Es posible el cambio

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La historia de Bonnie

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                   Para mí la esperanza ha sido vital. A pesar de los traumas y de las heridas de mi vida, siempre tuve esperanza y por eso quiero compartir mi historia, para "dar cuenta de la esperanza que hay en mí" ( 1 Pe 3, 15).

                   La palabra lesbiana era sencillamente una palabra de ocho letras. Lesbiana. No adopté el adjetivo hasta que tenía quince años, pero no recuerdo qué edad tenía cuando me di cuenta por primera vez de que no me sentía a gusto siendo una chica. Tenía un hermano cinco años mayor que yo y otro que sólo me sacaba catorce meses, así que mi concepción fue, más que probablemente, un fallo. Me "añadí" a mis hermanos y me fui volviendo un "chicazo".

                   Mi madre iba a una universidad de fama mundial y tenía una gran carrera en una profesión de prestigio. No se incorporó al mercado de trabajo hasta que comencé el colegio. Me sentía muy próxima a ella, muy vinculada a ella. Mi padre daba la impresión de ser una persona muy valiosa, pero nunca pareció ser tan inteligente como mi madre. Él tuvo una educación alemana y raramente daba muestras de afecto o de cariño. Manejaba una disciplina estricta: primero imponía los castigos y después preguntaba. En casa siempre estaba ocupado haciendo pequeñas chapuzas y otros hobbies. Daba la impresión de que se preocupaba por mi madre, y mientras ella estuviera contenta, él también lo estaba.

                   Cuando tenía tres años mi mundo cambió. Sufrí traumas que había de reprimir durante treinta años. Mi abuelo materno murió tres días después de mi tercer cumpleaños. Apenas lo recuerdo ni le recuerdo a él. En su terrible dolor, MI MADRE SE ALEJÓ DE MÍ. Me volví solitaria. Se podría decir que no guardo ningún recuerdo de aquélla época.

                   Afortunadamente durante mi infancia y mi adolescencia recibí el influjo de la religión. Toda la familia acudía con regularidad a la iglesia y participaba en muchas actividades como el coro, las vacaciones de estudio de la Biblia y grupos juveniles. Si echo la vista atrás me doy cuenta de que yo participaba en todas aquellas actividades para complacer a mis padres y para aplacar a un Dios a quien yo veía como un gran juez. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que esta formación religiosa me permitió conocer a Dios en un modo que él podía usar como trampolín mientras me iba conduciendo hacia una relación personal con Él.

                  Conforme se acercaba la pubertad, de algún modo me sentía atraída hacia los varones, mientras que al mismo tiempo sentía un interés desordenado hacia mis amigas. Había una hacia la que me sentía especialmente atraída, lo que me preocupó. Aquello me parecía anormal, así que nunca le conté lo que sentía. Tenía mucho miedo. AL DESEAR ESTAR SIEMPRE CON ELLA LO QUE BUSCABA ERA SU AFECTO. Una noche que dormí en su casa, como suelen hacer las adolescentes normales, me aproveché de la situación y la toqué mientras dormía. Fue electrizante, pero me dejó un sentimiento de culpa.

                 Cuando comencé el bachillerato seguía sintiéndome atraída por los chicos, pero yo no les atraía. Eso hizo que mis sentimientos homosexuales aumentaran. Mi primer amor fue hacia una chica más joven. Era solitaria y sus compañeras la dejaban de lado. Aunque no manifesté sexualmente mis sentimientos hacia ella de modo abierto, pasaba excesivo tiempo con ella y disfrutaba con su proximidad y cuando nos rozábamos de manera sutil. Un día mientras dormía en su casa tuve un intenso deseo de tener relaciones sexuales con ella. Antes de que mis sentimientos llegaran a expresarse físicamente, ella y su familia se marcharon a otra ciudad.

Mi amor secreto y mis sentimientos sexuales quedaron patentes ante mis padres por error, en una carta que yo había escrito a mi amiga después de que su familia se trasladara. Mis padres me llevaron al psicólogo, que concluyó que se trataba de una etapa normal de mi desarrollo y que esa atracción desaparecería cuando madurara.

