Es posible el cambio

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La historia de Slade

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Parece como si desde el principio yo hubiera sabido que no encajaba. Sentía que no era querido y me avergonzaba. Mis percepciones se sintetizaban en un incidente que tuve en tercero de básica. Estaba allí, en la clase, de pie con todos los demás niños sobrantes, los que no habían sido elegidos ni para un equipo ni para el otro. Recuerdo la humillación por no haber sido escogido, lo que me evidenciaba que no era querido. Esperé, reteniendo la respiración y tensando los músculos de mi estómago. Quería desaparecer. No podía dejar que nadie supiera el miedo y la vergüenza que tenía. Esperé a que el profesor se acercara y me asignara a uno de los equipos. Sabía que nadie me quería si no sabía actuar, y yo no podía decir nada. Esto se convirtió en un temor a expresarme a mí mismo que me ha acompañado toda la vida.

            Siempre sentí que era diferente a los demás, en especial a los chicos. Me comparaba con ellos y siempre me encontraba inferior. A eso se sumaba la sensación de que decepcionaba a mi padre. Hacia los cinco años de edad ya sentía que yo no era el chico que él quería. No me sentía cercano a él y sabía que no podía hacer nada para contentarle. ¿Se daba él cuenta de la distancia entre nosotros? ¿Percibía que no temía quedarme a solas con él? Tenía el sentimiento de que constantemente tenía que probar mi valía ante él y de que era inútil.

            Él quería que yo practicara deportes. Yo nunca me sentí a gusto practicándolos. Yo estaba preocupado de no cometer fallos, de no estar en el lugar equivocado cuando tenía que coger la pelota o de no dejarla caer. Me resultaba odioso el no saber cómo colocarme y agarrar un bate o cómo tirar la pelota o encestar una canasta. Me daba miedo el ridículo. Sentía que era mi obligación saber todas aquellas cosas. Después de todo yo era un chico, ¿no? Decidí que no podía alcanzar el nivel de mi padre y, por tanto, de los demás hombres. Él quería que yo fuese duro. Yo era extremadamente sensible. Me disgustaba mucho que hirieran tan fácilmente mis sentimientos, y no quería que nadie lo supiese. La percepción que yo tenía de ser un fracasado en los deportes agrandó la distancia entre mi padre y yo. Me distancié de él (y por tanto de la masculinidad) y seguí sintiéndome a gusto dentro del mundo de mi madre. Me sentía próximo a mi madre. Yo era sensible ante lo que hería sus sentimientos, me sentía fuertemente conectado a ella y la protegía. Aunque siento que mis padres me quisieron como a su hijo, en algún nivel no querían al individuo que yo era.

            Durante la escuela elemental continuaron mis sentimientos de no pertenencia y de ser diferente. Era tímido hasta un grado tal que me  causaba dolor, y a la vez buscaba desesperadamente amigos y afirmación. Pero no tenía ni idea de cómo conseguirlos. Aunque nadie se cebaba conmigo ni se reía de mí, experimentaba un gran aislamiento. No compartía ese dolor con nadie. Era el mayor de dos hermanos y una hermana a los que me sentía cercano, pero ni aun a ellos les comunicaba mi miedo y mi sufrimiento. Me sentía completamente solo. Percibía que el único modo de obtener algo de la aprobación que necesitaba de manera desesperada era ser bueno, educado y estudioso. No causaría ningún problema. Me hice bueno. Era tan bueno que pensé que eso era todo lo que yo era. Obtuve algunas migajas de atención de parte de adultos complacientes por mis buenas notas, mi buena educación, mi silencio y mis tímidas sonrisas.

            Intenté discernir lo que los adultos querían de mí en términos de bondad y entonces lo actuaba. Ese esquema nunca me funcionó con otros chicos. Al hacerme mayor, la única forma que tenía de conectar con ellos era escuchar sus historias. Las escuchaba, pero nunca les contaba las mías. Necesitaba, tenía hambre del amor y de la aprobación de mi padre, de la afirmación de mi madre y de la aceptación de mis compañeros. Eran demasiadas legítimas necesidades sin satisfacer. Seguí con el mismo patrón por el cual esperaba que fueran los demás los que me indicasen cuál era mi personalidad, y más aún, que me dijeran cómo y quién debía ser. Me imaginaba que algo debía de ir horriblemente mal dentro de mí. ¿Por qué nadie se daba cuenta de que algo no funcionaba?

