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Familia y Autoestima - Aquilino Polaino

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PRÓLOGO

CAPÍTULO  I. ¿Qué se entiende por autoestima?

  •  ¿Qué se entiende por autoestima?
  •  ¿Qué factores condicionan la formación de la autoestima?
  •  El conocimiento de sí mismo. 
  •  Los sentimientos y afectos relativos al propio Yo.
  •  El comportamiento personal.
  •  El modo en que los otros nos estiman. 
  •  Autoestima y autocontrol.

 

CAPÍTULO 2. La familia y la autoestima

  •  Introducción
  •  Autoestima, reconocimiento y aceptación del don
  •  Don y crecimiento del don: lo «dado» y lo «conquistado» 
  •  Autoestima, valores y familia 
  •  El carácter genitivo de la autoestima en el contexto familiar 
  •  Autoestima y libertad.
  •  Autoestima y emotivismo: la personalidad dependiente.
  •  Tres enemigos de la autoestima en el contexto familiar
  •  El ensimismamiento
  •  El individualismo
  • El narcisismo

 

  CAPÍTULO 3. El apego infantil y el desarrollo de la autoestima.

  •  Introducción
  •  Breve aproximación al concepto de apego infantil
  •  Autoestima y conductas innatas de apego
  •  Las respuestas de orientación
  •  La respuesta de succión
  •  La conducta de agarrarse y asirse 
  •  El llanto
  •  La sonrisa
  •  El contacto ocular
  •  Las expresiones faciales 
  •  Los balbuceos
  •  Apego, habilidades sociales y desarrollo de la autoestima
  •  Del apego a la autoestima, y regreso
  •  Autoestima y tipos de apego 
  •  El apego inseguro-evitativo o ansioso-evitativo
  •  El apego seguro
  •  El apego inseguro-resistente o ansioso-ambivalente
  •  El apego ansioso-desorientado-desorganizado 
  •  La autoestima y el apego paterno

 

 

 CAPÍTULO 4. La educación sentimental

 

  • Introducción
  • ¿Pueden educarse los sentimientos?  
  •  El laberinto sentimental
  • La educación de los sentimientos
  • Tres principios en la educación de la afectividad  
  • Educar en la afectividad es educar para el compromiso.
  • Educar la afectividad es educar en la libertad
  • Educar la afectividad  es educar en el sufrimiento 
  • El conocimiento personal.
  • Obstáculos que se oponen al conocimiento personal 
  • El ensimismamiento hermético 
  • La imagen ideal e idealizada de sí mismo            
  • El voluntarismo.
  • La admiración y el reconocimiento sociales
  • Autoestima y autocontrol 
  • El estilo emocional
  • Los sentimientos reactivos en la génesis y mantenimiento de la relación yo/tú.

 

 CAPÍTULO 5. La autoestima y la educación en la familia y la escuela.

  • Introducción
  • La autoestima y la práctica de la educación 
  • ¿Cómo motivar a padres y educadores? 
  • La autoestima y la educación en la libertad 
  • La autoestima y los estilos de educación 
  • La sobreprotección
  • La dependencia
  • La rigidez
  • El perfeccionismo
  • El permisivismo.
  • El autoritarismo 
  • La indiferencia
  • La ausencia de autoridad
  • La coherencia 
  • La madurez personal de los padres: algunas características 
  • Felicidad de la pareja y autoestima de los hijos 
  • Los criterios de la Asociación Nacional de Salud Mental      Norteamericana
  • Diez principios básicos para mejorar la autoestima en la familia
  • La disponibilidad, seguridad y confianza de los padres 
  • La comunicación padres-hijos
  • Coherencia de los padres y exigencias en los hijos
  • Espíritu de iniciativa, inquietudes y buen humor de los padres.
  • La aceptación de las limitaciones ajenas
  • El reconocimiento y la afirmación de las personas en lo que valen
  • La estimulación de la autonomía personal 
  • El diseño del apropiado proyecto personal 
  • El aprendizaje realista del adecuado nivel de aspiraciones
  • La elección de buenos amigos y amigas

 

 

 

CAPÍTULO 6. El adolescente, sus padres y la autoestima

 