                Dentro de mí crecía el vacío y eso me producía sentimientos de confusión, de ira, de miedo, de soledad y de queja. Necesitaba el amor y la intimidad de una mujer. Mi determinación de satisfacer esa necesidad fue creciendo. En mi segundo año de bachillerato conocí a una chica que estaba necesitada de amistad. Percibí que no me rechazaría. Parecía un alma desesperada, alguien que haría cualquier cosa para obtener amor. No opuso resistencia a mis intenciones. Al principio no la quería, pero conforme íbamos compartiendo nuestras vidas y cuerpos, nos íbamos haciendo más dependientes la una de la otra. Cuando me fui a la universidad tenía toda la intención de irme a vivir con ella cuando terminara los estudios.

                 En nuestra relación nunca nos libramos del sentimiento de culpa. Ella participaba activamente en su iglesia y yo lo hacía en la mía. Ambas conocíamos la Biblia, pero queríamos que Dios bendijera nuestro amor. Fuimos a ver al pastor de mi iglesia y nos reunimos con él durante algunas semanas. Él nunca nos dijo que era un pecado y nunca nos condenó, pero podía percibir nuestro malestar. Nos animó a romper nuestra relación. Para él resultaba evidente lo poco sano de nuestro comportamiento, pero nos encontrábamos en tal lío, tan necesitadas y tan adictas, que creíamos que era imposible cambiar.

                 Cuando comencé la universidad vivía a kilómetros de distancia de mi amante. Varias veces intenté acabar con nuestra relación, pero no pude. Aunque era inmoral y socialmente inaceptable, no estaba preparada para abandonarla. Llegué a considerar el suicidio.

                   Los miembros de un grupo religioso en el campus se hicieron mis amigos. Se encararon conmigo, llamándome la atención por mi falta de compromiso y me desafiaron a que aceptara a Jesús, no sólo como mi Salvador sino como el Señor de mi vida. Me preguntaron "por qué no estaba dispuesta a dar ese paso de fe".

                   Enfadada y herida, les expliqué que era lesbiana. Sabía lo que Dios pensaba sobre la conducta homosexual y por eso no iba a tomar ninguna decisión que no fuera a cumplir. No me condenaron ni me juzgaron, como sospechaba. Lo que no había previsto era su fe en Dios y su compasión. Uno de ellos me sugirió que le contara francamente a Dios lo que sentía.

                   En una iglesia católica, en enero de 1973, reté a Dios para que hiciera algo con mi arruinada vida. No sabía lo que quería ni tenía ni idea de qué hacer. No podía cambiar mi identidad ni mis sentimientos. Me sentía inaceptable ante Él. Si Él no actuaba acabaría con mi propia vida. Me arrodillé ante el altar y cuando me incorporé, algo había cambiado. Sentí paz.

                   Por fin, mi amante y yo dejamos de vernos ante la intervención de nuestros padres. Yo no la quería lo suficiente como para desafiarles, ni estaba dispuesta a sacrificar mi educación. No estaba preparada para resolverme a seguir abiertamente una vida de lesbianismo. Fue doloroso para mí, pero la relación tenía que acabar. Desde entonces he tenido muy pocos encuentros homosexuales.

                   Por desgracia, mi SENTIMIENTO DE VACÍO no desapareció. SEGUÍA ANHELANDO INTIMIDAD con otras mujeres pero a la vez la temía por los sentimientos sexuales que me provocaba. Mi compañera de habitación era cristiana y yo tenía una gran LUCHA INTERIOR por mis sentimientos hacia ella. Llegué a expresarle algunos de ellos y ella fue muy cariñosa y amable. No me rechazó, pero tampoco cedió ante mi presión para tener relaciones sexuales. Pero mis deseos no desaparecieron. Decidí obedecer a Dios porque sabía lo que Él esperaba.

                   Seguí creciendo en la fe y mi relación con Dios se fortaleció, pero todavía no estaba dispuesta a abandonar por completo mi lesbianismo. Mis fantasías con mujeres proseguían. Como no estaba actuando físicamente, mi sentimiento de culpa era menor. Comenzaba a aceptar el perdón de Dios y a percibir su amor.

                   En mi último año de universidad conocí al hombre que hoy es mi marido. No le hablé de mi lucha interior ni de mi pasado. Nos casamos y dejé la homosexualidad, o al menos eso pensaba entonces.

