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Voluntad y afectividad (y II). La dimensión sobrenatural - M. Ordeig Corsini

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[NOTA: para la DIMENSIÓN NATURAL DE LA AFECTIVIDAD véase "Voluntad y afectividad (I)"]

Sumario
1. Influencia de los afectos en el conocimiento y el amor: a) El mundo de los afectos según Tomás de Aquino; b) El fin último, la voluntad y los afectos.- 2. El Espíritu Santo: su influencia en el hombre a través de los afectos: a) La elevación del hombre a un fin sobrenatural; b) La influencia en los afectos y sentimientos; c) La influencia en la imaginación; d) La madurez de la vida espiritual.- 3. Objetivo de la acción del Espíritu Santo: la identificación con Cristo: a) Santidad de vida cristiana e identificación con Cristo; b) El papel del Espíritu Santo

1. Influencia de los afectos en el conocimiento y el amor

En la primera parte de esta exposición sobre "Voluntad y Afectividad" vimos el papel importante que la afectividad y los sentimientos juegan en la persona humana:

1º) la necesaria "integración" de todo lo que es humano: inteligencia, voluntad y afectos o sentimientos, en un único sujeto que es y actúa;

2º) la madurez humana de una persona que sabe armonizar equilibradamente todo ello;

3º) la inmadurez que suponen los extremos como el "rigidismo" (inteligencia sola), el "voluntarismo" (voluntad) o el "sentimentalismo".

a) El mundo de los afectos según Tomás de Aquino



Santo Tomás de Aquino considera que el mundo de los afectos y sentimientos se encuentra en un plano psicológicamente intermedio entre el espíritu humano (inteligencia y voluntad), y su corporeidad (fisiología, etc.); así como entre sus operaciones respectivas [2].

En el mismo sentido, la imaginación cumple también ese papel de intermediario entre el puro razonamiento discursivo (conocimiento abstracto) y el conocimiento pasajero del mero fenómeno (conocimiento inmediato, que pasa al instante siguiente): o bien con la imaginación se pueden revivir escenas pasadas (memoria); o bien al "vivir" historias imaginarias (novela, teatro, etc.).Y ambas cosas enriquecen nuestro conocimiento: con la experiencia o con la novedad.

b) El fin último, la voluntad y los afectos

El fin último (el Bien, con mayúscula) es el que orienta la vida humana en su conjunto. Una vida buena es la que está orientada hacia el Bien. Pero, en cambio, los actos individuales y concretos, no necesariamente están siempre ordenados a ese Fin: pueden dirigirse a bienes intermedios, o incluso desviarse del Fin. Para elegir el Fin último, es decisiva la intervención de la inteligencia y la voluntad: solamente conociendo y queriendo se puede alcanzar el fin.

En los actos concretos, por el contrario, influyen más los sentimientos momentáneos que la propia inteligencia. El capricho, el interés, el miedo, el deseo de venganza, la curiosidad, etc., son los "motores" de la mayoría de los actos concretos de cada momento [3]. En el conocimiento de la verdad y la elección del bien, entendidos como cuestiones últimas o quasi-últimas, la inteligencia y la voluntad son los principales "actores".

Santo Tomás destaca, sin embargo, que ambas potencias no son completamente autónomas entre sí. Entre ellas se da el fenómeno que podríamos titular "circularidad", o mutua y encadenada influencia [4]. En nuestro caso quiere decir que: 1º) se ama más lo que se conoce mejor; 2º) pero, a su vez, es más fácil conocer lo que se ama. Lo cual lleva a un progresivo amor; y a un consecuente mejor conocimiento; etc.

Este proceso puede ser largo si la Verdad o el Bien son elevados (el conocimiento científico parece inacabable: cuanto más se descubre, más interrogantes se plantean). Y cuando el bien es Dios mismo, el proceso es por sí ilimitado en su crecimiento [5]. Naturalmente, la circularidad no es, en sí misma, decisivamente orientadora: puede dirigirse tanto hacia el bien como hacia el mal. Y aunque un buen conocimiento del mal, en psicología tomista, debería apartarnos de él; la voluntad tiene tal fuerza que hace entender el mal como bien, ya que ningún error es de tal modo error que no haya en él parte de verdad.