  •  Introducción 
  •  La autoestima y los hijos adolescentes
  •  El conflicto de ser admirados o descalificados socialmente
  •  El conflicto de la dependencia o independencia afectivas
  •  El conflicto de querer o ser queridos
  •  Roles, autoestima y valores: aspectos diferenciales en la mujer y el varón adolescentes.
  •  La diversidad psicobiológica y evolutiva de los adolescentes
  •  El desarrollo afectivo
  •  Los conflictos sentimentales 
  •  Fortaleza física, agresividad manifiesta y autoestima
  • ¿Roles, estereotipias o tipos de autoestima?
  •  La aceptación social 
  •  Ambiciones y expectativas 
  •  Los errores de subestimación y sobrestimación
  •  Autoestima, emotivismo y madurez en el adolescente 
  • ¿Cómo sobrevivir en la convivencia con un adolescente que no se estima y no morir en el intento?

 

 

  CAPÍTULO 7. La autoestima y los trastornos psicopatológicos

 

  • Introducción 
  • Autoestima, psicopatología y psicoterapia.
  • La psicopatología y la evaluación de la autoestima 
  • Relevancia de la autoestima para la psicopatología 
  • La autoestima y los trastornos psicopatológicos menores 
  • La autoestima y los trastornos psicopatológicos mayores 
  • Intervención terapéutica, psicopatología y déficit de autoestima

 

  CAPÍTULO 8. Las crisis conyugales, las crisis de la autoestima y la violencia familiar. 

 

  • Introducción
  • La auto estima, el ciclo vital y las crisis conyugales 
  • El primer año de matrimonio
  • Los años intermedios
  • A los 40 años de edad 
  • La vida de la pareja a los 50 años 
  • Cómo superar los «baches»
  • ¿Se pueden evitar las crisis conyugales? 
  • En las redes de la violencia familiar
  • Excitabilidad, impulsividad, irritabilidad, agresividad, violencia y autoestima.
  • Personalidades desajustadas
  • Tensiones y conflictos: la antítesis de la ternura 
  • La negación de la autoestima: el abuso sexual 
  •   ¿Cómo reaccionar ante la violencia familiar?
  •    La estimación y la «otra» violencia  

 

CAPÍTULO  9. Errores, sesgos y distorsiones cognitivas en la autoestima conyugal y familia.

  • Introducción
  •  Autoestima y atribución
  • Las atribuciones acerca del éxito y el fracaso, y la autoestima
  • Errores y sesgos cognitivos                                                                         
  • Distorsiones cognitivas en la autoestima conyugal y familiar.                        
  • ¿Es científico compararse con los demás?
  • Las atribuciones, la excelencia personal y el contexto familiar                      
  • Autoestima familiar y excelencia personal: algunos consejos preventivos

 

CAPÍTULO 10. Autoestima y terapia familiar

 

  • Introducción
  • La autoestima y la estima en la pareja
  • El apego infantil y el apego en la pareja.                                                        
  • Apego, autoestima y estructuras familiares
  • Los estilos de estimación en las familias «enredada rígida» y «desprendida caótica»
  • Los estilos de estimación en las familias con mucha «cohesión» o muy «dispersas»         
  • Estructuras familiares y terapia familiar
  • La autoestima y la crítica a los suegros.                                                        
  • La infidelidad conyugal y la quiebra del encuentro amoroso

 

 

CAPÍTULO 11. La auto estima y los abuelos, y cómo sacar  provecho de todo esto

 

  • Introducción
  • Los abuelos y la autoestima
  • La auto estima de los abuelos y la equidad intergeneracional
  • La cuestión acerca del origen 
  • La levedad del ser
  • La fragilidad de la vida humana
  • La debilidad de la condición humana
  • ¿Cómo sacar provecho de todo esto?
  • El arte de ayudar a los demás

 

  Bibliografía.

 

 

PRÓLOGO

 

-¿Sobre qué estás escribiendo ahora?

-Sobre la familia y la autoestima.

-¡Qué barbaridad! ¿Por qué te metes en un tema así, en el que todo está tan revuelto?

-Precisamente por ello. Porque en cuestión tan vital el río anda re­vuelto.

-Pero las personas no quieren oír la verdad. Ya verás cómo tendrás problemas, incluso para editado. En fin, allá tú.

-No soy de la misma opinión. Estoy persuadido de que la gente no es tan necia como para dejar de interesarse por los problemas que es­tán en la calle e incluso en su propia casa, y de los cuales todo el mundo habla.