                  Nuestro matrimonio iba bien, pero mis sentimientos homosexuales no desaparecían. De vez en cuando tenía fantasías, pero no intenté cometer adulterio, herir a mi marido o desobedece a Dios. Mi marido era fiel y me trataba muy bien. No había ninguna razón por la que yo necesitara buscar otra relación.

                  Después de dieciséis años, conocí a una compañera de trabajo y me sentí intensamente atraída hacia ella. Pensé que me estaba enamorando. Le declaré lo que sentía y ambas lloramos. Me dijo que no estaba enamorada de mí y que sentía cualquier signo que yo hubiera podido malinterpretar. Fue muy humillante. Me sentí muy herida y deprimida. No podía seguir ocultando mis problemas a mi marido. NECESITABA AYUDA.

                 Gracias a Dios, él no me dejó ni se enfureció. Como no había habido una relación sexual, le fue más fácil perdonarme. Seguí trabajando en la misma oficina con ella y me resultó muy difícil superar lo que había pasado. Fui a ver al responsable de mi iglesia, pues sabía que básicamente tenía un problema espiritual. Él me envió a un especialista.

                Después de estar seis meses siguiendo los consejos de este asesor, alcancé un punto de estabilidad. El terapeuta me dijo que podíamos acabar con el tratamiento, pero yo necesitaba respuestas sobre mi lesbianismo. ¿Por qué se me había desarrollado? Seguí con la terapia y profundicé en mi infancia. Le conté a mi terapeuta algunas cosas sobre mi madre. Él me preguntó si aquello describía a alguien más y sugirió a la mujer hacia la que me había sentido atraída. Entonces comprendí. De hecho, ella se parecía mucho a mi madre, sólo que era más atractiva y cariñosa. Nunca había percibido la CONEXIÓN ENTRE MI RELACIÓN CON MI MADRE Y MI LESBIANISMO. Pensé que tenía que ver con un padre distante y con no haberme sentido valorada por él.

               También le conté al terapeuta una experiencia que me sucedió entre mi madre y yo cuando yo tenía unos ocho años. No puse demasiado sentimiento en ello. Sencillamente le hice notar que me pareció "rara". Al minimizarla, negaba todo el daño que me había causado. Tuve que admitir que mi propia madre había abusado sexualmente de mí. Quería morirme. Nada podía ser peor que aquello.

                Durante los siguientes cuatro años me trataron otros dos terapeutas y en una ocasión ingresé en una unidad de salud mental. Comencé a comprender que mi madre me había usado y que yo estaba volviendo a actualizar aquel abuso con otras mujeres. Anhelaba tener el control en vez de que alguien me usara, quería complacer y satisfacer. BUSCABA A LA MUJER PERFECTA QUE ME AMARA, COMO MI MADRE ANTES DE QUE COMENZARAN LOS ABUSOS.

                Mi lucha no era resultado de problemas en mi matrimonio. Mi marido no me había presionado ni había dejado de quererme. Las tentaciones de ser infiel no tenían que ver con ningún maltrato por su parte. La cuestión era un dolor que yo tenía muy dentro de mí, desde mucho antes de conocerle a él.

                Durante muchos años sentí que dentro de mí había algo que no funcionaba, que estaba equivocado. ¿POR QUÉ NO ME QUISO MI MADRE COMO YO QUERÍA SER AMADA? Comprendí que ese era el problema. ELLA ESTABA HERIDA Y ERA INCAPAZ DE QUERERME COMO YO LO NECESITABA. TOMÓ MUY MALAS DECISIONES Y ME USÓ PARA CUBRIR SUS PROPIAS NECESIDADES. Nada de lo que yo había hecho pudo provocar que me tratara como lo hizo.

                Compartí mi historia con un grupito de mujeres en las que confiaba. Seguí reuniéndome con el responsable de mi iglesia y recibiendo el apoyo de mi marido. Me incorporé a un grupo de "supervivientes" de abusos infantiles, lo que contribuyó a aumentar mi autoestima. Me resultó de gran ayuda el saber que había otras personas que comprendían mis emociones. El testimonio de una ex lesbiana me liberó mucho, y me dio esperanza. Tristemente, en la zona donde yo vivía no había ningún grupo de apoyo que enfocara el problema de la homosexualidad desde la perspectiva del CAMBIO.

