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Sequía, hambruna y olvido en el cuerno de África

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Akuwom Lomoe deshace nerviosa el envoltorio de la caja de galletas. Desde hace más de cuatro días, esta joven de la región de Turkana -en la frontera entre Kenia y Etiopía- apenas ha probado bocado. «En Turkana todo se muere. El ganado y la gente. Llevamos más de un año sin que llueva y no sé si aguantaremos otro más», confiesa la joven entre lágrimas. Según Naciones Unidas, tras la sequía de este año -ha llovido un 30% menos que en el periodo 1995-2010-, el este de África se enfrenta a la peor hambruna de los últimos 60 años. La Red de Sistemas de Asistencia Temprana contra la Hambruna (Fewsnet) asegura que en Turkana al menos un 37% de su población sufre desnutrición grave. Todos ellos, con nombre y apellidos. Peter Achuka, con más de 70 años, hace tres días que no come.

«Desde abril del año pasado, ni una sola gota. Y lo peor está aún por venir», asegura el anciano. «Sobre todo porque la gente ha comenzado a quemar los árboles secos para revenderlos como carbón». El paisaje lunar de Turkana es testigo de ello. Cabras huesudas y niños hambrientos, todos ellos luchan por hacerse con la última gota de agua. En el horizonte, caravanas de camellos se dirigen a la ciudad para ser comerciados ante la ausencia de pastos. Con la miseria llegan también otro tipo de negocios.

«En poblaciones como Kangirisae o Kalimunyana -ambas en Turkana-, el precio del saco de 90 kg. de maíz ha pasado, en apenas seis meses, de 14,4 dólares a 50. «Con esos precios no tenemos nada que comer», asegura Joseph Napeikiru, líder local. «Llevamos tres meses de pleno abandono», añade.

La miseria trae también la violencia. En los últimos dos meses, al menos 150 personas han muerto en esta región en los enfrentamientos fronterizos protagonizados por los propios pastores. El objetivo, la lucha por el control de los pozos de agua. «Cuando comenzó la sequía, algunos jóvenes decidieron emigrar hacia la región de Pokot para que su ganado tuviera alimento. No fueron bienvenidos. Varios de ellos fallecieron».

Por ello, en el páramo de Turkana, algunos pastores ya han sustituido el «panga» o cuchillo tradicional por el fusil de asalto.

«En Turkana, las balas son ahora más baratas que el agua», reconoce con sorna George Naadung, un joven local. «Pero sobre todo, efectivas. Porque al menos ellas te garantizan el control de la situación», añade. Su sonrisa se apaga al mirar al cielo de Turkana. De nuevo, tocará esperar.

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