-Pues creo que te equivocas. Sobre la autoestima ya se ha publica­do mucho, acaso demasiado. Además, sobre eso está dicho todo. Muchos de ellos son libros de esos que ahora llaman de autoayuda, pero que luego nadie aplica. Me imagino que tú no serás de ésos. Lo tuyo será como siempre la teoría. Pero la teoría hoy no vende.

-Insisto en que no es esa mi percepción de la gente. Las personas lo que necesitan es ejercitar un poco más su mente, pensar, reflexionar y sólo después... aplicar a la práctica lo que hayan decidido. Además, no es cierto que sobre la familia y la autoestima haya muchas publicaciones disponibles. A mi parecer, lo que se trata precisamente es de hablar de la autoestima en el ámbito que le es más propio: el contexto familiar.

        He trascrito apenas un ejemplo del breve diálogo sostenido con algu­nos amigos benevolentes, mientras este libro se estaba redactando. Mis buenos amigos me han advertido que era mucho mejor no decide al lec­tor lo que en este libro vaya tratar de decide. Ustedes dirán si son ellos o soy yo el que estaba equivocado.

          Lo piense el lector que estos bienintencionados consejos me desani­maron. Al contrario. Si ésa era su opinión acerca de este problema y de lo que opina la gente, y yo pensaba lo contrario, lo lógico era continuar con la tarea adelante, sin cansancios y sin desmayos. Ahora ha llegado el mo­mento de la verdad. Es el lector -y sólo él- quien tiene que decir si su contenido no sirve para nada o si pensar es una actividad de la que con­viene huir cuanto antes o si lo mejor es desentenderse de la cuestión de la autoestima en el ámbito familiar. En fin, el lector amigo tiene en esto la última palabra.

   Un consejo de amplia circulación social sostiene que cuando se lee un libro no debe saltarse ningún capítulo. Pero es un consejo que, por fortuna, tiene en la práctica muy poca audiencia. Cualquier persona sensata se salta con toda libertad -y cierta elegancia- aquello que a su parecer le resulta muy poco atractivo -si antes ha ojeado el índice-, o no lo entiende bien -apenas comienza a leerlo- o, sencillamente, si intuye que no le va a servir para nada. Proceder así en modo alguno es una insensatez; no proceder de esta forma sí podría serlo, además de demostrar una cierta e inútil osadía.

   Al autor de estas líneas le gustaría avisar al lector sobre algo en lo que cada uno habría de poner la necesaria atención, antes de decidirse a atacar su lectura. En el capítulo 7 se trata de la psicopatología de la autoes­tima, es decir, de algo que puede ayudar a algunos lectores a satisfacer su curiosidad, mientras que para otros tal vez pueda resultarles una compli­cación innecesaria. Si alguien pertenece a esta última clase de lectores, el autor le aconseja no molestarse en absoluto, pasar páginas y detenerse allí donde lo considere conveniente.

    Si nada más comenzar su lectura advierte, amigo lector, que los te­mas que se cuestionan nada significan para usted o las preguntas a las que se trata de dar respuesta le dejan indiferente, porque nunca se las ha planteado, lo mejor es que lo deje y no se preocupe.

   Si este capítulo se ha incluido aquí es porque hay ciertos trastornos de la autoestima -por otra parte, muy extendidos- que no se pueden en­tender desde fuera de ella misma y, por eso, será muy difícil encontrarles solución.

    Esto quiere decir que la autoestima puede alterarse en la gente o que la gente puede manifestar un síntoma -el déficit o el exceso de autoesti­ma- que forma parte de otras enfermedades. Si no se trata la enferme­dad será muy difícil que la autoestima mejore, aun a pesar de la psicotera­pia. La cuestión que aquí se debate, como puede observarse, no es meramente teórica sino eminentemente práctica.

  La autoestima es un concepto que ha hecho fortuna en la actual cul­tura. Aunque ha de referirse a las personas, a todas las personas; sin em­bargo son muy pocas las que han reflexionado o reflexionan con frecuen­cia acerca de ella. ¡Y así les va!

  La persona ha de procurar conocerse a sí misma un poco mejor, sa­ber dónde están sus «puntos fuertes» y sus «puntos débiles», a fin de que el propio comportamiento no acabe luego por escandalizarle. Lo mismo habría que decir respecto de las personas más allegadas, es decir, la propia familia. ¿De qué le serviría a una persona estimarse mucho a sí mis­ma, si en su casa no le entienden porque no le estiman lo suficiente? La autoestima de cada persona ha tenido un origen y una evolución.

