un varón, decidió llevar una vida acorde con su sexo. Se sometió a intervenciones de cirugía reconstructora extremadamente complicadas y se casó. Toda la historia del caso de los gemelos está documentada en el libro de John Colapinto As Nature Made Him [17].

Las teorías de Money se han visto desacreditadas con posterioridad por las sucesivas investigaciones sobre el desarrollo cerebral. La investigación sobre la exposición prenatal a las hormonas ha demostrado que, incluso antes del nacimiento, los cerebros masculino y femenino son notablemente distintos, cosa que influye, entre otras cosas, en el modo en que el neonato percibe visualmente el movimiento, el color y la forma. El resultado es una predisposición biológica de los niños hacia juguetes típicamente masculinos y de las niñas hacia juguetes típicamente femeninos [18]. Ya desde el seno materno, las mujeres están dotadas de la sensibilidad hacia el ser humano necesaria para la maternidad. Esta investigación y otras informaciones nuevas sobre la estructura del cerebro humano indican que influencias biológicas y experiencia contribuyen a crear conexiones cerebrales, y están tan estrechamente entretejidas que resulta imposible separarlas.

Los niños nacen en sociedades creadas por hombres y mujeres, cuya percepción de aquello que es natural viene influenciada por la misma combinación de biología y experiencia. Los niños crecerán para llegar a ser padres, las niñas para llegar a ser madres. Esconder este dato por medio de la socialización neutra de género no cambiará la realidad de la diferencia sexual.

Otras investigaciones sobre el desarrollo cerebral han demostrado la importancia de la relación entre madre e hijo durante el primer mes de vida. El niño que ha escuchado la voz de su madre durante la gestación viene al mundo buscando la luz en los ojos de su madre. Un vínculo sólido entre madre e hijo es fundamental para el desarrollo emotivo. Los estudiosos del desarrollo neonatal y del desarrollo del cerebro humano están preocupados por el hecho de que los propios descubrimientos sobre la importancia del vínculo madre/hijo son ignorados por aquellos que animan el trabajo femenino y el cuidado de los niños en guarderías públicas [19].

Si las mujeres son más sensibles a las exigencias del ser humano y los niños necesitan de madres sensibles a sus exigencias, entonces presentar la maternidad bajo un aspecto positivo no quiere decir perpetuar un estereotipo negativo, sino reconocer la realidad. No existe injusticia, pues no se impide a las mujeres decidir la posibilidad de trabajar fuera de casa. Justamente porque los dos sexos son diferentes, la mujer puede ofrecer una contribución única a la sociedad en general. El hecho de que la mujer tenga una posibilidad de elegir hace que algunas mujeres se sientan inquietas, pero éste es el precio de la libertad.

Falta de pruebas para las teorías sobre discriminación de género

Los defensores de la perspectiva de género han citado numerosos ejemplos de cómo la socialización de género desemboca en el abuso de la mujer. El problema es que muchos de estos ejemplos no resisten un examen minucioso. Christina Hoff Sommers, autora de la obra Who Stole Feminism?, ha descubierto que, mientras los medios de comunicación daban espacio a las teorías feministas, según las cuales la socialización negativa de género provocaba la muerte por anorexia de 150.000 americanas al año, las estadísticas sanitarias demuestran que en 1983 se habían registrado 101 muertes por anorexia. En 1991 el número había descendido a 54.

En 1991, la americana Association of University Women publicó un estudio titulado Shortchanging Girls, Shortchanging America, en el que se sostenía que la discriminación de género en el ámbito escolar provocaba una devastadora pérdida de autoestima en las adolescentes [20]. El estudio fue ampliamente divulgado por los medios de comunicación y se habilitaron numerosos programas para resolver el problema. Con mucho esfuerzo, Sommers obtuvo una copia de los resultados de la investigación, y descubrió que la valoración de la autoestima no había sido efectuada con métodos científicos, y que las adolescentes, en la mayor parte de las valoraciones, obtenían resultados académicos mejores que los de sus coetáneos varones [21].

El problema creado por las acusaciones de opresión no comprobadas, y sostenidas por las feministas, es que desvían los recursos, que son limitados, de la resolución de los problemas reales que tienen que afrontar las mujeres, y minan la credibilidad de aquellos que están comprometidos en favorecer los verdaderos intereses de la mujer.

Dada la confianza concedida en el pasado a investigaciones privadas de validez, es importante examinar atentamente todas las pruebas presentadas para apoyar la perspectiva de género. Esto vale en particular para los temas del aborto y de la homosexualidad. Por ejemplo, aquellos que están a favor de una redefinición del matrimonio que tome en consideración las uniones homosexuales, han citado numerosos estudios que pretenden demostrar la ausencia de diferencias significativas entre niños educados en uniones homosexuales y niños educados por sus padres naturales en el ámbito del matrimonio.