                YO QUERÍA SATISFACER UNA NECESIDAD LEGÍTIMA DE SER CUIDADA POR OTRAS MUJERES, y eso no era pecaminoso. Dispuesta a aceptar mi fragilidad humana, comprendí que mi propia autoimagen estaba basada en mentiras y malas interpretaciones. Le pedí a Dios que hiciera nacer en mí el deseo de acabar con mis deseos de tener relaciones homosexuales y también le pedí que reemplazara esos deseos con un auténtico anhelo de amarle a Él y de depender de Él para llenar mi corazón.

DIOS NO ME CONDENABA POR TENER UNOS SENTIMIENTOS QUE YO NO HABÍA ELEGIDO. Me pedía obediencia par no actuar conforme a ellos mientras buscaba modos saludables de cubrir mis necesidades. ÉL QUERÍA QUE YO CONFIARA EN ÉL. Examiné mi pasado y me puse en su presencia. Durante todo mi proceso de recuperación rezaba, leía la Biblia, acudía a la oración en común, y sin cesar buscaba cumplir la voluntad de Dios. Empecé a aceptarme como una hija de Dios. Pero todavía no podía mostrarme afectuosa con las mujeres. Todavía me sentía mal e inhibida en mis relaciones con ellas. Sencillamente llegué a aceptar que nunca podría acercarme demasiado. Cuando quería ayudar a mis amigas y les daba un abrazo cariñoso, siempre lo hacía con cierta frialdad. También seguía teniendo el deseo de una madre maternal que me cuidara de verdad, pero me resigné ante el hecho de que nunca podría encontrarla. Una relación de ese tipo presentaba demasiados sentimientos contradictorios y problemáticos

                 En el verano de 1998 empecé a compartir mis sentimientos con una mujer cuyo hijo era homosexual. Me escuchó hablar de mis sentimientos de pérdida y de mis necesidades. Me abrió su corazón y me dijo que si yo quería, ella me ayudaría a sanar. Comprendió mi NECESIDAD DE UN AMOR NO ERÓTICO, de un AFECTO PROFUNDO. Aquello me parecía demasiado bueno para ser cierto. Fue muy doloroso compartir mi historia con ella. Me di cuenta de que debía exponer mis sentimientos sexuales ante ella, incluso si esos pensamientos trataban sobre ella. Por vergonzoso que eso sea, HAY QUE SACAR A LA LUZ ESOS PENSAMIENTOS PARA PODER LIBERARSE DE ELLOS. Dejar que entrara en los lugares sombríos y profundos de mi alma fue algo atroz. Cuando ella me abraza siento como si Dios nos abrazara a las dos. Rezamos juntas y mantenemos una relación abierta, honesta y libre de toda manipulación.

                Cuando me pregunta siquiera que me abrace, tengo cuatro opciones: huir atemorizada, dejarme llevar por fantasías sexuales, decirle que no quiero que me abrace (lo que probablemente sería una mentira) o aceptar el amor genuino y no sexual que me ofrece. Me cuesta mucho responder de la forma más saludable.

                 LA RELACIÓN CON UNA MENTORA HA SIDO UNA PARTE CRUCIAL DE MI ITINERARIO. Llegó al final de todo el proceso. Me está permitiendo amar a los demás, ser afectuosa con las mujeres, cuidar de ellas abrazándolas sin miedo, sin reservas. Mi fe está madurando y mi corazón está más abierto a Dios. Mi matrimonio ha mejorado. No le pido a mi marido que me dé lo que no está en su mano y me he vuelto más abierta y receptiva con él. Me siento más a gusto con mi identidad. Todavía me queda mucho camino por recorrer, pero EN MÍ HAY ESPERANZA. Dios me recrea a su imagen.

 

COMENTARIO

            Antes de contactar conmigo, Bonnie había recibido ayuda de otros terapeutas. Asistió a una conferencia que di acerca de la curación de la homosexualidad, en la que hablé del modelo de relación con un mentor para restaurar el amor. Desde entonces, he supervisado su relación con una persona que es su mentora.

 

 (Contado por Richard Cohen)

 

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