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El feminismo, lo queer y la revolución sexual - Maite Cantón Santana

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El marqués de Sade es mi ídolo. No hay ningún otro autor en el pensamiento filosófico que haya recogido las perversiones sexuales más ominosas en sus escritos y que encima haya creado corriente: el sadismo.

El sadismo se fundamenta en la idea de que el ser humano ha de satisfacer todo su placer, a toda costa, caiga quien caiga. Es hedonismo, sí, pero en un límite que sobrepasa toda lógica.

Sade, que era un ser de manicomio, abogaba por la soledad. Sin embargo necesitaba del prójimo para realizar sus inmoralidades no ya como fuente de placer egoísta sino de dolor egoísta. Que sufra a través de mí mi objeto de placer porque así yo sentiré placer. Experimentar el mal en sus profundidades... Llegar al abismo del infierno en orgías dantescas era conquistar la cumbre para el marqués.

Hoy parece que el sadismo y su derivación sadomasoquista están de moda. La perversión sexual en todas sus formas y que desde tiempo inmemorial viene existiendo está cobrando fuerza.

Se trata de una nueva cultura que en última instancia busca destruir la sexualidad del hombre y la mujer o lo que es lo mismo, dotarla de un significado nuevo.

Hablo de la ideología queer, nacida en Estados Unidos y que es sinónimo de revolución de género o "revolución homosexual". La cultura de lo queer es la cultura de un sector de los gays -no de todos- en donde hay: homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales, drag-queens, que se rebelan de lo propio predicando la revolución sexual a toda costa.

Según el movimiento queer sí que hay un sexo biológico determinante, pero aun con todo, el ser hombre o mujer es producto de la sociedad, por lo que el género, la identidad masculina y femenina tiene que poder elegirse.

Dentro del carnaval de lo queer se encuentra la ideología feminista. Pero no se confundan, no es el feminismo de toda la vida, aquel que abogaba y que sigue abogando por la igualdad de la mujer en derechos, educación que tuvo un auge notable a raíz de las dos Guerras Mundiales, cuando por fin la dama, entre otras cosas, se vistió con pantalones.

El nuevo feminismo, como explica Jesús Trillo-Figueroa en su ensayo "Una revolución silenciosa: la política sexual del feminismo socialista", es el feminismo socialista, heredero del feminismo radical que bebe en las fuentes del mayo del 68 francés.

El movimiento es degenerativo y lo podemos enmarcar dentro de esa cultura queer, que significa algo así como raro. La mujer ya no busca emular al hombre en derechos e igualdad profesional sino rehacerse a sí misma como hombre.

En este feminismo el hombre no se ve como el Adam (como ese otro) sino como dominador. La mujer quiere constituirse como varón y relegarse de manera violenta del papel familiar; la maternidad es sinónimo de esclavitud para ellas.

Cambiar entonces la identidad femenina y masculina, desacralizar la conducta sexual en aras de un progreso ficticio, es la guerra declarada del nuevo feminismo y de la teoría queer en todas sus vertientes.

Teoría que pretende hacer del comportamiento sexual algo absoluto, una idolatría común y elegible. Por esa regla de tres se podrá elegir la "tendencia" a la prostitución, al bestialismo, entre otros, aunque más que de tendencia, habría que hablar de identidad.

¿Habría que entender la identidad como un derecho? Entonces, dónde quedarían la moral y la ética. ¿Podré tener entonces varias identidades de género, masculina hoy, femenina la semana que viene y dentro de unos años... neutra? Estamos sin dudarlo ante una filosofía que hace del sexo la anarquía.

Volviendo al tema de la mujer feminista, es evidente que la condición femenina es intrínseca a la mujer. Querer por lo tanto entrar forzosamente en la utopía de un sexo único, en el caso del feminismo extremo, por un complejo de ser fuerte supone una utopía, ni más ni menos. Queer al fin y al cabo lucha por una reforma en el género identitario donde se pierde el sentido intrínseco de la naturaleza del hombre porque no todo vale.

Si hay mujeres que no quieren casarse, que no lo hagan. Pienso que nada le tiene que ser impuesto a nadie, ahí entra en juego el factor de la verdadera libertad y el matrimonio no es una obligación, es un compromiso. Pero querer renunciar a ser mujer u hombre ya es un conflicto interno que en casos concretos se ha de tratar por especialistas.

Las personas con este problema real que lo padecen a nivel psíquico y que afecta a su sexualidad son las menos, el resto es fruto de la perversión, el sadismo, el vicio... el escándalo en último término. El querer situarse como "tercer sexo" o en la ambigüedad sexual es imposible. Es la filosofía de lo absurdo, algo inviable.

Esta mujer feminista está tirando por la borda el sentido de su vida, pero seguramente ella ni siquiera tenga un sentido de lo que hace. Y se equivoca la mujer que quiere reconvertirse en un hombre. Ser mujer no es sinónimo de debilidad ni mucho menos; la mujer es más fuerte que el hombre, no a nivel físico, pero sí a nivel mental.

La mujer generalmente está siempre mejor dispuesta a la entrega que su homónimo masculino. La mujer es más intuitiva, más sentimental, lo cual le permite comprender mejor la realidad desde una perspectiva más profunda e incluso es un ser capaz de dar la vida por sus hijos. ¡Acaso se le puede llamar el sexo débil!

El feminismo queer se pierden en el caos luchando por su revolución sexual. Revolución que va a una guerra artificial, carente de sentido. La auténtica revolución sexual se da entre un hombre y una mujer en íntima comunión de vida, de amor. En la familia está la revolución de amor más magnánima que existe, digan lo que digan. Tratemos pues al ser humano como humano, hombre y mujer, con la excelsa dignidad que eso conlleva y no como un objeto modificable de lo que es ser persona.

Me dan pena esas mujeres que quieren sentirse varones para demostrar que son muy hombres y viceversa. No se dan cuenta en este caso -ellas-, de la enorme trascendencia que tienen al haber sido constituidas en un ser femenino. No ya por la obviedad de poder dar vida que en sí mismo es algo extraordinario sino por la enorme huella que como mujer pueden dejar en el mundo, en la sociedad, en muchas vidas...

Maite Cantón Santana

Periodista

www.analisisdigital.com

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