Es posible el cambio

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La mentira gay

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Las tres cuartas partes de la superficie del planeta Tierra están cubiertas de agua; vivimos pues en un mundo líquido. Pero la liquidez a la que me refiero aquí no es física sino emocional, social y cultural. El sociólogo de origen judío Zygmunt Bauman ha publicado dos ensayos sobre lo que él denomina la “modernidad líquida”. De su lectura he extraido algunas conclusiones que a mi me parecen muy interesantes y quiero compartirlas con vosotros.

Según este autor, la era de la modernidad sólida ha llegado a su fin. Los cuerpos sólidos, a diferencia de los líquidos, conservan su forma y persisten en el tiempo: duran. En cambio los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen. La metáfora de la liquidez es adecuada para comprender la naturaleza de la modernidad. La disolución de los sólidos es el rasgo permanente de esta fase. Los sólidos que se están derritiendo en este momento (el momento de la modernidad líquida), son los vínculos entre las elecciones individuales y las acciones colectivas. Es el momento de la desvinculación, de la desregulación, de la flexibilización, de la liberalización de todos los mercados y de todas las relaciones. No hay pautas estables ni predeterminadas en esta versión de la modernidad. Entonces el peso de la construcción de pautas y la responsabilidad del fracaso caen total y fatalmente sobre los hombros del individuo.

Esta “liquidez” social y cultural se manifiesta en todas y cada una de las facetas del ser humano actual, tambien en su forma de concebir el mundo y las relaciones que los individuos desarrollan entre ellos y con la sociedad en la que viven. También el area afectiva y sexual del ser humano queda profundamente impregnada por esta modernidad líquida y aquí es donde la homosexualidad imperante actual encaja perfectamente, en mi opinión, con esta teoría sociológica. Tengo que decir que Bauman no menciona la homosexualidad en sus tesis; los apuntes referentes a la homosexualidad son responsabilidad exclusiva mía. Resumo a continuación lo que Bauman dice del hombre actual y al final hago yo algun apunte sobre la vida/militancia gay.

Relaciones líquidas

El ciudadano occidental desea, por lo general, vivir solo, en un apartamento cómodo, moderno y sofisticado, abierto al mundo a través de Internet, pero aislado de los vecinos más próximos.

Siente aversión a la soledad, pero, aún más, a la vinculación. Prefiere vivir separado, gestionar su vida social según sus preferencias, a dosis bien delimitadas.

Aspira a mantenerse permanentemente desatado, rehusa los vínculos y los compromisos estables y, defiende, por encima de todo, su independencia social, sexual y económica, independencia que no está dispuesto a sacrificar por ningún tipo de amor.

Se practica de forma sistemática el olvido del otro y se evita establecer lazos con quienes causan problemas.

Para atender a los sujetos conflictivos (enfermos, delincuentes, pobres, marginados de todo tipo) necesita de técnicos especializados, de diplomados facultados para enfrentarse a las tragedias humanas. Delega en otros el deber de humanidad. En los hospitales se contratan psicólogos especilizados para dar las noticias desagradables a los familares de los pacientes moribundos. En las catastrofes colectivas, un batallón de profesionales de la psicología acuden a informar a los familiares de la situación de las víctimas. Se profesionaliza el deber de socorrer, incluso emocionalmente, a las victimas para no enfrentarse a esa dificultad.

Amor líquido

Enamorarse es perder cordura y dominio, y eso espanta al ciudadano líquido.

Según Zygmunt Bauman, la definición romántica del amor -“hasta que la muerte nos separe”- está decididamente pasada de moda en nuestro tipo de sociedades, ya que ha trascendido su fecha de vencimiento debido a una reestructuración radical de las estructuras de parentesco de las que dependía y de las cuales extraía su vigor e importancia.

Se evita enamorarse y perder la cabeza, sentir dependencia de otro ser y experimentar con intensa pasión su presencia. Eso sería reconocer que la autosuficiencia ha sido vencida, que el Narciso no puede vivir solo y que ha sido poseído por el eros del enamoramiento. En la mentalidad liquida , todo tiene que estar bajo control.

La clave es no permitir que ninguna emoción embargue ni conmueva, y sobre todo, no se debe permitir que nadie le arrebate a uno la calculadora de la mano. La conveniencia es lo único que cuenta y la conveniencia debe evaluarse con la mente clara y no con un corazón cálido (por no hablar de un corazón ardiente). Conviene mantener las cosas en ese estado y recordar que la conveniencia necesita poco tiempo para convertirse en su opuesto.

El arte de romper relaciones y salir ileso de ellas, con pocas heridas profundas y sin cuidados especiales que eviten “daños colaterales” supera ampliamente el arte de forjar relaciones sólidas.