Por el contrario, en los actos determinados y concretos -que son el objeto más directo de los afectos- no se da esa circularidad: 1º) siempre intervienen, en alguna medida, la inteligencia, la voluntad y los sentimientos, porque se trata de un acto humano; 2º) según el carácter de la persona y las circunstancias del acto, predominan los elementos espirituales o los afectivos; 3º) pero, una vez concluido el acto, acaba su relación con él; se pasa a otro acto diferente y empieza un nuevo proceso; aunque como hemos señalado los afectos dan cierta continuidad a los actos humanos, también a los más concretos.

Parecería pues que, en los actos concretos, el predominio de los sentimientos sobre la inteligencia y voluntad impide que éstos incidan decisivamente en la elección del Fin último, ya que afectan poco a lo que la inteligencia y voluntad tienen de más radical en cuanto dinamismos espirituales [6].

c) La influencia de los afectos y la imaginación en las actitudes definitivas



A pesar de tal apariencia, sin embargo, los afectos influyen muchísimo en las decisiones últimas de la inteligencia y la voluntad, a través de su influencia en los actos concretos. En parte porque los sentimientos positivos facilitan el ejercicio de todas las facultades del hombre, también la inteligencia y voluntad. Por ejemplo, facilitan superar el cansancio, la resistencia ante una contrariedad, la privación de algo que es un impedimento para aquello que deseamos, etc.

A todos resulta evidente, v.g., que: 1º) es más fácil hacer una carrera que interesa o que gusta, aunque sea larga y costosa; 2º) la amistad se facilita (incluso puede llegar al enamoramiento) entre personas que "sintonizan" en aficiones, gustos, etc.; 3º) el deporte de alta competición exige muchas privaciones, que se realizan con gusto pensando en el triunfo;
Además, los hábitos adquiridos se crean por repetición de actos. Actos que, en general, se realizan porque resultan gustosos o por lo menos tienen algún interés para el individuo. Es decir que los sentimientos influyen muy notablemente a la hora de adquirir hábitos estables. Esos hábitos facilitarán los actos sucesivos. Y de ese modo la vida va quedando "marcada" -se quiera o no- por los actos concretos de cada momento, aunque sean actos pasajeros. El conjunto de ellos va orientando la vida hacia una dirección determinada.

Moralmente, por tanto, los afectos y sentimientos tienen mucha influencia en el comportamiento existencial, aunque en sí mismos no sean buenos ni malos (como ya vimos en el primer guión sobre la afectividad). En definitiva, aunque tal comportamiento existencial no sea absolutamente decisorio para la inteligencia y la voluntad, que siempre conservan el poder último de elegir -p.ej., siempre cabe el arrepentimiento-; es indudable que inclina progresivamente a las potencias espirituales en un sentido o en otro.

Unos ejemplos ayudarán a entender con más claridad la profundidad de esa influencia:

1º) si se pone afecto en los actos buenos, la bondad resulta más fácil y agradable (llena de satisfacción a la persona). Es decir, no solamente se es bueno, sino que da alegría serlo, y uno "se siente realizado" en esas obras buenas y generosas. Al final, la bondad acaba dando sentido a la vida entera.

2º) si la caridad se acompaña con el afecto, resulta fácil (cada vez más fácil, por aquello de los hábitos) vivir la delicadeza, la amabilidad, la cortesía, incluso la "buena educación" (no con el afán de presumir sino de hacer amable la vida a los demás). Es lo que quería decir el Beato Josemaría cuando insistía en que no basta la caridad, pues todos necesitamos del "cariño"; o sea, de una caridad acompañada por el afecto.