            Para cuando terminé el primer año del instituto, yo era un buen estudiante. No causaba ningún problema, no atraía ninguna atracción sobre mí, escuchaba a los demás, rezaba a Dios y obedecía a mis padres. Podía decirse que era incoloro, inodoro, asexuado, mudo e incapaz de mostrar enfado por nada. Me veían como el pobrecito tipo agradable y educado que sonreía todo el tiempo. "Pero -gritaba para mis adentros- yo soy mucho más que todo eso. ¿No os dais cuenta?". Era un solitario y no tenía amigos. También era más bajo de estatura que la media, algo que me resultaba odioso. Percibía mi cortedad en estatura como un reflejo de mi falta de talla como varón.

            En mis años de adolescencia me sentí horrorizado al darme cuenta de que me sentía atraído sexualmente por otros hombres. Estaba avergonzado, confundido y deprimido. ¿Por qué no sentía una fuerte atracción hacia las chicas? ¿De donde procedían aquellos sentimientos hacia los hombres? Cerré mis puños y recé para que Dios apartara de mí aquellos sentimientos. Me sentí sucio e indigno. Rezaba para ser perdonado. No había hecho nada para buscar aquellos sentimientos. No quería nada con ellos. No quería ser así. Quería ser normal. Había pasado muchos años sintiéndome diferente y separado de los demás y ahora además era un "marica". Ahora tenía una cosa más que no podía compartir con nadie más.

            Algo dentro de mí debía ir horriblemente mal. Seguía sintiéndome incómodo con mi padre. Parecía que siempre me estaba poniendo a prueba y yo sabía que siempre iba a suspender, no importaba cuál fuera el examen. Me recuerdo repitiéndome a mí mismo sus diferentes charlas y convirtiéndolas en una terrible amenaza. "Slade, si pospones las cosas, si eres sensible y no lógico, si cometes demasiados errores o intentas hacerte un artista, nunca llegarás a hacerte un hombre". Dentro de mi cabeza me enfurecía contra esta amenaza. ¿Cómo iba yo a saber en qué consistía o qué se sentía siendo un hombre? ¿Quién me iba a enseñar? ¿Mi padre? Él no lo había hecho. ¿Es que yo tenía que saberlo por la sencilla razón de que era un varón? Claramente, él tenía razón. Yo era un fracaso, un rechazado desde lo más íntimo de mi ser. No iba a alcanzar la virilidad tal como la definía mi padre. ¿En qué me iba a convertir entonces? ¿Cómo iba a llegar hasta allí? Sin embargo, seguía necesitando su aprobación y su atención. Seguía necesitando cumplir sus expectativas, incluso a costa de mi propia individualidad.

            En los últimos años de instituto deseaba con desesperación tener amigos varones. Los demás chicos tenían algo que yo era consciente de que me faltaba, algún tipo de secreto para ser un hombre que no estaba a mi alcance. Quería ser un chico más y no tenía ni idea de cómo hacerlo. Pasé por todos los años del instituto sin tener ninguna experiencia sexual. Yo era un buen chico. Me decía a mí mismo que un deseo sexual correcto, normal, me llegaría a su debido tiempo. Me sentía completamente avergonzado por mis deseos homosexuales. Pensaba que era malo, indigno, despreciable. No tuve ninguna cita hasta la fiesta de graduación en mi último año del instituto, y no sentí ningún sentimiento sexual hacia aquella chica. Seguí desempeñando mi papel como tipo encantador que sonreía, que nunca hablaba, pero que era un gran escuchador. Yo era el hombro sobre el que llorar. Tenía compañeros de clase, pero no amigos. En el instituto caía bien, pero nadie me conocía. No tenía ni idea d cómo conectar con los demás y tenía miedo de que me rechazaran si lo intentaba.

            En ese último curso me concedieron una pequeña cantidad de dinero destinada a la tutoría en la universidad, por ser un "perfecto buen tío". Me sentí halagado pero también avergonzado. Cuando pronunciaron mi nombre me puse en pie y me dirigí hacia el estrado para recibir el premio. Conforme pasaba delante de mi padre, me dijo: "No sonrías". Mientras me acercaba al estrado me sentía confundido. ¿Qué quería decir mi padre? ¿Por qué me dijo que no sonriera? ¿Es que mi sonrisa resultaba fea? ¿Es que no podía sentirme feliz por algo que había conseguido? Pensé que él quería arruinarme hasta esto (muchos años más tarde me di cuenta de que gran parte de mis percepciones eran malas interpretaciones, que mi padre en realidad no era tan cruel ni indiferente como yo imaginaba. Llegué a comprender que yo mismo había contribuido en gran medida a mi propia angustia y sufrimiento).