La gente busca pareja y ‘establece relaciones’ para evitar las tribulaciones de la fragilidad … sólo para descubrir que esa fragilidad resulta aún más penosa que antes. Lo que se esperaba y pretendía que fuera un refugio contra la fragilidad demuestra ser una y otra vez su caldo de cultivo, como si una maldición pesara sobre su cabeza. Esto provoca un gran desconcierto en el hombre líquido.

El “vivir juntos” tiene un significado inevitablemente líquido. Sus intenciones son modestas, no se hacen promesas, y las declaraciones, cuando existen, no son solemnes, ni están acompañadas por música de cuerdas y manos enlazadas. Casi nunca hay una congregación como testigo y tampoco ningún plenipotenciario del cielo para consagrar tal unión. Uno pide menos, se conforma con menos y, por lo tanto, hay una hipoteca menor para pagar, y el plazo de pago es menos desalentador.

Para los habitantes del moderno mundo líquido, que aborrecen todo lo sólido y durable, todo lo que no sirve para el uso instantáneo y que implica esfuerzos sin límite, la perspectiva de una entrega total e indefinida en el tiempo, supera toda capacidad y voluntad de negociación.

Sin embargo, la realidad es muy tozuda: sólo está vivo quien ama. Si uno no está dispuesto a perder, a dejar la piel y el alma en una relación, nunca jamás experimentará el latido del enamoramiento, esa experiencia sublime que justifica, con creces, el drama de haber nacido.

Compromisos líquidos

Ya no decimos 'hasta que la muerte nos separe', sino apenas un 'veremos cómo funciona'.

El matrimonio, tal y como se contempla en la tradición occidental, es una institución demasiado densa para sobrevivir en la modernidad líquida.

La mentalidad del hombre postmoderno es incompatible con la decisión que conlleva la vida conyugal, pero también con cualquier otra que suponga el ejercicio de una opción fundamental y un trabajo de renuncia.

Se comprende que, en estos contextos, la vocación a una vida consagrada o la entrega absoluta a una causa que se sitúe más allá del hombre, genere auténtico temor. La vocacion religiosa es concebida como fruto del fundamentalismo, de un radicalismo propio de otra epoca ya superada.


Uno no se fía de sí mismo, ni de su capacidad para permanecer fiel a las decisiones libremente asumidas. Se teme, como nunca, el vértigo de las posibilidades, el abismo de la auténtica libertad.

Se defiende, de palabra, la libertad, pero se trata de una libertad líquida, de un puro ejercicio del libre albedrío, de la elección entre dos o más ofertas de consumo inmediato, pero la libertad radical, ésa que abre una zanja en la vida personal, la libertad sólida, se teme como al hambre.

La crisis del matrimonio en las sociedades postmodernas no es una casualidad, ni un paréntesis en la historia, sino un síntoma inequívoco de la modernidad líquida. En el fondo, es una crisis de libertad.

El matrimonio es demasiado sólido para sostenerse en el escenario postmoderno. Da miedo. Causa estupor. Soeren Kierkegaard lo caracterizó como un tipo de vida serio, fundado en el compromiso y en el deber, en la palabra dada y en la fidelidad probada a lo largo del tiempo.

El número de rupturas matrimoniales que se producen en nuestro entorno cultural es extraordinario y ha crecido cualitativamente en los últimos años, y aun crecerá más. Ello obedece a muchos factores, tanto de orden económico, como psicológico o político, pero no se puede descartar que en el fondo subyace un tipo de ciudadano líquido que siente los vínculos que forja como algo muy inestable y voluble.

El compromiso se interpreta como negación de la libertad personal y la vinculación a una sola persona, se experimenta como una condena, como un bochornoso pacto que destruye la creatividad de la vida.

Se huye del pasado, se teme el futuro y se vive con intensidad el presente, a sabiendas de que todo es muy voluble y de que nada permanece estático bajo el sol.
En este contexto, proliferan las parejas a tiempo parcial. Aborrecen la idea de compartir la casa y prefieren conservar separadas las viviendas, las cuentas bancarias y los círculos de amigos, y compartir su tiempo y su espacio cuando tienen ganas, pero no en caso contrario.

El viejo estilo del matrimonio “hasta que la muerte nos separe” ha quedado desplazado por la reconocida temporaria cohabitación del tipo “veremos cómo funciona”.

La postmoderna razón líquida ve opresión en los compromisos duraderos. Los vínculos durables despiertan su sospecha de una dependencia paralizante. Esta razón niega su derecho a las ataduras y los lazos, sean espaciales o temporales.

Amistad liquida

Todos los seres humanos necesitamos comunicarnos, establecer redes y tener la sensación que somos socialmente relevantes.

Con demasiada facilidad, decimos de alguien que es nuestro amigo o calificamos una relación de amistad, cuando, de facto, sólo se funda en intereses de orden muy distinto, que constituyen el núcleo de tal vinculación. A veces, lo decimos por ingenuidad, otras veces, porque deseamos persistir en el engaño y creer que, de veras, tenemos amigos, cuando, la verdad, es que estamos enteramente solos.

