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Es posible el cambio

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La erosión de la heterosexualidad - Charles W. Socarides

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Una parte significativa de la sociedad de hoy tiene la idea de que la homosexualidad es una forma de conducta sexual diferente pero, al mismo tiempo, igual que la heterosexualidad. Muchos líderes religiosos, oficiales públicos, educadores, agencias de salud mental y social, incluyendo a los que se encuentran en el nivel más alto del gobierno, departamentos de psiquiatría, psicología y médicos de salud mental han sido engañados por un amplio igualitarismo sexual, por acusaciones de ser “anti-demócratas” o de “tener prejuicios” si no aceptaban ciertas afirmaciones lanzadas sobre ellos, como si estuviesen privados de toda capacidad intelectual para juzgar y razonar. A este cambio revolucionario en nuestras costumbres sexuales le ha abierto las puertas un simple hecho de consecuencias considerables: la supresión de la homosexualidad de la categoría de desorden por la Asociación Psiquiátrica Americana (1973). Además es una consecuencia decisiva de nuestra indiferencia por el conocimiento psicoanalítico establecido de la conducta sexual humana.  

Este hecho fue percibido ingenuamente por muchos psiquiatras como la “simple” eliminación de una diagnosis científica para corregir injusticias. En realidad, produjo injusticias para el homosexual y su familia ya que contradecía la verdad y evitaba que el homosexual buscase y recibiese ayuda. A nivel social, grupal y comunitario, demostró ser la fase de apertura de una radicalización sexual a dos fases:  la  segunda fase es el erigir la homosexualidad en un estilo de vida alternativo –una institución psicosexual aceptable- junto a la heterosexualidad como norma predominante de conducta. La fuerza motivadora para este movimiento era el deseo de proteger a los homosexuales de las injusticias y persecuciones que pudiesen haberse efectuado legítimamente, con todas las intenciones y propósitos, por la demanda de la igualdad de derechos para los homosexuales, una demanda que surgió de motivaciones humanitarias encarnadas de forma muy profunda en nuestra ciencia humanística. En vez de ello, se sustituyó el paso falso de suprimir la homosexualidad de nuestro manual. Esto equivalía a una total aprobación de la homosexualidad y un estímulo para la aberración por los que deberían haber conocido mejor, tanto en el sentido científico como en el sentido de las consecuencias sociales de esa supresión. Para muchos psiquiatras americanos, esta acción sigue siendo un recordatorio escalofriante de que si no se lucha por los principios científicos, estos se pueden perder –un aviso desilusionante de que a menos que hagamos excepciones a la ciencia, estamos sujetos a las trampas del faccionalismo político y la propagación de mentiras a un público desinformado y que no sospecha, al resto de la profesión médica y a las ciencias conductuales.

Las secuelas clínicas devastadoras iban a seguirle. Los que quieren mantener la homosexualidad como una diagnosis válida han sido silenciados esencialmente por conferencias, encuentros y publicaciones, originadas tanto dentro de nuestra asociación como desde otras fuentes. Los partidos políticos y líderes religiosos han sido utilizados para reforzar este silencio. Se ha influido en la prensa además de en los medios. La televisión y el cine promueven la homosexualidad como una forma de vida alternativa, además de censurar películas que podrían mostrar la homosexualidad como un desorden. La educación sexual homosexual  ha  entrado  en  nuestros  colegios  y  universidades  –y los activistas pro-gays- homosexuales u otros- retratan su forma de vida como “tan normal como un pastel de manzanas” e intimidan a los demás que tienen puntos de vista diferentes. En esencia, este movimiento ha logrado aquello que cualquier otra sociedad, con raras excepciones, se habría puesto a temblar de haber manipulado. Una revisión del código y concepto básico de vida y biología, que los hombres y las mujeres normalmente mantienen relaciones sexuales con los del sexo opuesto y no con los del mismo.

Esta tontería psiquiátrica y temeridad social traen consigo muchas tragedias humanas, ya que los hombres y mujeres a los que ya no les importa sus roles sexuales apropiados producen confusión en los jóvenes de las generaciones que están por venir. El desorden de identidad de género está destinado a aumentar y surgen cada vez más desviaciones homosexuales verdaderas porque los padres distorsionan la masculinidad o feminidad de sus hijos.

Homosexuales que están en terapia han desarrollado una tremenda resistencia, que retrasa su progreso, mientras que otros son disuadidos de buscar ayuda adecuada. Otros especialistas médicos como los pediatras e internistas están desconcertados por esta locura de la psiquiatría. Los psiquiatras en prácticas tienen muy poco interés en introducirse en un área de investigación psiquiátrica en el que serán atacados, menospreciados y degradados y su conocimiento del desarrollo sexual dejará de crecer. Sobre todo, sin embargo, son las personas homosexuales que tienen deseos de cambiar los que más lo sufren.

Hombres y mujeres jóvenes con relativamente menores temores sexuales son introducidos con ecuanimidad por algunos psiquiatras y psicólogos en un patrón y estilo de vida auto-despectivo. A casi todos los adolescentes que experimentan algún grado de incertidumbre en su identidad sexual se les desalienta a asumir que una forma de identidad de género es preferible a otra. A esas personas que ya tienen un problema de homosexualidad se les desalienta a encontrar su camino fuera de la fantasía auto-destructiva –se les desalienta a aprender a aceptarse como hombres o mujeres, se les desalienta de todos esos pasos con frecuencia dolorosos pero necesarios que nos permiten actuar como personas razonables y participativas en una sociedad cooperadora.