            En la universidad ni hice amigos ni tuve vida social. Seguía siendo incapaz de salir de mí mismo. Vivía en casa y trabajaba a tiempo parcial. Me daba cuenta de que a la gente le resultaba agradable, pero no llegaban a conocerme. Las pocas chicas con las cuales hablé en aquellos cuatro años parecían encantadas de convertirme en algo parecido a un hermano. Como tenía miedo de no estar a la altura sexualmente, no actuaba con firmeza y virilidad. Continué luchando con mis sentimientos sexuales de culpa y con mis fantasías acerca de otros hombres.

            Entonces, tras encontrar mi primer trabajo a tiempo completo después de la universidad, conocí a la primera persona que parecía mostrar interés por mí. Él me preguntó por mí, se abrió ante mí y me animó a hablar. Las conversaciones, los libros, la música compartida, el encontrar y conocer a mujeres, las discusiones de filosofía y de temas profundos, así como los viajes resultaban muy estimulantes y absorbentes. Pensé que por fin había encontrado aceptación. Con una mezcla de fascinación y de miedo, surgió en mí la atracción sexual. Por primera vez en mi vida sentía hacia otro ser humano algo tan intenso. Me sentía cuidado y me sentía conocido. Tenía un miedo endiablado. Él era heterosexual. Tal como yo lo percibía, él era el hombre que yo no podía ser. Y era todo lo que yo quería ser. Al instante me encontré pensando cómo sería ser como él, sentir sus sentimientos, sus experiencias, su vida. Comparada con la suya, mi vida parecía inexistente. Yo quería ser él. Viajamos juntos y seguí fantaseando acerca de él. Me preguntaba qué había hecho para conocer a alguien tan lleno de vida, tan libre respecto de las expectativas y definiciones del resto de la gente. Como no quería que él se diera cuenta de mi atracción sexual, tenía que seguir con mi doble vida de sentir de un modo en el interior y actuar de forma diferente cara afuera.

            Entre los "veintipico" y antes de los treinta años, conocí a algunas mujeres hacia las que inesperadamente me sentí atraído. Fue un tiempo maravilloso. Me gustaban las mujeres, pero seguía teniendo miedo de mi respuesta sexual ante ellas. Necesitaba saber quién era yo como hombre. Cuando me acerqué al sexo, descubrí que a menos que sintiera una fuerte atracción hacia la mujer, la mitad de las veces no era capaz de lograr o mantener una erección.

            Más tarde, para mi alegría, llegué a enamorarme de dos mujeres. Con una de ellas experimenté la intensa atracción sexual que había sentido con mi amigo. Con ella llegué a sentir, por fin, lo que debe sentirse como un hombre con una mujer. Tocó algo dentro de mi yo que yo mismo ignoraba que existía. Era romántica. Hacía marcas con el lápiz de labios en los bajos del edificio de nuestra oficina para que yo los borrara a besos. Yo no estaba siendo exactamente un chico bueno. Ella era intensamente sexual y a mí me encantaba. Me sentía fuerte, decidido, cariñoso, vulnerable. Sentía que me conocía, que esta mujer me quería, pero no podía creerlo. Como me sentía atraído sexualmente hacia ella, pensé que la amaba. Le pedí que se casase conmigo, pensando que Dios me la había mandado para salvar mi cordura. Cuando hicimos el amor, pensé que ya estaba preparado. No tenía dudas ni miedos. Vi otra parte de mí mismo. Fue maravilloso. Pensaba que nos íbamos a casar. Sin embargo, ella siempre rechazaba con amabilidad mi oferta. Sólo después llegué a comprender sus propios problemas emocionales.

            Yo deseaba casarme y tener niños. Pensé que el matrimonio me liberaría de la atracción sexual que no quería y que me garantizaría la aprobación de los demás que seguía demandando. Con veintiocho años me casé con una mujer a la que no amaba. Tuvimos una relación sexual antes de nuestro matrimonio y pensé que ella me quería y que yo llegaría a quererla. Mi atracción hacia los hombres había disminuido, pero seguía allí. Nunca le hablé de mis combates interiores.

            Entonces no me di cuenta de que había elegido a una mujer que combinaba los caracteres negativos de mi padre y de mi madre. Tal como yo percibía a mi padre, ella era exigente y crítica. Desencadenaba mis miedos haciéndome pensar "eres un fracasado", y me manipulaba con comportamientos del tipo "me has herido" y "tienes la obligación de agradarme". Ella combinaba esa actitud con la absorbente tendencia de mi madre a manipularme fingiendo tener pena de sí misma y haciéndome pensar "tú eres responsable de mí y tienes que cuidarme a mí y mis sentimientos y estar de mi parte".