De hecho, la amistad responde a la necesidad, al profundo deseo de comunicación y de vida compartida que siente el ser humano desde lo más hondo de su ser. Somos seres vulnerables, necesitamos la comprensión y el afecto de los otros.

A nadie se le escapa que necesitamos amigos para aspirar a una cierta felicidad. Necesitamos confidentes, personas cercanas a quiénes poder revelar nuestros secretos más íntimos, nuestras angustias y temores. Necesitamos ser escuchados, ser amados, ser aceptados incondicionalmente, más allá del cálculo de rendimientos.

La amistad es la culminación de la vida interpersonal, el más preciado de los vínculos. Más allá de la amistad útil y de la que se funda en el placer, está la amistad pura, la que se construye sobre el bien y cuya finalidad es el bienestar del amigo. La amistad solamente adquiere pleno valor si supera la prueba del tiempo, si el lazo que une a los dos amigos supera las contrariedades y los avatares de la historia.

Este vínculo se ha descrito de múltiples maneras y ha adquirido formas muy variadas a lo largo de la historia, pero la amistad constituye uno de esos lazos universalmente compartidos en todas las culturas. Es virtud, vínculo y sentimiento, una extraña mezcla de fenómenos que dota de valor y sentido de la vida humana. Se trata de una relación de mutua benevolencia, fundada en la complicidad y en la confidencialidad, que exige un pacto tácito de obligaciones y de deberes. Lazo profundo que se cuece a lo largo de los años y que salva a los hombres de la soledad.

En tiempos de modernidad líquida, la amistad se presenta como un lazo excesivo, como algo desmesurado para la mentalidad de la debilidad. Da miedo afianzar un vínculo de tales dimensiones, ir más allá de la cháchara y la juerga de los viernes, estar dispuesto a sacrificarse por el bien del amigo. Es evidente que se requieren amigos, pero no se concibe este vínculo con la seriedad que tradicionalmente se le ha atribuido.

Sexualidad liquida

El ciudadano liquido desea tener relaciones íntimas, pero con fecha de caducidad y, si es posible, sin secuelas. Vive a sus anchas el deseo erótico, pero evita, sobre todo, enamorarse, perder la cabeza por otro ser humano y sobre todo, teme el engendrar.

Esclavo de su ego, es incapaz de darse definitivamente a un tú. Filtra bien sus relaciones y somete a un cómputo matemático los costes y los beneficios de cualquier nuevo vínculo. La mentalidad instrumental y economicista acapara el terreno de los vínculos interpersonales y el do ut des se impone como máxima moral.

Anhela saciar su impulso erótico, necesita conquistar a la víctima, pero no encuentra ninguna finalidad en el hecho de empezar una historia nueva con alguien. El placer constituye el motor de su existencia y cuida a fondo todos los detalles de su presencia; pule bien las herramientas de seducción e invierte grandes cantidades de dinero para ello: aseo personal, ropa cara, perfumes, gimnasios, mil y un objetos de consumo, etc.

Las caraterísticas mencionadas hasta ahora: relaciones sexuales múltiples y con fecha de caducidad (de meses, dias, horas … o minutos), vivencia del deseo erótico como satisfacción personal, horror a engendrar una nueva vida humana, el placer como único motor de la existencia, el materialismo, el hedonismo, ¿no son acaso rasgos muy característicos del mundo gay? Todos ellos estan muy presentes en ese submundo. No sorprende pues que, en la sociedad actual, lo gay se asimile a lo moderno. Incluso muchas personas heterosexuales hablan a favor de los gays, alaban su “libertad”, su “independencia”, su “modernidad”.

La Asociacion de Gays, Lesbianas y Transexuales de USA recibe mas donaciones de personas heterosexuales que simpatizan con su causa que de los propios gays. En mi opinion hay dos motivos que justifican la simpatía que los homosexuales despiertan en un amplio sector de la sociedad: su imagen de vulnerabilidad por un lado (de necesitados de protección social por lo mucho que han sufrido) y porque en el fondo el ciudadano líquido envidia la aparente libertad y la irresponsabilidad de la que aparentemente gozan los gays.


Los gays militantes (no los homosexuales) son la punta de lanza del mundo líquido actual, los abanderados de la sociedad de la desvinculación, de la teofobia y la eclesiofobia, de la irresponsabilidad total. Vivimos en la sociedad de la desvinculación y ¿qué es la homosexualidad en el fondo sino un intento reparativo inconsciente de una brutal DESVINCULACION del propio cuerpo, del propio genero, del propio padre, de uno mismo? ¿Os sorprende que los gays sean los nuevos principes en la actual sociedad? A mi, desde luego, no.

 

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Actualizado ( Lunes, 29 de Diciembre de 2008 11:16 )  

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