Después de analizarlos, tales estudios han resultado carentes de validez interna y externamente [22]. Según el profesor Lynn Wardle, «la mayor parte de los estudios sobre padres homosexuales está basada en investigaciones cuantitativas no fiables, viciadas desde el punto de vista metodológico y analítico (algunas de calidad poco más que anecdótica), y proporcionan una base empírica demasiado débil para determinar las políticas públicas» [23].

Por otro lado, numerosos estudios confirman las modalidades con las que la presencia de un padre y de una madre mejoran el bienestar de los hijos. La importancia del amor materno es un hecho bien sabido, pero muchos estudios recientes demuestran que también el amor paterno tiene una influencia positiva. Una reseña de la literatura en la materia ha puesto de manifiesto que «la influencia del amor paterno sobre el desarrollo de los hijos es parecida y quizá mayor que la del amor materno. Algunos estudios concluyen que el amor paterno es el único índice significativo de resultados positivos específicos» [24].

El futuro está en manos de los jóvenes, y por tanto la sociedad tiene la obligación de dar prioridad a su bienestar. Las mujeres desean aquello que es mejor para sus hijos, y todo niño tiene necesidad de un padre y de una madre. Sólo el matrimonio asegura el compromiso de los padres el uno hacia el otro y hacia los hijos, y por tanto cualquier otra forma de unión comporta riesgos para los niños y para las mujeres.

Patrick Fagan, de la Heritage Foundation, ha recogido una enorme cantidad de pruebas a favor de la importancia para los hijos de tener un padre y una madre que permanezcan unidos en el matrimonio: «Los niños nacidos fuera del matrimonio, o con padres divorciados, tiene una probabilidad mucho mayor de incurrir en pobreza, maltratos y problemas emotivos y de conducta; van peor en el colegio y hacen uso de estupefacientes con mayor frecuencia. Las madres no casadas tienen una probabilidad mucho mayor de convertirse en víctimas de la violencia doméstica... En cualquier caso, los niños cuyos padres permanecen casados tienen ventajas reales. Se ha puesto de manifiesto que los adolescentes procedentes de estas familias presentan un estado de salud mejor, tienen menos probabilidades de sufrir depresiones y de repetir curso y encuentran menos problemas de desarrollo» [25].



En defensa de la mujer

La Iglesia católica no puede permanecer neutral cuando, en nombre de las mujeres, se ataca a la familia, al matrimonio, a la maternidad y la paternidad, a la moral sexual o a la vida del feto.

La Iglesia condena incondicionalmente cualquier abuso perpetrado contra la mujer en el ámbito familiar, pero la solución no es la destrucción de la familia. Cuando las sociedades promueven el sexo fuera del matrimonio, el aborto, la mentalidad contraceptiva y el divorcio, la perjudicada es la mujer. Cuando se respeta el matrimonio y la castidad es la norma, la dignidad de la mujer queda salvaguardada.

La solidaridad entre marido y mujer en la familia, entre hombre y mujer en la sociedad es esencial para que su colaboración sea fecunda. Una lucha interminable entre clases sexuales no llevará a la liberación de la mujer. Una antropología desviada, que desconozca las diferencias entre los sexos, deja a la mujer en la poco envidiable posición de tratar de imitar el comportamiento masculino, o de desperdiciar su energía en el vano intento de transformar al hombre en una pseudo-mujer. Una mujer que comprenda y acepte las diferencias entre los sexos es libre para colaborar con el hombre, sin comprometer su originalidad personal.

La perspectiva de género es un callejón sin salida. Se malgastan recursos preciosos para oponerse al deseo natural de maternidad de la mujer. Favorecer la paternidad, la maternidad, la familia y el matrimonio no compromete en modo alguno la paridad esencial, los derechos y la dignidad de la mujer. Sólo el reconocimiento de las diferencias entre el hombre y la mujer y de la centralidad de la familia en la sociedad ofrece los parámetros válidos para encaminar un diálogo. Siempre será necesario distinguir entre diferencias reales y estereotipos humillantes, y será importante tutelar el derecho de la mujer y del hombre a elegir profesiones atípicas y proteger a la mujer de la injusticia y el maltrato.

La Iglesia tiene mucho que ofrecer con respecto a este asunto. Las repetidas invitaciones del Santo Padre a la solidaridad ofrecen una alternativa a una lucha de clases sin fin. Aquellos que están interesados en crear una sociedad verdaderamente a favor de la mujer encontrarán muy útil el libro Amor y responsabilidad, escrito por el Santo Padre cuando era todavía obispo. La condena por parte de Juan Pablo II de todos los comportamientos que tratan a las personas como objetos encontrará eco entre las mujeres que, con razón, se dan cuenta del fardo que supone para ellas el utilitarismo sexual y económico.