3º) Un ejemplo muy claro y de especial importancia radica en algo tan "abstracto" -en principio- como el puro conocimiento intelectual. Si se acompaña el conocer con el afecto bueno, se llega poco a poco a la Sabiduría (en el sentido clásico del término, recogido por S. Agustín y muy aplicado por él al conocimiento de las verdades de la fe). Sabiduría no es erudición (conocer multitud de cosas), sino un saber, que se ama y que llena el alma de amor. Se alcanza así un modo de conocer parecido al conocimiento por connaturalidad" (p.ej.: como conoce una madre el estado de ánimo de sus hijos). Podría asimilarse a la "intuición", pero es algo más: la simple intuición es adivinar; el conocimiento por connaturalidad es participar del ser del otro por "sintonía" con sus modos de pensar o de hacer.

De un modo que encierra cierto paralelismo con lo visto entre los afectos y el intelecto, la imaginación también ayuda a "entender" cosas difíciles de explicar con conceptos y palabras humanas. Es fácil reconocerlo en la misma revelación divina: 1º) muchas realidades sobrenaturales se entienden mejor con "parábolas" o "imágenes" que con definiciones; 2º) así resultan medianamente inteligibles cosas en sí mismas inefables:

a) la verdad de que "los últimos serán los primeros" -paradójica en sí misma con mirada humana-, se entiende bien con la parábola de los invitados al banquete que buscan los primeros puestos.

b) las "imágenes" de la Iglesia (Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios,...) hacen entender de la Iglesia probablemente más que una alambicada definición, especialmente cuando unas imágenes se complementan con otras.

De esta manera, la imaginación -al igual que los afectos-, cuando está bien orientada, resulta de gran ayuda a la inteligencia y a la voluntad en su empeño por alcanzar el fin último (Verdad y Bien). Nunca podrán sustituir a las potencias espirituales en su decisión definitiva, pero es indudable que pueden facilitar o dificultar bastante la rectitud de tal decisión.

2. El Espíritu Santo: su influencia en el hombre a través de los afectos

a) La elevación del hombre a un fin sobrenatural

En una persona en gracia, el Espíritu Santo influye hondamente. Los caminos para esta influencia son inescrutables e infinitos (no podemos poner límites a Dios). Pero, según la antropología sobrenatural de Tomás de Aquino, la Gracia transforma la naturaleza humana que, sin dejar de ser hombre, le lleva a ser hijo de Dios.

Esta acción del Espíritu de Cristo en el alma bautizada afecta a todo el hombre: 1º) a la inteligencia (por la fe); 2º) a la voluntad (por la caridad); 3º) a toda la psiquis de la persona (con las virtudes infusas, que influyen en los sentimientos e incluso en el subconsciente) y 4º) a cada acto pasajero concreto

Por las virtudes infusas de la fe, la esperanza y la caridad, el Espíritu Santo ordena a la persona a su Fin último sobrenatural.

La inteligencia y la voluntad, así elevadas, ya no buscan un Fin último natural (lo que podría ser la "felicidad natural" del hombre); sino que se dirigen hacia el conocimiento y el amor de Dios mismo. Pero hemos dicho que esta influencia sola no basta para asegurar la conquista del fin buscado, porque los actos individuales concretos pueden desviarse el Fin (pueden ser "malos") y, en conjunto, arrastrar a la voluntad lejos de ese fin. Es necesario también, por tanto, una influencia del Espíritu Santo en los actos concretos del hombre.

Una influencia que nunca podrá ser una intervención directa sobre el conocimiento y la voluntad, porque supondría suplantar la libertad humana en la elección de los medios y de las decisiones del actuar concreto; y Dios no atenta contra la libertad que El mismo nos ha concedido (la libertad siempre tiene primacía).