            Mi mujer tenía muy mal carácter y a menudo se enfadaba. Nunca me había gustado reñir y no estaba seguro de cómo manejar los enfados de otros. Hacía cualquier cosa para cortar el malestar que sentía cuando mi mujer se enfadaba. Nuestra vida estaba llena de falsedad. En consecuencia, mi actitud hacia mi mujer era la de adivinar su pensamiento, averiguar su estado de humor y lo que le apetecía y en la medida de lo posible satisfacerla.

            Mi mujer era muy absorbente y crítica y me hacía sentirme un fracasado con facilidad, y tiempo que descansaba en mí para que satisficiese sus necesidades emocionales. Le ayudé a abdicar de la responsabilidad de hacerse cargo de sí misma. Estaba en deuda con ella. Después de todo, ella se había casado conmigo. Me esforzaba por satisfacerla para que no hubiera conflictos, y me sentía responsable de su infelicidad. Éramos co-dependientes y yo le permití que fuera una inválida. En medio de este lío adoptamos una hermosa niña de tres meses en 1980. Mi hija se convirtió en el amor de mi vida, pero también ella quedó lastimada por mi matrimonio. Me separé de mi mujer en 1992 y demandé y obtuve la plena custodia de nuestra hija de doce años. Fue el comienzo de vivir mi propia vida.

            Como me sentía tan inferior a los demás y tan inadecuado para afrontar las situaciones de la vida, y también por el odio que me provocaban mis sentimientos homosexuales, había pasado mi vida en l oscuridad, en la vergüenza y en el miedo al rechazo. Me oculté y me blindé para no experimentar el dolor. En la soledad y el aislamiento busqué respuestas para mi lucha interior, pero no sabía por dónde empezar.

            En 1995, el curso de mi vida cambió. Conocí a Richard y su Fundación Internacional para la Curación. Me ayudó a recuperar mi vida y dirigió mi camino a la plenitud. Siempre había pensado que sin esta condición de homosexual yo sería auténticamente bueno y mi vida se pondría en orden. Él me ayudó a comprender que esa condición era sólo la punta del iceberg. Me explicó que mi homosexualidad era sólo el SÍNTOMA de una HERIDA mucho más profunda dentro de mi alma. Entonces no lo supe, pero ya en nuestro primer encuentro el hielo alrededor de mi corazón empezó a derretirse y empezó mi curación. Años de lágrimas sin derramar y de sentimientos sin expresar esperaban que los liberase. Comprendí que mi vida tenía un valor y que yo podía salir de esta batalla y vivir una vida real.

            Mi terapia con Richard comenzó con la lectura del libro de David Burns, Diez días para alcanzar la autoestima. Aunque me encanta leer, este libro me resultó insoportable. Tenía tarea para casa, lo que desencadenaba una tendencia que he tenido toda la vida a dejar las cosas para después, y estructuraba controles diarios para controlar mis emociones. Richard me enseñó a dejar de definirme como homosexual o como heterosexual. De pronto tenía la posibilidad de ser libre de un modelo opresivo de pensamiento que tan a menudo me había llevado  a sentirme desanimado. Me explicó que yo era un hijo amado de Dios y que merecía ser querido meramente por existir. No  tenía que ganarme el amor. Siempre había sentido vergüenza cuando me criticaban. Aprendí que mis pensamientos -no los hechos en sí- eran los que provocaban mis estados de ánimo. Mis sentimientos provenían más del modo en que yo pensaba las cosas que de las cosas que en realidad sucedían. Logré descubrir que sólo yo podía hacerme sentir deprimido, preocupado o enfadado.

            Aprendí a dejar de razonar emotivamente. Mis pensamientos habían sido siempre "me siento como un fracasado, así que debo ser un fracasado". Dejé de ponerme etiquetas a mí mismo. En lugar de llamarme estúpido o rechazado a mí mismo, decía "he cometido un fallo". Dejé de instalarme en los aspectos negativos de mi vida y dejé de identificarme con mis sentimientos. Siempre había sentido mi corta estatura como una señal de mi inferioridad como hombre. En mi forma de pensar, mi corta estatura demostraba mi imperfección como varón. Un día, después de mucho trabajo, se me hizo claro que mi talla no me hacía un hombre fracasado. No había conexión entre ambas cosas. Mi autoestima creció.