Después de todo, la homosexualidad no puede hacer una sociedad ni mantenerla mucho tiempo. Opera contra los elementos cohesivos de la sociedad. Lleva a los sexos en direcciones opuestas y ninguna sociedad puede perdurar cuando no hay natalidad o cuando los sexos luchan uno contra el otro. Los que refuerzan los elementos desintegradores de nuestra sociedad no recibirán agradecimientos de las generaciones futuras.

Las fuerzas cuyos portavoces insisten rotundamente en que la homosexualidad es un estilo de vida alternativo no se han visto detenidos por los llamamientos a la tradición, el auto-interés progresista y ni siquiera las averiguaciones establecidas del psicoanálisis. Las amenazas sobre lo que le sucedería a la sociedad no tienen mucho efecto: nadie se considera guardián de la sociedad. El ciudadano medio dice que no sabe bastante cuáles son esos intereses sociales y después de todo, ¿no son las decisiones personales sobre sexo un asunto privado? La respuesta a esa pregunta, al contrario de la opinión popular, es NO.

El psicoanálisis revela que la conducta sexual no es un sistema de reglas arbitrario estipuladas por no se sabe quién con propósitos que nadie comprende. Nuestros patrones sexuales son producto de nuestro pasado biológico, consecuencia de la experiencia colectiva del hombre en su largo pasado biológico, consecuencia de la experiencia colectiva del hombre en su  larga marcha de evolución social y biológica. Hacen posible la coexistencia colaboradora de seres humanos unos con los otros. A nivel individual, producen equilibrio entre las demandas de instinto sexual y las realidades externas de alrededor de cada uno de nosotros. No todas las culturas sobreviven –la mayoría no lo ha hecho- y los antropólogos nos dicen que defectos serios en los códigos sexuales e instituciones han jugado indudablemente un papel significativo en el ocaso de muchas culturas. Cuando masas de gente creen de forma similar sobre costumbres previas su conducta colectiva, en el último análisis, tendrá un impacto profundo en la totalidad de la sociedad.

Los científicos, psicólogos, psiquiatras, líderes políticos, oficiales públicos y otros con intereses personales revuelven hoy la literatura por hechos y teoría que puedan ponerse juntas en un concepto bisexual o prohomosexual de la naturaleza, del hombre y de la sociedad. Algunas de las personas dicen que los homosexuales son personas sanas y que la enferma es la sociedad, por lo que la ciencia debe curar a la sociedad. Otras plantean asuntos científicos anticuados o falsos en su guerra con los valores tradicionales. Muchos de nuestros valores pueden utilizar el cambio pero la pseudo-ciencia polémica y la genética sin corroboración no es la forma. Ninguna sociedad ha aceptado la preferencia de la homosexualidad. En ningún lugar la homosexualidad o la así llamada “bisexualidad” es un fin deseado en sí misma. En ningún lugar los padres dicen: “Para mí es lo mismo que mi hijo sea heterosexual u homosexual.” En ningún lugar los homosexuales no son algo más que una minoría en la actualidad. En ningún lugar la homosexualidad per se se coloca en una posición envidiable.

Algunos defensores de la homosexualidad dentro de las ciencias de la conducta afirman que la enfermedad mental es simplemente un producto de definición social y que la conducta sexual considerada normal en una sociedad puede ser una desviación en otra. El examen de los hechos muestra que no es cierto lo de todas las enfermedades y todas las conductas. Algunas conductas son desviaciones universalmente y todas las sociedades creen que son destructivas. Al incesto, la violación, la violencia psicopática (aparentemente sin motivación) se les considera tabú en todas las sociedades. Y lo mismo sucede con la homosexualidad predominante o exclusiva o incluso con la bisexualidad. Al mismo tiempo que el homosexual puede y debe ser protegido por todas las leyes de la sociedad, no se debe estimular la homosexualidad.

Las fuerzas aliadas contra la heterosexualidad son terribles e implacables. Acusaciones de ser “anti-demócratas,” “crueles e inhumanos,” o “irresponsables, homófobos y con prejuicios,” se les hace a los que cuestionan la normalidad de la homosexualidad. Estas acusaciones son reforzadas por los medios, las películas y la prensa y retratan al ciudadano ordinario, que desaprueba esas prácticas (además de los miembros pusilánimes de las profesiones psiquiátricas y psicológicas) mudo ante su acometida.

La respuesta a esas fuerzas es el conocimiento de que la heterosexualidad tiene valor adaptable auto-evidente: décadas e incluso siglos de cambio cultural probablemente no deshacen miles de años de selección y programación evolutiva. El hombre no es solamente un animal sexual sino también un animal al que le importan los vínculos, que se vincula en grupo y cría niños. El diseño de varón-hembra se enseña al niño desde el nacimiento y se inculca culturalmente por medio del matrimonio. Este diseño está determinado anatómicamente porque deriva de células que, en la escala de la evolución, sufrieron cambios en sistemas orgánicos y finalmente en personas adaptadas mutuamente. El diseño varón-hembra se mantiene así perpetuamente y sólo el miedo abrumador o el falso orgullo del hombre y la iniciativa individual mal utilizada pueden perturbarlo o desviarlo. Todo esto es bastante “para hacer que los ángeles se echen a llorar.” Toma la frase de una de las comedias agrias de William Shakespeare. Me llamó la atención la cita que trajo un paciente mío hace algún tiempo, ya que él mismo reflexionaba sobre su condición. (Es homosexual y un erudito distinguido pero está aprendiendo sobre las fuerzas dinámicas que se encuentran detrás de su homosexualidad y aprendiendo a controlarlas.) Aquí está la cita completa:

Pero hombre, hombre orgulloso
vestido con una pequeña autoridad breve
ignora más de lo que está más seguro,
su esencia cristalina como un simio enfadado
hace tales trucos fantásticos ante los altos cielos
que hace que los ángeles se echen a llorar.


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