El Aquinate explica que la influencia deberá ejercerse a través de las virtudes que se ponen en juego en cada acto concreto: prudencia, fortaleza, templanza... Que ya hemos dicho que se ven afectadas (elevadas) por la actuación de la gracia en el alma. De esta manera, el Espíritu Santo no "añade" un nuevo modo de actuar, a la normal conducta humana; sino que su influencia se "integra" con los naturales actos humanos a través de los hábitos reforzados por el Espíritu Santo.

b) La influencia en los afectos y sentimientos

¿Cómo tiene lugar esa influencia del Espíritu en los actos virtuosos? Según los razonamientos de Santo Tomás su influencia se recibe principalmente a través de la afectividad. Evidentemente el Espíritu Santo no está condicionado por ningún modo determinado de hacer, pero la manera más "normal" (dentro de lo extraordinario que es que Dios quiera ayudar a cada hombre concreto en su búsqueda del Bien), es facilitar los actos virtuosos. Y ya hemos visto que esta facilidad es fruto de los afectos bien orientados.

De este modo, el Espíritu ayuda a sentir inclinación hacia el bien y rechazo hacia el mal. Y consecuentemente a amar la verdad y apartarse del error concretos, que pudieran estar presentes en cada decisión individual. Así, con tales sentimientos, va ayudando a la inteligencia -a través de los sucesivos actos concretos- a conocer mejor la Verdad, y a la voluntad a ir amando el Bien.

Especialmente aplica Santo Tomás esta idea a la actuación del los Dones de Espíritu Santo: 1º) los Dones no sustituyen a las virtudes, se apoyan en ellas: las complementan y facilitan; 2º) la acción del Espíritu se integra con el ejercicio de esas virtudes (humanas e infusas), sin falsear su actuación natural y propia; y 3º) pero, en la medida que aumenta esta influencia, los actos virtuosos son cada vez más livianos e instintivos, porque los afectos hacen más atractiva la virtud y más rápido su ejercicio (se ama el bien cada vez con menos esfuerzo, de una manera más "natural").

Al influir a través de los afectos, como hemos dicho, el Espíritu Santo incide sobre los actos concretos y particulares, no sobre la elección del Fin último del hombre. Por eso, su acción sobre la inteligencia no añade nada a lo ya conocido por la fe (el Espíritu no "revela más cosas"); además, ni hace amar nada diferente de lo que la caridad cristiana tiene como fin (los dos mandamientos esenciales de la Ley de Dios). Sin embargo, facilita extraordinariamente, con los afectos, ese conocimiento y amor del Fin último (=Dios)

Y, por la "circularidad" antes citada, esa mayor facilidad lleva consigo una constante y progresiva profundización en lo que se cree y se ama: 1º) el conocimiento más profundo lleva a amar a Dios con una dimensión nueva (las "luces" de Dios "inflaman" el amor); 2º) ese amor nuevo lleva a entender las cosas de Dios de una manera enormemente más enriquecedora: "descubriendo" cosas que no se sospechaban antes. Fe y Amor se van impulsando mutuamente en una espiral ascendente y acelerada.

En resumen, el desarrollo de las virtudes cristianas y de la vida interior es progresivo y acelerado: 1º) la acción del Espíritu Santo infunde, con la gracia, la dimensión sobrenatural de cada virtud; 2º) el afecto hacia el bien hace más fácil la virtud, que crece más deprisa; 3º) este crecimiento hace más apta a la persona para recibir un incremento de gracia del Espíritu Santo; y 4º) si no hubiera pecados y regresiones, la persona adelantaría constante y aceleradamente en el conocimiento y el amor de Dios.

Este proceso aparece como muy lento en los inicios de la vida interior, porque cada paso en la virtud debe vencer numerosas resistencias y obstáculos. Poco a poco se allana el camino, a medida que el alma se habitúa a ser dócil a los impulsos de la gracia. En esa misma medida, crece la rapidez con que adelanta en el amor.

c) La influencia en la imaginación

La influencia del Espíritu Santo en la persona también tiene lugar a través de la imaginación. Por medio de ella, como hemos dicho, ayuda a entender cosas de Dios, que superan las explicaciones humanas: se trata de un "entender" más propio de la analogía de la Verdad que del discurso intelectual.

