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Testimonios de cambio de EPE

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Manolo, 43 años, España.

Me llamo Manolo, tengo 43 años y soy de España. Le doy gracias a Dios por permitirme participar en esta Jornada dando mi testimonio sobre lo que ha supuesto para mi vida la terapia para superar la A.M.S. Comparto este pequeño grano de arena porque he descubierto con absoluta certeza que soy un hombre, que Dios me creó hombre y que mi A.M.S. es consecuencia de las heridas emocionales que padecí en mi infancia debido a diversas circunstancias.

Soy el quinto de siete hermanos, de los que somos seis varones y una hermana la más pequeña. Mi padre es hijo único y mi abuela paterna vivó siempre con nosotros en casa hasta su muerte. Cuando era niño, yo era muy enfermizo y mi padre tenía problemas de adicción al alcohol, lo que hacía que fuese agresivo y violento cuando bebía. Ante esa situación, recuerdo situarme siempre en una actitud de buscar un continuo refugio "bajo las faldas de mi madre", y, a su vez, mi madre se volcaba con el niño que le requería un continuo y exigente cuidado, refugiándose en ello ante la situación tan dramática que se vivía en mi casa.

Recuerdo que cuando tenía seis años, al escribir la Carta a los Reyes Magos en Navidad, mi madre no puede dejar de expresar su dolor y su sorpresa al leer lo que se decía en la citada carta: "Lo único que le pido a los Reyes Magos es cariño". Fui un niño sobreprotegido por mi madre y, a su vez, menospreciado y rechazado explícitamente por mi padre, ya que yo mostraba ser una persona débil y pasiva. A mi padre le tenía verdadero pánico y un odio creciente, llegando a desearle la muerte más de una vez.

Tal y como he podido analizar posteriormente gracias, por una parte,  al contacto con la Palabra de Dios y los sacramentos, y, por otra, a la terapia de la Esperanza, de forma totalmente complementaria, odiaba a mi padre pero, paradójicamente, siempre buscaba sentirme amado por él, sintiendo una enorme envidia hacia mis hermanos que encarnaban y asumían los roles de hijos que mi padre deseaba y que le edificaban.

Desde muy pronto padezco ataques de ansiedad acompañados de agorafobia, claustrofobia y tanatofobia. La idea de la muerte era una obsesión en mi existencia, hasta tal punto, que a los 19 años caigo en una grave depresión y una grave crisis de pánico al obsesionarme de forma exagerada con el paso del tiempo y con la muerte. Recuerdo exigirle a mi madre a gritos y con lágrimas que parase las agujas del reloj para que no pasase el tiempo. Era como si fuese un condenado a muerte al que le faltase poco tiempo para ser ejecutado. No quería morir. Pero en el fondo, lo que no quería era vivir. No quería crecer. Si ser un hombre significaba ser como mi padre prefería ser un niño eternamente. No podía soportar la idea de que el refugio que me ofrecía mi madre fuese algo temporal o efímero. Quería y exigía vivir una infancia eterna. Además de la ayuda médica, sólo el hecho de aceptar la realidad de ser mortal, de entrar en la realidad de la vida, gracias a la Palabra de Dios, me ayudó a salir de semejante engaño, tal era mi egolatría, mi soberbia y mi narcisismo.

Recuerdo ser siempre el niño que toda madre quisiera tener, y, mi madre, en su ignorancia y su muy buena voluntad se enorgullecía de ello. Era educado, complaciente, estudioso; estaba siempre en casa; saludaba a todo el mundo; era un niño bueno. Todo con el fin de sentirme amado, de sentir que era alguien. A los 12 años tomo conciencia de que me atraen los demás chicos y comienzo a mendigar sexo a compañeros de forma totalmente desordenada. Buscaba sentirme querido y abrazado por un compañero, por un chico, mucho más que el mero placer sexual. En el fondo, buscaba el afecto que mi padre nunca tuvo la capacidad de proporcionarme.