La colaboración fructífera entre el hombre y la mujer debe basarse sobre la verdad acerca de la persona humana. Los dos sexos, distintos y de igual dignidad, son una revelación de la imagen y de la semejanza de Dios y participan de la bondad de la creación. Dios, que ha hecho al ser humano hombre y mujer, que ha instituido el matrimonio y la familia y dictado las leyes que gobiernan la moral, es incapaz de injusticia. Por tanto, las mujeres no tienen nada que temer de una cultura que comprende y respeta las diferencias entre hombres y mujeres.

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Notas

1. Frederick Engels, The origin of the Family, Property and the State (International Publishers: NY, 1972), 65-66 (ed. española: El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, Fundamentos, Madrid 1981).


2. Shulamith Firestone, The Dialectic of Sex, Bantam Books: NY, 1970, 12.


3. Ibid., 72.

4. Cf. Nancy Chodorow, The Reproduction of Mothering University of California Press: Berkeley, 1978 (ed. española: El ejercicio de la maternidad, Gedisa, Barcelona).

5. Alison Jagger, Political Philosophies of Women's Liberation, en Feminism and Philosophy, Littlefield, Adams & Co.: Totowa, NJ, 1977, 13.

6. Christine Riddiough, Socialism, Feminism, and Gay/Lesbian Liberation, en Women and Revolution (ed. By Lydia Sargent), South End Press: Boston, 1981, 87.

7. Cf. John Colapinto, As Nature Made Him, Harper Collins: NY, 2000, 69.

8. Cf. John Money & Anke Ehrhardt, Man & Woman, Boy & Girl, Johns Hopkins University Press: Baltimore MD, 1972 (ed. española: Desarrollo de la sexualidad humana, Morata, Madrid 1982).

9. Kate Millet, Sexual Politics, Avon Books: NY, 1971, 54.


10. Susan Moller Okin, Justice, Gender and the Family, Basic Books: NY, 1989, 170.


11. Gender Concepts in development and planning: A Basic Approach (INSTRAW, 1995), 11.


12. Plataform of Action Beijing Conference on Women, 1995, Paragraph 27.


13. Según Vigdis Finnbogadottir, Presidenta de Islandia, «mientras la esfera privada siga siendo una prerrogativa preferente de las mujeres, éstas estarán mucho menos disponibles que los hombres para tareas de responsabilidad en la vida económica y política» (Intervención en el Consejo de Europa, Estrasburgo, febrero 1995).


14. Simone de Beauvoir, Sex, Society and the Female Dilemma: a dialogue between Betty Friedan and Simone de Beauvoir, en Saturday Review, junio 14, 1975, 18.


15. Peter Beckman and Francine D'Amico, Women, Gender and World Politics, Bergin & Garvey: Westport, CT, 1994, 7.


16. Cf. Milton Diamond & H. K. Sigmundson, Sex Reassignment at Birth: A Long Term Review and Clinical Implications, en Archives of Pediatrics and Adolescent Medicine (151, marzo, 1997), 298-304.


17. Cf. John Colapinto, As Nature Made Him, Harper Collins: NY, 2000.


18. Cf. Gerianne Alexander, An Evolutionary Perspective of Sex-Typed Toy Preference: Pink, Blue and the Brain, en Archives of Sexual Behavior, 32, 1, febrero 2003, 7-14.


19. Cf. Shore, Affect Regulation and the Origin of Self: The Neurobiology of Emotional Development, 540.


20. Cf. American Association of University Women, A Call to Action: Shortchanging Girls, Shortchanging America, Washington DC, 1991.


21. Cf. Cristina Hoff Sommers, Who Stole Feminism?, 137-156.


22. Cf. Philip Belcastro, et al. A Review of Data Based Studies Addressing the Affects of Homosexual Parenting on Children's Sexual and Social Functioning, en Journal of Divorce and Remarriage (1993, Vol. 20, No. 1/2), 105-122; Robert Lerner and Althea Nagai, No Basis: What the studies don't tell us about same-sex parenting (Marriage Law Project: Washington DC, 2001).


23. Lynn Wardel, The Potential Impact of Homosexual Parenting on Children, en University of Illinois Law Review (1997), 833.


24. Ronald Rohner & Robert Veneciano, The Importance of Father Love: History and Contemporary Evidence, en Review of General Psychology (diciembre 2001, Vol. 5, No. 4), 382-405.


25.Cf.http://www.heritage.org/Research/Features/Marriage/index.cfm#q1.

 

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