Un ejemplo puede ser el enorme esfuerzo agustiniano para explicar el misterio de la Santísima Trinidad: todo su interés estuvo centrado en encontrar "vestigios" de la Trinidad en el mundo creado, que es lo que mejor conocemos; y dentro de él, en el hombre que es la cúspide de la Creación. Analizando estos vestigios intentó -por analogía- describir las personas y las relaciones divinas. Es decir, la imaginación se pone al servicio del "descubrimiento" de una Verdad inefable para el hombre (como es la Trinidad). Para lograrlo de modo convincente, la imaginación necesita ser ayudada por el Espíritu Santo: sólo El sabe qué cosas, de las conocidas por el hombre, reflejan mejor determinados misterios divinos; y cómo hay que entenderlas para no desfigurar el misterio al intentar explicarlo [7].

d) La madurez de la vida espiritual

Todo esto, a lo que nos hemos referido, nada tiene que ver con el "sentimentalismo" en la vida religiosa. Una ascética cualquiera, que sea sensata, debe huir igualmente del rigidismo (el "cumplimiento" porque sí), del voluntarismo (o "perfeccionismo" a ultranza) y del sentimentalismo (vivir pendientes de lo que se "siente" o se deja de "sentir").
Se trata, como ya vimos, de la madurez interior, que sabe armonizar inteligencia, voluntad y afectos, en un justo equilibrio. Un equilibrio que puede cambiar en sus proporciones relativas con la edad, circunstancias o carácter; pero que debe evitar los extremos de cualquier tipo. Si no se alcanza esta armonía, la vida interior acaba aburriendo (si es sólo cumplimiento), cansando (si es voluntarismo) o vacía (si es sentimentalismo).

La armonía que da el Espíritu Santo, en cambio, renueva constantemente la vida interior (la inteligencia va de asombro en asombro ante las verdades de Dios, aunque sean siempre las mismas), la llena de nuevas ilusiones (los sentimientos matizan los días de un modalidad nueva, aunque se digan siempre las mismas cosas) y sobre todo de Amor (la voluntad va inflamándose en caridad, a veces bajo la sencilla forma de contrición por los mismos pecados de siempre) [8].

En ese "juego" del Espíritu con el alma, la inteligencia es alimentada principalmente por los Dones de Ciencia, Entendimiento y Consejo; los sentimientos por los de Piedad y Temor de Dios; y la voluntad por los de Fortaleza y Sabiduría (aunque éste último influye en la persona entera). Naturalmente se trata de una división un tanto arbitraria, porque cualquiera de los Dones influye en la entera persona humana.

3. Objetivo de la acción del Espíritu Santo: la identificación con Cristo

a) Santidad de vida cristiana e identificación con Cristo

La vida cristiana consiste esencialmente en el seguimiento de Cristo (como respuesta a su invitación:"ven y sígueme"); hasta llegar a la identificación con Cristo (vivir la vida como El vivió, hasta poder decir con S. Pablo: "no soy yo el que vive sino que Cristo vive en mí").

Ambos procesos son el resultado de la acción del Espíritu Santo en el hombre: a) sacramentalmente por el Bautismo y los demás Sacramentos; b) eclesiológicamente por la incorporación al Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia; c) interiormente por la asimilación progresiva de la Palabra de Dios, bajo las luces que comunica el Espíritu Santo a cada uno cuando lee, oye o medita esa Palabra de vida.

Esa identificación con Cristo puede expresarse de muy diversos modos, pero podríamos resumirla en unas pocas actitudes existenciales que constituyen como el núcleo de tal identificación. Actitudes que, referidas a las potencias y afectos humanos de que venimos tratando, son: 1º) conocer lo que El conoce (aunque sea a un nivel muy inferior y limitado); 2º) amar lo que El ama; 3º) "tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús" (con expresión paulina) [9].