  El origen, sin duda alguna, es la familia: las primeras relaciones, las rela­ciones tempranas entre padres e hijos, que es donde en verdad se acuna. La evolución, en cambio, depende mucho de las vicisitudes por las que haya atravesado la propia biografía.

  El origen exige casi siempre la comparecencia de los padres y las personas que con su cariño nos quisieron y nos enseñaron a querer. La evolución, por el contrario, depende más del propio talante afectivo y per­sonal, es decir, de lo que hacemos con nuestros sentimientos, de cómo los expresamos y de cómo acogemos las manifestaciones de afecto de quienes nos rodean.

   Origen y evolución suelen estar muy unidos en esto de la autoestima, pero siempre hay una fisura, la de la libertad personal, por donde pueden penetrar otros diversos factores que la robustecen y vigorizan o la frag­mentan y disuelven.

   La autoestima y la familia son inseparables. De tal familia, tal auto­estima. Algo parecido puede afirmarse respecto de la escuela. De tal edu­cación, tal autoestima. Pero, no se olvide, que el modo en que se va tren­zando ese talante afectivo -a partir de la autoestima- media luego casi todas nuestras acciones y omisiones. En el ámbito de la pareja, se diría que la autoestima de cada uno de los cónyuges se entreteje, de forma indi­sociable, con el amor que se tienen.

  Por consiguiente, es esta una peculiaridad personal en la que se jue­ga mucho la persona y, por eso, hay que observarla de cerca. Es preciso hundirse hasta el fondo de la propia intimidad para saber qué es lo que bulle o no en el corazón de la persona, cuáles son sus preocupaciones e ilusiones, sus desvelos y satisfacciones, sus éxitos y fracasos, sus deseos de querer y ser querida, la satisfacción o no de ellos; en una palabra, el ideal de lo que se concibió para sí mismo como autorrealización personal en la plenitud y excelencia de la propia vida.

            En realidad, algo de eso nos sucede de continuo. A lo que parece, las personas disponemos de un diálogo interior -algo así como si se rumia­sen ciertos pensamientos- para relacionarnos con nosotros mismos. En cierto sentido es más bien un monólogo, pero en otro sentido no lo es.

          Como psiquiatra, con casi cuatro décadas de ejercicio profesional ininterrumpido a mis espaldas, les puedo asegurar que eso no es un des­doblamiento de personalidad. Es tan sólo uno de los procedimientos na­turales de que disponemos para habérnoslas con nuestro propio yo.

          Ese diálogo o monólogo entre la persona y su yo es algo natural: una forma de pensar acerca de sí mismo desde sí mismo, que casi nunca se asoma a los labios en forma de palabras. Y que, por consiguiente, aunque se da en todos, no se comunica y casi ninguna persona lo comparte con nadie que no sea su propio yo.

        Pero este diálogo o monólogo en cuanto tal se da -¡vaya que si se da!- y, además, desempeña una importante función: la de hacer cons­ciente a la persona acerca de sí misma y tomar ciertas decisiones que, de no darse este «diálogo», tal vez no se tomarían.

        He escrito «se» tomarían, porque en muchos casos se toman las de­cisiones sin tomarlas. Me explico: el propio «diálogo» se va abriendo paso hacia su meta natural, aunque los «dialogantes» sean una sola y misma persona que, por otra parte, no suele ser muy consciente de estar toman­do esa decisión.

         En el monólogo y en las decisiones, que subrepticiamente toma, no se apercibe de que la intimidad de esa persona está habitada y conviven sus propios geniecillos, una especie de «demonios» íntimos y familiares muy difíciles de hacer enmudecer y acallar de una vez por todas.

           Entre los geniecillo s malvados que le persiguen -y casi le arrastran con sus pequeños discursos a donde no quiere-, se encuentran el Espíri­tu Crítico, la Impulsividad, el Amor Propio, la Impaciencia, la Vanidad, el Compararse con los demás, la Envidia, el Orgullo Herido, la Frivolidad, el Resentimiento, el Desasosiego, la Pereza, el Temor a lo Desconocido, y la Falta de Sentido Común. Un conjunto de voces más que suficientes para constituir un coro malsonante y desacompasado, en cuya audición nos deleitamos unas veces y en otras nos frustran demasiado.