            Con la terapia me volví conciente de la manera dañina y constante que tenía de juzgar lo que hacía comparándome con los demás hombres. Dejé de humillarme. Dejé de verme a través de los ojos de los demás. Empecé a darme cuenta de que era un ser humano único y valioso, digno de amor, incluso cuando cometía un error, e incluso siendo bajito.

            Conforme progresaba en la terapia experimenté con Richard un profundo sentido de aceptación. Por primera vez en mi vida experimenté el amor incondicional. Amor sin juicio. Sentí el amor de un padre por su hijo. Todo lo que este hombre me pedía era que fuera yo mismo, que destacara en la vida, que fuera auténtico. Me explicó que todo yo era aceptado, que podía estar tranquilo exponiendo todo lo que yo era dentro de aquella habitación. Alguien se preocupaba de mí, con todos mis temores y con todas las imperfecciones que yo percibía, lo mismo que con mis virtudes. Experimenté que era aceptado. Me sentí querido por ser quien era, no por lo que hacía o sabía o por la imagen que tenía o dejaba de tener. Yo le importaba por ser yo.

            Me adentré en el trabajo sobre mi niño interior. Descubrí que en mí había un niño desorientado que necesitaba reconocimiento y amor incondicional. Le di a mi hijo interior todo el amor y la afirmación que sentía que no había recibido. Le dí la bienvenida a mi vida consciente. Le honré por estar ahí, conmigo. Le pedí su perdón, por no haber sido consciente de su existencia, ignorándole e intentando matarle. Un día, de repente, me di cuenta de que al decir a mi niño interior que le quería, de hecho me estaba queriendo a mí mismo. Fue como una revelación. Soy digno y valioso porque existo. Aprendí a destacar en la vida.

            También aprendí a tener un diálogo de voces. Tomé conciencia de que tengo muchas subpersonalidades, o voces, que actúan dentro de mí. A menudo esas voces están en conflicto unas con otras. El diálogo de voces me permitió objetivar las voces, reconocerlas, comprenderlas y trabajar sobre ellas.

            LA HOMOSEXUALIDAD NO ES UNA CUESTIÓN RELATIVA AL SEXO. ES UNA CUESTIÓN MÁS BIEN RELATIVA AL RECHAZO Y A LA ALIENACIÓN RESPECTO DEL PROPIO YO, DE LOS DEMÁS Y DE LA PROPIA IDENTIDAD DE GÉNERO. Descubrí que una fantasía sexual acerca de otro hombre puede no tener nada que ver con él. La fantasía estaba en mi cabeza y la otra persona puede no ser nada, como la fantasía. Comprendí que con el deseo de unión homosexual buscaba adquirir algunas características de la masculinidad que yo percibía en otro hombre pero que veía que me faltaban a mí. Los deseos indicaban que yo no estaba viviendo el momento presente. A raíz de eso empecé a sentir un descenso radical de mis fantasías acerca de otros varones.

            En este tiempo me incorporé a un grupo de apoyo. Recurrimos a los juegos de rol, al proceso emocional y al contacto físico no erótico. He conocido varones fuertes y sensibles en lucha, como yo. Me llevó un tiempo, pero aprendí a ser yo mismo con ellos. He llegado a quererlos muchísimo.

            Uno de mis mayores objetivos en mi recuperación era acceder a mis energías varoniles. Richard me recomendó con vehemencia que me inscribiera en una organización de hombres que yo conocía. El propósito de la organización era iniciar a los varones en la masculinidad. En el verano de 1997 pasé el fin de semana de experiencia en el grupo. Me convertí en un "nuevo guerrero". En las reuniones semanales del año siguiente percibí en mí mismo algo que siempre temí no tener dentro. Me estaba dando cuenta de que era un hombre. Mi niño buenacito de diez años, dominado por el miedo, había muerto. De pronto me veían  y me sentía como un hombre en medio de otros hombres.

            Hoy puedo decir que HE APRENDIDO DE MIS HERIDAS. Había arrastrado hasta la edad adulta comportamientos que eran equivocados. Como escribe un autor, "descubrí que había asumido identidades que inadecuada o incorrectamente expresaban mi ser constitutivo". Descubrí que podía ser fuerte y vulnerable. Podía correr el riesgo de cometer errores, de equivocarme, pero también de amar y de ser amado. Podía decir no. Descubrí que soy un hombre con fuerzas y debilidades. Soy un rey y un mendigo. Estoy despertándome al regalo de la vida. Mi despertar comenzó cuando un hombre me pidió sólo que fuera yo mismo, que destacara en la vida.

(Contado por Richard Cohen)

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