Estas actitudes nos identifican, en efecto, con Cristo y, en definitiva, nos acercan a Dios Uno y Trino, pues tienen como consecuencias primordiales: conocer y amar a Dios Padre como Jesucristo; lo cual, salvando siempre las diferencias propias de la analogía, nos lleva a ser y sentir la Filiación divina al "estilo" de Jesucristo; con expresión paulina, ser "coherederos con Cristo"; o con terminología metafísica de F. Ocáriz, ser "hijos en el Hijo". Y también querer lo que Cristo quiere, es decir que se cumpla ante todo la Voluntad del Padre: "no se haga mi voluntad sino la tuya"; y esto por encima de todos los sacrificios y planes personales. Ambas condiciones del corazón humano son el camino más directo hacia la santidad.

b) El papel del Espíritu Santo

Lo que acabamos de exponer es cuestión sabida y tenida en consideración desde el principio de cualquier camino espiritual. Toda esa identificación con Cristo, además, es obra del Espíritu Santo que, a través de los sacramentos y de otros diversos modos, "nos hace clamar: Abbá!, Pater!"; también esto es perfectamente conocido en la vida espiritual.

¿Qué papel juega, entonces, la influencia del Espíritu Santo en el alma, a través de los afectos y la imaginación, a que nos referido un poco más arriba? Como toda realidad sobrenatural, hay que comenzar por ser conscientes de la limitación del intelecto y del lenguaje humano para sistematizarla. A pesar de ello, podría decirse que lo que consigue el influjo del Espíritu Santo en los afectos y sentimientos, es:

a) Conocer las verdades de la fe con un conocimiento sapiencial, que llena el corazón de amor y los sentimientos de gratitud y alegría (cfr. lo dicho antes sobre el concepto de Sabiduría).

b) Amar (vivir la caridad) con un amor efectivo y afectivo: a ello contribuye en buena medida la imaginación: cuando, bajo la luz del Espíritu, descubre nuevas imágenes (comparaciones, metáforas) que le ayudan a entender con visión inédita y sublime lo que ya sabía de un modo cierto pero confuso; con ello se renueva el conocimiento, alcanzando mayor profundidad. Y también los sentimientos -movidos por el Espíritu- son capaces de amar y gozar de esas verdades conocidas, de una manera nueva e infinitamente más penetrante. No sólo se capta más la verdad, sino que esa captación provoca un vivo amor, agradecimiento, desagravio, etc. Por eso los escritos de los santos, cuando hablan de las cosas de Dios, están llenos con frecuencia de símbolos poéticos y apasionados, fruto de esa imaginación y de esos sentimientos "tocados" por el Espíritu Santo; y difícilmente comprensibles muchas veces a quien no los ha experimentado (pueden verse, como paradigma, los escritos de los místicos castellanos del s. XVI).

c) Es necesario repetir que no se trata de "sentimentalismo", sino de una percepción intelectual y de un amor de la voluntad tan agudos, que no pueden menos de plenificar también, de algún modo los afectos humanos. A esa percepción llega el alma por la acción del Espíritu Santo que hemos resumido.

Las consecuencias existenciales de esta acción espiritual son múltiples. Entre otras ya hemos dicho: vivir la filiación divina con la hondura que implica "ser otro Cristo"; y amar la Voluntad del Padre como la amaba Jesús. Lo primero supone una cercanía a Dios Padre inefable: pareja a la del mismo Cristo, aunque sea a la medida humana; lo cual se refleja en la oración filial, el abandono, etc. Lo segundo corresponde a una disponibilidad total a los planes de Dios, sean cuales fueren: amor a la Cruz, etc. [10].

Esa acción del Espíritu Santo en el alma puede, además, darse de una doble manera: de un modo lento y progresivo a lo largo de los años; poco consciente en cada momento pero efectivo: más efectivo que reflexivo. Suele ser la manera más ordinaria de crecer en vida espiritual; y también con la gracia añadida de ser conscientes de tal acción del Espíritu Santo en el alma. Esto incrementa el agradecimiento y el afecto a Dios.