         Una persona que se autoestima como es debido, no hace oídos a quienes conoce demasiado bien como para perder su tiempo escuchándo­los. Una persona que realmente se estime podrá despreciarlos, aunque re­gresen una y otra vez con sus voces desafinadas, porfiando sus desventu­radas propuestas.

         Algunas personas no están en absoluto orgullosas de sí mismas ni de sus logros, porque saben lo que hicieron y lo detestan, y porque tampoco ignoran del todo lo que no hicieron y les sigue atrayendo, y el balance en­tre lo que saben y no saben y lo que sí consideran que fue positivo porque lo hicieron o porque no lo hicieron, no les tienen del todo contentos.

          En otras circunstancias, hay personas que no se sienten seguras de nada o que se comportan como si nunca estuvieran muy seguras de qué elegir, de lo que deben hacer, de cómo presentarse, de quiénes son o de cómo les gustaría ser en realidad. Pero ninguna de ellas estaría dispuesta a admitirlo delante de otra persona, por muy de su familia que fuera.

           En el hondón de su corazón desean ser lo que no han sido y, proba­blemente, no serán. Pero hay todavía un perseverante caudal de luz que mantiene su esperanza -¿o tal vez sus expectativas?- y enfoca su luz ha­cia delante. No se dan cuenta que los geniecillos que conviven en su inti­midad se comportan como el rayo que no cesa. Tampoco se aperciben de que aquello que todavía desean ser, acaso lo han sobrevalorado y está magnificado y tal vez no sea para tanto.

          Pero no deja de ser curioso que mientras todos esos «argumentos» del «discurso interior» se aceptan sin más, si se oyeran en los labios de otro serían, por inaceptables, fulminantemente rechazados. De otra parte, el balance personal que resulta del monólogo es poco aceptable, no obs­tante, los oídos permanecen muy atentos cuando el balance de la propia vida realizado por otros resulta ser mucho más positivo.

         Esto indica que la persona como autora de sí misma y de su autoes­tima personal es un juez demasiado intransigente y acaso un tanto con­fundido. Por el contrario, esa misma persona en tanto que actora de la re­presentación de su vida es mucho más benevolente y tolerante, por lo que apenas encuentra resistencia para aceptar las opiniones -siempre que fue­ren positivas- de su público. Es decir, que el juicio de los otros no coin­cide con el propio y que, especialmente cuando nos estiman, suele ser mucho más positivo que el nuestro. Lo que demostraría que hasta en la estimación personal necesitamos de los otros.

         En cambio, en lo que se refiere a la valoración de las personas que no conocemos ni estimamos, los geniecillos o hermanos menores e invisi­bles del yo están siempre al acecho y vuelven a las andadas entonando una sinfonía, las más de las veces patética y desafortunada.

En cualquier caso, la función que realiza esta especie de conversa­ción consigo mismo -sin sonido de palabras- es natural, aunque a veces no sea todo lo conveniente que debiera ser. La razón de ello está en que la persona es un ser dialógico, un ser hecho para el diálogo. Y el diálogo exi­ge siempre la comparecencia de dos personas: una que habla y otra que escucha, turnándose en esa actividad de forma espontánea, tal y como viene exigido por los respectivos «discursos».

Esto pone de manifiesto, una vez más, que la persona no puede o no debe centrarse en ella misma, que es tanto más feliz y se autoestima más cuanto más asienta el centro de su vida fuera de sí, es decir, en los otros que le rodean.

La persona que se vive a sí misma como el centro de todo acaba por estar «descentrada». Por el contrario, la persona que asienta el centro de su yo en los otros acaba por centrarse, por estar centrada. Esta experien­cia es muy general y puede comprobarse de forma empírica.

 Así las cosas, se puede concluir que la persona sana y feliz es «un centro descentrado», que no hace cuestión de sí porque está pendiente siempre de los otros, que ha hincado su corazón de un modo definitivo en un claro destino: el corazón de los otros.

Acaso por eso mismo, precisamente, su autoestima crece y se robus­tece, va a más, se desarrolla y progresa, se vigoriza y agiganta de conti­nuo, porque es fuerte y verdadera, porque está tejida con su estima por los demás y con el modo de acoger las manifestaciones en que los demás le muestran su estimación.

 

AQUILINO POLAINO              

(Sierra de Madrid, 31 de julio de 2003) 

 

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Actualizado ( Jueves, 10 de Junio de 2010 11:25 )  

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