Este hecho era algo que contrastaba y que destruía en mí el concepto del niño bueno que me daba tanta seguridad y que me daba carta de ciudadanía en mi vida cotidiana. Era algo que no soportaba. Veía mi atroz egoísmo y el fariseísmo e hipocresía en el que mi vida se iba introduciendo en mi adolescencia. Tenía la idea de que para que me quisieran, incluso Dios (recuerdo las charlas que nos daba mi abuela en las que nos decía con la zapatilla en la mano: "Los niños buenos van al cielo y los niños malos van al infierno"), por lo que mis caídas constantes me destruían. No lo soportaba. Me autodespreciaba y autoaborrecía, llegando a tener unos terribles escrúpulos. Me salvará escuchar que DIOS ME AMA COMO SOY, QUE NO SE ESCANDALIZA DE MÍ, QUE HA DADO SU VIDA POR MÍ. Pero en mi neurosis, utilizo a Dios para dar culto a mi egolatría, prosiguiendo en mi vida farisaica al tener muchos años de vida en continencia pero sin creer en el amor gratuito del Señor. Sólo con el tiempo podré llegar a creer y experimentar que Dios me ama gratuitamente. De la misma forma que pensaba que tenía que dar la talla ante mi padre, pensaba que tenía que dar la talla ante Dios.

Al llegar a la universidad sufro una fuerte dependencia emocional con un amigo de la facultad en que estudiaba, con caídas en masturbación compulsiva y una verdadera esclavitud y un infierno. Veo la película "Atracción fatal", con Michael Douglas y Glenn Close, y me siento totalmente identificado con la protagonista, llegando a pensar que era una especie de psicópata. La amistad se estropea debido a mi ahogo y asfixia egocéntrica hacia su persona. Acudo a una psicóloga a la que le expongo lo que me pasa y que afirma de forma categórica: "Tú no eres ningún enfermo. La que está enferma es la sociedad. Tú no tienes por qué cambiar. Quien debe cambiar es la sociedad." Le respondo: "No estoy de acuerdo. Yo sé que esto no es normal ni sano". Me dice: "Cállate que aquí la especialista soy yo". No volví más a su consulta y seguí mi vida en la Iglesia, madurando mi fe.

Hace pocos años mi director espiritual me dijo que buscase novia y me casase, que buscase una mujer que amase a Dios, que no me quedase solo. Yo me quedé algo desconcertado. Yo no lo veía y comencé a buscar en Internet información sobre cristianismo y homosexualidad, y, por pura Gracia, di con una página de católicos que proporcionaba ayuda a personas con AMS. Ha sido una auténtica bendición ya que me ha ayudado a complementar con conocimientos científicos lo mismo que se me había dicho en la Iglesia: "No eres homosexual. Dios te creó hombre y puedes sanar las heridas emocionales que han producido tu AMS."

Esto ha supuesto un revulsivo que me ha ayudado a crecer en autoestima, a tener mayor paciencia conmigo mismo, con mis debilidades y mis heridas, a superar la autocompasión, a ver la historia de mi vida sin dolor, reconciliándome con ella; a buscar amigos varones que me proporcionen afecto masculino sano; a valorar y desarrollar mis potencialidades y cualidades positivas, que antes no veía; a salir de mí mismo. A aprender a quererme y respetarme, a buscar conseguir mi maduración emocional, a comprender, justificar y perdonar a mi padre, al que hoy amo y respeto; a pedirle perdón por haberle deseado la muerte; a tomar conciencia de que soy una persona diferente a mi madre y de que no soy su esposo ni tengo la responsabilidad de hacerla feliz; a pedirle perdón a mi madre y a comprenderla y justificarla por haberse refugiado en mí; a irme incluyendo poco a poco en el mundo masculino, superando complejos de inferioridad, aunque me queda camino por recorrer; crecer en asertividad y libertad...

El conocer las causas de mi A.M.S., conocer personas que compartimos las mismas heridas y que compartimos la fe; poder leer mi vida escrita en los manuales de la terapia reparativa, ya que me reflejaba mucho en ellos; poder seguir una terapia acorde con mi moral, con la certeza de que no se basa en ideas subjetivas sino en la misma ley natural, ha sido uno de los mayores dones que Dios me ha concedido.

Por eso, hoy le doy gracias a Dios  porque ha sido y es bueno conmigo, y le doy gracias a la Iglesia porque siempre me ha acogido con misericordia y me ha amado en la verdad. Le doy gracias a Dios por la obra que está haciendo conmigo, no en función mía sino que tengo muy claro que en función de los demás. Por ello, siento hoy más que nunca la llamada del Señor a dar gratis lo que gratuitamente no ceso de recibir de su parte. Muchas gracias y recen por nosotros.

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