En cualquier caso, el progreso en santidad exige humildad y docilidad: para "dejar hacer" al Espíritu Santo lo que El quiera y como El quiera; y para responderle adecuadamente. Si, ante determinadas luces o afectos del Espíritu Santo, no nos detenemos suficientemente por prisas, preocupaciones, activismo... (en definitiva, por pensar en uno mismo), aunque sean prisas "involuntarias", faltará esa docilidad fáctica y se frenará el progreso hacia la santidad;

Pero todavía es más necesaria la humildad en el segundo caso (cuando se es más consciente de las gracias recibidas), porque en este caso cualquier movimiento de vanidad separa de la gracia y corta de raíz el progreso.

Notas
[1] Las nociones tomistas están sacadas de la tesis de J. Noriega en Guiados por el Espíritu y la acción del Espíritu Santo en el alma según Santo Tomás de Aquino.

[2] El conocimiento y el amor miran, de por sí y en estado "puro", al fin último del hombre (el espíritu mira a la eternidad, a lo puramente espiritual); en cambio, los actos determinados, concretos y temporales, miran a lo inmediato: comida, quehacer, descanso,... (el cuerpo atiende a lo inmediato). De ese modo, los afectos sirven de "enlace" entre ambos extremos: ni son momentáneos y totalmente pasajeros, ni plenamente estables y permanentes, sino que dan continuidad a los actos concretos de la persona: el hoy tiene relación con el ayer y con el mañana, pero sin caer en la monotonía de algo siempre igual: cada día tiene su "color", sus emociones e imprevistos que lo hacen diferente.

[3] Por ejemplo, una persona decide el deporte a practicar más por gusto o por oportunidad que porque, esencialmente, sea mejor o peor. O también, es más fácil hacer horas extraordinarias de estudio antes de un examen, que en el mes de octubre.

[4] Este concepto de "circularidad" ha sido aplicado por Juan Pablo II a las relaciones entre Fe y Razón, en su Encíclica Fides et Ratio.

[5] Se detalla más en el nº 2.

[6] No nos referimos aquí a la "inteligencia práctica", usada para elegir unos medios concretos para un objeto inmediato; sino a la inteligencia en su sentido más estricto.

[7] En este sentido, el Beato Josemaría aconsejaba leer el Evangelio poniendo la imaginación al servicio de las escenas que se narran en los Evangelios.

[8] Otro ejemplo: la liturgia (Pref. común IV) insiste en que Dios no se enriquece con nuestra acción de gracias o con nuestras alabanzas, lo que es evidente desde el punto de vista teológico. Un corazón humano agradecido a Dios es, sin embargo, algo fundamental para la vida interior: cuando se fomenta un agradecimiento sincero y vivo, se hace más fácil el sacrificio por amor, se acude con más fervor a la oración, etc. El Espíritu Santo ayuda a quedar "deslumbrados" por los dones divinos, lo que lleva a agradecérselos con una viveza que no consiguen todos los razonamientos humanos.

[9] El Beato Josemaría, por ejemplo, aconsejaba, como hemos dicho, poner la imaginación al leer el Evangelio, de modo que su lectura nos ayude a reaccionar con los sentimientos propios de quienes están allí presenciando la escena; muchas veces con los sentimientos del mismo Jesús, que tenía compasión por la muchedumbre, se apiadaba de la viuda con su hijo único recién fallecido, se airaba contra los fariseos o los vendedores del Templo, perdonaba misericordiosamente a la mujer pecadora, etc.

[10] Como ejemplo podría ponerse el "descubrimiento" de la Filiación divina que Beato Josemaría realiza a los 29 años, en X-1931; no puede suponerse que no supiera que era hijo de Dios, sino que el Espíritu Santo le hizo "entender" y "vivir" de un modo completamente nuevo lo que ya sabía de siempre.

Fuente: www.almudi.org (2001) 

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Actualizado ( Miércoles, 04 de Febrero de 2009 13:46 )  

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